Postales del fin del mundo

Aunque muy pocos se atreven a concebir un mundo sin homo sapiens ni civilizaciones humanas, prácticamente nadie se resiste a la tentación de imaginar el fin del mundo. Para insuflar un poco de humor, ingenio y malicia a este número, hemos ensamblado un mosaico con textos breves escritos por colaboradores, amigos y editores de Cuadrivio a propósito del fin de los tiempos. El resultado es el que el lector tiene ahora en su pantalla.

«El mejor amigo», © Liliana Martínez

«El mejor amigo», © Liliana Martínez

Aunque muy pocos se atreven a concebir un mundo sin homo sapiens ni civilizaciones humanas, prácticamente nadie se resiste a la tentación de imaginar el fin del mundo. Para insuflar un poco de humor, ingenio y malicia a este número, hemos ensamblado un mosaico con textos breves escritos por colaboradores, amigos y editores de Cuadrivio a propósito del fin de los tiempos. El resultado es el que el lector tiene ahora en su pantalla.

 

 

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El fin (plagio de Apocalipsis 20, 11-15)

Hay una fila larguísima en una carretera interminable, lejos de la primera caseta, donde pagaré una cuota obligatoria o de contado o en plazos en casetas subsecuentes. Después podré presentar mi documentación que, sellada, llevaré a otra sección donde se me asignará fecha de examen de vida cuyos resultados serán firmados en oficinas tras un plazo de revisión. En la disección presentaré originales con copia, se me dará fecha de juicio tras el cual se me asignará entre fila izquierda o derecha, donde llenaré la solicitud y entregaré nuevamente originales y copia, tras lo cual…

 

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Alfonso Fierro (Ciudad de México, 1988)estudia Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es colaborador habitual de Cuadrivio.

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Llegó el fin del mundo a mi barrio

sin que a nadie le importara.

Mis padres tenían puesto CNN

esperando el boletín especial.

 

Las liquor stores y los cibercafés

siguieron abiertos hasta tarde.

Nadie comprendía las señales.

Hasta la mujer que vio la silueta

de la virgen de la Altagracia

en el cristal delantero de su jeepeta

fue al car wash a lavarla.

 

Moteles y bingos estaban abarrotados.

Las evangélicas que con sus panfletos

habían anunciado tanto el fin

se fueron a la cama temprano.

 

No cortaron las líneas de teléfono.

Ni se llevaron el agua y la luz.

Nadie vio las estrellas que caían del cielo.

Para cuando el arcángel Miguel sonó la trompeta

el partido de los yankees

 

iba por eloctavo inning.

 

 

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Frank Báez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978) es escritor y editor de la revista Ping Pong.

 

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Apocalipsis

Mi fascinación por el apocalipsis nació en la iglesia evangélica presbiteriana a la que mi madre me arrastró durante 12 años: en algún momento de mi temprana infancia, algún presbítero hizo una lectura ilustrativa del Apocalipsis de San Juan. Asombroso: había dragones y fuego y muerte y destrucción y abismos insondables en donde se perdían las almas. Desde entonces he visto y vivido varios fines del mundo, pero mi preferido sigue siendo éste: salir al centro del DF con una resaca terrible, en una mañana de día de asueto, con calles habitadas apenas por fantasmas cocainómanos y Gimme Shelter de los Rolling Stones sonando tétricamente desde algún departamento desconocido.

 

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Luis Reséndiz (Coatzacoalcos, 1988) escribe sobre cine para Letras Libres y edita y colabora en índice, blog de crítica de Milenio. De grande quiere ser detective.

 

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Me gusta pensar en el fin del mundo como una mezcla de fantasía y absurdo. La escena que detona el final podría ser la siguiente: Un hombre vestido con un traje impecable aborda el metro; el vagón está repleto. El hombre deja un maletín en el piso y se baja en la siguiente estación. Camina con tranquilidad por el andén. Su silueta se pierde entre cientos de personas. En el vagón un agujero negro comienza a devorar el mundo.

 

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Alejandro Badillo (Ciudad de México, 1977) es narrador. Autor, entre otros, de Tolvaneras (Secretaría de Cultura de Puebla) y Vidas volátiles (Universidad Autónoma de Puebla).

 

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El fin del mundo es la madre que puso a sus hijos a dormir en su camarote de tercera, los arropó y les leyó un cuento mientras el transatlántico se hundía.

Cuando venga el fin del mundo, seré un gato que, sentado en el borde de la placa Sudamericana, con la cola colgando sobre donde estuvo la del Caribe, mira cómo se derrumban los continentes y cómo salpican las ciudades cuando caen en el mar de lava. A los gatos no les duele nada, porque los gatos no tienen hijos.

 

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Cecilia Galli (Buenos Aires, Argentina, 1975) es escritora. Autora, entre otros textos, de la novela La isla (Biblits, 2011).

 

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Me informan que el mundo se apaga en diciembre. Se violenta el espacio; el aire enrarece; mis sentidos, sin embargo, serenos. Con calma tomo el libro que resbaló tantito. Revolotean algunas palabras: «El hoy fugaz es tenue y es eterno». ¿Qué me va a venir a decir el mundo de un posible Apocalipsis?, pienso. ¿Qué más da si cae un chingado meteorito tamaño Bruce Willis o me explota en la cara el Ajusco? Soy mexicano, nací en medio de una tragedia que sabe a fin del mundo cada seis años; cada seis días, incluso.

 

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Raúl Bravo Aduna es editor literario de Cuadrivio.

 

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¿Y qué te hace pensar que no ha ocurrido aún? El Apocalipsis nos pasó por encima aquella tarde de abril que a ti te pareció anodina, a pesar de que todo sonó a disparos y las nubes de pólvora duraron largos minutos en disiparse. Te entiendo: ¿Qué se sabe? Nada. Si fácil se nos hace no pensar en eso es porque aquellas balas no perforaron las carnes sino las almas. Y desde entonces nuestros cuerpos vagan como carcasas de lo que fuimos. Vacías de espíritu. Apenas pereciéndose a nosotros. ¿Que qué nos queda por hacer? Nada: seguir procreando individuos sin alma. Que para eso nos perdonaron la «vida».

 

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Michelle Roche Rodríguez (Caracas, Venezuela, 1979) es periodista y crítica literaria.

 

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Guerra contra Amalec

Levanto mis brazos y me aferro al frío pasamanos metálico. Sí, es para no perder la batalla. He llegado muy lejos, he atravesado esta Refidim impía plagada de amalecitas que expelen bilis y esmog, pero no puedo más. Amalec bulle en mis entrañas; las desgarra, las abrasa, afila su espada y espeta aquí y allá provocándome terribles arcadas. Ayúdame, Señor. Estoy en la cima del collado, mas mi arca rebosa de operarios impacientes por llegar a sus viñedos. No puedo salir de aquí. Y, aunque pudiera, mi nave está rodeada de ristras interminables, ominosas, de automóviles que en cuarenta minutos no se han movido un ápice. Nadie abandona el bus y desciende de la cresta del puente por el borde. Amalec estraga mis entrañas. Necesito un retrete. Con urgencia. Levanto mis brazos pero sé que Él me ha abandonado. Periférico a las siete de la mañana: el Seol en la Tierra. No hay escapatoria. La impotencia y la desesperación en su estado prístino. ¿Hay algo más parecido al fin del mundo?

 

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Ramsés LV (Ciudad de México, 1986) es director de Cuadrivio.

 

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Soñé en negro

Soñé hace poco que moría en una cama de hospital, conectada a máquinas desconocidas. A mi lado estaba mi madre y me hacía una pregunta que ya no alcancé responder: morí entonces, tranquila, y despertar viva fue terrible.

Así ha de llegar el fin del mundo, no proclamado por desastres que llevan a la reconstrucción, sino de forma gentil y para un final total. Acabará con el tiempo y cantidades, y quedarán sólo astros no anclados a las linealidades que el humano requiere para existir. Y nosotros nos desvaneceremos en el negro, pacíficos, sin necesidad de renacimiento ni razones para despertar.

 

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Gabriela Silva Rivero (Ciudad de México, 1985) es autora de la novela Los doce sellos (Ítaca, 2009).

 

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El fin del mundo, o no

Dicen que este diciembre será el fin del mundo. Opino que no debería causar ni miedo ni expectación. El hecho es que el mundo ya se acabó. Un día sí y otro también nos repiten religiosamente que todo es un fracaso, que el país se cae a pedazos, que el Estado ya no existe, que nada sirve. Vaya, hasta que ya no hay moral ni buenas costumbres. Y si todo eso es cierto, lapidario como suena, la desaparición del mundo no cambiaría nada. Bueno, sí, nos evitaría la fatiga de vivir en este valle de lágrimas que describen los fatalistas exagerados.

 

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Jaime Hernández Colorado (México, 1991) estudió Política y Administración Pública en El Colegio de México. Ha colaborado con Cuadrivio.

 

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El sostenimiento de la nada

Si el próximo 21 de diciembre nos despertáramos para ver el último día de la humanidad, imagino que no sería por la carencia de recursos naturales, sino por la ambición desmedida del hombre, siendo la lucha de poderes el escenario en el que se confrontan naciones, etnias y pueblos; es decir, el hombre acaba consigo mismo, ya que no lucha contra el otro por tener más, se lucha contra la insatisfacción perpetua, una condición del hombre moderno. Por el momento no puedo imaginarme un «fin del mundo» lleno de caos; por el contrario, pienso en el sostenimiento de la nada, en el vacío donde no hay más historias que contar.

 

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Mercedes Alicia Hinojosa Méndez (Ciudad de México, 1987) es editora de la sección política de Cuadrivio.

 

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La fantasía humana añora un fin del mundo apocalíptico: el jinete de la guerra que corta cabezas, extremidades y atraviesa corazones; la peste que produce úlceras malignas y pestilentes; el sol abrasador que levanta fuegos destructores arrasando todo a su paso; las aguas sanguinolentas de olores nauseabundos en las que el ángel vengador derramó su copa; la hambruna, la pobreza… y al final, la muerte. Ah… qué imaginación, qué terribles predicciones de mayas, egipcios y judíos. O será acaso un jinete gringo que hoy hace la guerra por petróleo y mañana por agua; es quizás la epidemia del cáncer con sus tumores malignos que va matando a millones todos los días; se llamará cambio climático que acaba con bosques, aire, agua y suelo; pudiera llamarse Coca Cola que embotella y vende la chispa de la vida al mejor postor envenenando ríos, lagos y manantiales; será de apellido Slim, que parece producir riqueza pero que en realidad representa la pobreza. El fin del mundo no será mañana, es hoy y ya está aquí.

 

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Hilda Salazar es investigadora social y directora de la ONG Mujer y medio ambiente, A. C.

 

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Idiotizada la población mundial con ese temita de la paz kantiana universal en una coalición de naciones unidas bajo una sola ciudadanía planetaria con sede en las principales potencias, soslayadas bajo la figura de «entes de garantías mutuas», aparecerá el Anticristo, firmará un tratado de paz entre israelíes y palestinos, se creará el Tercer Templo y todo el mundo parecerá feliz… Izquierda y Derecha internacionales habrán logrado una simbiosis fabulosa, equilibrio entre acumulación de capital y gasto público. Lo que nadie espera es que este nuevo líder mundial pertenezca a una red de sociedades secretas que, desde mediados del siglo XVIII, tratan de gobernar el mundo y ponerlo a los pies de Lucifer, el Arcángel caído de los libros de Ezequiel e Isaías. Así, el fin del mundo será la humanidad bajo todo el poder del mal y del caos. ¡La ira de las Tinieblas sobre los justos! ¡Corred!

 

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Javier Domínguez (1977) es maestro en historia y catedrático en la UPEL-IPB de Venezuela.

 

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Es incorrecto decir fin del mundo para lo que estoy pensando. El mundo siempre seguirá existiendo; bueno, hasta que el sol se convierta en una gigante roja y nos destruya como un grano de arena en una fogata en la playa. El fin del mundo que pensamos será más bien el fin de los humanos y eso seguro que sí pasará. Lo más divertido es que lo provocaremos nosotros mismos. Diseñaremos una especie nueva, un ser vivo que no existe actualmente pero que dominará la Tierra en cuanto su proceso autopoiético y de autorreplicación comience. Sean las máquinas, zombis, bacterias o virus, nuestra propia creación nos destruirá eventualmente. Las implicaciones filosóficas de esto serán enormes, pero por supuesto las máquinas, los zombis o el microorganismo que lo haga no tendrán la capacidad de entender la profundidad que nosotros mismo le damos a nuestra existencia. Entonces seremos sólo una especie más que se extinguió en el tercer planeta del sistema solar.

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Daniel Ochoa Gutiérrez es editor de la sección de ciencias de Cuadrivio.

 

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Cuatro años después de encender el Gran Colisionador de Hadrones las mediciones comienzan a salirse de control. Las partículas, antes contenidas, siguen sus trayectorias a la velocidad de la luz perforando todo lo que esté a su paso. El bosón de Higgs ha sido liberado pero la antimateria produce su efecto casi de inmediato. En segundos, pequeños hoyos negros comienzan a aparecer; la tierra y el mar comienzan a colapsarse por una fuerza gravitacional enorme. Tras el Big Bang artificial, la Tierra es succionada por la unión de agujeros negros de antimateria.

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René Torres Villarreal (Ciudad de México, 1980) es chef.

 

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El mundo se acabará por culpa de una gran epidemia incontrolable. La epidemia se generará a causa de la gran contaminación acumulada en la Tierra. No podremos escapar de ella porque su origen será un virus altamente contagioso y siempre mutable que, en realidad, no será el causante de la muerte, pero sí debilitará la piel. Las muertes surgirán porque nadie será capaz de soportar los rayos del sol que, para ese momento, serán más intensos debido a la destrucción de la capa de ozono (que hemos llevado a cabo durante siglos). Si añadimos que esos mismos rayos y la debilidad de nuestra piel infectada han causado esterilidad a nuestra especie, todos moriremos, y la raza humana habrá sido algo insignificante para la inmensidad de nuestro universo.

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Miguel Ochoa Barrios es estudiante de preparatoria.

 

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Es muy difícil que me pueda decidir qué fin del mundo es el que más me gustaría. La mayoría de los fines del mundo que veo y que me gustan son los que aparecen en le películas, y nunca he podido decidirme por cuál me gusta más. He de decir que uno de mis favoritos es que llegue el ejército zombi y sólo haya un par de sobrevivientes y el deporte predilecto sea encontrar distintas maneras de matar zombis, como en Zombieland. Otro de mis fines del mundo favoritos es el que ocurre en el Día en que la Tierra se detuvo, la raza humana como tal no se extingue, sólo nos quedamos sin tecnología, aunque me cuesta mucho trabajo pensar en cómo los seres humanos avanzarían sin tecnología, pero como bien se expresa en la película, se trata de darle un nuevo inicio al resto de las especies. Pero si no me pienso como sobreviviente y debo ser de la parte que «perezca», debo decir que mi fin del mundo predilecto es el de Soy Leyenda, no la película, sino el libro de Richard Matheson. No se extingue la raza humana, sólo evolucionamos en vampiros vivos o muertos; creo que ésa sería mi elección y todo estaría bien, mientras no sea Robert Neville.

 

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Gabriela Ramírez Rojas Salazar es editora de las secciones de ciencias y fotografía de Cuadrivio.

 

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Mi fin del mundo preferido: aquél donde no hubiera adónde escapar. Podría ser que la Tierra fuera tragada por el sol, o que nos cayera encima Marte o que la atmósfera se incendiara y acabara con todos. Me imagino a mis vecinos corriendo como locos en el vecindario y a algún profeta visionario diciendo «se los dije». Sabiendo que no hay adónde huir, seguramente subiría a la azotea para ver el fin mundo en primera fila y me tiraría justo en el instante del fin, para morir volando.

 

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Rogelio Laguna (1989) es escritor y periodista cultural. Ha publicado en revistas como Ornitorrinco y Reflexiones marginales. Autor del libro de cuentos Segunda navegación (2008).

 

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Veremos al cocodrilo sacudirnos de su lomo, se colapsará el cielo sobre la tierra, a la inversa de como fue creado el mundo según la cosmogonía maya. El maíz y todo lo que la tierra produce será arrasado por los animales y demonios que no deben dejar nunca el mundo subterráneo, los miedos de los hombres los cazarán como presas sacadas de su hábitat natural. Finalmente, la conexión del hombre con los dioses será sesgada, estará a la deriva, sin cielo ni tierra, ni dioses ni infiernos, ni cielo ni tierra, oscuridad infinita sobre lo que una vez fue el regalo de la vida.

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Aidé León. Zacatecana, historiadora y amante de la fotografía.

 

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Que el fin del mundo fuera en Navidad, después de habernos despertado para ver nuestros regalos debajo del árbol. Y que cada quien recibiera un regalo que le permitiera tener fe de nuevo.

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Fabiola Fuentes Nieves es doctora en Diseño Gráfico.

 

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Hoy se acaba el mundo

Hoy se acaba el mundo, se va el último augurio de mañana y retumba su esperanza en el propio corazón. Amanece aletargado el encuentro del primer pesar de mi vida, como la gracia del niño volando con su planeador; y no sólo por su encanto, sino por el vuelo. Ahora ya no hay cambio, todo está ante sí, y se irá conmigo en este después recursivo de un instante, antes de que se agote el significado. Hemos vivido.

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Julio Alcántara (1988) es politólogo por la UNAM e investigador asociado del CONACYT.

 

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Sólo pediría un fin del mundo humilde, o sea, bailando samba en Copacabana.

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Alain Flandes Gómez estudia arquitectura en la UNAM. Estudiante brasileño de intercambio.

 

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Inicialmente pensé que podría ser una explosión de malvaviscos de colores, pero después lo pensé mejor y ¿qué tal que todo se acabara en un par de segundos? De esas veces en las que uno se queda con la mente en blanco y cuando regresas ¡chaz! ¡Ya no hay nada! Después de eso, debido a una vibración extrasensorial de todos los que nos quedamos con la mente en blanco, habrá una explosión que, si bien no es de malvaviscos de colores, sí es de millones de partículas que parecen chochitos. Lo maravilloso sería que el mundo se pudiera acabar con unos trazos dulzones de colores.

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Sesangare Campos Quintana estudia biología en la UNAM.

 

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Mi final del mundo ideal sería que, en los últimos instantes, todos los humanos que alguna vez habitaron la Tierra, regresaran a la vida. Entonces podríamos compartir unos momentos con las personas que admiramos. Yo podría conocer a mis abuelos y bisabuelos y saber de dónde vengo. Obviamente cantaría con los Beatles. También estaría con todos mis amigos y mi familia. Y sabría a quién le gustaría pasar conmigo sus últimos minutos de vida. Y al final, todos estaríamos unidos.

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Sofía Flores Fuentes es estudiante de biología y editora de la sección de ciencias de Cuadrivio.

 

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El mundo se acaba a cada rato

Tenía 20 años cuando por primera vez iba a acabarse el mundo. Eran los tiempos de Reagan. La fecha, 12 de diciembre, y la idea (hablada en broma, pensada en serio) se fue metiendo en mi cuerpo. Se fue metiendo el frío del miedo, la angustia del fin del mundo en mi cuerpo-pecho, en mi cuerpo-huesos: tenía 20 años y estaba estrenando el mundo. La muerte de todo era peor que la muerte mía… y no sé si fue el miedo o la angustia lo que me hizo pensar en el miedo y en la angustia de los hombres y mujeres de los pueblos originarios de América, y en tod@s aquell@s que antes de morir vieron/vivieron el fin del mundo, de su mundo. Y, pensé: ¡qué diablos, si el mundo se acaba a cada rato!

Ahora que otra vez en diciembre se espera la muerte del mundo, de nuestro mundo…. ¡yo quiero estar en la playa, con una sonrisa en el cuerpo, mirando al mar!

 

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Giovanna Mazzotti es doctora en Estudios de Organizaciones por la UAM y profesora e investigadora de la Universidad Veracruzana. Autora de los libros de poesía El instante de la gracia (2002) y Antes de que no sea cierto (2008).

 

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Una mañana me desperté y aparentemente no había luz. Lo extraño fue que el celular tampoco funcionaba y estaba segura de que la batería estaba cargada. Me percaté de que todo dispositivo de comunicación estaba apagado. El refrigerador y la cafetera sí funcionaban. Salí a la calle, la gente conversaba y comentaba el raro suceso pues la falla era general. De pronto, un pequeño ser, similar a un osito apareció y sonrió, era un Ewok. «Al fin conversan entre sí», dijo; «la Tierra desaparecerá mañana y quisimos que recordaran lo que perdieron: su humanidad».

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Blanca Alicia Vargas Govea es profesora-investigadora del CENIDET y enseña cómo hacer inteligentes a las computadoras en el ITESM Campus Cuernavaca.

 

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Avivando las llamas de la hoguera me pregunto si hemos gastado nuestros últimos días luchando, tratando de resolver un problema que jamás tuvo solución.
Me pregunto: si hubiésemos sabido cómo termina todo, lo que era el final, ¿habríamos pasado ese tiempo disfrutando de los placeres de esta vida con aquellos que amamos? ¿Habríamos disfrutado esos últimos momentos sin esperanza? ¿Sin luchar? ¿Realmente valdría la pena seguir? Abrigado por estos pensamientos sonrío, agotado, satisfecho. Ya no se siente el frío, cierro los ojos al momento que se extinguía la ultima flama de la humanidad.

 

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Héctor Daniel Núñez Guadarrama (Aguascalientes, 1988) es ingeniero.

 

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Alcanzar el fin del mundo

El fin del mundo es un ambiente en el que ya estamos inmersos: es como el último y deseado espectáculo, la película más esperada, el momento más curioso y temido.

Mi mamá me ha dicho desde hace tiempo que el fin del mundo debido a cambios ambientales es inminente; dice que mejor no hay que pensar en ello y me ha querido convencer de mil maneras de que el mundo de Blade Runner no será alcanzado por mí.

Siendo muy sincera, nada me gustaría más que poder ver la llegada de un extraterrestre a la Tierra antes de que el mundo se acabe… Soy una necia cuando de estos temas se trata, así que tras leer a cerca de ello durante años y años, pienso a veces que lo mejor es escuchar a mi sabia madre, seguir caminando todos los días y no esperar ningún fin. Pasará un día que vaya caminando; pensando en todo menos en ello, pero al menos espero alcanzar a ver cambios de colores en cielo y entonces desaparecer con todo lo demás, mientras de fondo hay alguna música bailable.

 

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Liliana Martínez (1989) es ilustradora de la Escuela Nacional de Artes Plásticas.

 

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Como en los accidentes de automóvil, el tiempo se vuelve lento y uno tiene perfecta conciencia de todo, pero no puede controlar ni un centímetro del cuerpo.

En cada uno revive la sabiduría animal de que algo grande está a punto de ocurrir. Nadie lo comenta. Luego empiezan a volver los muertos. Vuelven las palomas que nunca supimos dónde fueron a morir. Los perros regresan a sus casas. Los viejos son visitados por sus padres; a los niños los observan otros niños.

Aparecen destellos rosas en la oscuridad, las venas violetas del cielo, y escuchamos cómo truenan los huesos de las nubes. Los nervios eléctricos del mundo se jalan hacia el infinito y la Tierra se resiste, hasta que una fuerza extraña termina por desmembrarla. Sabremos, justo un momento antes, que todo se habrá desintegrado.

 

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Camila Paz Paredes (1989) estudia sociología en la UNAM. Es subdirectora de Cuadrivio.

 

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El problema con el fin del mundo es que el mundo no es como un libro que empieza aquí y acaba acullá, sino que, si seguimos con la analogía, sería más bien un libro que se escribe al humor del tiempo: más una improvisación que un libro. Y como es imposible señalar con el dedo una posición precisa del fin, todo lo que se dice sobre él se dice desde la oscuridad, desde la profecía, o desde una racionalidad que se espanta de la improvisación del tiempo y desea que el mundo sea un libro.

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Carlos Buchan López (Ciudad de México, 1980) estudió Arquitectura en la UNAM. Es corrector de estilo de Cuadrivio.

 

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Tres monedas sobre el fin del mundo

 

Variación a un místico

La muerte es sin porqué;

sucede porque sucede.

Variación a un poeta

La meta es el silencio.

Yo he llegado antes.

Variación a otro poeta

El fin toma la forma

del sueño que lo contiene.

 

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Miguel-Ángel Cabrera (Ciudad de México, 1988) ha colaborado en revistas como Bonsái y Los poetas del cinco. Escribe la columna «Cartapacio» en el blog de Cuadrivio.

 

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Al doblar la esquina de mi vida espero encontrar un árbol de guayacán derramando sus flores amarillas sobre las avenidas de mi ciudad golpeada por la indiferencia.

 

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Selen Catalina Arango Rodríguez (Medellín, Colombia, 1983) es poeta. Sus poemas han sido publicados en diferentes revistas de México y Colombia.

 

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Buceo. La estructura del arrecife me hace olvidar el paso del tiempo. Sólo siento el ritmo de mi respiración y el sonido de este otro mundo transparente y denso. Los peces me rodean y nadan suavemente junto a mí. Dentro del agua soy un paisaje de remolinos que empiezan una madrugada de abril de 1984 y terminan veintiocho años después. Luego vuelven a empezar y a terminar y a empezar y a terminar hasta que todo se revuelve y ruge y se levanta en una ola furiosa que destruye el puerto.

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Isabel Zapata. A veces escribe, particularmente cuando está triste.

 

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Mi mundo terminaría, idealmente, con una serie de catastróficos desastres naturales… Me encantaría, antes de partir, observar la destrucción del hombre y el empoderamiento de la naturaleza… Quisiera ver una ola gigantesca, un volcán en plena erupción, un terrorífico tornado… Admiraría la destrucción de la humanidad, del progreso, de la tecnología, del orden… Esperaría el reinado del caos y, cuando llegase, me empaparía desnudo en la mugre y el lodo aguardando mi propia destrucción… Sin futuro, sin pasado, sin presente, sin expectativas incumplidas, finalmente podría desaparecer en completa paz…

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Jaime Vigna Gómez (Ciudad de México, 1987) es editor de la sección política de Cuadrivio.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. El fin del mundo llega de varias formas; la edad avanzada, una enfermedad terminal, para algunos un accidente, para otros una catastrofe natural, pestes, unos millones sufren por las guerras y hambrunas. Y quienes se salven de todo esto… experimentarán algo mas!

  2. […] el número 8 de Cuadrivio publicamos unas Postales del fin del mundo, ensamblando un mosaico con textos breves escritos por colaboradores, amigos y editores de nuestra […]

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