Racismo con «M» de mexicano

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Federico Navarrete, narrador, historiador y traductor, también es investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Es doctor en Estudios Mesoamericanos por la UNAM y especialista en temas de historia prehispánica y la conquista. Entre sus libros se encuentran Huesos de lagartija (Ediciones SM, 2007); Hacia otra historia de América (UNAM, 2015) y México racista (Grijalbo, 2016). El equipo de Cuadrivio pudo reunirse con él para charlar sobre su obra más reciente: Alfabeto del racismo mexicano (Malpaso, 2017).     

 

 

Alejandro Sal. P. Aguilar

 

Solemos pensar el racismo como un fenómeno social que se ha repetido en diferentes pueblos y épocas; menos común es que pensemos que existen especies particulares del racismo, ¿existe el racismo con sello mexicano? ¿Cuáles son sus particularidades?

En efecto, nuestro racismo es muy nacional y es muy a la «mexicana». Una de sus características más denotadas es su carácter privado. Esto se puede ver a través de la idea de «mejorar la raza», que es una idea que tenemos desde hace quinientos años en México. Se trata de la idea de que los que están hasta arriba de la escala social son los blancos europeos y que mejorar la raza es hacernos más blancos, más güeritos para ascender socialmente. Es una idea que está tan asentada, que incluso identificamos a las personas más blancas como más bonitas; identificamos ser blanco con tener prestigio social; con ser más respetable; con ser más exitoso; con ocupar una posición social superior; con ser aspiracional, como dirían los publicistas ahora. Ese es un sello muy particular del racismo mexicano y latinoamericano. Por ejemplo, en Estados Unidos hay mucho racismo, pero las personas de origen afroamericano ven comerciales en que hay modelos de origen africano y eso les parece natural. En México, 90% de la población es morena y si vemos la televisión, no aparece un solo moreno en las pantallas si no es para representar el papel de receptor de ayuda del gobierno; nunca aparece ocupando una posición social deseable, todos los que ocupan esas posiciones son blancos.

 

¿Por qué a los mexicanos nos cuesta trabajo asumirnos como racistas? 

Un primer obstáculo es externo. Nos comparamos con países como Estados Unidos, donde el racismo es algo público. Allá ha habido leyes racistas y un régimen discriminatorio contra las personas de origen africano, que primero fueron esclavizadas y luego discriminadas hasta hace cincuenta años (hoy este racismo parece revivir con las actitudes del actual gobierno). Comparado con eso parece que México no es tan racista, porque aquí el racismo es de orden privado. El segundo punto es que pensamos que no podemos ser racistas porque todos somos de la misma raza, que es un argumento que he oído. Hay quien dice: cómo vamos a ser racistas si aquí no hay negros; y en realidad en México sí hay muchas personas de origen africano. La concepción misma de que el racismo es culpa de los negros es una idea racista. Y solemos decir: no podemos ser racistas porque todos somos mestizos, pero el problema es que al decir que todos somos mestizos estamos definiéndonos racialmente, como la raza mestiza, y eso ya implica racismo, implica que hay quienes no son mestizos y que, por lo tanto, no son mexicanos o no son tan mexicanos, como podrían ser los indígenas; como son la propias gentes de origen africano, los afromexicanos o los negros; como podrían ser los chinos, que han sido víctimas de discriminación y racismo; como podrían ser los judíos; y una larguísima lista de grupos que no entran en la supuesta idea del mestizaje. Realmente, decir que no somos racistas es una negación de que nuestra propia definición de quiénes somos es racial.

 

A propósito de la comparación con Estados Unidos, hay un documental en Netflix titulado: Enmienda XIII. Una frase resume su argumento: «En Estados Unidos, la esclavitud no se crea ni se destruye, solo se transforma». ¿Qué tanto aplica esta tesis para el racismo mexicano? 

Me parece realmente una buena idea. Yo creo que sí, de nuestro racismo podemos decir que tiene quinientos años y que viene de la conquista y del establecimiento del régimen colonial, que hacía estas distinciones de las personas por su origen; pero también hay un racismo del siglo XIX que tiene que ver con la idea del mestizaje y la ciudadanía universal –para ser ciudadano tenías que hablar el español y se excluyó a las lenguas indígenas–; y hay un racismo muy moderno, muy contemporáneo, que es el de la televisión y la publicidad, que es un racismo tan viejo como la televisión, pero que reedita estas formas anteriores de racismo y las hace más visibles, les da un nuevo impulso tecnológico, por así decirlo. Entonces sí, parece que en cada etapa vamos reeditando las formas de racismo. Yo creo que el neoliberalismo, con la terrible desigualdad que ha traído a México en los últimos treinta años, también ha venido a reforzar el racismo. Cada vez más las diferencias que dividen a la sociedad mexicana son de clase, son de ingreso, de desigualdad económica; pero también son cada vez más de color de piel, de aspecto físico. Mientras más desigual se hace nuestra sociedad en el siglo XXI, más racista se vuelve también. Yo diría que estas son nuevas formas de racismo del siglo XXI.

 

En el Alfabeto hablas del clasismo y el racismo de forma más o menos indistinta. ¿Ambos fenómenos son sinónimos o por qué no tiene caso hacer una distinción tan rigurosa al respecto? 

El racismo en México, o en el mundo, rara vez viene químicamente puro. Puede ser que haya una discriminación puramente racial, pero en el caso de México discriminamos a las personas por su color de piel y eso solemos asociarlo con su condición socioeconómica. Desde el siglo XVI las personas con piel más blanca ocupan posiciones superiores y las personas más morenas deben ocupar posiciones más bajas en la escala social. Entonces, el racismo se mezcla con el clasismo. En la práctica, es imposible distinguir el clasismo y el racismo de una manera tajante, porque justamente la discriminación siempre va combinada en los dos sentidos. El término naco, por ejemplo, es fundamentalmente clasista, pero también tiene una connotación racial muy fuerte, aunque se aplique a personas que en teoría no sean de origen indígena. Lo mismo el término güero, suele implicar tener un color de piel más blanco y ocupar una posición social más alta, que es una especie de halago que no está exento de tener ciertas connotaciones negativas.

Casi todos los términos de clase en México tienen esta dimensión de raza; y casi todos los términos de raza, también tienen esta dimensión de clase. Ambos fenómenos operan conjuntamente. Y cuando vemos un estudio sobre la movilidad social de las familias mexicanas que acaba de realizar el INEGI, nos damos cuenta de que la gente con piel más oscura, en general, ocupa posiciones sociales más bajas, y la gente de piel más blanca suele tener una posición más privilegiada. No es una regla absoluta, pero es lo suficientemente clara para que confirmemos lo que nosotros sabemos en nuestra vida cotidiana: la diferencia de aspecto físico hace natural la desigualdad. Vemos a la gente morena y asociamos pobreza con ser moreno; y entonces pareciera que es su culpa. Es muy fácil que digamos que son ignorantes, no vemos que la pobreza es un problema social.

 

¿Qué responsabilidades ha tenido el Estado mexicano en la perpetuación de una estructura social racista?

El Estado mexicano es el principal reproductor de las desigualdades económicas, de la violencia y de la violación de los derechos humanos. Claramente, como un Estado autoritario, es un Estado basado en una élite que desprecia profundamente a la sociedad y que se considera intrínsecamente superior al resto del pueblo. Detrás de esto, hay una actitud marcadamente racista para la mayoría de los mexicanos. Las estructuras clientelares del PRI en el Estado de México, de donde surgió el grupo que actualmente ocupa la presidencia, son la demostración más profunda de este racismo.

 

¿Cómo vino a contribuir la emergencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional al debate público acerca del derecho a la autodeterminación y la participación política de los pueblos originarios?

Justamente el último de mis artículos –por razones alfabéticas– está dedicado al zapatismo. Y fue afortunado, porque el zapatismo fue de los pocos aspectos positivos que han ocurrido alrededor del tema del racismo en nuestra sociedad en los últimos años. El movimiento zapatista hizo visibles a los pueblos originarios del país, ayudó a que tomaran una voz fuerte en la política, en la cultura y en la vida social mexicana. Fue el inicio de una movilización que ha ayudado, efectivamente, a contrarrestar el racismo de que eran víctimas los pueblos indígenas; no completamente, pero ha contribuido mucho en este sentido, y esto es algo muy positivo.

Contra los pueblos indígenas a veces se practica también un racismo invisible, que es el racismo de la idealización. Los vemos como completamente distintos a nosotros; queremos que sean fieles a sus tradiciones; que sigan viviendo de alguna manera en una autenticidad cultural; que se vistan con su ropa tradicional; que practiquen sus rituales «prehispánicos»; y si no son prehispánicos, nos decepcionamos porque entonces ya no son «auténticos indígenas». No reconocemos que son ciudadanos del México del siglo XXI; que tienen derecho a la educación; que tienen derecho a los servicios de salud; que tienen derecho a modernizarse como ellos decidan; que tienen derecho a utilizar el internet y las computadoras y a ser hackers, como un grupo muy importante de hackers mixes y zapotecos que han tenido iniciativas comunitarias muy importantes. Idealizarlos es también una forma de discriminación. El punto consiste en reconocer que son tan mexicanos como nosotros, pero a su propia manera.

 

Tus críticos han dicho que le atribuyes demasiadas credenciales al fenómeno del racismo para pintar las calamidades del México contemporáneo, ¿qué respondes a estos juicios?

Es una objeción que me parece válida hasta cierto punto. Y creo que es un matiz que yo siempre quise imprimir a mi obra, pero a lo mejor no lo hice con suficiente claridad y quizás por eso ellos no lo entendieron. No juzgo que el racismo sea la causa de estos males, pero sí insisto en que es una agravante de los problemas de nuestra sociedad. En México, el racismo es una forma de convivencia, y, por lo tanto, está presente en todas nuestras relaciones sociales. Y es lo que trato de mostrar, no que sea el origen de todos nuestros problemas, pero que sí es algo que está presente en todas nuestras relaciones sociales.

 

¿De qué dimensión es la polémica con intelectuales como Roger Bartra, Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze? ¿En sus opiniones reproducen de alguna manera un discurso racista?

Aclaro, yo critico a los discursos, no a las personas. A mí no me interesa si en su conciencia alguno de estos intelectuales es racista. A mí lo que me interesa es que sus discursos públicos cumplen una función racista. La manera en que se posicionan en los medios y el tipo de vocabulario que utilizan sirve para fortalecer las prácticas del racismo mexicano. En ese sentido me merecen la crítica. No es una crítica a las personas, es una crítica a la posición de ciertos intelectuales públicos que se dan a sí mismos la autoridad para pontificar, para condenar, para discriminar a ciertos grupos de mexicanos desde una posición de poder. Ellos, desde luego, dirían que no son racistas, y les creo; pero lo que deberían pensar es cómo su discurso, en un contexto como el mexicano –de una gran desigualdad social y de una sociedad racista–, termina siendo racista por más que sus intenciones no lo sean.

 

En tu obra cuestionas la visión de Octavio Paz, tan aceptada como influyente, acerca de la fundación de México sobre la base de una suerte de mezcla del ultraje y la seducción, de la violación y la sumisión voluntaria, que vuelve a todas las mujeres, automáticamente, en unos meros entes rajados y abiertos, y a todos los hombres en hijos de la chingada. ¿Hasta qué grado El laberinto de la soledad no es sino un relato lírico de nuestra supuesta tragedia nacional al que se le ha atribuido, falazmente, un valor antropológico y sociológico?

Sinceramente, yo no soy experto en Octavio Paz ni me interesa serlo. Poder llegar a una definición clara de cuál era la intención de Octavio Paz a la hora de escribir el texto es algo que rebasa mis capacidades. Por otro lado, como sucede con el resto de los intelectuales, la intención del autor no es lo único que importa en la lectura de un texto. Los textos funcionan en contextos sociales, independientemente de lo que su autor quiera o haya buscado desde un principio. Ahora, yo creo que, leyendo El laberinto de la soledad, en ningún momento Paz indica que esté hablando metafórica o simbólicamente o que esté haciendo una descripción lírica, como tú dices. Es muy difícil, como sabe cualquier teórico de la literatura, distinguir lo literal de lo metafórico en un texto; pero el hecho es que se puede hacer una lectura literal de El laberinto de la soledad, que es lo que intento hacer. En todo momento, el texto pretende ser la descripción directa de las realidades antropológicas, psicológicas y sociales del pueblo mexicano. No existe ningún cambio, un quiebre de discurso que marque que estamos pasando a una interpretación simbólica o metafórica. Es un texto terriblemente literal. Es impresionante. Yo lo leí con mucho cuidado, precisamente buscando dónde está indicado que lo que dice de la Malinche es simbólico y no es la descripción de lo que fue la Malinche en el siglo XVI, él está hablando de la Malinche tal como fue. Entonces, yo lo critico como un texto que pretende ser realista y que la realidad que describe me parece que no solo no existe, sino que es una representación de la realidad profundamente perniciosa. Lo era en el siglo XX y me parece que es más perniciosa en el siglo XXI.

 

¿Tiene algo que ver esta adjudicación con la neurosis nacionalista del siglo XX que también mencionas?

Yo pienso que sí. Del canon de los autores nacionalistas, Octavio Paz es el más importante. Y es profundamente indicativo que nuestro autor nacionalista por excelencia desprecie tan hondamente nuestra identidad nacional. Esto habla de una autodiscriminación profunda. El ensayo de Octavio Paz es un texto despiadado en el que los mexicanos son objeto de una crítica y de un desprecio absolutos por parte del autor. Casi nada se salva, y a los niños les decimos que eso es lo que somos: somos taimados, somos mentirosos, odiamos a nuestra madre, somos resentidos, nuestra madre es la chingada. ¿Qué sentido tiene seguir pensando en estos términos? No le veo sentido. Yo creo que la realidad mexicana no tiene nada que ver con esas fantasías patriarcales y racistas de mediados del siglo XX.

 

¿Cómo podemos contribuir para revertir el racismo?

Es una tarea descomunal, pero indispensable. Yo no creo que México pueda resolver sus problemas de desigualdad económica, ni sus problemas de violencia criminal y de violencia por parte del Estado, si no resuelve también sus problemas de discriminación y racismo. La mayoría de las víctimas de estos problemas son personas de piel más oscura y con ciertas características culturales: indígenas, campesinos, gente con menos educación. Tampoco creo que podamos resolver nuestros problemas de falta de democracia si no combatimos el racismo. Es cierto, individualmente debemos cambiar nuestras actitudes y dejar de practicar formas de racismo en nuestra vida cotidiana, pero también creo que el problema del racismo es una cuestión social generalizada y tiene que ser resuelta como parte de la solución de estos problemas gravísimos que enfrenta México: la desigualdad, la violencia, la falta de democracia, la falta de derechos humanos. Es necesario afrontar estos problemas de lleno, políticamente, y también asumir que el racismo los hace peores. Así que para resolverlos hace falta combatir el racismo y todas las otras formas de discriminación que se practican en nuestro país: la discriminación por género contra las mujeres; la discriminación por preferencias sexuales; la discriminación contra personas que practican religiones diferentes al catolicismo o que no tienen ninguna religión; la discriminación por origen cultural; todo esto debe combatirse.

 

¿Cuál es el papel de la «corrección política» para abrir en un sentido crítico el debate sobre el racismo mexicano?

Tenemos que cuidarnos de que en nuestras expresiones cotidianas y en nuestro sentido del humor no se reproduzca la discriminación. Es necesario evitar el humor discriminatorio y las expresiones de discriminación, porque yo creo que son la antesala de actitudes discriminatorias y eventualmente de violencia discriminatoria. En México, hay suficientes feminicidios como para que no nos resulten chistosas las bromas que desprecian a las mujeres; hay suficiente violencia contra los homosexuales como para que las bromas homofóbicas no nos hagan gracia. No es tanto una cuestión de censura, de que haya ciertas cosas que no deben decirse, sino más bien una cuestión social: debemos reconocer que el humor discriminatorio no es chistoso.

 

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Alejandro Sal. P. Aguilar (Ciudad de México, 1990) estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de Partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º Concurso Universitario de Cuento «Letras Muertas», de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Es editor de Cuadrivio.