Redes sociales y periodismo: la gran avenida

En el ciberespacio reina la autonomía: libres de los filtros selectivos de imprentas y editores, múltiples voces de cualquier lado lo dicen todo y se hacen oír –las redes sociales les permiten ejercer su democracia. Camuflado en esta gran avenida cibernética, el periodista profesional emprende la tarea indispensable de distinguir: en este caos hay cierto orden; hay tendencia en el rumor y verdad entre el barullo. Un ensayo de Michel Suárez Sian.

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En el ciberespacio reina la autonomía: libres de los filtros selectivos de imprentas y editores, múltiples voces de cualquier lado lo dicen todo y se hacen oír –las redes sociales les permiten ejercer su democracia. Camuflado en esta gran avenida cibernética, el periodista profesional emprende la tarea indispensable de distinguir: en este caos hay cierto orden; hay tendencia en el rumor y verdad entre el barullo. Un ensayo de Michel Suárez Sian.

Michel D. Suárez Sian

La irrupción de las redes sociales como nuevo escenario de democratización informativa representa una oportunidad y un reto para el periodismo. La participación ciudadana en la conversación de los medios –y en su producción– se acerca a los postulados de Jean Cloutier desde la teoría de la comunicación. El investigador canadiense soñó en los años setenta con un esquema dialógico que permitiera el acceso del receptor a los medios. En los últimos años del siglo XX, el modelo dialógico o Emirec (emisor y a la vez receptor) conquistó terreno en ámbitos académicos y no pocos le buscaron una aplicación práctica en las radios comunitarias latinoamericanas; sin embargo, después muchas de ellas terminarían respondiendo a los intereses del que concedía las licencias.

Cloutier pretendía que cualquier humano podía ser a la vez «emisor» y «receptor», es decir que cualquiera podía beneficiarse de una comunicación horizontal en igualdad de condiciones. El esquema informacional del siglo XX situaba al emisor al inicio del proceso, pero según Cloutier, si se deseaba establecer un real y legítimo proceso de comunicación, el destinatario también tendría que ubicarse al principio del esquema, produciendo y originando mensajes. Las valoraciones de Cloutier se reforzaron con los aportes de Mario Kaplún, quien pidió superar la hipotética retroalimentación (feedback). En su opinión, el esquema Emirec debía incorporar la prealimentación, entendida como una búsqueda inicial de información para identificar los problemas e intereses del receptor.

Visto lo sucedido con las nuevas tecnologías de la información en la primera década del siglo XXI, podría asegurarse que las teorías de Cloutier y Kaplún, allí donde internet ha podido extenderse libremente, se han acercado a su concreción más práctica. Una conexión a internet, una cuenta en una red social y un mensaje adecuado posibilitan que un usuario (habitual receptor) se convierta en emisor y sea escuchado por el resto, incluyendo a los medios. Parece fácil, pero no lo es, en tanto la democratización del acceso también provoca la multiplicación de las opciones y fuentes. Pero dentro del caos hay cierto orden. La prealimentación informativa quizás no se produce exactamente como demandaba Kaplún, pero es innegable que millones de nuevas voces participan ahora en el concierto. Blogueros, tuiteros, grupos de Facebook y Google+, sitios de campañas ciudadanas, radios y televisiones online y un largo etcétera no sólo «prealimentan» y sirven de referencia informativa a medios y periodistas tradicionales, sino que producen sus propios discursos e interactúan directamente con el público, sin las antiguas mediaciones. No es exigua la conquista si consideramos que el gran cambio tecnológico se produjo a partir del año 2000.

Sin embargo, todo proceso también genera críticas, unas fundadas y otras no tanto; entre estas últimas, las de académicos que atribuyen propiedades desinformativas al exceso de fuentes. Es evidente que la competencia se ha incrementado, desde la pornografía online, el simple entretenimiento y la información hasta las páginas sobre activismo político. Ello obliga a un proceso de selección, a una estrategia de clasificación informativa que ha terminado certificando la muerte del conductismo.

Afortunadamente, ya no son los dueños de las imprentas, los editores de los periódicos o los responsables de las emisoras quienes limitan la cantidad y calidad de la información que se consume. El mando está ahora en nuestras manos. No es mi intención describir una situación idílica en lo que se refiere a la estructura actual de la comunicación, pero sirva un ejemplo para ilustrar la importancia del usuario en las nuevas rutinas de los medios: la piratería online de películas y series ha forzado a los medios convencionales a repensar sus narrativas habituales. Las programaciones a la carta (cuando el cliente quiera, donde el cliente quiera) han comenzado a ganar terreno, entre ellas las plataformas de distribución personalizada Netflix y Hulu. Los usuarios han forzado una nueva mentalidad estructural, en un escenario donde, ciertamente, las opciones piratas adelantan a las legales.

Entre millones y millones de blogs, cuentas de Twitter, páginas de Facebook, emisoras online y canales de vídeos, la cantidad de información parece apabullante. La producción ciudadana de textos, imágenes y productos audiovisuales ha convertido a internet en el mayor sistema de socialización de conocimientos jamás visto. Así como sería imposible leer toda la producción impresa en un kiosco o librería, tampoco podría accederse a la totalidad de la producción virtual. Empresas y usuarios de internet, en la misma medida en que avanzan, desarrollan efectivas herramientas de selección informativa. Entre ellas, los lectores de RSS, los favoritos de los navegadores, las listas de Twitter, las revistas a la carta –al estilo de Flipboard– y los servicios de geolocalización para personalizar las ofertas. Lo importante es decidir y actuar sobre cualquier producción informativa dominante, pero decidir bien. Eliminados algunos mediadores, y ubicados frente a un mar de cifras, opiniones, tendencias, filias y fobias, la educación sobre nuevas tecnologías emerge como asignatura imprescindible en el fomento de la lectura crítica de los medios, sean profesionales o ciudadanos.

Cumpliendo con el sueño de Cloutier y Kaplún, la palabra está dada: cualquiera puede enviar sus mensajes y ser escuchado, pero disponer de un canal de difusión gratuito no equivale a garantía de éxito.

¿Qué hacemos con la bomba?

Otra arista relevante del proceso comunicativo actual radica en la utilización de las redes sociales como fuentes de información. Tal práctica ha originado no pocos errores, debido a las falsificaciones, rumores y suplantaciones que se producen a menudo en internet. Pero los equívocos no deberían atribuirse al canal, sino a una mala praxis periodística. Twitter, Facebook, YouTube o cualquier otra red social con millones de usuarios –anónimos o identificados– se asemejan a la gran avenida de una metrópolis. Miles de personas se mueven en automóviles, a cada lado conviven comercios privados e instituciones públicas, pero sobre todo transita muchísima gente. Y en una gran avenida convive la gran masa social: el maestro, de camino a la escuela; los limpiadores, que trabajan duro para dejarla reluciente; los ancianos, de paseo matutino, y muchas, muchas más personas. A ellos nadie les tomaría como fuente calificada en asuntos para los que no son competentes. Y si un señor grita «¡ha explotado una bomba!», ello no significa automáticamente que sea verdad, ni mucho menos que le vayamos a entrevistar en la radio.

Las redes sociales, da igual su denominación o número de usuarios, son como esa gran avenida, e incluso más anónimas y distantes. La prensa debe acudir a ellas para aquilatar tensiones, investigar rumores, tomarle el pulso a la opinión pública y como fuente de noticias importantes, pero sin violar el mecanismo habitual. El grito de «ha explotado una bomba», lanzado desde una cuenta de Twitter, merece el mismo proceso de verificación periodística que una información publicada por un gran medio informativo. Ni más ni menos.

Las redes sociales son una gran oportunidad para el periodismo actual, pero un tuitero no es necesariamente un periodista. El papel del comunicador profesional en el descubrimiento, comprobación, tratamiento y difusión de temas importantes para el conjunto de la sociedad sigue siendo imprescindible. Internet continuará produciendo milagros y aparecerán nuevos modelos y vías de intercambio de información. Los medios y los periodistas no tenemos otra alternativa que participar activamente de dichos procesos. No bastará con adaptarnos a las nuevas tendencias si pretendemos seguir aportando algo en el proceso de formación de la opinión pública.

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Michel D. Suárez Sian es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Periodista y profesor. Autor de los libros Canales de noticias en televisión (2001), Dramaturgia audiovisual (2007) y Son de la Loma (2001). Nació en Santiago de Cuba (1973) y reside en Madrid.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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