Residencias de la palabra

Una biblioteca venerable, una larga tradición familiar, un abuelo entrañable, fueron las puertas de Carmen López-Portillo a la lectura.

Carmen B. López-Portillo Romano, escritora mexicana y sorjuanista, es Egresada Distinguida de la Universidad Autónoma Metropolitana –donde estudió la licenciatura en Derecho–, maestra en Historia de América Latina por la Universidad de la Sorbona y rectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ) desde 1998. Forma parte del Consejo Consultivo para el Rescate del Centro Histórico, del Comité Editorial de Política, Sociología y Derecho del Fondo de Cultura Económica (FCE), y es miembro fundador de la Sociedad Mexicana de Bibliófilos. Entre otros reconocimientos, recibió en 2009 la Medalla al Mérito Institucional del Festival de México en el Centro Histórico, el Diploma de Honor en el Bicentenario y, en 2011, la Medalla Omecíhuatl otorgada por el Instituto de la Mujer. Coordinó el libro Sor Juana y su mundo: una mirada actual. Memorias del Congreso Internacional (1998), coeditado por la UCSJ, el FCE y la UNESCO, y publicó el libro Óyeme con los ojos. Sor Juana para niños (2012), coeditado por la UCSJ y Ediciones Nostra.

 

 

Carmen López-Portillo

 

No encuentro cómo hablar de la lectura, de los libros, sin hacer referencia a mi vida, sin invocar la biblioteca de mi abuelo: ese espacio que ahora recuerdo como el lugar del descubrimiento y la confesión, del reconocimiento y el diálogo. Recinto sagrado que albergaba la memoria de los abuelos, donde se acumulaban la tradición y los valores que nos daban identidad. Ahora entiendo la dimensión ética de la defensa de la exactitud de los recuerdos. La memoria y el olvido no representan terrenos neutrales, sino espacios donde se juega, se modela y se legitima la identidad, donde se deciden el presente y el futuro.

Entrábamos a la biblioteca como seguramente se entra a un templo o al oráculo frente al cual se ponía a prueba o se validaba la conducta y el compromiso, donde se merecía el derecho a la palabra y a la interrogación. En la biblioteca se reunían los libros de generaciones pasadas: ellos simbolizaban el sentido de pertenencia, la gracia y el mérito. La gracia dada por el origen y el compromiso vital y permanente de merecer la pertenencia. El linaje, desde entonces, no está referido a la sangre o a la riqueza, sino a la memoria, al mérito de la palabra dada, a la certeza de que se cumple la palabra empeñada.

En ese espacio, mi abuelo nos habló de Ricardo Corazón de León, de Juan sin Tierra, o de la Conquista de México. Ahí descubrimos Nunca Jamás y alcanzamos «horizontes perdidos», aprendimos a cruzar el Aqueronte y a esquivar el Leteo, entramos a la Cabaña del Tío Tom y conocimos a Huckleberry Finn, compartimos las aventuras de los Tres Mosqueteros y festejamos la fortaleza de Hércules y de Teseo. ¡Cuántos personajes enriquecieron mi infancia, mi adolescencia, y les dieron sentido! La biblioteca era el recinto de los elegidos, el espacio donde se gestaban la identidad y la comunión con los otros, herencia admirada donde era posible convivir. En el silencio de la biblioteca, la palabra otra hablaba. Ahí recuperábamos la historia como promesa.

Mi abuelo se parecía a aquel viejo que pintó Ghirlandaio, tan tiernamente feo. Sus ojos redondos, saltones y estrábicos me hacían pensar en un búho; su nariz y su mentón me recordaban a todas las brujas que poblaban mi imaginación. Mi padre y él nos enseñaron a amar las palabras. De niños solíamos jugar a descubrir la palabra más hermosa por su sonoridad, por su representación y por su significado. Cuando encontrábamos alguna que reuniera las tres cualidades, lo festejábamos. Aprendimos a valorar las palabras, a cuidar apasionadamente la elección de los nombres. Alguna vez decidimos –o tal vez decidió mi padre y nos lo confió después– que la palabra más hermosa es una palabra náhuatl: Teuhtlampa.

Me permito citar la descripción que mi padre escribió en Don Q, para que se entienda a qué me refiero. «Teuhtlampa, Teuh-tlam-pa, palabra misteriosa, musical, deliciosa, hermosa. Creo que significa firmamento, en la medida que por él se extienden las esferas y habitan o transcurren los dioses». Le fascinaba oírla y decirla: Teuhtlampa. Pensarla. Gozarla: Teuhtlampa. En esa seca soledad, le gustaba. Pero calificada por el castellano, también le gustaba como producto mestizo: inmensidad del Teuhtlampa, profundidad del Teuhtlampa, el Teuhtlampa infinito…

—Es la palabra más hermosa que ha inventado la garganta humana –me confiaba, y añadía–: Afortunadamente, su suprema hermosura musical corresponde a su representación.

Así, jugando, aprendimos a amar a México y nuestra lengua. Otro día descubrimos que la palabra más ridícula es cachete, y que sus alternativas tampoco son afortunadas: carrillo o mejilla son atrozmente cursis.

Volvamos a la biblioteca de mi abuelo –después, la de mi padre–, a la que yo entraba como si me acercara a una caja de sorpresas, con el asombro y el gusto en la piel. Entraba a la biblioteca y pasaba las manos por los lomos de los libros, disfrutaba el olor a cuero, a papel, a tinta, a tabaco de pipa, a madera. Me gustaba una enorme Biblia encuadernada en cuero rojo vino. Nueve cruces repujadas sobresalían de su superficie; ahora creo recordarlas como cruces bizantinas. El papel era delgado, delgadísimo, y el canto de las hojas estaba pintado de dorado. Recuerdo también los libros inaccesibles, los que tenían grabados de Doré, Las mil y una noches, o Madame Bovary. Nos acercábamos a los libros con respeto, con veneración, como si todos tuvieran los siete sellos y fueran a descubrirnos el sentido del universo, como si nosotros fuéramos los depositarios privilegiados de su destino.

Todavía siento la responsabilidad de hacer que una obra se cumpla por la lectura respetuosa que de ella hago, sigo pensando que la lectura es la gracia que corona un texto. Por eso la responsabilidad debe asumirse plena, porque de ella, de nuestra capacidad de dialogar con la palabra escrita, depende que esta se consume, que culmine, aunque sepamos que toda lectura no es más que un juego ilusorio de posibilidades de interpretación que se disuelve antes de que podamos apropiárnoslo.

La lectura implica dar respuesta a la palabra que el otro nos dirige. La lectura gana la apuesta contra el olvido cada vez que un libro se abre de nuevo. Cuando entro a una biblioteca, no puedo evitar el llamado de todos esos libros que me invitan a su lectura y que jamás podré leer ya; me sigo sintiendo responsable de su silencio. Ya sé que hay de libros a libros. No hablo de los libros abandonables en una sala de espera o en un aeropuerto, o de aquellos donde anotamos los pendientes del día; no hablo de esos libros que uno lee esperando que empiecen las noticias o con musiquita de fondo; no hablo de los libros que no requieren de silencio, que no son memorizables; no hablo de los de moda, los que propician una metódica devaluación del lenguaje, en los que no reconocemos los ecos de otras voces; no hablo, claro está, de los libros que no hacen posible la introspección, que no propician esos instantes de conciencia condensada; no hablo de los libros que tienen una sola interpretación. Valdría la pena distinguir el tipo de libro del que hablo y creo que la mejor manera de hacerlo es citando el credo de la lectura de Kafka:

 

Si el libro que leemos no nos despierta como si nos golpeara el cráneo con los puños, ¿por qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? ¡Dios mío! También seríamos felices sin libros, o, si fuera necesario, nosotros mismos podríamos escribir esos libros que nos hacen felices. Lo que en realidad necesitamos son esos libros que caen sobre nosotros como una maldición y nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio.

 

No sé cuándo empecé a subrayar los libros o a anotarlos; creo que cuando descubrí el ejemplar de la Ilíada anotada por mi bisabuelo, por mi abuelo, por mi padre. Entonces me di cuenta de que la palabra no era definitiva, unívoca; que se podía hacer eco, propiciar reconocimientos y reciprocidades, construir resonancias o elaborar preguntas. Entonces descubrí que la palabra convocaba la presencia ancestral, la presencia del otro. Este descubrimiento cobró pleno sentido cuando entendí la frase de Heine que afirma que la tierra de los padres, el patrimonio, es la escritura. Desde entonces, cuando anoto un libro, cuando corrijo algún error tipográfico (qué pretensión la mía), me siento de regreso, me siento en casa, siento como si continuara el relevo que a mi generación corresponde. Hay libros que invitan a dar respuesta, que permiten gestar conceptos nuevos, líneas de fuga abiertas a la diferencia, pero no como oposición, sino como alternativa, como dimensión de lo posible, acaso como deseo. Entonces, el texto habita en nosotros y tiñe nuestra realidad y nuestra mirada, a veces habla por nosotros y cambia para siempre nuestras vidas.

Las manos artísticas de mi abuelo me enseñaron a tomar los libros, a cuidarlos, a pasar sus hojas sin doblarlas. La peor de las faltas era, por supuesto, cuando alguno de nosotros osaba mojarse el dedo en la boca para pasar la página terca. Yo leía con la avidez del descubrimiento. Noches enteras las he pasado sin poder detener la lectura, pendiente mi conciencia del destino del personaje amado. Todavía extraño a Raskolnikof, a Naphta y Settembrini, a Moscarda, a Leila, a Adriano, a Estefanía, a todos esos personajes que conozco tan bien, desde sus entrañas y las mías, desde nuestra intimidad compartida, a todos esos que por mí han hablado, que han sabido, descrito, ordenado y armado mi propia experiencia.

Los libros me abrieron mundos, me enseñaron a conocerme, a descifrarme. Pronto entendí que en la base de toda historia, como lo sugiere Rimbaud, «yo es otro». Por mi abuelo descubrí también que uno puede olvidarse de sí mismo. Poco a poco, la enfermedad le robó la memoria hasta que no recordó los títulos y los personajes amados, hasta que dejó de anotar los textos, hasta que no supo más cómo volver a casa. Desde entonces sé también que los libros van a sobrevivirme; en todo caso, sus palabras que cantan en el viento que las esparce.

Desde entonces puedo citar los encuentros memorables.

La primera lectura que recuerdo es El Principito. No estoy muy segura de haberlo entendido del todo, pero sí que me comporté como si los baobabs y las estrellas tuvieran sentido. Ahora sé que algún día he de perderlas todas. El tiempo, como las lecturas, pasa y vamos reentendiendo nuestro pasado, como reinterpretamos los textos, los rehacemos, los reinventamos, y lo que creíamos pasado nos llega al presente y lo trasciende en una nueva versión, en su edición actualizada. Lo que pasa con una densidad de significado no entrega su sentido de una sola vez, de golpe, sino que lo libera gradualmente: poco a poco, tal vez de manera interminable. La identidad no es una autoreferencia abstracta, sino una construcción ininterrumpida, un entramado de hilos que trenzamos y que tienen, cada uno, su propia historia. El pasado, no por serlo, se está quieto; cada día, y en función del presente, el pasado –como las palabras– alcanza nuevas dimensiones, nuevas lecturas; todo está tamizado por este presente que reinterpreta una y otra vez lo vivido.

No sé si hay una versión verdadera, acabada, de la vida de cada uno o de los textos admirados. Tampoco sé si importa. Acaso la última versión sea cuando se nos aniquile la vida y no haya más fe de erratas y la mirada se nos atasque en una traducción única y sorda, sin diálogo y sin refugio, aburrida como un bostezo universal, gris y sin sentido; cuando perdamos el temor de que el futuro no se cumpla.

Quiero terminar este texto con un diálogo que escuché de mis hijos cuando eran pequeños y vivíamos fuera del país:

—¿Y tú me quieres? –le preguntó Rafael, mi hijo de tres años, a Leonora, de dos.

—Sí, Rafita. De aquí a México. ¿Y tú a mí?

—¡Claro! Te quiero de aquí al universo –dijo Rafael, a lo que Nonita (como le decimos a mi hija) respondió intrigada:

—¿Qué es el universo, eh?

—¿Qué no sabes? –preguntó él, suficiente.

—No, ¿qué es? –insistió Nonita.

—Pues es un señor grande-grande que reparte cartas.

Hablar es la primera de las bondades: el lenguaje es, efectivamente, una primera donación en donde nos damos al otro en nuestra palabra y nos abrimos a un mundo porvenir. El universo aparece cuando el otro habla, más aún cuando el otro nos otorga la gracia del amor en sus palabras.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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