Prestidigitación y psicogeografía. Alan Moore y el trabajo del mago

Por  |  0 Comentarios

Alan Moore puede ser reconocido como una de las figuras principales en el mundo de los cómics, pero, más allá de eso, la grandeza de sus obras nos revela un mundo interior vasto y complejo. En este texto, Julio Cruz caracteriza al escritor inglés como un artista, chamán, prestidigitador y psicogeógrafo, al tiempo que ilustra con ejemplos la relación existente entre la magia y el mundo artístico.

 

Julio Cruz

 

 

Deriva. Crecer y encontrar en el azar aquello que parecía designado, eso cuyo nombre se escribe entre edificios, en las distancias entre ellos, en los silencios con que se tapa la historia. Adoptar un dios serpiente, Glycon,[1] para sorprender al hermano, para distraer al dogma y huirle, para que lo sagrado no tenga un rostro severo. Deriva para que dialoguen inconsciente y azar por las calles de Londres, o por cualquier calle o por cualquier tiempo. Deriva que oculte voluntad con lo fortuito y le produzca un cambio al mundo de relaciones lógicas que parece una trampa, o un corral, o un laberinto. Hay, en la geografía y en la disposición de las construcciones del hombre, un mensaje secreto que se reproduce en el silencio, en la calma, pero también en la urgencia y el ruido y la acumulación de gente. El Dr. Gull escuchó en el acomodo de las iglesias de Londres un pentagrama que lo elevó desde el infierno hasta la iluminación y para recibir ese mensaje sinestésico es probable que haya encontrado el decodificador en las entrañas de aquellas mujeres, esas que le inmortalizaron con sus muertes. «Destripador», el nombre que como un sol anunciaba el despertar de un siglo XX que se alejaría cada vez más de dioses para entender que el mundo es voluntad y que el origen del movimiento de la humanidad se muestra siempre torcido ante la mente lógica pues sus dictados vienen de la sombra, de lo más profundo: nigredo.

 

***

 

Crisis de mediana edad para Alan Moore, el creador de Watchmen, V For Vendetta, From Hell, The league of extraordinary gentlemen, Promethea, Swamp thing y tantos otros importantes mitos modernos. Punto de quiebre y momento de pedir a sus seres cercanos que vigilen su locura para que no se desborde y le cause extravío. El Dr. Gull, su destripador ficticio –aquel que creó para From Hell–, le revela el camino perfecto para seguir la vida a partir de la mediana edad. Muertes en Whitechapel a finales del siglo XIX y en ficción un eco para enterarse de que «el único lugar donde los dioses son indiscutiblemente reales en toda su grandeza y monstruosidad es la mente humana».[2]

Mucho sentido en lo extraño y lo azaroso, en los sincronismos que indudablemente ocurrirán en la vida de toda persona. Esas situaciones que difícilmente pueden clasificarse en el orden de lo lógico se van acumulando hasta formar un estruendo. En medio de ese torbellino de eventos inconexos, Alan Moore se declaró «mago del caos»; se asumió de tal manera y colocó en los cimientos de su nueva interpretación del mundo la coexistencia de dos realidades: aquella material en la que vivimos y la otra inmaterial de la ficción.

De acuerdo con Moore, este mundo donde habitamos convive con otra realidad intangible que lo moldea: el reino de las ideas o, como el mismo lo llama, el ideaespacio. Pensemos en un árbol: existe como un cuerpo de tres dimensiones que comparte el espacio con otros seres y objetos materiales a quienes afecta y por quienes se ve afectado. Pero al mismo tiempo la idea de un árbol es real y tiene probablemente una trascendencia mayor que la del objeto corpóreo, pues contiene las formas y dimensiones de todos los árboles que se hayan conocido a través de la historia de la humanidad. El árbol como idea existe, pero a la vez no; al menos no es posible ubicarle en algún lugar del mundo físico, pues elude a los cinco sentidos.

El ideaespacio pareciera ser ajeno a lo humano, pero en realidad es inherente a todos nosotros; se ha construido con el pensamiento de la humanidad y desde su realidad hemos dado forma al mundo material. Del más allá, del éter, el mago obtiene poderes que transforman. En el ideaespacio de Alan Moore habita el yo de toda la gente. Este pensamiento es compartido por los chamanes, que ubican la conciencia en esferas metafísicas unidas al cuerpo de las personas. Carl Jung pensaba algo muy similar con su teoría del inconsciente colectivo.

Cada mente tiene su propio territorio en el ideaespacio (al igual que en el mundo material se cuenta con una dirección donde se vive) y, de acuerdo con Moore, la creatividad y el aprendizaje aparecen al salirse de los límites de ese «territorio» para explorar más allá. Si la conciencia se aventura más profundo en esta no-realidad, encontrará el lugar comunal donde conviven otras personas y otras creaturas que la lógica consideraría sólo ficciones; sin embargo, son reales, tanto como nosotros, los residentes del mundo tridimensional.

Alan Moore se considera a sí mismo como mago y chamán, y como tal, parte de su trabajo es internarse en la región inmaterial para traer mensajes al universo lógico que habitamos. Él intenta evidenciar así la disposición del mundo como reflejo torcido de la realidad de las ideas.

Y ¿qué es magia? El trabajo de prestidigitación resulta de obtener algo de la nada. El truco del conejo en la chistera lo ilustra perfectamente. Pero ocurre también cuando la libreta en blanco se llena de letras que dan vida a realidades en el pensamiento de las personas. Ocurre en el silencio, cuando se llena de sonidos y la voluntad los ordena hasta volverlos armónicos y evocadores para quien escucha. Música, danza, plástica, lo son; todo acto de creación deliberada es magia y su manifestación más sencilla, pero también la más poderosa, es el lenguaje.

Nombrar algo basta para crearlo y darle un significado. Para existir necesitamos ser dichos, como pensaba Paul Valéry. Artefacto poderoso es el lenguaje: simultáneamente es creador y arma de destrucción masiva. Para Moore, es el conducto principal de la magia, su compañero inseparable. Por ejemplo, hace notar que la palabra grimoir («grimorio») es simplemente una manera diferente de decir grammar («gramática»), y recuerda a Aleister Crowley cuando dice que «hechizar» (to cast a spell) es simplemente «deletrear» (to spell). El lenguaje sirve para construir realidades y si se utiliza con los fines equivocados, para maldecir. Pero quizá su poder más grande es el de otorgar significado. Borra límites y hace visibles las relaciones entre conceptos disímiles; es puente que une realidades y transforma lo anodino en primordial. El mago sabe señalar en cada cosa, en cada ser vivo, sus posibilidades de significación. La nada está en los objetos que se ven a diario, en los horarios y en los hábitos, pero él sabe cómo de lo rutinario sacar un conejo. Tal es su trabajo, o debiera de ser así. El milagro –el truco– en sus más humildes resultados consigue, al menos, maravillar, encantar (véase la palabra glamour) y llamar la atención de quien atestigüe ese contacto mundano y evidente con la realidad inmaterial de las ideas. Aun un paseo, una simple caminata, entraña múltiples brotes de magia para que los descubra el taumaturgo y los señale al ojo inexperto. En el trazado del mundo, en el acomodo de la vivienda, se ocultan evidencias de la existencia de aquella otra realidad y sólo por una convergencia precisa de azar y sucesos es revelado el extraño parecido del mundo material con el de las ideas. La disposición de las calles y su acomodo azaroso, el clima y los eventos que acontecen, todos influyen en el estado de ánimo del paseante y convierten los rincones desdeñables en verdaderas máquinas del tiempo, portales dimensionales o sitios especiales para la aparición de fantasmas. Las calles tienen un poder inmenso de evocación que se activa con los pasos de un vagabundo; esto lo sabe muy bien Moore y lo ha dejado inscrito en su obra, el mejor ejemplo: From Hell.

Al respecto, el filósofo y cineasta francés Guy Debord dice que el comportamiento afectivo de las personas se ve influenciado por el medio geográfico y que para esta influencia existen leyes y efectos precisos dignos de ser estudiados; en su estudio encuentra la justificación de la psicogeografía, esa práctica sobre la que comenzó a teorizarse desde la segunda mitad del siglo XX y que reivindica el transitar con libertad y sin objetivo alguno por el territorio en que se habita.

El territorio el mago lo mapea de una forma diferente a la simple convención social para enseñar al transeúnte a ver y caminar por estos senderos mágicos, aun cuando se oculten en caminos memorizados por la urgencia de tener una ruta corta. En su andar psicogeográfico se evidencia su labor chamánica, como sucede con su primera novela: Voice of the fire. En ella, Moore ofrece una especie de historia mágica de Northampton a través de los tiempos, con el territorio como el único protagonista constante, testigo de violencia, rituales mágicos o la repetición de patrones violentos y la aparición recurrente de símbolos casi arquetípicos (por ejemplo los pies, presentes hasta en tiempos contemporáneos en la forma de la industria fuerte en Northampton: la fabricación de calzado) que conforman un mensaje oculto entrelazado con la historia de la ciudad.

El mago conoce la existencia de lo inmaterial y lo físico y le recuerda constantemente a la humanidad que hay algo más allá de lo aparente. Tal como ha sido expresado por Platón o Proust, del mundo se percibe una idea, esculturas de luz y objetos que son solamente reflejo de otra realidad.

A mediados de la década de los noventa y siguiendo su autoproclamación de mago, un grupo de ocultistas, escritores y artistas se reunieron alrededor de Alan Moore y el también escritor de cómics Steve Moore (sin ningún parentesco entre ellos) para formar una especie de sociedad secreta en la que discutían acerca de consciencia, magia y arte. Entre otros, a esta cábala se unieron los músicos Tim Perkins y David J. de Bauhaus para formar oficialmente el Gran teatro egipcio de maravillas de la luna y la serpiente. El grupo comenzó con sesiones de rituales mágicos para estimular la creatividad de los participantes. Estas sesiones evolucionaron en performances que combinaban elementos teatrales y audiovisuales con música y prosa poética recitada por Alan Moore. A la manera de ceremonias chamánicas de sanación, y en la tradición de la magia dramática mostrada antes por Aleister Crowley y los médiums de principios del siglo XX, estos actos eran casi siempre perturbadores y por ende eran perfectos para derribar las paredes del mundo lógico y permitir un atisbo de lo infinito de la realidad de las ideas.

Para uno de los actos, que llamaron «El jardín de los espectros», Alan Moore quiso llamar a un dios, un ángel y un demonio. El primero fue Glycon, su deidad personal, a quien los miembros de la cábala invocaron caminando en círculos y con los ojos vendados, haciendo ruido con instrumentos musicales; la acción los desorientó tanto que terminaron extendiendo este pequeño ritual por más tiempo de los dos minutos que tenían pensados inicialmente.

Para el ángel tocaron la pieza titulada «The enochian angel of the seventh aethyr» (el ángel enochiano del séptimo éter), con música de David J., al tiempo que Moore narraba la llamada al ángel realizada por Edward Kelley (famoso ocultista inglés del Renacimiento quien afirmaba comunicarse con espíritus a través de una bola de cristal o de un espejo). Melinda Gebbie, la esposa de Moore, prestó su voz para las palabras del ángel. Como dato extraño, supieron después que el ángel atraído por Kelley era Babalon, una entidad que Aleister Crowley calificó de terrible y apocalíptica y por quien murió el ingeniero aeroespacial y ocultista estadounidense Jack Parsons mientras actuaba a su servicio. El demonio al que invocaron fue Asmodeo y para ello Moore creó un texto perfectamente simétrico que parecía emanar del nombre del demonio.

Para estos actos, Alan Moore mezclaba sus conocimientos sobre la historia local de Inglaterra con su faceta de psicogeógrafo; como resultado, los espectadores se relacionaron con el lugar donde eran presentados de una manera más íntima que sólo a través de la experiencia espacial. Magia una vez más: la percepción de la realidad material se resquebraja para que el universo de las ideas reverbere en lo físico.

El artista tiene una responsabilidad grande en el mundo actual –nos dice Moore–, pues es el moderno chamán, el sabio de la tribu que está consciente de la otredad, del mundo como mera representación de algo infinitamente más grande. El artista debe provocar cambios en la consciencia de los individuos para que se liberen y despierten.

Hoy en día, como en una historia fantástica, la magia ha caído en manos equivocadas: ahora está en garras de publicistas y mercaderes que la usan para adormecer y crear necesidades; para dejar un pueblo de consumidores y separarlo como si fueran guetos en segmentos de mercado susceptibles de ser manipulados.

Cada pieza de arte de Alan Moore está destinada al inconsciente, a lo profundo; es una invocación que libera y transgrede a pesar de que la industria del entretenimiento se haya apropiado de sus creaciones para lanzar multimillonarios blockbusters que él detesta.

En la deriva, Alan Moore encontró su lugar como sabio de la tribu, como chamán y creador que conoce su responsabilidad con el mundo. En sus propias palabras, «el trabajo del artista es dar al público lo que necesita […] si el público supiera lo que necesita, no sería público, sería artista».

 

______________________

Julio Cruz (México) es cantante y lector de cómics.

 

NOTAS

[1] Dios serpiente con cabeza antropomórfica de la Grecia del siglo II cuya imagen fue empleada por el falso profeta Alejandro de Abonutico como el principal accesorio para su labor como oráculo. Se cree que utilizaba una marioneta, o bien una serpiente amaestrada a la que le disfrazaba la cabeza para hacerle aparentar un rostro humano. Alan Moore adoptó a Glycon como su deidad personal.

[2] Así lo dice el Dr. Gull en el capítulo IV de From Hell.

 

 

 

 

 

 

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *