Recuerdos lectores de un perverso polimorfo

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Ricardo Vigueras Fernández (1968), narrador y ensayista español, es doctor en Filología Clásica por la Universidad de Murcia y catedrático de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Vive en México desde hace más de dos décadas. Ha escrito guion, teatro, ensayo, cuento y novela; también se desempeñó como actor. Obtuvo el Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su libro de cuentos A vuelta de rueda tras la muerte (2014) y el Premio Tristana de Novela Fantástica por No habrá Dios cuando despertemos (2015), su libro más reciente.

 

 

Ricardo Vigueras

 

 

Estimado Eduardo:

 

Deja que te confiese, por muy fantástico que parezca, que no conservo recuerdos personales anteriores a mi relación con la lectura de libros y cómics. Espero que no te moleste que hable también de cómics. Imposible sería no hacerlo. A los tres años copiaba los dibujos de Escobar para Zipi y Zape, y de Ángel Pardo para El Capitán Trueno. Por las noches me gustaba dormir entre las novelas de Frank Yerby que compraba mi padre, como a Rico McPato le gusta dormir entre sus millones de dólares. Mi madre me cuenta que de niño yo era muy popular en el barrio donde vivíamos en la ciudad de Vich (en la provincia de Barcelona). Mis padres incentivaron desde niño mi interés por la lectura. Mi padre tenía y tiene una buena biblioteca, por lo que desde muy temprana edad no necesitaba la escuela para saber, por ejemplo, que Alejandro Manzoni había escrito Los novios o Charles Dickens Oliver Twist. En Vich tenía una amiguita mayor que yo (debía de contar seis o siete años) que venía a mi casa para llevarme a jugar en la suya. A ella le gustaba vestirse de torero y yo era el toro. Sospecho que esa chiquilla fue la que me enseñó a leer, aunque no conservo recuerdos al respecto. De esta forma, debo o atribuyo a esa niña las dos grandes lecciones sobre la vida que aprendí a tan tierna edad: el aprendizaje lector de las letras y la comprensión de que «del rostro del beso enamorado», como escribió Miguel Hernández, las mujeres siempre serían las toreras de mi vida.

Nunca dejé de leer libros, así como nunca dejé de leer cómics. Aún hoy, con casi cincuenta años, libros y tebeos siguen siendo los dos carriles de mi autopista por el conocimiento. Antes de la primaria, mis primeras lecturas fueron Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez (que siempre me hacía llorar al final) y Aventuras de Bombilla, de Gunter Herburger. Mi primera lectura «adulta» fue la colección de novelas de Harry Dickson, por Jean Ray. Yo era un apasionado de aquella serie. Estudiaba primer año de primaria y recuerdo que por las tardes, antes de volver al cole, me sentaba en el borde de la cama y devoraba con auténtica pasión novelas con títulos tan sugestivos como El enigma de la Gorgona, Pánico sobre Londres, El misterioso rayo verde, La calle de la cabeza cortada y otros que hoy todavía me estremecen de nostalgia y placer. Quizá sea a Jean Ray a quien debo mi amor por la novela negra, el policiaco, el enigma y el terror. Por las noches me encantaba leer historias de la Biblia en versión adaptada para cabezones de pantalón corto. Jesús de Nazaret era mi superhéroe favorito. Recientemente he redescubierto con gozo la lectura de la Biblia, la cual leo sin arrobo de creyente ni acrimonia de ateo; de la misma manera que me gustan los cómics clásicos de Walt Disney, pero no por ello debo creer que los ratones hablan ni los patos pasean por la calle sin calzones.

Ya en Murcia vinieron más cómics, entre ellos Flash Gordon de Alex Raymond y Dan Barry, El Fantasma de Lee Falk, la revista Drácula de Burulán, 5 x Infinito de Maroto; mientras tanto, eran mis amigos los hijos de Víctor Mora: El Capitán Trueno, El Jabato y El Corsario de Hierro. Mi corazón palpitaba por Modesty Blaise y Vampirella. La primera novela «gorda» que leí en mi vida (en segundo año de primaria) fue La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne, autor al que adoraba tanto como ahora. Esa obra la leí durante unas Navidades. El profe nos pidió en la escuela que leyéramos un cuento durante las fiestas, y yo, queriendo impresionarle, me eché esa novela completa. Por supuesto, nunca reparó en mi heroísmo, y bien merecido que lo tengo por pretencioso. Si Verne fue mi lectura de cabecera durante los primeros años de primaria, no le fueron a la zaga Emilio Salgari, Jack London, Robert Louis Stevenson o Henry Rider Haggard. Estos autores, mal llamados novelistas «juveniles» me transmitieron un vitalismo o afán de vida en el que deseo creer. Lo mismo que en cine me gustan Huston, Walsh, Ford o Hawks: artistas a quienes uno todavía contempla como hermanos mayores dignos de imitación y referentes ante la vida.

Mi etapa de lecturas «adultas» empezó a los once o doce años. Como niño que fui de la televisión, estaba enganchado a las series que entonces llamaban «Grandes relatos» y que adaptaban best sellers norteamericanos. Me encantaban porque siempre había unas gotas de sexo. La primera novela que leí fue Hombre rico, hombre pobre, de Irwin Shaw, durante una semana de agosto, y a esta le siguió Holocausto, de Gerald Green y otras que venían aclamadas por la tele o el cine. Pronto descubrí a un novelista que se volvería mi favorito, el Julio Verne de mis años mocitos: Alberto Vázquez Figueroa. Guardo enorme y grato recuerdo de jornadas sin poder dejar novelas como Nuevos dioses (esta cayó en una sola noche). ¿Por qué dejé de leer a estos autores? ¡Omigosh, porque entonces descubrí a los Clásicos!

Un día llegué al cole (séptimo año de primaria) y le dije a un amigo, con quien rivalizaba en velocidad y cantidad de lecturas: «¿Sabes qué? Todo lo que hemos leído es una mierda. Ayer leí Hamlet, y eso sí es la repera limonera. Ríete tú de Irving Wallace y James Michener». A partir de entonces abandoné la bestsellerística para adentrarme en un nuevo universo de long-sellers y lecturas «de prestigio»: cayeron entre otras todas las tragedias de don Guillermo Shakespeare, muchas comedias de Lope y dramas de Calderón, y también descubrí mi muy amada tragedia griega y la revelación de un autor que tengo muy abandonado (como a casi todos): Dostoyevsky con Crimen y castigo. Si te preguntas si dejé los cómics ahora que empezaba a llevar una dieta de lecturas «como Diosito manda», debo decirte con harto regocijo que nel pastel: eran los años del boom del cómic «adulto» en España y yo era voraz consumidor de revistas como Creepy, 1984, Comix Internacional, Cairo, Cimoc, y hasta El Víbora (mi primer Víbora, el número 10, me lo vendió a escondidas un librero porque yo solo tenía doce años; debo reconocer que incluso aquel perverso polimorfo que yo sería se escandalizó tras la lectura de Nazario). También de aquellos años datan mis primeras incursiones en la pornografía: Sade, Masoch, Apollinaire, El loto dorado, mas también Camilo José Cela, Miguel Delibes o Gabriel García Márquez.

Los años de instituto me trajeron nuevos amigos y nuevos autores de culto (y más comics: descubrí a Hugo Pratt, Alfredo Pons, Edgar P. Jacobs, Jacques Tardi, Daniel Torres, Muñoz y Sampayo, Micharmut, etc.). En una librería de segunda mano compré un libro que marcó mi vida: Primavera negra, de Henry Miller. Hoy me cuesta  trabajo ponderar hasta qué punto fue para mí un verdadero cataclismo interior descubrir a este autor que pronto se convirtió en mi mesías, mi ideal de vida, el hombre de quien cada palabra, cada pensamiento, eran para mí sagrados y trascendentes. Mi pasión por Henry Miller iba más allá de toda cordura: su estilo literario era para mí fuego que consumía el pasado de mí mismo y me hacía renacer mientras me quemaba. Su entusiasmo por los buenos vinos, las mujeres, los cigarros, la comida suculenta, inauguraron en mí la presencia de la religión que aún profeso: la del hedonismo. A su manera, Henry Miller era también un Stevenson, un Julio Verne, un aventurero y un vitalista. Miller me condujo a Blaise Cendrars, otro de mis autores de cabecera. Todavía hoy, cuando me preguntan cuál es mi novela favorita respondo que El hombre fulminado. De acuerdo, no es la novela más importante de la historia, pero sí es la que más me ha influido porque se cruzó en mi vida en el momento oportuno. Afirmaba Miller que merecería la pena aprender francés solo por leer a Cendrars. Comencé a aprender inglés con la lectura temprana de Primavera negra en versión original y la ayuda de un diccionario. Hoy, tanto Henry Miller como Blaise Cendrars están bastante olvidados porque no son autores «políticamente correctos» en estos tiempos melindrosos.

Otro autor fue Boris Vian, quien con La hierba roja se convirtió en una de mis grandes influencias. Como en el caso de Miller, busqué por todas partes sus libros hasta completar todo lo que en ese tiempo se había editado en español, lo cual incluía el volumen de Júcar dedicado a las letras de sus canciones. Descubrí el cine y comencé a escribir sobre todas las películas que veía, lo cual me hizo prosperar en lo escritural y, de paso, en la escuela. Dejé de ser burro ecuménico para ser estudiante «de letras». Mas esta historia habrá de ser contada en otra parte.

Fue en aquellos años en que descubrí no un autor, sino un género completo, que me acompañaría en mis lecturas hasta hoy mismo: el género criminal, que gracias a la colección Club del Misterio, de Bruguera (que yo llamo las Sagradas Escrituras) entraba en nuestra casa cada semana y me permitió conocer a multitud. Entre los autores de novela negra, mi favorito pronto fue Ross Macdonald, y entre los de novela enigma: Rex Stout con su obeso y excéntrico Nero Wolfe, cuyos casos siempre relataba con irónico distanciamiento su ayudante Archie Goodwin (nada que ver con el escritor de cómics de la editorial Warren). Jim Thompson, Chesterton y el Padre Brown, Chester Himes, Simenon; descubrí dos de mis obras favoritas: ¿Acaso  no matan a los caballos?, de Horace McCoy, y El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain. Agregaría, quizá, El arrecife del escorpión, de Charles Williams, para componer una trilogía de novela negra de amor trágico, que es la variante del noir que más me gusta. Descubrí a quien considero mi gran referencia en la novela criminal: Patricia Highsmith. Cada vez que regreso a Murcia, acudo al estante de la biblioteca donde aguardan las Sagradas Escrituras en dieciséis tomos y leo alguna de sus joyas todavía no conocidas.

El resto de mi adolescencia estuvo marcada por Borges y Hugo Pratt, que al fin confluyeron una tarde en que el profesor Steiner «descifraba» al alfabeto griego como una narración del hundimiento de la Atlántida. Esta clase de juegos tan borgianos eran frecuentes en la obra de Hugo Pratt, y el marinero de Malta era protagonista de ensueños o aventuras donde la realidad se fundía con lo mágico, como en el caso de Borges y la misteriosa entrada en una Enciclopedia Británica sobre Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Borges me hacía alucinar literalmente en aquellos años como si de una droga se tratara. Leyendo el cuento antes mencionado, o «El inmortal», sentía que la realidad podía ser fragmentada de otra manera. También Borges me influyó con su colección de kiosco Biblioteca personal, donde leí por primera vez la Eneida o las Historias de Herodoto. El latín y el griego también habían entrado en mi vida en la escuela secundaria y preparatoria (que en España, en aquellos tiempos, se llamaban BUP y COU) y traducía con afán a Homero y Platón, a Salustio y Tito Livio. En la universidad yo hubiera querido estudiar Literatura Comparada, pero, como tal carrera no existía, elegí Filología Clásica, ya que, puestos a estudiar literaturas en comparación, ¿qué mejor que beber de la fuente de la que casi todo mana hasta el día de hoy?

Debo confesar que entre los veinte y veinticinco años leí mucho menos. Mis hormonas se encontraban en un estado de agitación inmenso. También descendió a niveles mínimos mi producción escritural por la misma razón. Lo último que me apetecía era quedarme en un rincón a escribir y leer mientras los vagones del tren de la vida, llenos de sensaciones, personajes y lugares nuevos, pasaban rugiendo bajo mi ventana. ¡Había que tomar ese tren como fuera! Sin embargo, recuerdo con cariño de aquellos años mi lectura de Marcel Proust (muy ad hoc para otoñales tardes lluviosas, por supuesto) y sobre todo Cioran, que me resultó de gran consuelo durante un año de depresión (en 1990 solo releí muchas veces En las cimas de la desesperación). Leí mucho teatro en los años en que me dediqué intensamente al teatro como actor: Chéjov, Arthur Miller, Tennesse Williams, Siglos de Oro, Buero Vallejo, Alfonso Sastre…

Lo mexicano entró en mi vida a temprana edad, con los tebeos de Batman y  Superman de Novaro. Me llamaba mucho la atención el lenguaje, e incorporé muchos modismos a mis juegos infantiles. Como era muy mal estudiante, siempre tenía un profe particular, como mi prima Carmen María, que dos veces por semana me ayudaba a entender matemáticas, física, química y otros importantes conocimientos que no han servido para nada en mi vida. Tenía muchas charlas literarias con mi prima (ella estudiaba Filología Hispánica): «¿Por qué Batman dice que el Comodín es un pillo, si debería decir que es un hijo de la chingada?». Ella me explicó que aquellas traducciones pretendían dar una visión infantil del mundo. Luego, en la adolescencia, vi todo el cine de Luis Buñuel, del cual prefiero la etapa mexicana. Cuando llegué a México, a la edad de veinticinco años, debí pasar un periodo de desintoxicación de eurocentrismo, algo absolutamente normal. Superado tal eurocentrismo, empecé a descubrir la literatura mexicana: Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Jaime Sabines, Xavier Villaurrutia, Vicente Leñero, Sor Juana Inés de la Cruz, el teatro «tremendista» de Jesús González Dávila, Rodolfo Usigli, Carlos Montemayor, Paco Ignacio Taibo II, Rafael Bernal, Rafael Ramírez Heredia, Homero Aridjis, y un largo etcétera en el que habría que incluir a muchos chihuahuenses y mis lecturas de todos los juarenses y muchos fronterizos de acá y de allá.

Dirás que por fin habría de librarme de la costumbre de leer cómics, pues aquí en México, por desgracia, no existe una industria del cómic; y no existe una industria del cómic porque no hay muchos lectores, ni de Tolstoi ni de Kalimán. Y sin embargo, he leído algunos cómics del pasado glorioso de la historieta mexicana: Adelita y las guerrillas y Santo, de José G. Cruz (sobre las que he escrito y pueden encontrarse mis textos en internet), Chanoc, Kalimán, Starman el Libertario, Joyas de la mitología, Tradiciones y leyendas de la colonia, La familia Burrón, Lágrimas y risas y amor, África Blanca, y otro largo etcétera que incluye los cómics pornográficos mexicanos, que yo, debo confesar, he sido uno de los pocos en defender en otro largo artículo que también puede encontrarse en la red: «La pornografía de la culpa».

Aquellos caminos de la lectura me trajeron aquí. Como dije, siempre he leído lo mismo que siempre he tenido orejas, así que no puedo hablar del don maravilloso de la lectura porque para mí leer no fue impuesto, sino natural, y leer de todo, como puede verse, libros literarios y cómics. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia cualitativa razonable hay entre un book y un comic-book? Para mí, ninguna.

Desde enero de 1997 trabajo en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Imparto, principalmente, las materias de Mitología y cultura clásica I y II y Latín I-IV, además de otras optativas que se ofrecen eventualmente. Me llaman doctor, maestro o profe, pero yo me considero ante todo un corruptor de conciencias juveniles. ¡Llegan tan jóvenes, con sus dieciocho años recién cumplidos! La Universidad es lo más grande que han visto en su vida, después de la iglesia de su barrio y algún mall en El Paso, y yo les hablo de dioses caprichosos, de batallas, de sentimientos exacerbados, de raptos, maldiciones familiares, matanzas y violaciones. Los grandes temas de la literatura universal. Mi trabajo me permite releer constantemente la tragedia griega y a Homero (sobre todo, la Odisea) y mantener fresco el latín en mi mente.

Mis primeras lecturas fueron importantes porque no cayeron en saco roto ni olvido esos autores y autoras que tanto me ilustraron y divirtieron. Trátese de un autor latino barroco como Ovidio, o de un escritor de masas como Jean Ray; trátese del complejo William Faulkner o del fresco y divertido Silver Kane, todos ellos son como hermanos, parientes, tíos, amigos. Hicieron de mí un lector perverso, mas un perverso polimorfo.

Releo y descubro que faltaron muchas obras y autores, pero aquí le paro, amigo Eduardo Cerdán. Nos seguimos leyendo, y el cielo os guarde.

 

Ricardo Vigueras

Mayo de 2017