Poesía de Centroamérica VIII. Los solitarios amamos las ciudades

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«La poesía ingobernable de Centroamérica» es una serie que da cabida a autores heterogéneos; propuestas que recorren los acueductos de las pasiones, el amor, la guerra, la vida solitaria o tumultuosa en las ciudades. Poesía que alaba la tierra, la lluvia, los volcanes, el café, el cuerpo, pero que también puede girar la cámara al caos de las urbes, la sangre, las violencias o las migraciones. Poesía en resistencia desde/por el centro de América.

En esta octava entrega presentamos a Susana Reyes (San Salvador, El Salvador), poeta, actriz, gestora cultural, y editora. Es coordinadora editorial para Índole Editores, preside la Fundación Claribel Alegría e imparte talleres de creación literaria para jóvenes y adultos. Ha publicado: Los solitarios amamos las ciudades, Postales urbanas y vitrales e Historia de los espejos. Aparece en diversas antologías nacionales e internacionales, recientemente en la antología La poesía del siglo XX en El Salvador (Visor, 2012), y Teatro bajo mi piel (Edición bilingüe español-inglés, Editorial Kalina, San Salvador, 2014). Ha participado en investigaciones relacionadas con poesía de mujeres y el estado de la literatura en El Salvador.

 

***

 

LOS SOLITARIOS AMAMOS LAS CIUDADES

 

 

 

Susana Reyes

 

 

 

OBITURARIO

 

Para Francisco Ruiz Udiel

I

 

Uno crece y se llena de llagas

Los días que pasaron

memoria de lo perdido

reviven en cada parte de las calles que pisamos.

 

Uno crece

y se lleva la dulce tristeza de la tarde

Es incapaz de ver el cielo y pensar

que no ha perdido un minuto

que lo ha ganado

 

uno crece

se marcha poco a poco

observa el gato que duerme sin reparo, sin tiempo

sin el afán de marcar la vida con sus uñas, su olor

o su desprovisto maullido

uno crece

y se acostumbra a los que se marchan

y quiere marcharse sin saber si será polvo

o rocío en la memoria de los demás.

 

II

 

Qué te llevas

el sonido de los pasos en las avenidas solitarias

el bullicio de los niños rompiendo la tarde sola

los besos o los silencios en un cuarto a medianoche

 

Qué te llevas

las fotografías abandonadas en los álbumes

las nuevas imágenes que se pierden en el espacio eterno inalcanzable

los días y las voces de quienes ya no volviste a ver

 

Qué te llevas

¿nada? ¿todo? ¿vale la pena llevarse algo?

¿realmente te marchas para dejarlo todo?

¿o realmente importa lo que uno deja?

 

todo estará perdido alguna vez

 

III

 

A RMO

 

Quema el sonido de la luz

Es mediodía interminable

Es la tarde bajo los pies de la ciudad

El cielo ya no cae

Las hojas saben los misterios

Solo ellas…

 

 

 

DEATH NOTE

 

Entonces uno es un pájaro o una luz

un surco en el cielo delante de la tormenta

 

Bajamos como saetas para habitar el corazón

y una lista interminable llena las hojas

en un código con símbolos de sangre.

 

Uno no elije, no es elegido

El azar como un capricho de los dioses

El destino como la insistencia de los trenes en una estación

 

La muerte como aburrimiento

La muerte como fin de la justicia

La muerte como equilibrio

La muerte

La sinfonía del equilibrio

La vida siempre a cambio de la muerte.

 

 

II

 

I could have been
One of these things first.

Nick Drake

 

Yo pude haber entendido

las gotas contra la ventana

y saborear por fin la duda y la certeza

 

Yo pude haber traído

los ruidos de la tarde

y encerrarlos en una clepsidra

y acomodarla en algún lugar de la casa

 

Yo pude haber esperado

por la prisa que vuelve ciegos

a los gatos de la noche

 

Yo pude haber creído

en las palabras

en  los años del silencio

 

Yo pude haber ardido por el tiempo

Y pude haber roto la rueca

con los hilos de mis dedos

 

Pero no, no pude huir del peso de las cosas

de las voces en estampida

de las encomiendas del olvido

 

 

 

LA MADRE

 

III

 

El suave olor a tabaco

las piernas fuertes

un país lejano

 

en la sala un corazón

y la abuela que acaricia los cabellos

 

en la cesta la algarabía

el olor a campo        el sudor        el miedo agazapados

 

Ella

tres palabras

su silencio

la cena por turnos

y el atardecer incierto

 

Nosotros

la espera

el abrazo      la cercana lejanía

la eternidad de la tarde

 

Ella

la ciudad en domingo

el corazón solitario

el laberinto

 

yo

 una pregunta constante

un sobresalto unas ganas del abrazo a medianoche

 

la abuela y su coraje

la madre y un rumor a las cinco de la tarde

yo y mi perro con su cola inquieta

 

ambas (ellas y yo)

los silencios y la espera

los caminos paralelos

el nudo en las palabras

 

 

 

I

Sabe a tarde la muerte, a huracán sin nombre que se hunde en el cuerpo. No es fácil mudar de piel en la llovizna. No es fácil beberse una noche herida de sol porque te empuja a creer, a desanudar la memoria en los espejos y roe tristemente las entrañas.

Entonces se descubren las piezas que ponen orden a este dolor hambriento de heridas.  Adentro, el corazón se afila y se entierra en sí mismo, se apuñala como un enemigo certero.

 

II

Este dolor está hecho de lluvia, con piedras menudas y una hojalata que hiere de luz su rostro.  Dentro hay una dimensión al abismo, un puñado de sílabas y hielo; un paraíso traicionado que sangra y se mutila.  No sabe de hojas, ni de viejos senderos.

 

Escarba y levanta los recuerdos pútridos y revuelve mis ojos vacíos de agua. Duele, no hace falta decirlo.  No hay dolor más cruel que el de un espejo multiplicado frente a otro.

 

 

III

Escanciaba sus lágrimas en mi copa vieja y seca.  Un día dijo que lloraría de felicidad por cada poro de esta madera triste, para devolver el aroma de lo que nunca había sido.

 

El dolor sabe a cada imagen, no a olvido. Lo supe esa vez… lo supe siempre… desde sus poros.

 

 

IV

Ya no hay sal en la herida, ya la huella en la arena fue devorada suave, mansamente.

 

Sobre ella, la luz, el color, un cielo de sombra está guardado.  Pesa la huella, se devora a sí misma en cada cataclismo y nace más fuerte, y grita, se abalanza, pero no duele.

 

V

El olvido tiene el olor de las hojas viejas, de ceniza y flores bajo la alfombra.  De olvido se llenan los bolsillos y pesan sobre la marcha sus rotos hilos.

 

No se olvida aquello que uno cree que olvida, sólo se llena de nuevos aromas que intentan inútilmente disipar cualquier olvido.

 

VI

De qué es el tiempo sino de olvido.  De qué es esa línea inflamándose, esa luz atribulada que lame el polvo, la herida de ayer que no cesa.

 

VII

Cuando no supe qué hacer con mi dolor, quise encargarme del tuyo.  Dolía ser su espejo porque te devolvía la risa que ostentabas en las plazas.

 

 

 

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