¿Quién es Gabriel Mireles Rendón?

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¿Qué nos dejaron los despojos del terremoto? Pedazos de vida, resquicios de muerte, cavidades de agua y barro. Polvo. Ruido de picos. Ruido de palas. Sirenas en las proximidades. Recuerdos. Memorias. Cápsulas de tiempo improvisadas. Objetos que quizás nunca volvieron a sus dueños y cuya intimidad fue violada por la tierra. Sin perder su temperamento periodístico, temperamento que lo obliga a echarse a las calles, Zedrik Raziel nos invita a pasear por los supuestos de estos recuerdos perdidos y nos recuerda: literatura es bagatela, suposición de mundo.

 

 

Zedryk Raziel

 

No siempre se sabe adónde irán a parar los papeles que uno escribe: los recaditos de la escuela, las listas de pendientes, los formularios de un trámite oficial, las cartas de amor o tristeza o rencor. Nadie sabe, por lo tanto, quién terminará leyéndolos. Los papeles que no van a la basura quedan arrumbados en cajones o en cajas, el distraído archivo de los otros. Y allí permanecen hasta que, supongamos, un temblor arrasador los saca de su silencioso encierro y los expone junto a otras cosas rotas. «Aquí están, ¡mírenlas!». Y los papeles comienzan a hablar, el pasado le reclama al presente: «me tuviste y me guardaste, ¡mírame ahora!». Es el caso de lo que escribió Gabriel Mireles Rendón, unas hojas que ni siquiera él conoció o que siempre dio por perdidas, eso que uno escribe para inmediatamente marcharse y olvidar, tomar el autobús de regreso a la casa, seguir la vida como si nada. Y quién diría, en verdad, quién pensaría que los papeles de Gabriel Mireles Rendón iban a reaparecer un día en los escombros de un edificio de la Ciudad de México que se desplomó en el temblor del 19 de septiembre. ¿Qué llegamos a saber de Gabriel Mireles Rendón?, pregunto, por si es verdad que lo escrito siempre conduce a quien lo escribió, un hilito involuntario y siempre indiscreto.

Lo que escribió, en este caso, fue un examen: trece hojas engrapadas y aplastadas por las ruinas de un edificio ubicado en Viaducto 106. En ese edificio había una empresa de análisis poligráfico que, podemos suponer, examinó a Gabriel Mireles Rendón. Edad: treinta y siete años. Escolaridad: secundaria. Puesto deseado: mesero ejecutivo en un despacho de abogados de Las Lomas. De modo que nuestro hombre busca un empleo pero está bajo sospecha, y lo obligan a someterse a una prueba psicométrica que promete definir quién es, verdaderamente, Gabriel Mireles Rendón: «Rendón», cuando decide usar la tilde; «Rendon», cuando, quién sabe por qué, no se molesta en ponerla. ¿Desde dónde viajó en busca de un trabajo? No se lo preguntan en la prueba. Tampoco le preguntan si tiene familia, si prefiere que le digan El Gabo ni cuál es su película favorita. En cambio, lo ponen a imaginarse cosas, a inventarse cuentos, escenarios, situaciones, porque al parecer en esta prueba no hay nada más verdadero que la invención.

El primer examen es un Test de Zavic, del que solo conocemos la hoja de respuestas que Gabriel Mireles Rendón llenó con un lápiz del número dos. ¿Qué le preguntaron? Le plantearon 20 problemas que supuestamente ocurren en la vida cotidiana y le ofrecieron, en cada caso, cuatro soluciones: ¿por cuál optaría en primera instancia?, ¿cuál sería la última que consideraría? A Gabriel Mireles Rendón le preguntaron, quizá, no lo sabemos, qué haría si atestigua un accidente de tránsito: a) persigue al responsable, b) se pone a rezar junto a los heridos, c) llama a las autoridades y espera, d) se marcha para evitarse problemas. Quien evaluó las respuestas anotó, en un probable descuido, sus conclusiones al reverso de la hoja en una escala de cuarenta puntos: «Legalidad 37, Indiferencia 24, Religioso 16, Corrupto 15». Nuestro hombre, pues, pedirá una ambulancia y llamará a la policía, confiará en su trabajo, acaso dedicará una oración y se irá. ¿Su score es bueno o es malo para ser mesero ejecutivo en el despacho de abogados de Las Lomas?

Pasa a otra prueba, el Test de Moss, que examinará la habilidad de Gabriel Mireles Rendón para relacionarse con sus colegas, supervisar su trabajo o tomar decisiones respecto de su desempeño. Le preguntan, pongamos, qué haría si se entera de que otros trabajadores tienen un plan sigiloso para formar un sindicato: ¿trataría de disuadirlos?, ¿los denunciaría con sus superiores?, ¿se uniría a la conjura y asumiría el liderazgo?, ¿intentaría mediar en el conflicto sin ponerse de ningún lado? De este examen, sin embargo, no conocemos el resultado. ¿Qué haría Gabriel Mireles Rendón?

Siguiente prueba: le piden dibujar dos personas, un árbol y una casa, y que a cada dibujo le invente una historia. Cosa fácil (¿habrá creído?). El evaluador, que debe ser más bien un adivino, sabrá irrevocablemente lo que Gabriel Mireles Rendón diga, pero también lo que guarde. Cada detalle inocente, cada omisión, según esta metodología improbable, revelará cada vez más quién es Gabriel Mireles Rendón, o «Rendon», que aquí cada minucia ya es definitoria: la fuerza del trazo y su complejidad, los tachones, la ubicación del dibujo en el papel mismo y el tamaño de una nariz, la frondosidad del árbol y las ventanas de la casa, y si arriba hay nubes y un sol, y si ese sol despide rayos de calor o es una bola muerta y más bien es una luna y entonces es de noche, y la noche ya es, cuando menos, oscura y fría y solitaria. Si el dibujo que haga Gabriel Mireles Rendón de una persona es muy grande, es ególatra, le cuesta seguir las órdenes. Si es muy pequeño, tiene complejo de inferioridad, es inseguro, no sirve para desempeñar un puesto directivo. ¿Está muy abajo en la hoja? Es pesimista. ¿El trazo es tembleque? Quizás es alcohólico. ¿Hizo borraduras? Es inseguro. ¿El dibujo es realista? Es perfeccionista pero también exhibicionista. ¿Está desproporcionado? Se evade de la realidad, acaso tiene delirios. ¿Qué dibujó Gabriel Mireles Rendón en su examen? Un niño vestido de shorts que sonríe. Y le pone un nombre: Daniel, aunque decide no darle una edad. Y detrás de Daniel no hay nada más que la blancura de la hoja. Daniel está suspendido como si fuera una aparición. ¿En quién piensa Gabriel Mireles Rendón cuando dibuja a Daniel? «Es juguetón», anota. «Le gustan el futbol, los videojuegos y el cine. Muy sonriente», dice. «Muy estudioso», dice, «y es comelón y unido con sus hermanos». ¿Es el hijo de Gabriel Mireles Rendón? ¿Tiene hijos Gabriel Mireles Rendón? ¿O es, de hecho, Gabriel Mireles Rendón hablando de Gabriel, el niño que fue, el niño que siempre queda y ahora viene de una profundidad hondísima para sentarse y ponerse a dibujar con este trazo inocente? «Educado y con mucho valor», anota, «siempre con la disponibilidad de aprender y ser el mejor. Le gusta ser un campeón».

Y luego pasa a otra hoja y dibuja a una mujer que en realidad es una niña con el cabello alborotado y unas pestañas imposibles, y arriba de esta niña, Mariel la nombra, hay unas nubes y de las nubes descuelgan unas rayitas que suponen la lluvia, que Mariel celebra con los brazos extendidos y sonriendo. Y Gabriel Mireles Rendón, de un tirón, como si no tomara aliento, como si fuera él quien corre sin reparar en la lluvia, suelta: «Mariel juega en los charcos de agua saltando sobre ellos de un lado a otro sin importar que se moje o se ensucie ella solo disfruta ese momento y sonríe y no duda en seguir haciéndolo hasta terminar agotada y empapada». Luego Gabriel Mireles Rendón dibuja un árbol de follaje arremolinado, y del tronco podemos ver que nacen largas raíces trazando el suelo como serpentinas o como serpientes. «Un árbol con muchos años de vida plantado en el patio de mi casa desde antes de mi vida, lleno de hojas verdes y de nidos de aves […] y aún se sigue conservando tan bien por el gran cuidado que se le tiene». Ese árbol, pues, es el árbol de Gabriel Mireles Rendón, y ésta es, quizá, la única confidencia, y por lo tanto la única verdad, que conoceremos de él. Podemos presumir que aún vive en la casa de su infancia. ¿La heredó de sus padres? ¿Viven aún sus padres? ¿Sembraron ellos ese árbol que hoy Gabriel Mireles Rendón cuida tanto?

Después viene el dibujo de la casa, probablemente la suya misma, esa en cuyo patio está sembrado el árbol, una casa que él resuelve con el sencillo arquetipo del techo triangular sobre un cuadrado con dos ventanitas como ojos y una puerta: «Una casa pequeña pero con un gran patio, muy bien cuidada, dándole sus arreglos necesarios intentando hacerla crecer día a día y cuidando detalles para que dure toda una vida». El niño comelón y la niña que juega en la lluvia y el árbol que tanto cuida y la casa que quiere hacer durar por siempre y si pediría la ambulancia o rezaría y si denunció el sindicato o fue un líder obrero: ¿son los sueños o los recuerdos de Gabriel Mireles Rendón? ¿Nuestra historia está conformada por lo que hicimos y lo que haríamos? ¿Por el hecho y la potencia, por la experiencia y el deseo? ¿Es esta la vida de Gabriel Mireles Rendón? ¿Sabemos ya quién es Gabriel Mireles Rendón? Podemos saberlo todo de él excepto una cosa: ¿consiguió el empleo?

 

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Zedryk Raziel estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente se dedica al periodismo.