Preferimos el jueves a la eternidad

Entre las muchísimas metanarrativas que podemos encontrar en nuestro acervo histórico, quizá una de las más peligrosas ha sido la del progreso asociado al desarrollo humano y, muy particularmente, a la idea de evolución. Es decir, pensar que el ser humano, desde la aparición de los primeros homínidos, está avanzando, lenta pero progresivamente, hacia un estadio superior, en el que, incluso, la extinción dejará de ser una contrariedad.

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Raúl Bravo Aduna y Camila Paz Paredes

Decía Sartre que el humano está condenado a ser libre. Está condenado porque, a diferencia de todo lo demás en su mundo, él no se creó a sí mismo; se encuentra obligado a enfrentarse a su propia existencia. Pero en esa misma condena es que encuentra su libertad última: una vez en el mundo, es el encargado de darle sentido a la ansiedad y perplejidad que pueda causar su existencia misma. Y aunque no lo quiera, el humano busca entender lo que lo rodea, a veces sin tomar en consideración que él mismo es quien dota de significado y relevancia a esos descubrimientos.

Esta angustia existencial entra en el espíritu humano y se resuelve –si tenemos buena suerte– en el gerundio existiendo, en el mundo exterior, en transcurso, en acción; en los problemas diarios de la vida, en las dificultades de la supervivencia. Y el ser humano conoce su propia naturaleza a través de la naturaleza circundante en que nació y se desenvuelve, como si se tratara de un espejo –olvidando, por lo general, que la imagen que se proyecta tiene mucho de imaginada. Para saber qué somos los humanos, por qué somos así, cuál es nuestro lugar entre todas las cosas, cuál es, pues, el sentido de nuestra vida, recurrimos a la Madre Naturaleza. No sólo como creadora, también como guía. Una íntegra entidad que, suponemos, debe dar cuenta de nuestro origen y destino. Sea a través de la magia o de la ciencia, siempre hemos pedido respuestas a la Naturaleza –sí, con N grande, porque nos cuesta un esfuerzo histórico desdivinizarla: ella debe tener sentido, un sentido comprensible, el único sentido.

La Naturaleza –la externa tanto como la interna– tiene siempre dos caras que parecen contradictorias, pero que conforman el rostro difuso con que la concebimos: por una parte, la Naturaleza es el ámbito de las determinaciones férreas, de las leyes físicas, un orden cósmico lleno de regularidades, ciclos y constantes, esa que sugiere la existencia de un gran arquitecto, un planificador de designios que le ha puesto medida a todas las distancias y forma normada a toda la materia. Por otra parte, la Naturaleza es lo desconocido, lo misterioso, lo mágico por múltiple y maravilloso, un flujo incontenible y caótico al que no se le puede encontrar un fin, un principio o un cauce bien delimitado, una fuerza que jamás podremos abarcar con nuestro corto entendimiento y que tenemos que dominar para que no nos devore. Entre los indicios de orden predeterminado y el misterio inacabable de lo posible –ambos puestos en el mayor asombro de todos: la vida– el ser humano mete los porqués en respuestas y preguntas. Y supone, porque no puede hacer otra cosa, que la vida (su vida) significa algo en el cosmos natural, que tiene algún sentido y que le es dado a su razón el descubrirlo –puesto que también le ha sido dado el plantearse la tarea.

Por tanto, el humano se encuentra condenado, también, a crear narrativas que le den cierta lógica y estabilidad a un mundo que es francamente ilógico e inestable –aunque a ratitos parezca inteligible. Si nuestra vida se cuenta, no tenemos de otra que  hacer historias para comprenderla. Y entonces la gran pregunta acecha a los narradores: ¿se trata de una historia que ya está escrita de cabo a rabo o de sucesos azarosos que se mueven sin dirección predefinida? ¿Tiene la Naturaleza un destino para cada ser de su creación o es el puro transcurso de la vida lo que da la apariencia de un camino? Por supuesto, tanto valores e ideales como evidencias y descubrimientos han tomado parte en este cuento.

Entre las muchísimas metanarrativas que podemos encontrar en nuestro acervo histórico, quizá una de las más peligrosas ha sido la del progreso asociado al desarrollo humano y, muy particularmente, a la idea de evolución –y decimos «peligrosas» por el mucho daño y el mucho mal que se ha causado en nombre del progreso (hacia quién sabe qué). Es decir, pensar que el ser humano, desde la aparición de los primeros homínidos, está avanzando, lenta pero progresivamente, hacia un estadio superior, imaginamos que perfecto (lo que sea que eso pueda significar), en el que, incluso, la extinción dejará de ser una contrariedad.

La cosa es que nos hemos creído el cuento de que somos demasiado importantes: la humanidad está aquí por algo y no es fortuito lo «mucho» que se ha alcanzado, lo «mucho» que se ha progresado. Pero bien escribió Robert Pepperell en su «Manifiesto Posthumanista» que «la respuesta a la pregunta “¿Para qué estamos aquí?” es que no hay respuesta.» Y así como los dinosaurios predominaron y dominaron la mayor parte de la Tierra por cerca de 160 millones de años antes de extinguirse, valdría la humildad creer que nosotros, mortales homínidos con una existencia menor a los 10 millones de años, en algún punto podríamos desaparecer también, sólo para comprobar que tanto «progreso» y «desarrollo» no van de la mano de la evolución, mera permuta natural a la que también, así como a la libertad, estamos encadenados.

Estos cambios, aunque en pequeña medida respondan a la búsqueda de adaptaciones para «mejorar» la especie, no pueden sacudirse la casualidad, contingencia y chiripa que llevan de por medio. Y en ocasiones, por dejarnos llevar por ciertas narrativas que privilegian el orden y estructura del mundo y la humanidad, perdemos de vista que «no hay un objetivo a largo plazo», como nos cuenta el famosísimo biólogo y polemista Richard Dawkins, «no hay una perfección final que sirva como criterio para la selección, aunque la vanidad humana abrace la noción absurda de que nuestra especie es la meta final de la evolución.»

Cuesta trabajo ver que, al final del camino, el ser humano poco tiene de importancia para el mundo, el universo y quizá hasta para el humano mismo. Tal vez diría Wisława Szymborska de nosotros, pobrecitos humanos burlones, miopes y «limitados./ [Preferimos] el jueves a la eternidad».

 

 

 

 

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Raúl Bravo Aduna (@rbaduna) estudia la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Coordina la sección de dossier de Cuadrivio. Su web personal es http://rbaduna.wordpress.com.

Camila Paz Paredes (1989) estudia sociología en la UNAM. Es subdirectora de Cuadrivio.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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