Puercos en la huerta. Una nota sobre Hermano Cerdo

Ramsés LV reseña la revista digital de literatura y artes marciales Hermano Cerdo.

 

Cuadrivio busca trazar un mapa de su propio mundo, una suerte de zoológico que hospede a las especies más representativas de la fauna literaria virtual. Por ello, cada número publicaremos reseñas y notas sobre revistas y blogues literarios, con el fin de ensamblar, en el transcurso de unos años, ese anhelado zoológico que funcione también como una especie de autoconsciencia de la revista literaria virtual. Abrimos esta sección con Hermano Cerdo y La Movida Literaria.

Ramsés LV

Comenzaré esta nota con un par de confesiones. La primera tiene que ver con los orígenes de Cuadrivio, «la revista de un chingo de cosas» (como la definió un entrañable miembro de nuestro consejo editorial) que privilegia la literatura. Hace algunos meses leí un ensayo de Mario Vargas Llosa que, de golpe, iluminó lo que hasta entonces había sido un cúmulo de brumosas intuiciones. En el mentado ensayo, «Un mundo sin novelas», Vargas Llosa elabora una hermosa vindicación de la literatura y en particular de la novela. Para el escritor peruano, la literatura, a diferencia de la técnica y la ciencia (cuya especialización impulsa el progreso pero fragmenta al individuo), «es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su horizonte». En una ficción literaria, lo mismo de Murasaki Shikibu que de J.M. Coetzee, los seres humanos encontramos, con nitidez pasmosa, los temores, pasiones y aspiraciones que nos definen, y ese hallazgo nos coloca en condiciones de avizorar la igualdad esencial que se esconde tras la diversidad de culturas, colores de piel, geografías y tiempos históricos. La literatura, es cierto, refina nuestros conocimientos, pero también aguza nuestra sensibilidad y nos permite, en un mundo plagado de atrocidades innombrables, comprendernos a nosotros mismos y a nuestros semejantes, entablar un diálogo genuino con lo humano y con el resto de los humanos.

Esta iluminación, que muy pronto se transformó en convicción, determinó el rumbo que habría de tomar Cuadrivio: una revista que alojase las múltiples manifestaciones de la cultura pero que por encima de todo pusiera los vehículos principales de la comunicación humana: el lenguaje y la literatura –algo que no lograría, por ejemplo, una publicación científica o académica, inmersa en jergas asequibles únicamente a los iniciados.

La segunda confesión, que se desprende directamente de la primera e introduce al fin la materia prima de esta nota, tiene que ver con una revista digital que influyó en la creación de Cuadrivio y que, supongo, seguirá influyendo a lo largo de nuestro recorrido editorial: HermanoCerdo. «La revista de los campeones», como se denomina a sí misma, comparte, de alguna manera, esa concepción humanista de la literatura que esgrime Vargas Llosa en su ensayo, y reúne lo que, a mi parecer, debe reunir cualquier revista literaria digna de ser leída: materiales de calidad, frescura de ideas y de estilo y ese alborozo que exudan solamente quienes, libres de inquinas intelectualoides, se proponen alegrar la vida de sus lectores –el fin más noble, quizá, del mundo editorial.

Es probable que, a primera vista, el lector encuentre desmesurada o cuando menos sospechosa esta descripción. HermanoCerdo comenzó como un modesto folletín mensual editado en formato .pdf y enviado por correo electrónico a una lista variable de suscriptores. A partir del número 18 se mudó a una página web que, a decir verdad, no mejoró mucho la situación: si bien facilita el acceso universal a sus contenidos, su diseño (una discreta plantilla montada en WordPress con un fondo de rosetones rojos a cargo de Squidfingers) es austero, cuando no fatigoso. Los visitantes, seguramente habituados al boato visual del ciberespacio, pueden sufrir una ligera decepción. Si añadimos a esto los serios problemas de periodicidad que padece HermanoCerdo (en 2008 se publicaron únicamente tres números y hubo que esperar más de un año para la aparición del número más reciente, el 24), tendremos un panorama poco alentador. Pero –ya lo decía el maestro Berkeley– las apariencias ofuscan. Una vez que el lector explore el archivo de la revista (donde puede localizar los números anteriores, incluyendo la «prehistoria» cerda en .pdf), descubrirá que la frugalidad del establo era simplemente la antesala de un generoso banquete de jamones, morcillas, carnitas y salchichones.

HermanoCerdo afirma ser «una revista en español de literatura y artes marciales» cuya tarea principal consiste en realizar una «pesquisa» de «lo que ocurre en la producción literaria latinoamericana» y, por extensión, en todo «lo escrito en español, sin dejar de lado lo escrito en portugués». Esto es cierto, pero a medias. Comandada por Mauricio Salvador, Javier G. Cozzolino, Daniel Espartaco, Javier Moreno, Federico Escobar Córdoba y René López Villamar, HermanoCerdo cuenta con una sugerente nómina de escritores latinoamericanos (entre otros, Julián Herbert, Sergio Téllez-Pon, Manuel Tibato, Claudia Ulloa Donoso, Bruno Zeni, Antonio Citron, Juan Dicent y Liliana Lara) que han dejado en las páginas porcinas una estela de ficciones y ensayos de buena factura y que, por supuesto, han acercado a la «hermandad cerda» (editores más colaboradores y lectores) a sus congéneres en otras latitudes. En un mercado editorial regido por la avaricia y, en casos como el mexicano y el español, por cierta tendencia al provincianismo, la oferta latinoamericana de HermanoCerdo brilla con luz propia. Pero el aporte más significativo de la revista de los campeones, a despecho del papel secundario que, al parecer, los editores le asignan, es su cultivo de la literatura estadounidense y, en menor medida, de la literatura inglesa.

Pocas cosas se agradecen tanto como un mirador desde el cual uno pueda atisbar, con serenidad y placer, lo que ocurre más allá de sus fronteras físicas e idiomáticas. En HermanoCerdo, gracias a su bondadosa piara de traductores, es posible vislumbrar lo que sucede (y ha sucedido) en el incómodo vecino estadounidense. Desde textos inéditos de T.S. Eliot y E.L. Doctorow, pasando por la crítica y ensayística de John Updike, Heidi Julavits, Ruth Franklin, James Wood, Zadie Smith y Saul Bellow, hasta cuentos de Sherman Alexie y Jhumpa Lahiri, el lector tendrá más de un motivo para celebrar cada número de la revista. El mejor ejemplo de este cultivo es la edición más reciente de HermanoCerdo, cuyo editorial, «Un paseo por el cuento norteamericano contemporáneo», habla por sí mismo. Y es que, en el fondo, la revista de los campeones ha admitido lo que pocos en América Latina se atreven a admitir: que, efectivamente, somos víctimas del imperialismo norteamericano, pero que, pese a ello, «todo imperio deja una herencia positiva entre sus tropelías, la herencia que luego leerán los extraterrestres que colonicen nuestro planeta». Y esa herencia, qué duda cabe, amerita ser preservada y difundida entre quienes no la conocen.

Sería un exceso decir que esto hace de HermanoCerdo una revista cosmopolita. Creo, más bien, que HermanoCerdo es una publicación ajena a nacionalismos y a retorcidas filias ideológicas. ¿Qué explica estas virtudes? Pienso, desde luego, en la orientación editorial de la revista, pero también en la posición (acaso fortuita) del grupo que la dirige: la hermandad no está reñida con ninguna tribu intelectual ni el ego de sus cochos está inflamado por pasiones políticas ni «debates» con príncipes de la culturita mexicana –o latinoamericana. Esto es, quizá, uno de los escasos beneficios que confiere la infalible neutralidad del ciberespacio; es, tal vez, una de las razones para defender la pertinencia y viabilidad de las revistas digitales: un grupo de jóvenes sin fama, sin dinero y sin apellidos de abolengo, se reúne para crear una revista de literatura; con el tiempo, con muchas ganas, trabajo y buen olfato, logra confeccionar un producto de calidad, una publicación digna del lector sagaz y ávido de experiencias culturales revitalizantes. Porque, hay que enfatizarlo, el criterio que guía a HermanoCerdo en la selección y publicación de sus materiales es ese humanismo del que hablaba Varga Llosa en su ensayo y que Mauricio Salvador trazaba ya en el editorial del primer número: buscar la noticia humana, el denominador común que dé sentido a lo que nos rodea y que nos permita conocernos los unos a los otros. Nada de vanguardias rijosas, nada de esnobismos apocalípticos ni de poses para el diario de mayor circulación.

Este gusto por las pesquisas latinoamericanas, este interés por las letras anglosajonas, tampoco deben conducirnos a suponer que HermanoCerdo es uno de tantos cafetines para engreídos con pretensiones de exquisitez. Como cité hace algunos párrafos, las artes marciales acompañan a la literatura en la revista de los campeones. A partir del número 16, con la publicación del suplemento «Golpes y patadas» (a estas alturas, el último vestigio de lo que fuera la revista homónima dirigida por Javier Cozzolino en Buenos Aires), los lectores han recibido más de una buena tunda hecha a base de crónicas, odas y necrológicas karatecas. Y no sólo eso: a estas «vacuidades» (tan humanas, sin embargo, como un verso de Milton) se añaden artículos y traducciones sobre cómics pornográficos y videojuegos. ¿Qué hay que hacer frente a esto? Leer y disfrutar con la candidez de quien devora por primera vez un cuento de Borges sin haber leído antes a ninguno de sus exégetas e imitadores. O, si se prefiere, decir, con el viejo Allan Bloom, que el único nihilismo tolerable es aquel que vive de acuerdo con sus preceptos y perversidades. Y tolerar, claro, ese cándido nihilismo.

HermanoCerdo ha prometido mejorar su sitio web y mitigar sus problemas de periodicidad, y ha dado los primeros pasos: convertir algunos de sus cuentos y ensayos a formatos compatibles con lectores electrónicos y teléfonos móviles, y sustituir los números seriados por actualizaciones constantes. Esto, apenas hace falta decirlo, es recibido con justificada desconfianza. Las ausencias del Gran Cerdo son tan prolongadas que cualquiera pensaría que algún taquero le ha dado muerte en el camino y lo ha freído en una cacerola bien caliente. Lo que siempre será justo resaltar, aunque sin duda el lector de esta nota lo habrá intuido ya, es que HermanoCerdo condensa e ilustra aquello que Gabriel Zaid llama «cultura libre», y que muy pocas revistas digitales pueden comparársele en calidad, duración e irreverencia. Saul Bellow lo sabía: «Si la felicidad es la remisión del sufrimiento, entonces el salir de la distracción es el gozo estético». Y la revista de los campeones también lo sabe: en una época de trivialidades y distracciones sin final, el goce estético de la literatura puede redimirnos de nuestra miseria.

 

 

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Ramsés LV (Ciudad de México, 1986) es director de Cuadrivio.

 

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Posted by Ramsés LV

Es fundador y director de Cuadrivio. En 2013 obtuvo el Premio Nacional Luis González a la mejor tesis de licenciatura y en 2014 El Colegio de Michoacán publicó su libro «Contrainsurgencia en América del Norte. Influjo de Estados Unidos en la guerra contra el EZLN y el EPR». Textos suyos han aparecido también en HermanoCerdo, Escenarios XXI, Tierra Adentro y Playboy México.

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