Poesía de Centroamérica IV. Nostalgia del presente

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La serie «La poesía ingobernable de Centroamérica» da cabida a autores heterogéneos; propuestas que recorren los acueductos de las pasiones, el amor, la guerra, la vida solitaria o tumultuosa en las ciudades. Poesía que alaba la tierra, la lluvia, los volcanes, el café, el cuerpo, pero que también puede girar la cámara al caos de las urbes, la sangre, las violencias o las migraciones. Poesía en resistencia desde/por el centro de América.

Presentamos en esta cuarta entrega una muestra de la obra de la escritora y académica Tania Pleitez Vela (San Salvador, El Salvador, 1969, autora de la biografía Alfonsina Storni. Mi casa es el mar (Madrid, Espasa-Calpe, 2003), la monografía Literatura. Análisis de situación de la expresión artística en El Salvador (San Salvador, Fundación AccesArte, 2012) y del poemario Nostalgia del presente (San Salvador, Índole editores, 2014). Tania también es co-editora de dos antologías bilingües (español-inglés) de literatura salvadoreña: Teatro bajo mi piel. Poesía salvadoreña contemporánea (San Salvador, Editorial Kalina, 2014) y Puntos de fuga. Prosa salvadoreña contemporánea (San Salvador, Editorial Kalina, 2017). Asimismo, es miembro de la Red Europea de Investigaciones sobre Centroamérica y colaboradora de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

 

***

 

NOSTALGIA DEL PRESENTE

 

 

 

Tania Pleitez Vela

 

 

 

 

SONDEO

 

El olor de la luz me anima a limpiar

las escamas de la pérdida

y converso con fósiles y piedras

apoyada, curiosa y en puntillas,

en el brocal tambaleante del pozo.

 

 

 

LA MISMA Y LA OTRA

 

Sigo siendo la niña

refugiada en el trópico, en aquella rama del árbol.

Sigo siendo la niña que también maté

porque de aquel árbol no queda nada.

 

 

 

NOSTALGIA DEL PRESENTE

 

Heredé el insomnio de mi padre.

De día, un pez-mascota

que se mueve en una pecera.

De noche, añoramos el océano.

 

Nostalgia del presente.

Eso padecemos mi padre y yo.

 

 

 

LANDAY

 

Tengo tu música adherida a mi nácar,

eco de océano atrapado en un caracol.

 

 

 

HISTORIA DE AMOR

 

El jaguar lamió el lodo de mi torso.

Yo le toqué su abrigo de pérdidas y descubrí un nudo de cicatrices.

Nos exiliamos insistiendo en el rumor de las olas.

 

 

 

IFIGENIA

 

Una lluvia que es un animal

me moja por fuera pero por dentro estoy seca.

Árida debo quedarme

porque albergo a un cactus

que se nutre del rumor de agua de ese animal.

 

 

 

DIFERENCIAS FUNDAMENTALES

 

Me besa con urgencia.

Sus manos son caballos y estampida.

 

Clavo espinas en la ternura

y la destrozo.  Solo un poco.

 

Después, desayuno mis nostalgias.

 

 

 

DISTANCIA

 

Amé a un ciervo.  Un día se convirtió en león,

pero su sangre era helada.  No sabía ser león ni quería ya ser ciervo.

Predigo que su voz no teñirá verdor en mis cabellos

y me despido de su tacto azul.

 

Acaricio la madera de mi añejo espejismo.

 

 

 

LA NOCHE

 

Abandoné mi corazón en el olor del abismo

y deshice un recuerdo entre tambores y espadas.

Bebí un rojo licor.

Y bajé.

Sin destrezas ni abrigo.

La quimera vívida en el rugir de la gruta.

Busqué mi mirada entre los escombros del miedo.

La encontré pequeña, casi minúscula,

entre piedrecitas blancas y lisas.

Mi mirada era el olor del abismo.

 

La noche es el búho que ahora bebe en mi pecho.

En mis labios se apresura un grito de agua.

 

 

DESPEDIDA

 

Mis grietas asediadas por una hierba nueva

y tú sin entender.

 

Entre mis manos tu cabeza

y como Salomé

te estrujo, te adoro,

te rechazo y te abandono.

 

Porque no reconoces ternura,

porque no sabes hilar lo invisible.

 

 

 

REFLEXIONES TROPICALES

 

(Breve diálogo entre mujer y niña)

 

 

Mujer

 

I.

 

Se busca la cabeza

de una niña

por toda la ciudad.

 

Tierra y lombrices en mi mano.

Esa será mi tumba,

o el mar,

o el río.

 

O quizá mi cabeza también ruede y se pierda

lejos de mi cuerpo.

 

II.

 

Las voces de búho en mi cabeza

no me dejan dormir.

La Osa Mayor se ríe de mi trillada reflexión.

Pequeña, como yo.

 

Aguardo el golpe en la puerta.

Pero no aguardo tanto

y la abro.

 

 

III.

 

La lluvia distrae a la grieta.

El aire cargado de agua me hace niña.

Soy cuerpo y mente vaciados.

Soy flor que devora insectos.

Tú vibras en la hoja

y yo te miro.

Y soy la hoja.

 

 

 

Niña

 

 

IV.

 

Piedras

raíces

culebras

compactas en la tierra.

Caigo

en el olor a óxido

y no llego nunca al fondo.

Será que el fondo no existe.

Será que es ese el destino humano:

no terminar de caer.

 

 

Mujer

 

 

V.

 

Caigo en una casa

donde suena un reloj de péndulo

y una niña a oscuras se sienta en el suelo

a escuchar el rumor de los fantasmas

que conversan en su corazón.

 

 

VI.

 

Y caigo en un charco sucio.

Es la bilis de un hombre lejano

que la ama tanto que la insulta,

pinta una berenjena en su piel.

Nado fuera del charco

y se me adhiere el aire nuevo, florido.

No le escupo a ese hombre.

Suficiente con decir basta y salir.

 

 

VII.

 

Suficiente con volver sin odio

y amar de nuevo:

un jaguar tatuado en un hombro.

Mi amor, jaguar, mi vida, fuiste.

Fuiste.

Fuiste.

Dolía pensar que ya no eras felino libre y feroz.

En el hombro de ese noble hombre eras una estampa, inmóvil.

Yo necesitaba el aire florido pero también el andar.

Y emprendí de nuevo el camino.

 

 

Niña

 

 

VIII.

 

Orquídea sedienta de fruto.

Nunca pensé que la nieve fuera algo tan dulce

nieve reflejo de sol y pinos

manos astilladas de leña

sabor a madera y fuego.

Cierro los ojos,

existes,

y entonces caminamos entre latidos de piedras.

 

 

Mujer

 

 

IX.

 

La casa huele a guayabas.

El perfume de la fruta distorsiona la luz.

Me aferro a esa carne rosada,

a sus semillas diminutas,

las saboreo con olfato y extrañamiento.

Las guayabas maduran: me rodea una explosión de olores coloridos.

Mi piel comienza a ser fruta de trópico.

Otra vez.

 

 

Niña

 

 

X.

 

El duelo con el musgo apretado de mis labios.

Musgo viejo y heredado.

El río murmulla orquídeas.

 

 

XI.

 

Acércate a mi lecho de arena.

Irrígalo.

Si se seca

me quedaré sin mar

y tú perderás

el color tierno de su coral.

Si no te acercas

sola quedará la sinfonía

de mi aullido contenido.

 

 

Mujer

 

 

XII.

 

Te descubrí en los frutos de mi manojo,

en los gritos de perico que fertilizan mi vientre.

 

Imagen de ti fragmentada

añicos

vaho

hasta que descubrí que te llevo en mi constelación tropical.

 

 

Mujer y niña

 

 

XIII.

 

Soy piedra.

Piedra de río.

Lisa, ovalada.

Dura.

Un cofre de silencio.

No estoy muerta.

Los átomos giran dentro de mí.

Y siento la corriente del río

que mueve la tierra

y salgo rodando hacia el mar.

Somos música:

agua, piedras, remos,

musgo, huesos, lluvia.

Su beso de agua

sobre mi espalda dura

es segundo eterno de arena y sal.

 

Soy de río y soy de mar.

Soy espíritu melodioso e imperfecto.

Cíclope con tercer ojo.

Desafino el canto de la higiénica maldad

 

 

PREGUERRA

 

1

 

Pesquisa

 

Animal. Olfateas la rotura.

Pequeña, estás en el umbral

y encuentras párpados donde había flores,

ojos donde había infancia.

Rondas la frontera.

Quizás es eso lo que te salva, mientras yo me nutro de ti.

Quieres un sorbo de mi agua y yo busco tus vocablos.

 

Juntas miramos la agitación de la esfera,

la preguerra que hierve en su eje, en su filo,

a esa hora de la tarde en que las ventanas graznan

una remota y negra transparencia.

 

 

2

 

Exilio

 

Demasiadas cinco de la tarde en este viaje sin retorno.

Cuando me fui, sabía nadar y zambullir una risa flaca en la espuma.

¿Recuerdas, pequeña?

En el otro lado aprendí a planear en el azul metálico de lo ajeno.

Cultivé alas, hice mío ese metal.

Mira, pequeña, ya puedo suspenderme con grotesca gracia.

 

Plantada estoy aquí,

pero un cuervo picotea mi mirada, desangra medusas de rencorosas aguas.

Mis escamas no combinan con mi ahora.

Allá, en aquel mar, tampoco encajan las alas que fabriqué.

Pez-pájaro. Ni una cosa ni la otra. Péndulo caótico.

Hablo en el lenguaje del aire.

Sueño en el lenguaje del agua.

Callo en el lenguaje del cactus.

En la aurora, el metal perfora hondo y su vaho sale por mi boca.

 

 

3

 

Golpe de silencio

 

Un cielo rojo es lo que ves en las fotografías pero no hay rojo.

Sólo ojos y gris. Ojos en el hilo predador del papel.

 

Un periódico anuncia y no explica, lanza piedras a tu cara de niña.

Preguntas. Calla, te ordenan las voces.

Descubres que el silencio es un imperio.

 

Pequeña, ya no quieres subir al árbol ni jugar.

Ojos desdoblados y múltiples despedazan tu infancia.

Desparramados, oníricos, buñelianos.

Periódico insolente.

 

Los minutos pasan. Se engarza el tiempo de la angustia.

Son las cinco de la tarde y ojos mecidos en el péndulo del caos

ya no miran el mar. Su mirada no tiene erección

cuando recibe la oceánica sal. Pero tanto ojo tampoco muere.

A esa hora abren el párpado, vigilantes inquietos en el blanco.

 

 

6

 

Fiesta de toque a toque

 

Los hombres hablan de política.

Las mujeres visten deseo trasnochado, fuman y escuchan a sus hombres.

Alcohol y tabaco apaciguan el miedo, lo disfrazan de odio.

Pinta sus labios de palabras marrones.

Es agua de charco, su miedo. Turbia, les quita la sed.

 

La empleada está atenta a la campanilla que pide hielo, sus pies parecen tronco viejo.

Oyes el andar de sus termitas. Escondida entre manteles y vasos

tragas madera carcomida. Desmenuzas la aurora entre gritos de borrachos.

 

 

7

 

El miedo y lo minúsculo

 

Pequeña, ¿temes romper los huesos del silencio?

El silencio tiene dureza casi mineral, es tenso como cuerda de ahorcado.

Sólo un filo podría herirlo rajarlo. Pero no tienes filo ni hacha.

Algo te pinza mientras el tiempo suelta resonancias, olas, ráfagas.

 

Tu país tiene médula de llanto, fósiles de rabia.

Se acerca la guerra hirviente y viscosa.

 

Pero no dices nada. Maldita estás, pequeña

porque no conoces tu voz, la otra, la voz detrás de tu voz.

Quieres salir de esa piscina y allí te quedas

orinada y cagada

entre cloro y champán.

 

Explosiones pintadas pancartas color arrebol.

Guardaespaldas carros blindados conspiraciones en la opacidad.

 

Tu vida te parece tan larga como la del huevo comestible.

No serás el ave que rompe el calcio de la cáscara.

El silencio se convierte en tu agrio y rancio cascarón.

 

No podías nombrar lo que la inocencia se guarda para sí

y también tenías que ser niña, gozar el almendro y la palmera,

el aguacate explotando en su mar pastoso, el níspero blando y dulce.

Ese era tu sabor del entusiasmo.

 

Pero, es cierto, era un entusiasmo apurado

atragantado por remiendos de dicha, todo antes de las cinco de la tarde.

Antes del escupitajo del crepúsculo.

 

 

11

 

El abrazo de Gaia

 

Mi piel se desplaza y se prende de ella el polvo.

Soy almendro fúnebre, tumba. De mis poros salen manos.

Flores-pólvora flores-ojos flores-vísceras.

Albergo un lamento. Mis piernas son troncos talados.

Mis brazos, ramas heridas.

Mi pecho, un valle quemado.

Sólo mi voz es brizna

mi garganta es el refugio de una descolorida Gaia.

Gaia llora los muertos que lleva en su vientre, no puede parir.

Gaia también canta, se afana en poner en movimiento bocas

que pronuncian vida: susurros de ranas y grillos, semillas de izotes,

hongos de maíz, risa franca de humano cabal.

Me uno a Gaia. Somos tumba vital entre la voz y la desgracia.

 

No es secreto el punzante aullido:

la ciudad será una ruina habitada.

 

La rotura es larga pero no lloro. Animal. En la sombra olfateo

los despojos de mi país, los pedazos de mi infancia.

Suelto mis termitas, carcomen esa casa de mandamientos

y comienza mi viaje en el limo.

Descubro ejes circulares engarzados por una boca,

la boca de un grano, un grano acuoso:

es la gota que sin desprenderse del lago se sabe gota.