Prolegómenos a la Teoría del Secuestro

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Carlos M-Castro[1]

 

 

La piel no miente*

 

Así nos movemos:

como gatos que se saben perros;

lamiendo cada cual su propia herida

 

… una danza con los pies

en dos universos paralelos

 

 

Nuestro encuentro*

 

No somos marionetas ni salimos

en la tele una noche por semana

–personajes de una serie que hilvana

un escritor asalariado–. Vimos

 

todos los ídolos sobre el camino

implosionar detrás de nuestros pasos:

sabemos que depende de los trazos

(solo) de nuestras manos el Destino.

 

Llegamos, sin embargo, justo a tiempo

a una cita arreglada desde siempre

–oculta la mirada, cauto el labio–;

 

y como dos engranes que del Tiempo

operan el perfecto parasiempre,

sonó nuestro latido, labio y labio.

 

 

Nocturno

 

Un nocturno adora la noche, la soledad y el trabajo; su signo favorito es el garfio acusador sobre su cabeza (?). Un nocturno aprecia el día, la conversación inteligente y el ocio; sabe que no sabe y que sabrá. Un nocturno es idéntico a sí mismo en instantes y lugares diferentes cada vez; es una onda desplazándose: solo puede saberse su posición o su velocidad –es probabilístico. Un nocturno se toma la vida muy en serio; utiliza sabiamente cada joule y ahorra el diez por ciento de salario. Un nocturno no consigue nunca dejar de burlarse del mundo y de su propia nocturnez; es el más distraído e indeciso en casi toda la galaxia. Un nocturno padece siempre una manía posesiva con los libros, pasa de bibliófilo a bibliómano sin aviso; tiene más tomos que lecturas y se alegra cada vez que consigue otro para decorar su habitación o su oficina. Un nocturno comprende fácilmente el funcionamiento de lo nuevo. Un nocturno jamás es precoz, es más bien muy tardío y, como el rostro del mundo, cambia muy despacio; es un segundo parto. Un nocturno es por definición indefinible; avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre.

 

 

Destrucción de tu cuerpo

 

Está solo tu sombra. Desprendimos tu carne, tus cabellos, la perfecta mudez de tus formas con una frase que únicamente juntos podemos decir. Uno por uno arrojamos al océano tus ojos, piedras que saltaron rectas hasta el horizonte y más lejos, con su estela pura y sus ondas de radar imburlable. Al mar también echamos, devolvimos, tus labios marítimos, acuosos, intoxicantes, siempre en fuga. Me levanté sin remedio del nido de tus camanances, antes de verlos hundirse despacio en un hueco que habías hecho. Así perdimos tu rostro, así te acercabas a tu esencia de estrella implotada. No quedó siquiera el aroma a dulce ceniza de tu boca. Tu voz se tragó a tu voz, definitiva, línea enrollada sobre sí misma hasta hacerse punto y luego nada; serpiente que deglute su propio cuerpo.

 

Aquí te pronuncio por última vez, me sumerjo en la silueta oscura que pende de una soledad que ahora solo a mí pertenece. Está solo tu sombra. Ya tus brazos, tus manos, tus dedos fueron borrados de toda hoja, inexistentes ante cualquier ojo; tu espalda cayó como árbol talado y se reventó en seis mil millones de pedazos contra la dureza del enladrillado, pulverizada, esparcida por el viento cómplice tuyo. No volveré a mirar tus pechos, nunca más mi lengua melancólica se castigará contra la inflexibilidad de tus pezones, jamás mis dedos filosofarán nuevamente en torno a tu ombligo, no estaré una vez más, una última vez antes de dormir(nos), restregando lo mejor de mí entre tus piernas. No existen tus piernas. Se va apagando tu sombra.

 

Declaré la rendición de mis manos, indescifrable puzle, mágico cubo policromo que se me escapa; imposible mirar a la vez tus seis caras, huís de mi ávida pupila, has escapado del movimiento de agarre de mis uñas, toda mi piel renuncia a tu sonido, a tu aroma de ventisca en desbandada.

 

No te pronuncio. Con tu cuerpo exterminamos también todas tus letras. Lentamente, con la velocidad de una renuncia, se desvanece asimismo tu sombra. Pero aún hay sombra, está solo tu sombra. He olvidado tu nombre, no te llamás. Jamás tuviste un nombre.

 

Veo tu nada, por última vez tu ausencia. No más cuerpo, no más nombre. No más aroma ni voz ni sonido.

 

Dejaste de ser real; ahora sos verdadera.

 

 

Cronopia:

 

Ya no me importan tu arrogancia, rancia

estrategia de tragedia ni media

cubriéndote la pierna tierna mientras

la otra trota de vista en vista lista

 

para herir, rugir y huir de mi dura,

en mis idos, a mi profetizante

mano sin guante, oídos, dentadura;

pues, ves, tus dedos los enredos hacen

 

por diversión para ambos bobos (bosques

que caben en gestos toscos, costumbres

de hacha, charadas). Enredos y locos

 

como los nuestros y como nosotros

yo como. Comé comamos comámonos

que no me importan tus dudas, ¡juguemos!

 

 

anandroginopausia

 

polvo

solamente

bajo la cama

 

sobre la superficie blanca

nada acontece

inviolado silencio oculto

 

nada más que el tacto de este instante

en cada pliegue de la sábana

acaricia dos cuerpos

con violencia

 

pliegues que son olas, dallana

y  piélago la sábana en que estamos

sacudidos

anulados

 

colocados allí

por algo que nos sobrepasa

perdidos

solos

 

no existe orilla, sólo cuerpos anegados

ruge en su movimiento envolvente de naufragio

y estamos quietos

y no escuchamos nada

 

mi lengua tu nombre articula

buscando salvación

todas las olas lo pronuncian

me empujan a tus letras

 

cerca del horizonte

se ven dos líneas, dos seres paralelos

descubriéndose, acercándose

sin poder tocarse nunca

 

la cama en el vacío, el mar sin costas

los transporta

hacia una luz

que no se sabe si es aurora

o si es ocaso

 

sobre pálida espuma

mi cuerpo frente al tuyo

se descubre signo

letra

sonido mutilado

 

 

sólo somos

dos letras de tu nombre

separados no decimos nada

dígrafo sonoro palatal

a cada lado de tu lengua

intentando un escape del naufragio

en la canoa que es tu nombre que es tu cuerpo

sobre esta sábana

este mar

esta hoja incendiándose

 

 

Manual para sobrevivientes*

 

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

Refrán sordomudo

 

No quiero un panegírico leído por Ernesto, Sergio o Claribel

ni un mausoleo en la Colina de los Ilustres Hombres.

Que no maquillen mi pellejo

ni disfracen mi esqueleto y su cubierta de un Gran Señor que nunca fui.

Prohibidos los videos y las fotos que después circularán por Internet

o serán salvapantallas, tapiz del Escritorio,

imagen destacada de perfil en red social.

 

Nadie publique un reportaje, una noticia, un obituario.

Alejen a la prensa de la fosforescencia de mi profundo oscuro sueño.

Golpeen todo rostro cuyos ojos enrojezcan

ante el primer ardor de mi chorreante témpano

y humillen a cuanta mujer aparezca

queriendo, enlutada, acaparar la propiedad privada del Dolor.

 

Desnudo amordazado dando vueltas frente al fuego,

aguarden su ración de carne asada los presentes;

trituren lo que sobre, hagan moronga

y coman hasta hartarse de mis restos.

 

Si al rato van al baño a descargarse,

no olviden con las hojas limpiarse de mis libros.

 

Jamás se les ocurra de todo lo que dije o escribí

copiar ni media frase en las paredes.

Olvídense de dioses y de héroes.

En estos tiempos los monumentos hieden.

 

Conviene reajustarse los grilletes.

 

 

Death Row*

 

Il y en a qui écrivent pour rechercher les applaudissements humains…

Lautréamont

 

soltás entonces la guitarra

y por primera vez un ojo tuyo

deja de ser espejo de sí mismo

 

el brazo agujerado de un convicto

se pasa en ronda por tus manos

 

con una petición imperativa

de llanto risa o bilis

 

sus dedos tienen callos

nacidos con el fin de muchas vidas

gargantas apagadas

y piernas y entrepiernas en cenizas

 

el cerdo el criminal

el chicle que hay bajo la silla

tiene que ser eliminado

con una sobredosis de justicia

 

firmás gustoso el acta

con el control remoto

mientras tu otra mano

ausculta la bragueta

 

pero cuando se desinflama

el glande que palpita en tu pecho

notás que acaban de pinchar a tu vecino

 

Mi nombre es Bernardo Abán Tercero

Pasé por El Guasaule con Virgilio

Nel mezzo del cammin di nostra vita

 

Busqué dentro del Dite a mi Beatrice

in order to becoming citizén

o al menos residente de los cielos

 

Y tarde realicé que no debía

dejar mi chico infierno con los míos

ché la diritta via era smarrita

 

así un día ocurrió

que abandonaste el búnker de tu ombligo

y compartiste el fuego recibido

y amaneció en la Tierra tu otro ojo

y viste más allá de tu retina

y te reconciliaste con tus brazos

y en ellos consolaste al invisible

espectro que llenaba los espacios

y todos los pronombres se opusieron

al plagio prolongado de los seres

 

qué pena que ese día se te niegue

 

 

Una mujer se asoma a la vida una mañana

 

Un arco amenazante si apareces,

dulce batalla a punto de ocurrir,

discreta sílaba insinuada, pro-

yectil a paso lento muy certero:

 

Oculta tras espuma falsa y humo,

atada por cadenas de binarios,

empuñas tu silencio en esta noche,

tu rabia hecha cenizas me sonríe.

 

Ahora amanece. Cansadas tus sábanas,

de fuerza son camisa blanca. Ves

cómo se atasca el día en el semáforo.

 

Habitación y calle se confunden,

vagabundeas quieta sin refugio

y observas a tu sombra mientras duerme.

 

 

Lavandería*

 

Desde nuestra sala puede verse el patio de un reclusorio de mujeres. Una calle nos separa. En sus atuendos oscuros, parsimoniosas en la tarea de lavar la ropa, no lucen amenazantes. Más allá de la prisión se encuentra el mar apenas avistado bajo niebla. Varios barcos se adivinan en su alfombra.

 

Y aunque a esta hora el horizonte es algo que recordamos de otros tiempos [raptado como está por el poder omnipresente del ambiente], las lavanderas son ajenas a cualquier asomo de tristeza. Prosiguen su faena, parecen discutir a veces entre ellas por un mejor lugar, otorgan a su atuendo oscuro cierta luz inesperada.

 

Las lavanderas se parecen ahora desde mi ventana a una limosnera: la que vi, toda de negro, sentada con una niña junto a un cruce peatonal, invisibles para los transeúntes. ¿Cuál es la tragedia de todas ellas? Intento ver nuevamente el mar, pero una pared blanca tiene cautivo al paisaje.

 

 

 

Escultura de hielo en movimiento

 

Ella siempre se está yendo

es un verbo de acción conjugado en pretérito

impersonal verbo llamado colibrí

me colibrí –me aletea

se aleja

 

La habitación vacía que es mi pupila

inútil la observa escaparse de mi boca

de mi lengua que se esfuerza en detenerla

frase intransitiva cosquilleándome los dientes

 

No la muerdo (se aleja)

ladrona de las yemas de mis ojos

salta volando el cerco de mi ausencia

de mi ausencia que es su imagen huidiza

 

Siempre se está yendo

picotea mientras duerme junto a mí

y se aleja sin irse

 

 

Acuarela*

{Naturaleza muerta}

 

 

Llegamos al otro lado, donde el cielo se despierta ante los ojos

y en su obstinado estar gime la luz entre la piedra.

 

Es el cristal amaestrado por los siglos, enseñoreado

sobre su madre humedecida; y otra vez la piedra que se ríe.

 

Si ahora las estrellas no guían nuestros pasos,

¿qué harán los pies si no morder su propio peso?

 

Correr,

medrar,

poner barreras,

hacer, en fin, del alma un frío adorno;

y ya no caminar, crecer, estar o ser.

 

El solo orgullo,

el solitario Yo desnudo

multiplicado y compitiendo

consigo mismo.

 

La bestia remplazada por su signo;

la noble bestia secuestrada y humillada

por la Razón que al hambre

la gula opone y al hombre,

su nombre y rostro.

 

 

Porque una letra en el pequeño

océano de su lenguaje

–de su lenguaje incólume–

nada no

es, sino otra

peor cosa:

 

la ola que la ahoga,

ella misma su verdugo,

 

la horca

echándose su nudo

en el pescuezo abstracto.

 

 

Pero sabemos que volvemos.

 

Con disimulada fuerza nuestros ríos

sin sentido

aguas arriba

(más arriba)

remontar queremos.

 

Donde un latente Origen nos atrae.

 

Hacer las paces pretendemos

con el Rehén oculto

bajo su garabato.

 

Y aunque el reflejo a veces nos confunde,

seguimos enfrentados al dilema

del sueño placentero

y cómoda mentira

 

–hermosas ilusiones

que nublan a lo Eterno

y cambian la caricia por el gesto–

 

porque la propia obra resplandece,

la contemplamos,

y la creemos buena

y no hay poder en ella

sobre nosotros que todo lo podemos.

 

Nosotros la creamos

a imagen nuestra:

lienzo y museo, retrato y dibujante;

 

anhelo de equilibro

y autoposesión;

 

sombra sobre la cual

tendrá sentido al fin la Luz

que nos habita. En eso descansamos.

 

 

 

 

 

NOTA

[1] Poemas escritos entre 2006 y 2016. Se coloca un asterisco junto al título de los inéditos; los demás pertenecen a la Antropología del poema (Managua: Leteo, 2012).

 

 

 

____________

Carlos M-Castro nació en 1987 en Managua, Nicaragua. Autor de Antropología del poema (Leteo, 2012), su trabajo está, entre otras compilaciones, en Flores de la trinchera: Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (Soma, 2012), Apresurada cicatriz: Instantáneas de poesía centroamericana (Literal, 2013) y De ahí nomás: Poesía actual de Centroamérica y del Caribe (Vox / Germinal, 2013). Es miembro del consejo editorial y editor asociado de la revista electrónica Álastor y su sitio web es lectordislexico.net. Vive actualmente en Bakú, Azerbaiyán.

 

1 comentario

  1. Cristal

    Septiembre 3, 2017 at 7:36 pm

    Genial, excelente poesía nicaragüense. Un abrazo, Carlos.

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