Retrato de Jorge Ortega

Desde la crítica literaria, Francisco Alcaraz explora la obra del poeta mexicalense Jorge Ortega como parte de la serie «Poesía del desierto».

Quizá por los empujones que le ha dado la dura realidad política y social de las últimas décadas, la poesía mexicana ha pasado de una clara vocación por el lirismo exacerbado y el regodeo hedonista en el lenguaje como fin en sí mismo a una conciencia mucho más terrestre e inmediata; se ha diversificado exponencialmente y hoy ocupa también las antípodas de su antiguo hábitat, sin haberlo abandonado del todo. Así, al poeta y al lector mexicano de hoy pocas cosas le son extrañas: toda expresión poética es asimilable porque existe un extenso y sólido corpus de obras y autores que respaldan casi cualquier tentativa. Lo único, acaso, que se exige a un poeta es calidad literaria y conciencia clara de la tradición a la que pertenece.

No obstante, no dudaría en afirmar que aun partiendo de esa tesis, Jorge Ortega (Mexicali, 1972) es una rara avis en la poesía mexicana. Desde sus primeros libros, este poeta norteño irrumpió en la escena literaria como un gran solitario, una especie de forastero en su propia casa. Lo ha caracterizado siempre una gran inteligencia y cierta templanza en su manera de percibir el mundo. Estilísticamente hablando, primero en la escena local y regional, y después en la nacional, Ortega ha ido siempre por un camino paralelo al de sus colegas, cerca de todos pero al margen. Ha sido, y es desde hace mucho tiempo, una de las voces más representativas de nuestros poetas nacidos a partir de 1970, pero no se parece a ninguno de ellos y pocos se atreverían a parecérsele.

Sus lecturas y gustos literarios, más que su obra, le han valido una fama de cultista, de demasiado complicado. Para algunos es un clasicista, para otros un neobarroco, y muchos, como yo, no lo clasifican de ninguna forma en particular. Como la de cualquier autor, su poesía ciertamente se ve influenciada por sus afinidades electivas, aunque es claro que estas van más allá de los clásicos de la antigüedad grecolatina y el Siglo de Oro, como quizá han insistido algunos semicríticos. Para mí, Jorge Ortega es un poeta completamente moderno en la expresión, pero piensa como un clásico; ha asimilado los recursos disponibles en nuestra lengua y ha puesto a funcionar de nuevo algunos que se daban por descontinuados. Para él, Petrarca, Góngora, Quevedo, el Arcipreste de Hita o Camões hablan con la misma claridad que Octavio Paz, Eugenio Montejo, T. S. Eliot o David Huerta sobre nuestra realidad cotidiana; y no titubea en reutilizar palabras como «ponto», «ósculo» y arcaísmos no menos exóticos con una naturalidad que pasma, como si los usara en la ventanilla del drive-thru de un Starbucks. Lo que para muchos son piezas de museo y jeroglíficos indescifrables, para Ortega son espectáculos en directo y a todo color. Esa capacidad de vislumbrar los hilos conductores del lenguaje es quizá lo que le otorga esa singularidad a su manera de ver y hacer la poesía. Las referencias a otros autores, siempre veladas, así como los epígrafes elegidos, que siempre fulguran con el brillo de una joya largamente buscada pero encontrada casi por casualidad, dan fe de lo anterior: no hay en ellos pretensión libresca, sino nuestras de cómo los libros se alimentan de la vida y de cómo la vida se reinventa mediante los libros.

Mencioné que Jorge Ortega me parece un forastero en su propia casa. Sin embargo, aunque pudiera parecerlo, no es una expresión negativa. Su singularidad no le produce alejamiento, sino todo lo contrario: su condición le ha permitido observar con detenimiento el comportamiento de nuestra tradición, aun la más moderna, a la que tiene en alta estima y ha estudiado a profundidad: no son pocos sus libros en prosa sobre la poesía bajacaliforniana, la poesía del desierto como identidad o la reflexión sobre la poética en todo el territorio nacional.

La consolidación de la voz de Jorge Ortega marca su punto de inflexión en 2005, con la aparición de Estado del tiempo, publicado por la prestigiosa editorial española Hiperión, y que le valió ser finalista único de la vigésima edición del premio que lleva el mismo nombre y que no obtuvo porque le es concedido a peninsulares. Pero dicha consolidación no tiene que ver con la caprichosa suerte de los premios y las veleidades de la carrera literaria, sino porque ese libro muestra ya su pleno dominio de sus poderes verbales.

Posteriormente, Ortega ha publicado dos excelentes libros: Devoción por la piedra (Mantis Editores / CETYS Universidad, 2016), Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, y Guía de forasteros (Bonobos / Conaculta, 2014), los cuales comparten su raigambre y se complementan. Se trata de una poesía que, sin renunciar a sus peculiaridades estilísticas, no sacrifica la claridad y es capaz de unir en un mismo discurso el refinamiento de quien sabe escribir versos y la prosa de aquel que sabe escuchar el lenguaje de todos los días.

Precisamente de estos dos últimos libros provienen los poemas de Lugares encubiertos (ISSSTE Cultura / Centro Cultural Regional del Noroeste, 2016), una selección de textos cuyo vínculo es la capacidad de asombro ante los accidentes del camino por parte de quien vive en permanente estado de tránsito. La voz es la de un viajero, un forastero ―palabra que, como ya vimos, en Jorge Ortega tiene connotaciones gozosas―, que descubre con azoro el sentido más profundo de la existencia en detalles que podrían pasar desapercibidos por muchos. Todo viaje es una oportunidad de descubrimiento interior y, de alguna forma, un regreso a los orígenes, para ser otro del que se era antes de partir: otro más sabio, más consciente de su finitud, de su pequeña grandeza humana y de su gran insignificancia ante lo verdaderamente duradero. Ortega reflexiona sobre la paradójica relación del hombre con sus obras, que generalmente le sobreviven y así lo vuelven inmortal, hasta que el tiempo se encarga de despojar de esa pretensión a ambos y los destierra al olvido, de donde otros hombres y mujeres intentarán sacarlos para ayudarse a explicarse a sí mismos en su presente.

Su devoción por la piedra no es devoción por lo inmutable y lo imperecedero, por la inmovilidad propia del reino mineral, de la materia inanimada, sobre la cual algunos poetas ―pienso en Roger Callois o nuestro Jorge Cuesta― han dedicado cantos casi épicos, a pesar de lo paradójico que eso resulta; su devoción es por aquella piedra tocada por la mano del hombre, lo cual de alguna manera la vuelve un poco como él, consciente de su titánica tentativa de permanecer. Es también una devoción secular, no religiosa: no hay estremecimientos místicos, como los de quien contempla una gran construcción y se atiene a la perspectiva de lo diminuto que resultan los fútiles actos y preocupaciones humanas frente a la inmensidad y la sensación de eternidad que brindan un monolito o, digamos, Stonehenge, las pirámides de Gizeh o Machu Picchu, asuntos también de una larga nómina poética. Es una devoción por la materia en tanto esta no es inmutable, pues ofrece siempre una nueva posibilidad de observar sus efectos en un mundo cambiante y, sobre todo, en quien lo percibe.

Así, el poeta hace un recuento de su recorrido por diversas geografías en las que se detiene ―o es detenido involuntariamente― en un instante único, en el cual las cosas que pueblan el mundo ―su mundo― se muestran con otros matices, solo perceptibles para aquel que está atento. El procedimiento de Jorge Ortega lo emparenta por momentos con aquella verticalidad a la que aspiraba Roberto Juarroz: liberar al poema de la circunstancia de su concepción, es decir, prescindir de la anécdota, del relato vano, para mostrar el hecho poético puro, como un fruto o una joya pulida. No obstante, cada poema refleja una voluntad de interpretación de la realidad, una voluntad de reflexión y entendimiento de aquello que nos une misteriosamente con la creación. De este modo, las ruinas le dicen a quien las contempla algo propio, algo de sí mismo que se mezcla con su memoria personal, de forma que la trascendencia de la vida no se reduce solamente a su duración sobre la tierra.

Ortega no nombra los lugares ―de ahí lo de «encubiertos»―, y eso dota de mayor eficacia y misterio a sus versos, pues el lector entra a la revelación sin prejuicios. Se habla de escalinatas, fuentes, cementerios, vitrales, arcos y pilastras, aldeas, viejas fachadas y palacetes; pero también de aquello que anima, que llena de vida esas cosas: el ruido del trajín cotidiano, el agua corriente, la herrumbre, pájaros y hierba, el silencio. Es la mirada de alguien que, en su paso por el mundo, se detiene a observar los detalles que lo ligan a él, como una frágil planta que se esfuerza por brotar en la hendidura entre dos piedras.

La ya, a estas alturas, amplia obra de Jorge Ortega tiene en estos poemas muchas de las preocupaciones temáticas de sus libros anteriores y un léxico y una sintaxis que se ha ido agenciando con paciencia hasta conformar un registro propio, que lo ubica como una voz única en su generación. Son un punto de inflexión en los dos sentidos de la palabra: en el de la voz y en el del camino, pues aunque no se aparta demasiado de ninguno, sí es palpable que ha encontrado nuevas posibilidades de exploración, y eso me llena de gozosas expectativas ante lo que viene.

 

Una selección de poemas de Jorge Ortega se encuentra en nuestra serie «Poesía del desierto». Además, David Huerta reseña «Guía de forasteros», también de Ortega.  

 

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Posted by Francisco Alcaraz

Francisco Alcaraz (Culiacán, 1979) es poeta y editor. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha publicado «La musa enferma» (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2002), «Tiempo en vuelo» (Lágrima de Batavia, 2013) y «Principia mortis» (Andraval Ediciones, 2013). Obtuvo en 2002 el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Ha colaborado en variadas revistas literarias y culturales de Latinoamérica. Su obra poética ha aparecido en diversas antologías de poesía mexicana actual.

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