Radiografía de un partido. Morena y el carisma de López Obrador

Morena se perfila como el gran ganador de las elecciones de 2018. Para comprender a este partido, Fernando Luna rastrea sus orígenes y analiza los elementos que lo han convertido en una de las principales fuerzas políticas de México. En el centro de Morena, como fiel de la balanza, está la figura de su carismático fundador: AMLO.

En todos los medios de comunicación, en las columnas periodísticas, en los blogs, en las conversaciones cotidianas, se percibe la inquietud respecto a quienes se perfilan como los seguros ganadores de la próxima elección presidencial: Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su partido Morena, originalmente un acrónimo para Movimiento Regeneración Nacional.

Con mucho conocimiento o poco, con prejuicios o con capacidad analítica, diversos editorialistas y académicos han dedicado sus reflexiones y sus investigaciones para desentrañar este fenómeno. No pretendo aquí enmendarles la plana, pero sí ofrecer a los lectores de Cuadrivio una introducción a un partido que, a pesar de su corta trayectoria, se perfila para convertirse en la primera fuerza política del país.

En este texto busco desarrollar unos cuantos elementos en torno a este fenómeno político. Primero, busco mostrar algunos antecedentes de Morena, además de sus resultados electorales y características generales. Posteriormente, presentar algunos aspectos de las relaciones entre Morena y los movimientos sociales, para finalmente, dialogado con algunos de quienes han estudiado los populismos latinoamericanos, ofrecer ciertas hipótesis respecto a los retos que puede enfrentar López Obrador después de su muy probable triunfo.

 

Morena, ¿un partido carismático?

Como ha señalado Héctor Aguilar Camín, la figura de López Obrador eclipsa lo que conocemos sobre el partido.[1] Sabemos que Morena tiene como origen ese movimiento amorfo que brotó del proceso de desafuero contra el tabasqueño entre 2004 y 2005. Con el apoyo del Partido de la Revolución Democrática (PRD), López Obrador comenzó a desarrollar una estructura paralela a la burocracia del Sol Azteca. El principal factor de cohesión de quienes se fueron agrupando era su reconocimiento al liderazgo de López Obrador, a quien veían como el representante de un sector de la población olvidado por las promesas de modernización del neoliberalismo.

Esos primeros intentos de organización fueron conocidos en distintos momentos como Redes Ciudadanas, Gobierno Legítimo o Movimiento de Resistencia Civil Pacífica, sin tener claros los contornos de estas formaciones. Lo cierto es que un gran número de personas se sumaron a este movimiento político ante el llamado «fraude» de las elecciones de 2006. La derrota de López Obrador en este escenario significó para ellos la confirmación de la cerrazón del sistema político mexicano ante las demandas de las clases populares.[2] En esa coyuntura también se popularizó otra idea de López Obrador: la identificación de un grupo que detenta el poder político y económico en México, la famosa mafia del poder. Con esta expresión, probablemente derivada del concepto de «elite del poder», de C. Wright Mills, se busca designar el antagonismo principal que ordena la lucha política en México. De un lado, un contubernio entre los potentados y poderosos del país, y del otro, el pueblo llano, representado por López Obrador.

El surgimiento de Morena como expresión organizativa tiene como preámbulo la elección interna para presidente nacional del PRD en 2008, puesto por el que contendieron Alejandro Encinas y Jesús Ortega. Hasta ese momento, López Obrador, por medio de Leonel Cota ­–quien entró en las filas del Sol Azteca cuando López Obrador era presidente del PRD– había controlado la dirección nacional del partido con la anuencia de todas sus facciones. La disputa entre la facción representada por Jesús Ortega y la que respaldaba a Alejandro Encinas, y la derrota del segundo, fueron tan ríspidas que llevaron al tabasqueño a plantearse la necesidad de construir un nuevo partido.

Morena comenzaría a gestarse con base en el respaldo de las masas que se mantuvieron fieles a López Obrador. La elección del nombre, Movimiento Regeneración Nacional, nos brinda algunas pistas sobre la identidad colectiva de una organización que primero se registró como asociación civil. Al llamarse movimiento, intenta escapar al estigma de los partidos políticos. Por otra parte, la idea de una regeneración nacional, que recuerda al periódico fundado por los hermanos Flores Magón a principios del siglo XX, parece apelar a cierta nostalgia por los símbolos del régimen posrevolucionario. Sin embargo, resulta más importante dentro del discurso de López Obrador su interpretación como una renovación moral, es decir, un cambio de hábitos en el ejercicio del poder público, que sería impulsado por su liderazgo y voluntad.

Los resultados de las elecciones de 2012 marcaron el punto de partida para la transformación de Morena en partido político. Aunque en los comicios el PRD respaldó a AMLO, este arreglo solo fue temporal, a conveniencia de ambas partes. En cuanto se anunció la victoria de Enrique Peña Nieto, fue claro que ambos tomarían caminos separados. Las llamadas tribus del PRD buscaban, desde 2008, mantener bajo su control las directrices políticas de la organización. Esto con el fin de abrirse a la negociación tanto con el Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el llamado «Pacto por México», como con el PAN; primero, en las coaliciones en distintos estados del país y, finalmente, respaldando la candidatura de Ricardo Anaya.

Morena se constituye como partido político nacional en 2014 y el siguiente año se estrena en las elecciones intermedias de 2015. Sus resultados en ese momento no fueron espectaculares. Apenas 8.39% de la votación para diputados federales. En la Ciudad de México, el principal bastión histórico del obradorismo, Morena registró avances en jefaturas delegacionales al obtener cinco de ellas, apenas una menos que el PRD. También obtuvo una presencia considerable en la Asamblea Legislativa con 22 escaños, mientras el Sol Azteca se convirtió en segunda fuerza con 19 lugares.

A pesar de que estos resultados mostraron la dimensión del hueco que dejaba el obradorismo en el PRD, resulta claro que estos números poco tienen que ver con los pronósticos actuales en los que se perfila a Morena como la primera fuerza en las instancias legislativas,[3] mientras que AMLO es el claro favorito para convertirse en el sucesor de Peña Nieto.[4] Para empezar a aclarar este panorama hay que decir que desde el principio AMLO usó al partido como una plataforma para sus aspiraciones presidenciales. Un ejemplo de lo anterior es que la primera dirección de Morena cayó en la figura de Martí Batres, aun cuando el liderazgo real de la organización siempre lo ha mantenido López Obrador. Su llegada a la dirección formal del partido ocurrió cuando fue necesaria dentro de su estrategia hacia las elecciones de 2018. De forma similar, el actual liderazgo formal de Yeidckol Polevnsky se ha visto eclipsado por las necesidades de la campaña, donde se ha vuelto notable la participación de la expanista Tatiana Clouthier como coordinadora y vocera, además de la intervención del propio López Obrador.

Otro aspecto destacable es el gran pragmatismo que ha mostrado el tabasqueño para atraer apoyos de políticos desplazados o resentidos con sus partidos de origen. Esto lo ha llevado a generar una articulación sumamente heterogénea de personajes con trayectorias diferentes e incluso opuestas, cuyo único vínculo es su liderazgo. La enorme fragmentación que han sufrido los otros partidos políticos en México ha generado una situación en la que el partido de AMLO rápidamente ofrece espacios a quienes han salido de sus organizaciones políticas de origen, sin importar sus posicionamientos ideológicos o sus trayectorias previas. López Obrador desarrolló una estrategia similar cuando fue presidente del PRD entre 1996 y 1999, cuando enroló como candidatos a priistas inconformes con la definición de las candidaturas en el otrora partido hegemónico. Esto permitió que el PRD obtuviera triunfos en distintos estados del país, como Tlaxcala, Zacatecas y Baja California Sur. Sin embargo, esta maniobra tiene un costo oculto, pues conlleva una progresiva indefinición de los referentes ideológicos del partido, que se sustituye por la fidelidad al liderazgo personal de AMLO.

Siguiendo a Panebianco,[5] podemos distinguir analíticamente a los partidarios de Morena en dos conglomerados. Por un lado, los creyentes que siguieron a AMLO desde su militancia en el PRD y que se identifican con una postura política crítica al modelo neoliberal. Por otro, los arribistas, aquellos que han desertado por conveniencia de sus afiliaciones políticas previas para buscar acomodo en lo que cada vez más parece más una nueva hegemonía, como lo ha planteado recientemente Jesús Silva Herzog Márquez.[6] Sin embargo, la convivencia entre ambos tipos de obradoristas no ha detonado un antagonismo que articule la lucha por el control del partido, esto debido al fuerte impulso que mantiene el liderazgo de AMLO en la campaña y que funciona como factor de cohesión. El exalcalde capitalino ha logrado catalizar el enorme descrédito del gobierno del PRI y las divisiones ocasionadas por Ricardo Anaya en Acción Nacional, lo que ha reforzado su control dentro de la organización. Hasta ahora, no hay indicios de la constitución de corrientes internas dentro de Morena, además de que están prohibidas formalmente en los estatutos del partido. Sin embargo, lo que ha generado la migración de grupos políticos regionales provenientes de los otros partidos a Morena es la presencia de fuertes cacicazgos o camarillas al interior del partido en el ámbito subnacional.

 

«Juntos Haremos Historia», una coalición heterogénea

Otro arco de alianzas fue el que desarrolló Morena con dos partidos políticos para formar la coalición «Juntos Haremos Historia», con la que se presenta en los próximos comicios. El Partido del Trabajo (PT) tiene una relación histórica con López Obrador, pues fue la primera organización que lo postuló a la presidencia en 2006, lo que hizo también en 2012. Además, el PT sirvió de refugio para los candidatos obradoristas después de los enfrentamientos entre las corrientes del PRD. Sin embargo, entre 2012 y 2017, no hubo una relación formal y Morena compitió con el PT en las elecciones intermedias de 2015. Solo a partir de la declinación del petista Óscar González a favor de la morenista Delfina Gómez en las elecciones del Estado de México en 2017 se abrió la posibilidad de renovar esta alianza.

Mucho más polémico ha resultado el acuerdo con el Partido Encuentro Social (PES), compuesto principalmente por comunidades evangélicas con posiciones conservadoras y homofóbicas, que en el pasado fue aliado del Partido Acción Nacional (PAN), luego de Jaime Rodríguez «El Bronco» en Nuevo León, y en los más recientes comicios en el Estado de México apoyó a Alfredo del Mazo.[7] Desde que esta alianza se anunció, hubo reacciones adversas dentro de los simpatizantes de AMLO, como lo expresaron públicamente la escritora Elena Poniatowska y la creadora escénica Jesusa Rodríguez, así como activistas de la diversidad sexual que militan en Morena.[8]

A pesar de sus diferencias de origen, la importancia del PT y del PES responde a un fenómeno que puede explicar la enorme apertura de AMLO respecto a la búsqueda de acuerdos con organizaciones e individuos de trayectorias tan diversas. Esta situación es la fragmentación del sistema de partidos, que lleva tiempo desarrollándose a nivel nacional pero que a nivel local resulta más aguda. En tal escenario, el servicio que estos partidos pequeños le hacen a la campaña de AMLO en lo que respecta a estructura territorial resulta fundamental, más aún cuando Morena es una organización tan reciente y con un liderazgo carismático cuyo arraigo se concentra en la zona centro y sur del país.

Sin embargo, el costo puede ser grande, pues el crecimiento que lograrían el PT y el PES les permitiría avances importantes. El primero podría conseguir entre 51 y 63 escaños de diputados y entre 3 y 8 senadores, mientras que los evangélicos llegarían a tener entre 61 y 73 en la cámara baja y entre 5 y 9 curules en la alta.[9] El riesgo reside en que este resultado le daría una fuerte presencia al PES, desde donde puede impulsar su agenda conservadora, mientras que resulta probable que el PT apoye las políticas impulsadas por un gobierno encabezado por AMLO, siempre y cuando le reditúe electoralmente.

 

Morena y los movimientos sociales

Otro aspecto relevante de la actuación de Morena en esta campaña electoral ha sido la relación con las organizaciones sociales. Aunque desde 2006 el obradorismo ha buscado mostrarse como la representación política de las causas populares, sus llamados no siempre han logrado establecer puentes de interlocución con los movimientos sociales. Basta con recordar la aguda confrontación que se desarrolló en la primera candidatura presidencial de AMLO respecto al llamado del EZLN a realizar la «Otra Campaña». Con esta convocatoria, los zapatistas intentaron construir una postura anticapitalista sólida frente a lo que se definía como un inminente triunfo de AMLO, con características parecidas a las que tuvieron los gobiernos progresistas que por esas fechas se establecían en el Cono Sur. En las elecciones de 2012, aunque no hubo un posicionamiento explícito, parece claro que la aparición del movimiento juvenil #YoSoy132 se enfocó en criticar el apoyo oculto que los medios de comunicación le daban a la candidatura de Peña Nieto, lo que pudo ayudar a López Obrador para acortar su distancia con el priista.

Como parte de su estrategia de apertura hacia todo tipo de liderazgos y organizaciones, Morena ha postulado a algunas figuras provenientes de organizaciones sociales como candidatos a legisladores. Desde 2006, AMLO ha mantenido una articulación con el movimiento campesino independiente que se ha expresado en la firma de acuerdos en los que se compromete a rescatar al sector agrícola y promover la soberanía alimentaria. Nestora Salgado y José Manuel Mireles son otros dirigentes sociales que han sido postulados por Morena. Ellos alcanzaron notoriedad como parte de los movimientos que organizaron policías comunitarias y autodefensas en el marco del recrudecimiento de la violencia ocasionada por el crimen organizado y la falta de respuesta estatal. Otra incorporación polémica ha sido la del líder sindical minero Napoleón Gómez Urrutia, quien durante años ha sido acusado de la retención de fondos de sus agremiados en el marco de un enfrentamiento ríspido con el poderoso empresario minero Germán Larrea.

En el ámbito magisterial, López Obrador ha establecido puentes que antes sonaban impensables. Sin embargo, aunque la inconformidad frente a la reforma educativa activó movilizaciones, la reacción de los agrupamientos docentes no los ha llevado a la confluencia. La reforma impulsada por el gobierno de Peña Nieto y su responsable en Educación Pública, Aurelio Nuño, generó encono en una buena parte de los profesores del país. Así, un sector aún identificado con la figura de Elba Esther Gordillo se ha constituido en una base de apoyo para AMLO bajo el nombre de Redes Sociales Progresistas. Por otro lado, la corriente antagónica, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) ha buscado presentarse como una fuerza independiente frente a AMLO, a pesar de que algunos de sus miembros militan o están vinculados a Morena; lo mismo que ocurre con la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG).

Otros movimientos también han buscado posicionarse frente a la candidatura de AMLO, pero manteniendo sus distancia. Por ejemplo, la vocera del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), Marichuy Patricio, ha declarado que no se uniría al movimiento que encabeza López Obrador por considerarlo parte del mismo sistema capitalista. El Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) de Atenco, que ha impulsado durante años el rechazo a la construcción del nuevo aeropuerto, también ha manifestado que su lucha no depende de qué organización política gobierne, sino de que se cancele definitivamente el proyecto de infraestructura aeronáutica en el territorio del lago de Texcoco.

Sin embargo, la campaña de AMLO también ha tendido puentes hacia el otro lado del espectro ideológico. Por ejemplo, el candidato ha nombrado al expresidente del PAN Manuel Espino como coordinador del vínculo con organizaciones sociales y civiles, mientras que Germán Martínez, otro exlíder de Acción Nacional, fue propuesto para encabezar la Fiscalía General de la República. La alianza con el PES, que sostiene una agenda abiertamente conservadora y homofóbica, se inscribe asimismo en este tenor.

 

Morena, ¿la base de un gobierno populista?

Un tema que resulta imposible de esquivar es la forma en la que este estilo de liderazgo puede proyectarse una vez que se encuentre en el poder. De acuerdo con Carlos de la Torre,[10] el populismo construye discursivamente un momento extraordinario de la política, en donde las elecciones pasan de ser un cambio administrativo más para convertirse en una batalla heroica entre el pueblo y las élites. Es decir, el populismo necesita constantemente de una revalidación de su legitimidad por parte del pueblo que busca representar. En este sentido, las promesas que ha hecho López Obrador respecto a que una vez en el poder, se someterá a procesos de revocación de mandato por consulta popular, pueden entenderse como reiteraciones de esa apelación.

En sus análisis respecto a los populismos latinoamericanos de inicios del siglo XXI, De la Torre también ha señalado que este tipo de movimientos tienen una vocación social incluyente, pues buscan representar a sectores marginados del arreglo político institucional en momentos de fuerte deterioro de su legitimidad. Sin embargo, al llegar al poder, trastocan el sistema democrático, a la vez que buscan acaparar el espacio de la sociedad civil por medio de la organización de estructuras paraestatales o corporativas. La variable que puede influir en ese resultado es la capacidad de los movimientos sociales para expresar visiones del pueblo heterogéneas, que impidan su representación unívoca por parte del líder populista.

Por su parte, Maristella Svampa[11] ha desarrollado una distinción entre populismos de alta y baja intensidad. Con los primeros, la socióloga se refiere a aquellos fenómenos políticos en los que el estilo populista se ha vinculado a un cambio en el modelo de desarrollo, así como a una concentración del poder en la figura del presidente, mientras que los de baja intensidad serían aquellos que solo reproducen el estilo del liderazgo y que, por lo general, son expresión política de las clases medias.

El proyecto actual de López Obrador difiere significativamente de las plataformas que ha presentado anteriormente, sobre todo comparándolo con 2006. La heterogeneidad de los elementos que AMLO ha reunido dentro de Morena y en las candidaturas que presenta la coalición «Juntos Haremos Historia», así como la moderación con la que ha abordado los temas más álgidos de la agenda neoliberal, hacen pensar que su construcción discursiva puede ser más plural que la que desarrollaron los gobiernos de Hugo Chávez y Rafael Correa. De la Torre considera a estos casos como arquetipos de la construcción discursiva del pueblo como uno, que finalmente los llevó al autoritarismo. Esta diferencia también hace pensar que AMLO representará en el poder a un populismo de baja intensidad, pues ha dejado de tener en el centro de su agenda la crítica al neoliberalismo, privilegiando al mismo tiempo la lucha contra la corrupción como eje de su propuesta política. Sin embargo, su estilo personalista y su uso reiterado de dicotomías simples, tendientes a la polarización, permiten ubicarlo como parte de esta tendencia.

No obstante, el estilo populista y la tentación de construir la identidad del pueblo como uno se mantienen. López Obrador ya ha señalado que, una vez en el poder, se someterá a procesos de revocación de mandato cada dos años. Esta promesa puede interpretarse como una forma de mantener el vínculo con las masas y de seguir movilizando la opinión pública en una campaña que se prolongará durante todo el sexenio, a la vez que seguiría siendo factor de cohesión para la heterogénea articulación de intereses de quienes se han sumado a su proyecto político.

Las relaciones que puede establecer un gobierno obradorista con los movimientos sociales, de un lado, y con los grupos de interés empresariales o con sus nuevos aliados políticos del otro, dependerán de su capacidad de sostener una posición equidistante respecto a los temas más delicados. Hasta ahora, su estrategia ha sido la de acercarse a los sectores que tradicionalmente habían sido opuestos a sus posturas, mientras que mantiene cierto contacto con sus bases de apoyo más antiguas. El crecimiento de su campaña en el norte del país da cuenta de que este plan ha resultado exitoso. A medida que sea necesario fijar posturas sobre temas polémicos, es probable que AMLO se vea obligado a ejercer una función de arbitraje entre fuerzas antagónicas, con expresión tanto dentro como fuera de su bloque de poder. El obradorismo puede perder cohesión si las demandas de los distintos grupos difieren en exceso y al gobierno se le dificulta el mantenimiento de sus alianzas con los distintos actores.

Es probable que, en el ejercicio de gobierno, los intereses empresariales, representados por Alfonso Romo, quien recientemente fue anunciado por López Obrador como probable jefe de gabinete, choquen con los intereses de ciertos movimientos sociales. Por ejemplo, en el ámbito educativo. En el Proyecto de Nación 2018-2024 buena parte del planteamiento sobre el tema se ocupa de defender la autonomía de las instituciones de educación privadas, a las que el empresario regiomontano está ligado; mientras que, para el caso de la abrogación de la reforma educativa, fue necesario que López Obrador anunciara compromisos específicos en la materia con los profesores, pues el tema no se trataba con ese énfasis en el mencionado documento. Otras propuestas que se hallan en el proyecto coordinado con Romo pueden generar nuevas resistencias sociales, como el ambicioso desarrollo de expansión de la industria hidroeléctrica que describe.

En conclusión, los retos que enfrentará López Obrador estando en el poder pondrán a prueba su capacidad de mantener unida a la agregación heterogénea de intereses que ha congregado entorno a su carisma. Al mismo tiempo, tendrá que procurar a su base de apoyo, que espera que realice cambios tendientes a disminuir los efectos de la desigualdad social. Esto sin que se perciba como un riesgo para los grandes capitales nacionales y extranjeros. Por otro lado, los movimientos sociales buscarán presionarlo para que satisfaga sus demandas. La batalla apenas comienza.

 

NOTAS

[1] Me refiero a las columnas que ha dedicado al tema en Milenio entre finales de mayo y principios de junio de 2018.

[2] Hasta ahora, el trabajo más completo al respecto es el de Héctor Alejandro Quintanar, Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional, México, Ítaca, 2017, 384 pp.  

[3] Consulta Mitofsky calcula que Morena puede obtener entre 136 y 152 escaños en la Cámara de Diputados, y entre 46 y 54 espacios en el Senado. Al respecto véase: Consulta Mitofsky, «México 2018: La otra contienda, preferencias para diputados y senadores», disponible en http://consulta.mx/index.php/estudios-e-investigaciones/elecciones-mexico/item/1039-mexico-2018-la-otra-contienda-preferencias-para-diputados-y-senadores, consultado en junio de 2018.

[4] El modelo de agregación elaborado por Javier Márquez para Oraculus calcula que AMLO tiene el 50% de las preferencias electorales, seguido de Anaya con 27% y Meade con 20%. Véase: Javier Márquez, «Poll of Polls», Oraculus, disponible en http://oraculus.mx/poll-of-polls/, consultado en junio de 2018.

[5] Angelo Panebianco, Modelos de partido. Organización y poder en los partidos políticos, Madrid, Alianza, 1990, 512 pp.

[6] Jesús Silva Herzog Márquez, «Sobre un volcán», Nexos, 1 de junio de 2018, disponible en https://www.nexos.com.mx/?p=37771

[7] Álvaro Delgado, «El PES se reinventa y ahora va con Morena», Proceso, 12 de diciembre de 2017, disponible en http://www.proceso.com.mx/514685/el-pes-se-reinventa-y-ahora-va-con-morena

[8] Arturo Rodríguez García, «Poniatowska y Jesusa Rodríguez, seguidoras de AMLO desde 2006, protestan en rechazo a la alianza Morena-PES», Proceso, 14 de diciembre de 2017, disponible en http://www.proceso.com.mx/515154/poniatowska-y-jesusa-rodriguez-seguidoras-de-amlo-desde-2006-protestan-en-rechazo-la-alianza-morena-pes

[9] Ver la referencia de la nota 3.

[10] Carlos de la Torre, «Populism and the Politics of the Extraordinary in Latin America», Journal of Political Ideologies, volumen 21, número 2, 2016, pp. 121-139.

[11] Maristella Svampa, «América Latina: Fin de ciclo y populismos de alta intensidad» en Eduardo Gudynas et al., Rescatar la esperanza. Más allá del neoliberalismo y el progresismo, Barcelona, Entre Pueblos, 2016, pp. 63-88, disponible en: Entre Pueblos, http://www.entrepueblos.org/files/RescatarEsperanza_web.pdf, consultado en junio de 2018.

 

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Posted by Fernando Luna

Fernando Luna (Ciudad de México, 1989) estudió sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la maestría en ciencia política en El Colegio de México. Es miembro del comité de redacción de la revista «Memoria» del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista. Sus principales temas de interés son los partidos políticos de izquierda en México y los movimientos sociales.

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