Poesía de Centroamérica VII. Cartas para inventarnos

“Al niño ya no le cabían los hombres, ni la muerte, / ni los ríos en su música.” Poemas de Pablo Narval.

«La poesía ingobernable de Centroamérica» es una serie que da cabida a autores heterogéneos; propuestas que recorren los acueductos de las pasiones, el amor, la guerra, la vida solitaria o tumultuosa en las ciudades. Poesía que alaba la tierra, la lluvia, los volcanes, el café, el cuerpo, pero que también puede girar la cámara al caos de las urbes, la sangre, las violencias o las migraciones. Poesía en resistencia desde/por el centro de América.

 

Presentamos ahora a Pablo Nerval, quien nació en marzo de 1982 en San José, Costa Rica. Pablo fue ganador del premio de poesía Lisímaco Chavarría Palma 2015 por su libro Aquí comienza el mundo, además escribió el poemario Cartas para Inventarnos (EUNED, 2014). Poemas suyos han sido incluidos en la antología Voces de América Latina II (MediaIsla Ediciones) y en la revista Día a Día News de Los Ángeles Ca. Actualmente trabaja en BLP abogados.

 

 

 

***

 

 

CARTAS PARA INVENTARNOS

 

 

 

Pablo Narval

 

 

 

EL NIÑO CANTOR DE CHELMNO

 

A Simón Srebnick

 

En su garganta se dibujaba un ala,

en su melodía desgarró a las telarañas de la soledad.

 

Lo oíamos a lo lejos

como un susurro de un pájaro perdido,

desde su canto buscaba la casita blanca

que tenía en el corazón,

iba destilando su encuentro infantil

con la voz enterrada de la tristeza.

 

Ya no le cabían los hombres en la garganta.

 

En Chelmno su voz

nos unía al latido del alma perdida,

algo se dibujaba en nuestra sangre

cada vez que daba las notas abiertas de su música,

y sobrevivíamos cada día, por su voz

linde que triunfaba encima del horno

y de nuestro miedo.

 

Por el río Ner escuchábamos al niño cantor,

iba en un bote desaforado por el agua turbia,

iba remando su nostalgia al aire,

mientras el oficial que iba con él

le obligaba a cantar la canción de la otra patria,

la patria que nos mató desde el nombre hasta los pies.

 

Al niño ya no le cabía la muerte en la garganta.

 

Su corazón se confundía

entre los campos de alfalfa,

entre los campos de nuestras miradas,

pero su voz era un corazón que destilaba mañanas.

 

El niño cantaba para sobrevivir un día más en la lágrima,

era como una curruca muy lejana

que había perdido su entusiasmo de reclamo.

 

El niño soñaba con una casita blanca

que le esperaba siempre en su voz.

Soñaba con un pedazo de asado,

con su propio reflejo en el río Ner

cuando en la mañana lo pescaba el sol.

 

Su canto nos cincelaba el espíritu y la conciencia.

 

 

En sus canciones resucitaba Polonia,

y nos despertó la dignidad de ser pájaros para siempre.

 

Al niño ya no le cabían los hombres, ni la muerte,

ni los ríos en su música.

Su corazón en cada canto era carne dura que lloraba,

un carbón que lagrimeaba en las manos de aquellos días.

 

Aún te escucho niño por los tejados,

 

¿Aún seguimos como hombres y pájaros en tu garganta?

 

 

Del libro La mosca en la cortina (Editorial UCR, 2017)

 

 

EL HOMBRE DE LASTRE

 

Reconozco mi error
le debo perdón a mí mismo.

Perdono demasiado lo que no soy,

y lo que soy simplemente lo olvido
porque tengo demasiada prisa para mirarme
y en ocasiones siento

que soy exacto para el círculo de los inicuos.

 

Digo perdón y se va la vida…

y eso no deber ser así.

Finjo que no estoy herido.

Intento buscar las cosas secretas,

adivinar el misterio del cosmos.

Hacer el bien y pretender menos el mal

y todo esto para qué

si en mí hay más escombros que jardín.

 

Esto que el perdón es una llama,
una brisa en muchas ventanas,
una casa que espera regresar,

lo veía como proverbio chino de miles de años.

Y me decía:

¿Cómo me arrodillo ante mí,

ante esto que soy y no soy?

¿Cómo me abrazo para perdonarme?

 

Dios me ha tocado desde entonces,

me ha tirado con todos mis errores a perdonarme,

y esto no es de elevarme a lo místico

es ver dentro de mí la tierra que me ha hecho daño.

 

Soy un hombre de lastre

y sigo acarreando la bandada de mis culpas y rencores.

 

 

Del libro La mosca en la cortina (Editorial UCR, 2017)

 

 

 

LA CASA DEL CARPINTERO

A Hölderlin

 

Entiendo a los hombres

ahora que vivo lejos de ellos y en soledad

Hölderlin

 

 

Himmelsgottheit!

 

¿Qué es lo que me aconsejas

en esta parte oscura de la hierba

que arranco con mis manos

y que llevo a los bolsillos

y me deja en los dedos

una impaciencia de arrancar

dentro de mí la cordura?

 

¡Aún hay adentro de mi alma habitaciones

que se desdoblan para proteger mi terca sombra!

 

Solo yo me entiendo conmigo mismo

con la humana debilidad de mi entorno,

porque en vez de estar loco, estoy débil,

eso me hace aún más profundo en la vida

en esta humilde casa del carpintero.

 

Seine Heiligkeit!

 

Les hablo a ellos,

los desquiciados,

los apartados de la gloria

los que no se dejan conmover por la belleza.

Yo sólo espero

maravillado a la muerte,

pero le temo,

dicen que está más loca que todos nosotros.

¡Los humanos son desgraciados!

Son niebla y reflejo al instante,

no saben,

no conocen

que son la polvorienta sabiduría

de su carne y de sus huesos.

Pero no me importa el ¿por qué?

ni el ¿cómo? de su torpe proyecto.

Ahora siento que tengo que acabar….

 

Eure Majestät!

 

Aquí están tus batallas

pero te arrancaré las victorias

con mi poesía más cuerda,

aquí donde me tienen refugiado

en la casa del carpintero,

donde toco un piano al que le he quitado

nueve cuerdas para improvisar mi dicha,

y le escribo a Diótima,

sí, desde lejos le escribo,

para que me reconozca en este escarnio de nacer

hacia dentro, donde aún la amo

desde la oculta casa del carpintero.

 

Del libro La mosca en la cortina (Editorial UCR, 2017)

 

 

LA MOSCA EN LA CORTINA

 

Me despierto de pronto,

un latido en la cortina me aguza el corazón.

En la oscuridad veo un pequeño resplandor

que pende como un escalofrío de mi memoria.

 

En las cortinas hay un pequeño brillo

que me congela esta manía de ser cotidiano, fúnebre,

implícito en la red de la fortuna.

 

Me levanto de mi cama,

trato de curiosear aún más mi delirio.

 

Y entre las cortinas veo una mosca.

 

No se mueve,

me imagino que se quedó esperando

un sueño que la resucitara,

o una dádiva del viento para mover sus alas.

 

La toco con la punta de mi dedo índice,

no se mueve,

la mosca está muerta

y de repente me mira.

 

Quise escapar de su mirada

de ese juego cruel que en sus ojos

me aprisionó todos los dolores,

no pude escapar de ella,

miles de ojos me delataban.

 

-¿Dónde está la muerte que buscas?

La mosca me habló con su voz de mosca muerta.

 

Me aparté un instante de sus ojos

me quebró el rumbo de los nervios.

 

Afuera  el frío,

tocando los latidos de mi abismo.

Adentro también el frío

repiqueteando en los labios de mi muerte.

 

En el reloj de cuerda

que colgaba de la pared,

sonó con las doce en punto de la noche y la lluvia.

 

Los ojos de la  mosca

me traían el testimonio del infinito,

de la cavidad eterna de la lágrima.

Qué terrible el sudario de esta noche en mi rostro.

Qué terrible que sean las doce en punto

y ver mi vacío en los ojos de la mosca.

 

-¿Dónde brilla la muerte que buscas?

Me habló de nuevo la mosca desde la cortina.

 

Todo en mi habitación

se volvió espanto y fuego.

Los libros,

la cama,

el escritorio,

la guitarra,

todo tuvo la sombra,

todo tuvo la penumbra de mi desvarío.

 

La mosca muerta en las cortinas,

en las cortinas nazarenas de mi nacimiento,

en las cortinas delgadas del hambre y la pesadilla,

en las cortinas cerradas de este silencio.

 

Las moscas viven un día y un poco más,

ese es el desafío también de ser hombre.

 

-¿Dónde está el vuelo que buscas?

Me dijo en su quietud escalofriante.

 

Qué terrible encontrar la vida

en los ojos vivos

de una mosca muerta en la cortina.

 

Del libro La mosca en la cortina (Editorial UCR, 2017)

 

 

(Inédito):

AMO LAS COSAS

 

Amo las cosas que en silencio se aman.

Amo el aceite en su cálida huida por la tierra,

la bandera que desmide la vida del viento,

el cuento que dice su batalla

de dioses en la memoria.

 

Amo las cosas que en silencio se aman,

la buhardilla seca del laberinto,

la semilla absurda del cielo,

el poema soterrado de claridades.

 

Las cosas se aman porque sí y porque no,

no hay un espacio donde su amor

no sea un eslabón que esgrime el tiempo.

El amor desordena mundos,

como el mundo trastoca vuelos.

 

De algo estoy seguro,

el amor no huye

ni se esconde

es la velocidad con que el alma

busca tambalearse

bajo el labio de la amada.

 

Amo las cosas que en silencio se aman,

cosas profundas y sensuales,

cosas defectuosas e inciertas,

la verdad es que debo amar

y amarte, amor mío,

para quedarme en el silencio

de tus cosas amadas.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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