Programado para matar

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Lilí Conde, Programado para matar,

Chetumal, 1995, edición de autora, 70 pp.

 

 

Mauro Barea

 

Conocí a la maestra Lilí Conde por accidente en 1997. Fue accidental, porque el profesor de Química me había sacado de su clase por el bochornoso asunto de un avión gigante de papel que voló inesperada y majestuosamente por el aula. Al llegar a la cafetería me di cuenta de que la maestra estaba sola y enfrascada en sus notas; ese día nos había dado una conferencia sobre sus libros en el Bachilleres Cancún Uno, donde estudiaba. Tímidamente decidí acercarme y preguntar por su libro, Programado para matar. Ella, increíblemente sencilla, me dijo con una sonrisa que los libros llegarían, por cuestiones de la editorial, en unos días. «Es que realmente quiero leerlo y quiero su autógrafo» le comenté con pena. «Permíteme tu cuaderno», dijo, y me anotó una frase encantadora. «Te pondría solo Lilí, pero le añado Conde para que sepan bien quién te lo puso», y estampó su firma al pie. Esta fue mi primera dedicatoria en un libro.

Lilí Conde Medina nació en Tizimín, Yucatán, en la década de los treinta. Es licenciada en Español y maestra en Lengua y Literatura, e hizo estudios de posgrado en Lingüística y Literatura en México y España. En 1971 se mudó a Quintana Roo para laborar en la Normal de Bacalar, y en 1972 empezaría una de sus obras humanitarias cumbre: su labor social en favor de los presos a través de la Pastoral Penitenciaria. En 1995 publicó su obra más conocida, Programado para matar, un esbozo de novela documento o novela testimonio armada esencialmente con una entrevista al parricida David Díaz Granados, un colombiano-estadounidense confinado en una celda del Centro de Readaptación Social (CERESO) de Chetumal. Desde su publicación, su valoración literaria siempre se ha mantenido debajo de la humanística, tan es así que la maestra Conde recibió la medalla al Mérito Ciudadano por su destacada trayectoria en labor social en 2006, y no ha habido una mayor resonancia en la literatura quintanarroense hasta la fecha para con su obra (basta con buscar en Google para comprobarlo).

Corría el año 1985, y la apacible isla de Cozumel se despertaba entre efluvios pútridos que emanaban de una casa en el centro del pueblo y la envolvían como un velo sucio y asfixiante. Esa mañana de marzo, la policía y los bomberos exhumaban los cuerpos deshechos y agusanados de dos mujeres reportadas como desaparecidas. Los cozumeleños se enteraban de una terrible verdad, difícil de asimilar: dos de sus vecinas, una pareja de lesbianas, habían sido asesinadas y escondidas bajo una capa de tierra y cemento en su propio jardín. Poco a poco fluyó la información del terrible crimen y todo apuntaba al hijo de una de ellas, que se había fugado con su hermana. Era un joven americano, un drogadicto que asustaba a los lugareños y atizaba a los perros callejeros con un palo. Entonces se confirmó: el hijo, capturado tiempo atrás en Mazatlán, había confesado su crimen. La historia estaba lejos de terminar.

La novela, de 70 páginas, consta de seis partes definidas por los relatos de la vida del preso. Aunque la narración es omnisciente y la autora se convierte en un personaje entrevistador en la novela, Programado tiene una marcada tónica didáctica, a diferencia de la obra cumbre de la non fiction A sangre fría de Truman Capote. Sin embargo, atisbos de lo que ocurrió con Perry Smith asoman tenuemente cuando Lilí Conde se centra en la rehabilitación del asesino a través de largas entrevistas sobre su titubeante infancia y cruel adolescencia.

El objetivo de la autora no es indagar los detalles del crimen de Cozumel. Es sacar a la luz los verdaderos motivos que llevaron a Díaz Granados a oprimir el gatillo contra su madre y la amante de esta, motivos envueltos en un conflicto edípico, un amor no consumado, siempre buscado y que terminó en odio compreso liberado en los disparos. Todo esto es metaforizado hábilmente con una sangrienta cacería de patos que lo marcó en la infancia, dándonos un vertiginoso punto de partida y lanzándonos de lleno a la historia de huidas, maltratos físicos y psicológicos de su madre y futuras parejas.

No hay una descripción periodística de la detención y del proceso penal que nos acerque a los hechos reales; todo es a través de una sola técnica de entrevista a manera de confesión y en ocasiones pequeñas reseñas y citas literarias de la autora explicando la naturaleza de las preguntas, lo que nos lleva por una narrativa monologada y hasta poética en los diálogos. Esto tiene consecuencias para el lector, pues estos espacios en blanco nos remiten a una visión limitada de los hechos y detalles en sí: ¿cómo se las arregló Díaz Granados para llegar a Cozumel tras su periplo por el mundo, cómo encontró a su madre y amante? ¿Cuándo encontraron los cuerpos que el asesino ocultó y exhumaron? ¿Qué resonancia tuvo este asesinato en el pueblo y la sociedad cozumeleña que lo vivió? Para escribir su magna obra, Capote se mezcló con los lugareños de Holcomb, pero Lilí no fue más allá en ese aspecto. En la entrevista, dependemos del relato del confeso asesino, y Lilí deja abiertos muchos espacios para la especulación, aunque lo advierte hábilmente desde el inicio: «Me he acostumbrado a fijarme más en lo que hay detrás de los hechos que en estos mismos». (Conde, L: 8).

Otro punto que rompe la narrativa de Lilí Conde con la non fiction son los juicios de valor, que nunca vemos en la obra de Capote; en Programado la autora es clara al respecto y esboza su propia imagen de David Díaz con clara inclinación solidaria: «Yo sé que mi personaje tiene buena madera, se ha trabajado mucho. Varias personas influimos en su readaptación, pero la experiencia en los penales me ha hecho cauta». (Conde, L: 3).

Esto es entendible desde la perspectiva humanística de la autora: la tendencia a reivindicar al preso continuamente pone de manifiesto la tarea de vida de Lilí Conde con el sistema penitenciario. La autora cree y está convencida de que detrás de un acto tan bajo como asesinar se encuentran motivos que pueden justificar el acto mismo: «[…] pero no me asusta tu delito, ni el de nadie. Muchas circunstancias se conjugan para que afloren la rabia, el odio y el miedo que –en la mayoría de los casos–, están detrás de los homicidios». (Conde, L: 8). En el prólogo del libro Silvestre Caballero hace lo propio: «Ya que de acuerdo a las teorías freudianas, David no era culpable, sino que fue el producto de una historia infantil traumática, pues desde esta etapa fue inducido o condicionado al crimen por medio de palabras, actitudes y ejemplos; es decir, fue programado para matar». (Conde, L: IV). En el mismo prólogo, Caballero hace diferentes comparaciones con la obra, mencionando el cuento «La intrusa» de Borges, más digresiones literarias que casi desvelan el argumento del libro en su totalidad. Asimismo, justifica a la autora por el uso a veces excesivo del lenguaje procaz en la novela con algunos ejemplos, incluyendo a Miguel de Cervantes y Gabriel García Márquez.

Los personajes que hablan en Programado son prácticamente dos: Lilí y David. Las demás voces narrativas fluyen específicamente a través del asesino y transcriben los diálogos que otros personajes le han dejado en la recapitulación de la memoria. Los tiempos narrativos transcurren en desorden, las historias de David Díaz no son cronológicas, y las series de entrevistas no tienen fechas delimitadas, sin embargo logran componer un todo cuya clara intención es la búsqueda de la reflexión en el lector. En ocasiones podemos observar cuando el entrevistado decide que la sesión ha llegado a su fin por cansancio mental o profunda melancolía al revelar sucesos fuertes y personales: «Ya no puedo más, recordar me ha agotado mucho. Lilí, necesito un largo descanso, ojalá me entiendas, quiero que nos dejemos de ver unos dos o tres meses, ¿qué te parece?, esta larga entrevista me hizo remover el dolor de mi infancia y el horror de mi delito». (Conde, L: 66).

Programado se hubiera convertido en uno de los pilares de la non fiction novel quintanarroense, de no ser por el empeño de la autora en apoyarse básicamente en la entrevista y el discurso didáctico. Aunque le funciona de maravilla, Lilí Conde deja por fuera la imparcialidad, se apega estrictamente a las preguntas confesionarias que desvelan las programaciones negativas en la psique del criminal, aunado a su vagancia y adicciones; procesa los testimonios y los pocos complementos que nos muestran claramente el fuerte lazo afectivo que une a los dos protagonistas. Además, se revelan las torturas carcelarias y las penosas estadías del protagonista en los diferentes penales mexicanos; aquí hay que decir que David Díaz Granados fue un criminal no confeso por muchos años y él admite en el libro que la primera en conocer su vida al completo es Lilí Conde. Lo que empuja Programado para matar hacia la non fiction es precisamente la tenacidad de su autora para sonsacar los reductos más oscuros de la vida del asesino, proeza que no pudo ser conseguida por el sistema penitenciario: «Aguantar la tortura y no hablar se convirtieron en un reto. Hasta ahora nadie me hace hablar por la fuerza, a las buenas lo que quieran». (Conde, L: 28).

El asesino también reflexiona sobre las pautas de su propia conducta: «En la confidencia se habla de los sentimientos y emociones, se muestra el misterio personal que es lo que estoy haciendo ahora mismo contigo porque mereces conocer lo oscuro de mi vida. Tu amistad me ha ayudado a ser persona». (Conde, L: 30). Se puede entrever cierto paralelismo con la confidencia que pudo granjearse Capote de Perry Smith en las entrevistas en la cárcel de Lansing. Ambas son historias de maltrato familiar y vagancia por el mundo que a la postre detonaron impulsos homicidas.

Las entrevistas, sin fechas exactas de sus aplicaciones, datan de 1993 a 1994, año en que Díaz Granados logra su libertad por buen comportamiento. A diferencia de Smith, el colombiano tuvo un final feliz que tiene continuidad en un segundo libro, Programado para vivir, con mucha menor difusión, y que narra el traslado de David a Estados Unidos.

Programado para matar es sin duda una obra atrayente y actual por su naturaleza humanística y didáctica, pero actualmente se halla sin distribución, y como suele suceder en Quintana Roo, la obra fue publicada sin ningún respaldo editorial (la autora funge como editora) y no se han planteado siquiera reediciones para las nuevas generaciones. Es de reconocer la incansable obra de la maestra Conde y el esfuerzo que supuso recolectar historias de vida entre barrotes y sombras, contadas de primera mano por sus personajes, dando a sus obras no solo el objetivo didáctico y reflexivo, sino mostrando una más de las realidades del México carcelario, de la niñez y juventud que continuamente viven regidas y programadas por valores que pueden orillarla a jalar del gatillo en cualquier momento.

 

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Mauro Barea (Cancún, 1981). Estudió la maestría en Creación y Apreciación Literaria en el IEU Puebla. Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica de Madrid y consultor del documental sobre Gonzalo Guerrero Entre dos mundos (2013). Fue publicado en la antología de relato infantil Mi mejor amigo (Editorial Verbum, Madrid, 2015), y fue articulista para la revista Pioneros, publicación historiográfica de Quintana Roo (2011-2015). Estuvo a cargo de la columna «Desde ninguna parte», para el periódico Quintana Roo Hoy, con temas culturales y sociopolíticos (2015-2016). Finalista y antologado en el certamen Relats d’amor del Ajuntament de Constantí (Tarragona, 2017) y finalista del V Concurso de Microrrelatos del Ateneo de Mairena (Sevilla, 2017).

 

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