Poesía de Centroamérica VI. Me rodean fantasmas

Poemas de la costarricense Nathalie Cruz Mora.

La serie «La poesía ingobernable de Centroamérica» da cabida a autores heterogéneos; propuestas que recorren los acueductos de las pasiones, el amor, la guerra, la vida solitaria o tumultuosa en las ciudades. Poesía que alaba la tierra, la lluvia, los volcanes, el café, el cuerpo, pero que también puede girar la cámara al caos de las urbes, la sangre, las violencias o las migraciones. Poesía en resistencia desde/por el centro de América.

En esta sexta entrega ofrecemos una muestra de la obra de Nathalie Cruz Mora (Costa Rica, 1987), ingeniera biotecnóloga, empresaria y gestora cultural, colaboradora y promotora en la página web Repertorio Americano que fomenta la unión y difusión del arte latinoamericano.

Natalia fue invitada al XV Festival Internacional de Poesía de Costa Rica (2016) y al Festival de Poesía de Aguacatán, Guatemala (2017). Ha colaborado en algunas revistas digitales y fue seleccionada para participar en una compilación de poesía costarricense publicada en Círculo de Poesía. La mayoría de su obra poética permanece inédita.

 

 

***

 

ME RODEAN FANTASMAS

 

 

Nathalie Cruz Mora

 

INVASIÓN

 

Violín,

rásgame las cuerdas,

ejecútame

hasta llegar al tuétano.

 

Una mujer se me parece,

canta cosas

y no entiendo.

 

Le pido a la música

un silencio,

mis fosas cavitan.

 

Ella deja de cantar

–se me parece tanto–.

 

Evoca lo vano en la estrechez

de las virutas,

un refrenar mullido

su vibrato.

Volví a recorrer la misma calle varias veces,

mi brújula fragua

su aguja desentonada.

 

Ella hala el hilo de su voz,

está unido a mis venas.

Dile

que deje de cantar

o me explotará el ánima

–tanta belleza da vértigo–.

 

Dile

que se calle,

le coseré los labios con alambre

–así dejará de pensar

que la necesito–.

 

Si no muere

mi pluma le sacará los ojos.

¡Que se calle!

Tiembla mi pulso.

Caída libre de fusas.

Un billón de veces su alegato.

Esporula.

 

¡Mátela alguien!

 

¡Sálvenla de mí!

La necesito.

 

 

MIEDO DE CABALLOS

 

Sin vestiduras quedó la gata,

el capullo no floreció en su torre.

 

Tiene miedo

de que los ciegos limosneros

le roben su poco polvo.

 

Honda la ojera de su ojo,

eterno el vacío de la fosa

que abrazos abiertos

la está esperando.

 

Quisiera volver

en un retorno de fénix

desde sus toses,

desde sus trazos.

 

Quisiera un único golpe.

 

Pero ella es solo un eqqus,

y los eqqus

solo se queman una vez.

 

 

ME RODEAN FANTASMAS (INÉDITO)

 

Acecha un olor como a cadáveres de animales. Al pie de este sepulcro, un poeta sin cabeza me mira. He llorado el río de Heráclito, cuyas aguas siguen turbulentas. Por la sal y por los poros se erosionan las vidas. Un ave gorjea el augurio (ver el futuro no siempre trae ventaja). Al irse azotó la puerta y los cancerberos salieron en su búsqueda.  Conocía la soledad tanto como yo (sus riveras); cada sitio donde dobló su rodilla fue la piedra angular de una catedral. Un romano quería traerlo de vuelta, y yo le reclamaba. Se veía sin cabeza y riendo. Con el beso fortuito de la espera descolgado. En el panteón las almas en pena festejaban. Yo era pequeña y él oscuro. No nos cabía el fuego en las antorchas, y la guadaña balanceaba sobre mi cuello. La mitología moría con sus ojos, perdidos, sanguinarios. ¡Éramos tan viejos! Tan conocidos, tan distantes. Él derramó la copa de elixir sobre su andrógino cuerpo, mientras yo me bebía de sí el último trago de arsénico.

 

 

A LOS HOMBRES NO LE GUSTAN LAS MUJERES TRISTES (INÉDITO)

 

En mi exilio encuentro
maneras de gratificación.

 

En la oscuridad del negro,
el vestido contrastado
con el añil profundo,
y en esta esquina sola,
lo solo se potencia.

Un asqueroso sabor a lúpulo
y el humo

queman mi garganta.

 

Estoy cayendo boca abajo
hacia un sin fondo.

Muecas

(horrorosas muecas)
tiran ganchos a mi cara

(yaps)

y la única compañía que hay
es la ausencia.

Múltiples ausencias
como múltiples vidas,
infinitesimales muertes.

El golpeteo de una gota (¿de canfín?)
cimbronazo de la ventana,
asqueroso remedo de perfume
como una cansina repetición.

 

Podría decir que el mundo apesta
y estamos irremediablemente
inmersos en él
con sus innombrables perversiones.

 

Pero mi egoísmo me permite solo
un monólogo shakesperiano,
masturbación mental,
el soliloquio,
la onda equivocada de mi pelo
y lo mucho que debo alisarlo
para que no se rice
y yo sea estándar
y quepa en los patrones
al menos por 20 minutos.

 

¿Rareza?
¿Sodade?
¿Neuro-química?

 

(La terapeuta dijo que no es normal sentirse así, yo le dije que no hay forma. (Are you fucking crazy?)).

 

Nada que me haga entrar

en esa supuesta  normalidad

 

(Fix it, Fit yourself).

 

La densidad de lo intangible
exigencia de despedazarme las rodillas
(un giro más, un salto más, una nota más alta).

¡Sángralo!

 

Debo aceitar mis engranajes con esqueletos de pescado,
luego de chuparlos,

haré móviles,

los moleré para hacer abono.

 

Todos terminarán en la orgánica tierra
–como yo–

tal vez la lombriz descomponga

la delicada catarata de mi ojo,
y esta miopía se irá
con la sordera.

 

En ese momento

la muerte diaria
cobrará un sentido mineral,
desconocido
por mí
hasta ahora.

 

 

TOMO UN LIBRO NARANJA

 

Solo es un libro naranja con letras negras.

 

Podría ser cualquier otro,

pero tomo este.

 

Lo escribió una mujer, y es ejemplar,

preciso,

resulta verdaderamente complejo

ser preciso en estos días

en los que niñas mueren

quemadas por el gobierno.

 

Intento ser objetiva,

quizá ella vio también morir a alguna niña,

quizá a ella la violaron,

si es mujer,

es una posibilidad considerable.

 

Es complejo:

la forma, la idea, el intertexto,

suponer que puedo medir la intensidad de una caricia,

esa efímera caricia ahora se revienta contra la pared.

 

El correr del agua en mi oreja,

ignorar el ruido, fingir que duermo,

fingir que no sigo cansada cuando despierto.

 

Imagino que él no me recuerda,

aunque tal vez lo haga,

y por eso me menciona en sus publicaciones,

hay hilos invisibles que solo yo puedo ver.

 

Entiendo: es un niño, le gusta jugar, y yo lo quise.

 

Pero somos Milénicos, ¿qué podría esperarse de nosotros?

 

Instantáneamente amar, instantáneamente olvidar. Recordar por la foto. Borrar la foto. Dejarlo en visto. Permitir que me deje en visto. Bloquearlo. Revisar la foto que veo «Solo yo», cambiar su estatus a «Amigos pueden ver». Cambiar a «Público», como a quien no le importan los sentimientos de los demás, ni las susceptibilidades.

 

No entender cuándo herí sus sentimientos. Desear regresar el tiempo, y creerle cuando dijo: «Usted duele ahí en el corazón. Ni en lugar más, ni en lugar menos». Pero hace mucho que ya no le creo a nadie.

 

Borrar su e-mail, registrado como broma en la memoria de mi computador.

Secarme la veinti-única lágrima de su ausencia.

Verlo cómo crece sin mí. Y cómo crezco yo sin su humo.

 

Contar las nuevas pecas en mi rostro. Ponerme a régimen Detox. Ir al gimnasio y bailar con Ed Sheeran (hay algo en la blancura de su piel que me recuerda lo opuesto de la suya).

 

Siempre supe que el tiempo era una medida equívoca, como si pudiera mutar camaleónicamente de acuerdo a la perspectiva del otro.

 

Así doblo el tiempo y repito el estribillo:

«Punto de mira,

recordar un amor

y errar

la década.

Silvia Castro Méndez».

Errar la década, el siglo, la distancia en años luz, la Era.

Errarnos.

Eraser us= Borrarnos.

Este no-poema se autodestruirá en 3, 2, 1…

(Pulso la tecla con flecha hacia la izquierda)

Delete _

 

 

(Visited 60 times, 1 visits today)

Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia