Pornografía: ¿adicción o ejercicio espiritual?

La defensa de la virilidad emprendida por Gary Wilson y Jesús The Natural sirve a Isaac Porcayo para demostrar los prejuicios heterosexuales y el moralismo de los detractores de la pornografía.

1. La adicción

Ahora que Kevin Spacey pasó de abusón a adicto al sexo, creo que es bueno discutir no solamente la supuesta adicción al sexo, sino la omnipresencia del concepto de adicción. Además de la adicción a las relaciones sexuales (lo que eso pueda significar), el concepto se aplica al consumo de videojuegos, comida, internet y redes sociales, y a ese fascinante logro de la representación audiovisual que es el porno. El concepto de adicción, que antes se aplicaba únicamente a las sustancias, se ha convertido en un lugar común tan consolidado, que puede servir como la coartada perfecta para que los acosadores de Hollywood puedan evadir su responsabilidad.

No vale la pena refutar cada una de las «adicciones» que menciono, ya que se basan en el mismo presupuesto: los estímulos externos son transformados por el cerebro en sustancias como la dopamina, por lo que la nueva búsqueda del estímulo (porno, comida, etc.) sería en el fondo un requerimiento cerebral de dopamina. Se trata de un enfoque conductista ramplón, y sería de poco interés si no fuera porque atenta contra el mayor objeto de fruición de la vida contemporánea: la imagen. Los detractores de la pornografía no asumen un punto de vista respecto a la imagen, al menos no uno consciente, sin embargo es evidente que en el centro del problema no se encuentra un estímulo simple, sino el complejo poder seductor de las imágenes y nuestra relación con ellas.

He dedicado muchas horas al asunto pornográfico, y espero hacerlo en otras oportunidades, porque para mí aún falta dilucidar el asunto central del tipo de verdad que transmite el porno: qué hace que volvamos a él, qué dice el porno de nosotros, de la imagen y la visualidad. Desde mi punto de vista, la pornografía bien puede llegar a ser un ejercicio espiritual digno de un Ignacio de Loyola posmoderno que nos lleve a la adquisición de una verdad, sea cósmica, en el caso de que se vuelque en una reflexión sobre la imagen y el deseo, o íntima, en el caso de que la reflexión se vuelque sobre nuestra propia práctica de consumo o fantasías. Pocos autores han entendido que se trata de algo serio.

Por el momento se trata de entender cómo es posible que se diga que la imagen pornográfica es adictiva. Al abordarlo quizá podamos desembarazarnos del uso indiscriminado del concepto de adicción, ya que el porno parece ser para ciertos autores el modelo de la adicción: es un estímulo que tiene efectos fisiológicos evidentes, y se consigue fácilmente sin incomodidad alguna en la era de internet.

Uno de los mayores defensores de la tesis de la adicción a la porno es Gary Wilson, cuyo libro Your Brain on Porn, y algunas conferencias en línea en torno al asunto, lo han vuelto popular. La dudosa base epistémica de esta postura medicalizante ya la mencioné, pero son los detalles lo que interesa abordar. El autor menciona que la pornografía causa disfunción eréctil, falta de seguridad, pobre concentración, depresión y otros síntomas. Si el lector quiere saber si su mediocre vida sexual se debe al abuso de pornografía, el doctor Wilson recomienda que después de haber descartado alguna deficiencia fisiológica con un urólogo, se practique: 1) la masturbación con la pornografía predilecta, y 2) la masturbación sin pornografía. En el caso de que las erecciones sean malas en 2 y no en 1, muy probablemente el ejercitante sufre de disfunción eréctil inducida por el porno. Increíble que el doctor Wilson se cuente aún entre la comunidad científica.

Your Brain on Porn tiene un mantra: el cerebro es plástico, es decir que el cerebro cambia sus funciones y conexiones con base en la experiencia. Según Wilson ello implica que los impulsos sexuales del cerebro primitivo se ven alterados e inhabilitados por lo que llama súper-estímulo del porno de alta velocidad (internet) y su novedad interminable. Esta condición tecnológica provoca que el sistema de recompensa del cerebro a base de dopamina se transforme en el de un adicto: el primer consumo porno es gratificante según la cantidad de liberación de dopamina, pero esa gratificación es menor conforme el cerebro se adapta, lo que lleva a sesiones de consumo porno más prolongadas o a la búsqueda de porno más «extremo», siempre en busca de novedad. ¿Pero es verdad que se vuelve al porno porque sus imágenes son siempre novedosas, o es acaso que son siempre las mismas a pesar de cambiar constantemente? Wilson asume que la imagen pornográfica siempre es novedosa porque piensa en la imagen como puro estímulo, sin embargo los estímulos no existen solos, separados de un sistema de significados que los codifica.

Es en este punto en el que el doctor Wilson falla más: ignora los significados, y a pesar de ello los significados emergen de su obra. Los significados que merodean el libro surgen de la fijación del autor con los sujetos masculinos y la asunción de que la sexualidad se reduce a las manifestaciones eréctiles. Y es que el doctor Wilson basa gran parte de su material en foros de hombres que dejaron de masturbarse con porno y muchas veces renunciaron a la masturbación completamente; a esta práctica la llaman NoFap. El único testimonio de una mujer se asimila en términos masculinos, ya que ella dice que así debe ser para los hombres, con «deseo pero sin excitación» (p. 42). Los foros NoFap (en Nofap.com y en Reddit) recaban testimonios de regenerados abstemios del porno, tienen glosarios, videos, e historias tan delirantes como divertidas; sus participantes aseguran que es el camino para recuperar la vida. Recomiendo además ver videos en línea, ya que se trata de un movimiento que ha alcanzado el mundo hispano: como Jesús The Natural, un chico español que narra sus «recaídas» y dificultades.

 

 

El doctor Wilson se obsesiona con los penes, la castración y la disfunción de los mismos. Recoge un testimonio de un chico al que le gustaba el porno con transexuales, y solo después de renunciar a él descubre que sus pensamientos de que era gay eran una «ilusión óptico/psicológica». Este testimonio revela la centralidad de la masculinidad heterosexual naturalizada en el libro de Wilson. Si, según la teoría de la sexualidad, la sexualidad no es una entidad natural que poseemos sino el producto histórico de una serie de discursos y tecnologías efectivas implantadas mediante las prácticas y la vigilancia (Adrienne Rich, Michel Foucault, Judith Butler, etc.),[1] el consumo pornográfico puede ser entendido como un performance que construye a sus consumidores como sexuales (hetero, homo, bi…). Sin embargo, para Wilson ocurre lo contrario, la pornografía lleva la sexualidad fuera de su ámbito natural, las relaciones cuerpo a cuerpo, y esa desnaturalización (¿perversión?) acaba por inhabilitar la «sexualidad», e incluso la capacidad para gozar.

Lo anterior es evidente en Jesús The Natural, que reúne en su nombre el espíritu de lo cristiano y lo naturista. El hombre, el varón, no es género, lo que implicaría que sus manifestaciones sociales no son connaturales, o el resultado de una norma productiva, como dicen las feministas; es un ser natural que debe tener erecciones poderosas. En esta concepción la corporalidad (realidad material) del Hombre se opone a las ilusiones de la Imagen, y solo al vencerla el varón se reencuentra. Como en el citado testimonio femenino, el único testimonio gay tiene como modelo el discurso heterosexual, que teme por su ser heterosexual por sentir atracción hacia la pornografía con mujeres. La imagen hace peligrar la identidad naturalizada, y solo al proscribirla de la vida se puede mantener su ficción política.

Así como el conductismo reduce la imagen a un estímulo, también reduce la sexualidad a un instinto heredado por la evolución, ocultando o negando el carácter social de la misma. Sin embargo, Wilson no siempre es tan rudimentario, dado que cuando se trata de abordar los efectos de la pornografía sobre los espectadores, dice que sus erecciones pueden no reflejar su sexualidad, sino un condicionamiento pornográfico (argumento groseramente conductista) o un choque de sus valores con contenido que normalmente considerarían «tabú». Este argumento es inconsistente con la afirmación de la disfunción eréctil inducida por la pornografía; para Wilson la imagen solo resta a la virilidad, nunca suma.

Finalmente, es claro que no solo ignora el funcionamiento de la imagen, o el carácter social y cultural de la sexualidad, sino que es incapaz de ver la relación entre ambas. La sexualidad para Wilson es algo natural, primitivo; la imagen es algo cultural, «novedoso». Es una burda dicotomía fácilmente desmontable; los significados terminan de emerger a pesar de la teoría y contra ella

 

2. La visión

Jesús The Natural se piensa como un asceta, y desprecia la imagen. Si estoy en lo correcto en mi tesis sobre el peso de una idealización de la masculinidad en estas teorías, el doctor Wilson también es imagofóbico. Para ellos la imagen es corrupción, feminización de una supuesta evidencia natural: la corporalidad turgente de una erección. Hay otros temas que traslucen en el libro de Wilson, como que un tipo de porno llevará a otros tipos de adicción más «duros», el mismo viejo alegato sobre el uso de sustancias, creencias que no son superadas a pesar de su falta de fundamento. Sin embargo, este empecinamiento es comprensible si sustituimos adicción por corrupción. La imagen corrompe, contamina la masculinidad, la inmoviliza, y como se asume en las creencias tradicionales, la contaminación se da por contacto, por lo que una modalidad del porno llevará a consumir otros tipos cada vez más «duros». ¿Es esta de verdad la experiencia general?

Solo si se piensa a estos imagófobos como guardianes de la pureza viril, se entiende su desconexión de la evidencia de que el consumo del porno tiene que ver con las propias fantasías del consumidor, y de que por lo tanto lo natural, exista o no, es irrelevante cuando se habla de la sexualidad, porque si algo nos enseña la pornografía es que la sexualidad es fantasía, no corporalidad. Quizá esta sea la verdad que transmite el porno.

Por otra parte, la pornografía no es solo consumo, también es creación. La gente se ha volcado a hacer su propia pornografía, y a compartirla como modo de socialización. La vida se ha pornificado, y existen otras formas de lidiar con ello además de transformarse en Simón el Estilita. Basta una ojeada a Twitter para darse una idea de las dimensiones del fenómeno del «microporno» casero y sus posibilidades socializadoras, a pesar de que los No Fappers o médicos como Wilson quieren reducirla a sus manifestaciones corruptoras y antisociales.

Así que volviendo a mi propuesta inicial, propongo que la pornografía puede ser un ejercicio espiritual o una búsqueda de la visión, fenómeno propio de nuestra cultura hispana y no del puritanismo de los anglos. Dejando de lado el asunto religioso y dogmático, la historia es que mientras los protestantes destruían imágenes, los católicos las multiplicaban. La cultura mística católica muestra que la imagen es material e inmaterial, es lo visible que muestra lo invisible: la imagen abre la visión, por lo que la primera no puede ser reducida ni siquiera por la represión, se trata de un paso ineludible. La misma conclusión puede derivarse en otro ámbito: incorporarla en la forma de fantasías promete posibilidades infinitas para la vida sexual. Es mejor llevar la imagen a la vida que intentar proscribirla de la misma –esfuerzo condenado al fracaso.

Propongo los siguientes ejercicios, dado que es evidente que se puede ver porno sin masturbarse, contrario a lo que muchos intelectuales tienden a asumir:

  1. Si usted se considera heterosexual, haga el esfuerzo de ver porno no heterosexual, identifique los esquemas que lo diferencian de su porno habitual, pero sobre todo lo que lo asemeja, como el formato.
  2. Si se considera gay, lesbiana u otro color del arcoíris haga el esfuerzo de ver porno heterosexual. Haga el mismo ejercicio comparativo que en el punto 1.
  3. El porno es un género: vea durante un almuerzo su sub-género preferido. Cuente los cortes que resultan en condones mágicamente colocados; vea las transiciones de una escena a otra; note las veces que los actores ven a la cámara en un intento de incluir al espectador.

 

Estos ejercicios son una forma de pensar el porno y de pensarnos con él; no mida sus reacciones en erecciones, ni su sexualidad en estímulos. Antes que nervios, hay fantasía e imagen. El ejercicio espiritual nos enseña sus posibilidades, abre la visión no a lo que supuestamente es (naturaleza) sino a lo que podría ser (imaginación).

 

NOTA

[1] Es necesario decir que no se trata de negar que existan manifestaciones corporales; más bien se afirma la centralidad de un discurso, el de la sexualidad, que produce una integración de campos de la vida. Según la sexología o la psicología, la sexualidad es algo que ya está en la persona, mientras que para estos teóricos, y me incluyo en su postura, la sexualidad no preexiste a su discurso, sino que tiene que ser producida como experiencia.

 

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Posted by Isaac Porcayo

Isaac Porcayo Camargo estudió filosofía en la UAEM y en la UNAM. Se interesa por la estética y los estudios culturales y visuales, además de los estudios sobre sexualidad y género. Sus textos han sido publicados en las revistas universitarias La Colmena, La manzana y Reflexiones marginales. Actualmente participa en el proyecto radiofónico de divulgación de la filosofía La mónada y los tejemanejes, en CUPA Radio. Twitter: @ItzaakM

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