Racismo, falso mestizaje y desigualdad social en México

México es un país racista, pero lo niega, lo ignora o lo disfraza bajo el concepto de mestizaje. Tal es la controversial tesis que Yeni Rueda desglosa en este ensayo, cuyo punto de partida son los libros del historiador Federico Navarrete sobre el racismo.

Frente a actitudes como éstas (cualquier persona que quisiera abrir ojos y oídos podría percibirlas a su alrededor, pues son cotidianas), es evidente que seguir diciendo que en México no hay racismo es la mejor forma para no enfrentarlo y seguirlo tolerando. La discriminación como determinante de la pobreza y la desigualdad es un tema obviado; ya es hora de afirmar que es un verdadero impedimento para la vida democrática.

Francesca Gargallo

 

 

Una de las discusiones que ha cobrado mayor relevancia en los últimos años gira en torno a las prácticas racistas en México y cómo estas son síntoma (o causa) de la desigualdad social. Sin embargo, aceptar nuestra impronta racista se vuelve complicado cuando estamos atravesados por un concepto que casi no se ha transformado y que fue fundamental para la conformación del estado mexicano: el mestizaje. Durante nuestra formación nos arraigaron el mestizaje como una forma de entender nuestra característica multicultural, pero en la práctica se vuelve una categoría discriminatoria, pues busca unificar invisibilizando a esa diversidad para crear una sola forma de «ser mexicano». Todo lo que se salga de ese extraño concepto de identificación está vetado: desde negar su aparición en los medios de comunicación hasta el nulo acceso a la infraestructura social de las políticas públicas.

Una de las principales razones por las cuales negamos nuestro racismo es porque de inmediato se compara con otros procesos sociohistóricos y geográficos (el racismo hacia los afroamericanos en Estados Unidos, por ejemplo) dejando a un lado las particularidades de nuestra historia; como si los prejuicios y las prácticas discriminatorias tuvieran un solo molde de expresión. Quizás una estrategia útil para evitar caer en comparaciones gratuitas, sea entender el racismo mexicano como la discriminación o rechazo tácito o explícito de ciertos fenotipos y no tanto como la concepción de razas distintas (afirmación que además resulta errónea desde el punto de vista biológico moderno). Por otra parte, la discriminación no solo tiene impacto a nivel interno o familiar. Si bien no hay políticas explícitamente discriminatorias dentro del estado mexicano, el racismo forma parte de estructuras que abonan a la precarización de grupos específicos, cada uno con sus propios procesos de desigualdad social, lo que vulnera no solo la representatividad de aquellos que no entran dentro de la cajita de «mestizos aceptables», sino que violenta de manera alarmante sus derechos básicos.

Federico Navarrete es un investigador y escritor que en los últimos años ha desentrañado el fenómeno racista mexicano con ahínco y compromiso social. Los libros México racista: una denuncia (Grijalbo, 2016)y Alfabeto del racismo mexicano (Malpaso, 2017), son la culminación de un trabajo constante alrededor de la idea de mestizaje y la construcción de las narrativas históricas. En ellos describe algunos de los rasgos más característicos del fenómeno racista en nuestro país. El principal planteamiento de ambos libros es entenderlo como un proceso altamente nocivo para la interacción social cuyos efectos no solo se dan dentro del círculo familiar o íntimo, sino que tienen una afectación más amplia que termina desembocando en cada uno de los conflictos sociales de nuestro país. Uno de los conceptos más esclarecedores es el que forma parte crucial del primer libro: la necropolítica de la desigualdad. Pero antes de ahondar en este término es importante revisar uno de los antecedentes que el mismo Navarrete desarrolló para estos libros.

En 2016, el historiador ofreció una conferencia titulada México sin mestizaje: una reinterpretación de nuestra historia, en el marco del ciclo de conferencias «El historiador frente a la historia. Desigualdad y violencia en la Historia», en donde presenta algunas de sus primeras reflexiones sobre el mestizaje como un detonante de comportamientos discriminatorios que posteriormente llamará «la leyenda del mestizaje». Por otra parte, plantea la necesidad de reconstruir nuestras narrativas históricas no solo para acercarnos a una objetividad más efectiva, sino para que dejen de formar parte de una estructura de prejuicios que de tanto repetirse son validados como realidades científicas. Para Navarrete, el proceso de mestizaje se convierte en un proceso de anulación de ciertos grupos que no se ajustan a una forma idealizada del mexicano y que por supuesto no tienen cabida en el proyecto de conformación del estado. Entonces continúa el proceso colonizador ahora con un ángulo menos evidente, con el afán de mantener a una elite privilegiada que justificará sus acciones discriminatorias con una intención cosmopolita, occidental y «progresista». No se trata más que de un proceso de blanqueamientoen el que se simula aceptar la diversidad étnica y cultural de nuestro país.

Quizás el planteamiento más polémico de esta conferencia es la problematización del concepto de mestizaje como la fusión biológica de razas (solo la europea y la indígena, olvidándose de los africanos y asiáticos). El autor hace hincapié en tres argumentos fundamentales: las categorías de castas no eran completamente biológicas, no hubo una interacción constante entre ellas y los números demográficos han sido interpretados de distinta forma por cada investigador. Parte de un análisis de los datos rescatados por Sherburne F. Cook y Woodrow Bora que sirven como indicadores de la distribución demográfica, pero también de la manera en la que los investigadores eligenla construcción de las narrativas históricas.

Algunos de los datos que el historiador presenta son: durante 1646 los mestizos eran el 1% de la población novohispana, los mulatos el 4.2% y los europeos el 8.4%. Para ese mismo año, Gonzalo Aguirre Beltrán afirma que los mestizos eran el 16.6% (indomestizos, euromestizos) de la población, mientras que los mulatos y africanos solo el 9%. Este mismo investigador afirma que para fines de la colonia, el 30% de la población era mestiza (criollos y otras castas), 10% mulatos y africanos, 0.2% europeos. Por otra parte, aunque en estas clasificaciones los grupos parecen bien definidos, en la práctica no lo son tanto. Por ejemplo, en las mediciones presentadas por Aguirre Beltrán se agrupan diversas castas obedeciendo más a cuestiones geográficas o sociales. Los mestizos eran un grupo heterogéneo conformado no solo en razón de elementos biológicos sino también sociales (como sucedía con los indígenas o mulatos que escapaban de condiciones de esclavitud). Entonces, la categorización ya no es solo biológica, sino política, social o de clase. Por otra parte, la descripción de la vida social que tenemos gracias a varios textos históricos, es principalmente endogámica, implicando un obstáculo para la supuesta combinación masiva de las castas. Para Navarrete, ciertamente hubo interacción entre los grupos, seguramente hubo varios hijos de parejas con orígenes continentales distintos, pero fueron los menos. La mayor «fusión», si se puede entender de esa manera, fue cultural y lingüística.

Estas ideas introductorias son vitales para entender las propuestas argumentativas y formales de Alfabeto del racismo mexicano y México racista: una denuncia. La elección del ensayo para abordar una problemática tan compleja, pero al mismo tiempo evidente, resulta adecuada por su versatilidad. Recordemos que una de las constantes de cualquier debate acerca del racismo, incluido el presente en estos libros, es evidenciar que no es tan inocente ni pertenece solo al entorno de lo particular. La maleabilidad discursiva del ensayo nos permite observar dos retóricas que funcionan de manera paralela para conformar el argumento principal: por un lado, el registro anecdótico familiar o las experiencias relatadas a partir de la conformación de un pantoneadecuado para fines de publicidad y discursos audiovisuales, que aparecen en algunos de los capítulos de México racista, o la lúdica ironía con la que se conforman varias de las entradasdel Alfabeto del racismo mexicano. Por el otro, la extrema pulcritud con la que el autor desarrolla cada uno de sus argumentos, con fuentes referidas, datos estadísticos, análisis históricos y sociales. Es decir, de alguna manera confluye acertadamente la investigación académica con la escritura creativa dándole una multidimensionalidad de análisis a ambos libros. Pero sobre todo, Navarrete no deja cabos sueltos. Es decir, se pueden presentar distintas interpretaciones a cada uno de los postulados que hace Navarrete sobre el racismo, son totalmente debatibles, pero no falaces ni imaginarios ni ficticios.

México racista: una denunciaes un libro con una propuesta más contundente respecto a los distintos rasgos del racismo mexicano y sus efectos en la escena social y política; y sin lugar a dudas Alfabeto del racismo mexicano es una excelente continuación, aunque un tanto atropellada, de los planteamientos reflexivos del primer libro. Esto sucede porque al tener cierta libertad formal, se repiten algunos términos que dificultan el análisis panorámico del ejercicio de formular los ensayos como las entradas de un diccionario. Por otro lado, hay algunos temas que solo se tocan muy superficialmente (el caso de la combinación de la misoginia con el racismo), lo que deja una sensación de vacío si se toma como referencia la amplitud con la que el autor aborda otras problemáticas relacionadas con este fenómeno.

Lo que es indudable es que ambos libros nos proponen una confrontación con nuestros hábitos cotidianos y sociales, y si bien por lo mismo no resulta una lectura cómoda, ciertamente es urgente.

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El primer capítulo de México racista: una denuncia abre con una herida lacerante: la desaparición impune de 43 estudiantes de la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Rápidamente, Navarrete nos plantea una dolorosa reflexión sobre el concepto de necropolítica de la desigualdad y cómo parece establecer que hay muertes más visibles que otras, siendo las menos «importantes» aquellas que se dan en un contexto de marginalidad. Otro ejemplo claro de esta necropolítica es la ola de feminicidios que no para en nuestro país, y cuya población más vulnerable son las mujeres empobrecidas y racializadas. El autor señala que si la desaparición de los normalistas trascendió al debate público fue por lo evidente de la participación del estado en estos actos atroces y la capacidad de los compañeros normalistas y activistas para montar un aparato mediático que nos permitiera conocer los nombres y rostros de los desaparecidos. Al evitar la abstracción hacia una simple cifra y hacerlos tangibles es más fácil empatizar con ellos y exigir de miles de maneras, justicia. Pero, ¿qué sucede con aquellas víctimas que no cuentan con una red de apoyo como la de los normalistas? ¿Qué hay de todas esas mujeres que desaparecen y nadie clama por ellas? Hay millones de víctimas que solo son números y la mayoría son de piel oscura, empobrecidos y/o revictimizados. Al final, para una sociedad ciega ellos terminan teniendo la culpa, pues no se esforzaron lo suficiente para salir de ese contexto de vulnerabilidad, o como sucede con ciertas comunidades de resistencia, son fácilmente criminizables, lo que aparentemente justifica el sufrimiento, la pérdida de la dignidad y de la vida.

Esta aceptación dócil de la violencia ejercida sobre grupos vulnerables tiene orígenes que en apariencia pueden resultar superficiales: la televisión, la publicidad y el «picante» humor mexicano. No hay que pasar mucho rato en las transmisiones de televisión o entre las páginas de una revista de sociales para identificar que el tono oscuro o moreno no tiene cabida en ellas a pesar de ser el de la mayoría de la población. El humor ha sido un gran vehículo de discursos agresivos en contra de grupos de piel más oscura y la invisibilazación de otras «tonalidades», como es el caso de los afrodescendientes. Los tonos más claros son signo de educación, estatus social, económico, inteligencia, dicción, creatividad, estatus artístico y civilidad; los tonos menos claros carecen totalmente de eso. Están en una escala social y moral mucho más baja. Para muestra, el dispositivo visual más eficaz de nuestros días: los memes.

 

 

Si bien en apariencia se trata de «bromitas irreverentes» que simplemente habría que ignorar o no tomarse «tan en serio», en realidad son risas socarronas y lacerantes que hacen burla de problemáticas reales y dolorosas de nuestro país. Por ejemplo, en estos memes en particular el mensaje que subyace es que la educación (cualquiera que sea la idea de esta) es un «valor» que no tienen las personas de piel morena, quienes resultan ser las más pobres. Lo que oculta este prejuicio es que si hay un alto grupo de personas morenas que no tienen una «educación» más avanzada, no es por voluntad propia, sino por falta de acceso a esa «educación», por un sistema configurado para que nunca abandonen su estado de precarización, como lo muestra el Módulo de Movilidad Social Intergeneracional que presentóel INEGI hace casi un año. Por supuesto, cuando se increpa a las personas que comparten estos memes o posturas, inmediatamente lo minimizan con el argumento de la «corrección política».

En Alfabeto del racismo mexicano, Navarrete hace hincapié en otras formas culturales que abonan a la idea de que el color de piel es indicativo de moralidad, inteligencia o valor humano, y en el hecho que ninguna broma de esta naturaleza es inocente. Justo un texto de este libro está dedicado a Memín Pinguín, uno de los grandes íconos de la historieta mexicana, que a pesar de toda su comicidad y calidez no hace más que reforzar prejuicios nocivos sobre una comunidad sumamente vulnerada en nuestro país: los afrodescendientes. Entonces, ¿es justo burlarnos de los oprimidos? ¿Es siquiera humano? Lo que parece buscar es la reafirmación de un sistema en el que una clase privilegiada –blanca, holgada económicamente y «letrada»– controla a los empobrecidos con un sencillo propósito: no perder sus privilegios. Esto puede constatarse en un proceso particular: el blanqueamiento, no solo de la piel, sino de la identidad. Entre menos morenosno veamos y actuemos, mucho mejor. Incluso, la misma sociedad parece empujarnos hacia este proceso, pero en cuanto avanzamos en la escala de blanquitud, con un puntapié se nos recordará que nunca perteneceremos a esos círculos exclusivos.

Un suceso esclarecedor me sucedió cuando un dependiente de la librería Profética, en Puebla, solicitó de una manera exageradamente autoritaria que guardara mi morral en la paquetería, todo esto después de estar casi 20 minutos dentro de la tienda, incluso, en algún momento, frente a él. Minutos después, un hombre con una mochila de mensajero entró al lugar y no se le pidió que entregara sus cosas. Él era más «güero» que yo. También recuerdo la ocasión en la que me salí de una Educal en el centro de la Ciudad de México por la mirada inquisitiva y constante de un policía. O las veces que he sentido las miradas incómodas hacia mí en galerías, centros culturales, plazas comerciales, etcétera. Toda mi vida me ha quedado claro que en ciertos espacios mi tono de piel será directamente relacionado con una criminalidad potencial.

Dentro de la pigmentocracia, mi pantonemoreno no corresponde a la imagen de la gente que es confiable. Cuando denuncié lo sucedido en Profética en redes sociales, un «amigo» me dijo que si me hubieran escuchado hablar no se hubieran comportado de esa manera (aludiendo a mi preparación académica y profesional). A mí me pareció más terrible pensar que, para ser digna de respeto, tenga que presentar un título universitario o una cédula profesional. Como si fuera sorpresa que un moreno pudiera «hablar bien» y solo por eso mereciera respeto. Esta no ha sido la única vez en la que mi fenotipo ha provocado rechazo. Y tampoco soy la única, estoy segura que todos cargamos con nuestra colección personal de racismo mexicano, a veces como víctima y otras como victimarios. Más allá de sentir pena por estas situaciones de injusticia es importante comenzar a replantear nuestras dinámicas de interacción. No se trata de ser «correctamente políticos». Se trata de tener respeto por el otro.

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Federico Navarrete cierra Alfabeto del racismo mexicanocon un ensayo dedicado al zapatismo, un movimiento que cambió sustancialmente el panorama político de nuestro país y que recientemente tuvo una oportunidad de influencia masiva con la postulación de María de Jesús Patricio Martínez como precandidata indígena a la presidencia. En ese texto hace hincapié en uno de los mayores enemigos del movimiento zapatista: los prejuicios hacia los indígenas. La mayor prueba de esta problemática fueron las firmas insuficientes para colocarla en la boleta, y si bien el Concejo Indígena dejó claro que era un ejercicio democrático más que un afán inquebrantable por hacerse de la silla presidencial, lo cierto es que se perdió la oportunidad de enarbolar una apreciación distinta de la participación de los indígenas en los aparatos institucionales de México.

El terreno no era fácil. La mayoría de la población habla de lo bonito que es México, del gran valor de sus tradiciones y la magnificencia de sus sitios arqueológicos, pero luego, esas mismas personas descomponen el rostro al ver una mujer indígena cerca de ellos, o una niña morena pidiendo limosna. También se ponen en duda sus capacidades intelectuales, a los hombres los tachan de salvajes, a las mujeres de dejadas o ladronas. Como si esto no fuera suficiente les explotan en trabajos indignos no por el oficio en sí, sino por los salarios bajos y las condiciones deplorables.

Si bien el movimiento zapatista no ha sabido traducir de una manera masiva sus estatutos, formas organizativas y éticas de convivencia, no la tienen fácil si se enfrentan a una sociedad que se niega a mirar más allá de las representaciones vergonzosas de la televisión o romantizadas de la cultura institucional. La misma palabra indígena es una afrenta, al ser un intento de unificar a diversas comunidades que tienen diferentes ubicaciones geográficas, particularidades lingüísticas, artísticas y sociales. ¿Cuál es el propósito, entonces, de adorar las piedras milenarias de los edificios prehispánicos y las artesanías, si no tenemos empacho en despreciar y «blanquear» a los portadores vivos de esas expresiones culturales?

Por otra parte, los afrodescendientes tienen una situación mucho peor, pues ni siquiera son reconocidos como parte de la diversidad cultural del país. Se les adjudican características vergonzosas (como ser flojos, pícaros o embaucadores) y sumado a eso se les niega la particularidad de su identidad al ser agrupados demográficamente como indígenas, cuando tienen características culturales totalmente distintas. Estos «grupos no mestizos» tienen que luchar constantemente ya no solo para defender sus identidades culturales, sino para ser considerados seres humanos merecedores de los derechos y servicios gubernamentales básicos. Dentro de las «identidades mexicanas» los afrodescendientes se encuentran en la más baja, a tal punto de no forman parte de la mexicanidad. La única representación que obtienen es una caricaturización desagradable que solo mantiene sus condiciones de precariedad. Muchas son las anécdotas de afromexicanos que tienen que comprobar su nacionalidad de maneras tan absurdas como presentar su IFE o cantar el himno nacional. En todo caso, no se trata de homogenizar a la población, sino de que todas las expresiones multiculturales enriquezcan realmente la identidad mexicana, y que las necesidades básicas sean cubiertas en su totalidad no importando si se identifican como mestizos, indígenas o afrodescendientes.

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Hasta ahora me he centrado en algunos rasgos concretos del racismo mexicano planteados por Francisco Navarrete en ambos libros y que aparentemente no se ligan con el entorno político, sin embargo, nada resulta más pertinente en este año electoral que comenzar a cuestionar nuestros comportamientos racistas.

Todos los candidatos hablan de eliminar la desigualdad social, pero en ninguno de sus discursos se menciona el racismo mexicano como una de las causas fundamentales para este fenómeno. Así de interiorizadas y familiares son estas conductas. Así de invisibles. No pocos políticos han cometido resbalones mediáticos haciendo comentarios poco afortunados, generalmente burlándose o denostando a las poblaciones indígenas o de piel morena. Incluso, muchas veces las prácticas discriminatorias forman parte constante del discurso político. Basta con ver algunas fotografías de mítines o recorridos de candidatos, gobernadores o presidentes. Los personajes principales son ellos, incluso visualmente se encuentran a una altura mayor a la gente con la que interactúan. Los primeros casi siempre son hombres blancos; los segundos, hombres y mujeres morenas. Las manos sobre el rostro o el cuerpo en un gesto casi mesiánico. Son los salvadoresde los racializados. Hay otros políticos que de manera mucho más obvia emiten juicios racistas como la ocasión en que Enrique Ochoa llamó «PRIetos» a los exmilitantes de su partido que se fueron a Morena. Sin embargo, el escarnio solo fue mediático y no hubo medidas realmente contundentes para evitar que cualquier otro personaje público justificara enunciados discriminatorios en el humor o en los juegos retóricos.

Recordemos también la ocasión en la que Rosario Robles señaló que el programa Oportunidades ya no iba a beneficiar a mujeres con más de tres hijos porque estas se aprovechaban de los programas gubernamentales. ¿El contexto geográfico de la declaración? Una comunidad indígena de Nayarit. En 2016, la diputada local Luz Elena Govea López, frente las peticiones de mejora de condiciones laborales por parte de comunidades indígenas, argumentó que no los veía detrás de un escritorio sino en el campo, cortando y vendiendo nopalitos. Es bien sabido que el argumento principal que está enarbolando la candidatura de Ricardo Anaya parte de una idea aspiracional: es el candidato ideal porque estudió en el extranjero y habla muy bien el inglés. Aparentemente es «elocuente», pronuncia correctamente y es…blanco. Por otra parte, los opositores de AMLO lo disminuyen porque no terminó la licenciatura a tiempo, es moreno, es de provincia y tiene un acento raro que lo separa de la figura idealizada del mestizo cosmopolita que habla bien español. Pero estas manifestaciones no solo son cosas del pasado ni se limitan a los militantes políticos sino a la población atenta a la actividad de los mismos. A Cuauhtémoc Blanco no solo se le juzga por su incapacidad política y la irregular administración que llevó en la ciudad de Cuernavaca, sino también por ser futbolista, jorobado y originario de Tepito. La lista de manifestaciones de esta naturaleza es interminable, el racismo es evidente pero aun así lo seguimos obviando. Estos ejemplos solo nos dejan claro que el racismo no tiene nada de gracioso, ni de íntimo ni de inocente.

Por ello el planteamiento que amalgama a México racista: una denuncia y Alfabeto del racismo mexicano,resulta tan necesario. Deberían ser libros de constante revisión, de cabecera. Si seguimos desaprovechando la oportunidad de crear los diálogos y acciones necesarias frente a las discusiones que abren ambos libros, no habrá proyecto político ni social que logre equilibrar la balanza de vida en el territorio mexicano.

 

 

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Posted by Yeni Rueda

Yeni Rueda López es narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette «Tres gotas de agua» (Simiente, 2013).

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