Por la democratización de la ciencia

Es posible y necesario que los frutos de la ciencia beneficien a todos. Manuel Ochoa examina el caso del Foldscope, un microscopio de bajo costo que podría ayudar a mejorar la salud de millones de personas alrededor del mundo.

Desde finales del siglo XVI y durante el XVII, un invento revolucionó la tecnología de la ciencia biológica. Anton van Leeuwenhoek, y antes de él, los hermanos Janssen, comenzaron el camino de la microscopía construyendo artefactos con lentes para observar a detalle minúsculos seres vivos, plantas y objetos cotidianos como corchos. El impacto que generó este invento llevó al descubrimiento de algo inimaginable en la época: existe un mundo que se escapa a nuestra vista; tras lo que vemos con los ojos, se esconde un sinnúmero de entidades con vida y, sobre todo, vista a la luz de esta herramienta, la realidad tiene otra apariencia. Posteriormente, el invento del microscopio resultó fundamental para el desarrollo de la teoría celular, base de la Biología, y cambió por completo el estudio de las enfermedades que aquejan a la humanidad gracias a científicos como Louis Pasteur y muchos otros.

La ciencia se especializa a partir del avance tecnológico y, en el camino, su práctica se vuelve elitista; sin embargo, es posible –y necesario– hacer que la brecha entre su labor y el común de la gente no especializada que se beneficia de sus avances, sea menor.

 

Lidiar con lo microscópico es un problema social global

El impacto de agentes patógenos que generan enfermedades está ligado de forma directa a la capacidad económica de una sociedad para poner la ciencia a su servicio y con ello disminuir la incidencia de esos agentes sobre la población. Dicho en términos simples, es mucho más probable que aquellas sociedades que cuentan con menos recursos de investigación y tecnológicos, padezcan la propagación de enfermedades epidémicas entre sus habitantes.

La malaria, por ejemplo, es una enfermedad prevenible y curable; sin embargo, es un problema grave en países del cinturón tropical del mundo, próximos al Ecuador. Sucede que la mayor cantidad de países localizados en estas regiones, son naciones en vías de desarrollo azotadas por la pobreza y el hambre, así como por la incidencia de parásitos cuya detección es un verdadero problema. Kenia, Bangladesh, India y decenas de países coinciden en eso: la tecnología necesaria no solo para la erradicación de esas enfermedades, sino simplemente para su detección, está totalmente fuera de su alcance por cuestiones económicas.

La ayuda científica y tecnológica tarda tanto en ser útil en esos países que resulta ineficaz como solución a los problemas, mientras la población afectada por estas enfermedades se sigue contando por millones. El avance tecnológico, a partir de la invención del primer microscopio, ha tenido un progreso asombroso: hoy es posible observar muestras a una resolución de picómetros,[1] o utilizar técnicas de tinción y diagnóstico inimaginables hace apenas 30 años. Muchos centros científicos del mundo están equipados con herramientas suficientes para desarrollar diagnósticos e investigación de punta a partir de los microscopios con los que cuentan. Pero ese no es el problema, sino la accesibilidad para realizar pruebas en campo, es decir, directamente donde ocurren los problemas asociados a las enfermedades más estudiadas. Si yo vivo en Bombay y necesito realizar una identificación de patógenos en el agua, el material necesario para hacerlo es voluminoso, caro, y frecuentemente es necesario llevar las muestras a un centro de investigación para que sean analizadas, lo que puede durar semanas o hasta meses.

 

Tecnología al servicio de la sociedad

En ocasiones, los que pertenecemos de una u otra forma al limitado entorno científico, estamos ensimismados en la investigación y la generación de conocimiento, y nuestro trabajo responde con frecuencia a intereses dictados por grupos de investigación que no siempre consideran la dimensión social de la ciencia. Esto en sí mismo no es un problema, sin embargo, tenemos que notar que en nuestras manos está el crear nuevas posibilidades para volver nuestra labor –y los productos de esta– accesibles a más gente.

Manu Prakash, un investigador de origen indio de la Universidad de Stanford, comprendió bien esto y puso su conocimiento directamente al servicio de la sociedad. Es importante destacar su nacionalidad por lo siguiente: Prakash proviene de un país de bajos recursos, aquejado por numerosos problemas socioeconómicos desde hace siglos. Parte de su trabajo más reciente fue desarrollar herramientas tecnológicas para hacer más accesibles las herramientas científicas. En su laboratorio, Prakash, junto con Jim Cybulski, desarrolló un microscopio de origami cuyo costo de producción es menor a un dólar.

Al invento le llamaron Foldscope, y es un microscopio perfectamente funcional que permite observar muestras a un aumento de hasta 140x.[2] Cada microscopio viene contenido en un estuche en el que caben todas las partes que se necesitan para armarlo, incluyendo las lentes y el cuerpo del microscopio en una hoja de papel plastificado desprendible, que se arma únicamente doblando y ensamblando. El microscopio armado cabe en la bolsa del pantalón.

 

Efectos benéficos

Socialmente, el mayor impacto del Foldscope tal vez sea la reducción drástica de los costos de producción de herramientas que impactan directamente en problemas de salud mundial. En lo concreto, la implicación más importante de esto es que podrían enviarse cientos de microscopios de papel a aquellas ciudades con dificultades para acceder a la tecnología, a fin de que la gente realice con sus propias manos el diagnóstico de enfermedades infecciosas comunes en su entorno. Si bien esto tendría que ir acompañado de mecanismos que permitan complementar el diagnóstico y actuar para solucionarlo, llevar herramientas científicas a comunidades aisladas es un paso inédito.

Además de lo anterior, este invento guarda otro gran mensaje entre líneas: toma en tus propias manos una herramienta producto del saber científico, observa mediante ellas tu entorno y actúa sobre él. Cuando decimos que queremos que la ciencia llegue cada vez a más gente, no nos referimos únicamente a que más personas puedan dedicarse profesionalmente a esta labor, sino a que la brecha entre la élite científica y la sociedad se reduzca. Es decir, que cualquier persona en cualquier ciudad se encuentre en algún momento realizando observaciones que podría estar haciendo un científico dentro de un renombrado laboratorio de investigación a miles de kilómetros de ahí.

Buena parte del espíritu de la ciencia consiste en buscar soluciones alternativas a cosas que parecen inamovibles o sumamente difíciles de modificar. Por eso el invento de Pakrash y Cybulski es valioso en muchos sentidos: ambos lograron poner su trabajo científico realmente al servicio de la sociedad. Más allá de intentar llevar herramientas suficientes a países en vías de desarrollo, Prakash y Cybulski propusieron cambiar el paradigma y con ello modificar la naturaleza de las herramientas utilizadas, formulando una solución que tiene futuro en varios frentes.

Otro efecto colateral del Foldscope, al margen de su utilidad más concreta, tiene que ver con la formación científica de gente joven. Este microscopio es una posibilidad vastísima para explorar la docencia, construir y desarrollar el hábito de la observación, compartir el asombro y, aunque el objetivo no necesariamente sea formar científicos, sí puede ayudar a construir entornos educativos distintos en donde cada uno de los estudiantes pueda tener su propio microscopio y compartir sus hallazgos. Podría ser también un cambio de perspectiva en la educación tradicional en ciencia –tan necesario en México–, para convertirla en algo vivencial donde, literalmente, la educación dependa de cómo los involucrados la toman entre sus manos y la transforman.

 

Nota: Recientemente ha concluido una etapa más en la prueba del Foldscope y sus creadores han comenzado su distribución. Más información se encuentra en https://www.foldscope.com/

 

NOTAS

[1] Para tener una idea de esto, podríamos dividir un metro en mil millones de partes; cada una es un picómetro.

[2] Un microscopio óptico típico de los que se encuentran en casi cualquier laboratorio de investigación, tiene objetivos de 100x.

 

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Posted by Manuel Ochoa

Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

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