El placer de los vasos comunicantes

«No sé si la vida me alcance para leer más, pero a eso aspiro. Quisiera obtener más del placer de esos vasos comunicantes que he disfrutado desde niño.» Omar Nieto en «Caminos de la lectura».

Omar Nieto (1975) es un narrador y crítico nacido en Puebla. Es especialista en literatura y narcotráfico, doctorante en la UNAM. Ha publicado los libros Las mujeres matan mejor (2013) y Teoría general de lo fantástico. Del fantástico clásico al posmoderno (2015).

 

 

Omar Nieto

 

Crecí en una familia muy poco lectora. Mis padres proceden de una pequeña población a la orilla del Río Papaloapan, en Veracruz, fugaz tierra donde trabajó y vivió Juan Rulfo, donde a duras penas había secundaria. No libros; solo caña, ingenios de azúcar e inundaciones. Por fortuna, mis abuelos decidieron mandar a estudiar a mi padre a la única capital civilizada cercana: Puebla. Lo enviaron al mejor colegio de entonces: el Benavente, de corte lasallista. Ese fue el mismo legado que quiso dejarme mi papá. Yo estudié en el Instituto García de Cisneros de Cholula, Puebla y en el Centro Escolar Aparicio, de raigambre franciscana, lo que garantizó una paradójica formación humanista. En mi casa de Cholula, mi papá comenzó a comprar enciclopedias en abonos a vendedores que me salvaron el espíritu. Devoré las enciclopedias Salvat y Grolier tres o cuatro veces, sorprendido por la botánica, la física y por la sección de clásicos de la literatura. Las enciclopedias eran entonces el equivalente a Google, solo que más tangible, quizá más entrañable. Puro placer de papel.

Esas enciclopedias fueron mi refugio y mi juego. Enclavadas en un librero hacían también las veces de cabina de un imaginario submarino operado por mí y mis hermanos. Reglas metálicas servían de palancas, tubos de cartulina eran nuestros telescopios y lo que yo veía por los huecos se asemejaba al mundo de Veinte mil leguas de viaje submarino de Verne, cuyos extractos leía en aquellas páginas.

En la casa de unas tías donde había lo mismo un piano que discos de Rachmaninov o Beethoven y partituras de «Para Elisa» o el «Danubio Azul» que mi papá ejecutaba –pues había recibido clases en su infancia–, vi por primera vez la colección roja de Bruguera y la de Aguilar, con hermosas hojas de papel arroz, que me trajo nombres como Shakespeare, Stendhal, Solyenitzin o Leon Uris, así como la interesantísima historia de Rommel, el «Zorro del Desierto», y mi novela de iniciación: Matar un ruiseñor de Harper Lee. La comencé a leer al azar, como suceden los verdaderos encuentros con lo trascendente. No supe quién era Lee sino dos décadas después, ni que ese universo sureño formaba parte del mismo de Carson McCullers o William Faulkner, y menos de su amistad con Truman Capote. Lo de Lee fue un texto que me separó del mundo y me sumergió en gran estupor y éxtasis. Cuando terminé de leerlo, lloré: estaba convulsionado. Tenía doce años.

Mi vocación como lector se consolidó con Narraciones extraordinarias de Poe. Ese mismo año otro meteorito chocó mi patio de juegos: la inauguración de una biblioteca pública junto al atrio de mi escuela, santuario del Beato Sebastián de Aparicio, patrono de los automovilistas. Entré un día a ese misterioso reciento oloroso a convento abandonado, tomé un libro al azar, y el azar me trajo La bruma lo vuelve azul de Ramón Rubín.

Al siguiente año publiqué mis primeros dos cuentos. Los tecleé en la máquina de escribir con la que hacíamos las tareas de la secundaria. Mi mamá tenía un conocido en un periódico de Puebla y ahí, con trece años de edad, me convertí en escritor. El periódico se llamaba Voces de la noche y de él, y de esos cuentos, no quedó ni polvo, pues mi madre no los conservó.

¿Por qué razón no publiqué otro cuento sino hasta que cumplí treinta y cuatro años? ¿Por qué dejé pasar veinte años para continuar mi vocación? El placer. Durante dos décadas me dediqué solo a leer. Devoré, y lo sigo haciendo, todo lo que caía en mis manos. Todavía no termino. Homero, Ovidio, Virgilio, Dante, Borges, Cortázar, Faulkner, Dos Passos, Steinbeck, Guimaräes Rosa, Fante, Quignard, Dostoievski, Lowry, Lezama Lima, Vargas Llosa, Lizalde, Rulfo, Arreola, Garibay, Tolstoi, Dunsany, Gifford, McCarthy, Aleksiévich, Carrère, Capote, Ford, Achebe, Roth, DeLillo, Dick, Kafka, Pedro Juan, Mishima, Kawabata, Xingjian… Qué se yo. No concibo el acto de escribir sin el acto de leer. Soy adicto a los vasos comunicantes: el libro que lleva a otro libro, un autor que remite a otro. Publicar apenas es el síntoma de todo lo leído. Publicar debería ser la anomalía y no la norma.

En 1995 llegué a la Ciudad de México para estudiar Comunicación y poder financiarme después estudios de música y literatura. En la UAM me topé con mis primeros Virgilios: el crítico de cine Gustavo García y los escritores Héctor Manjarrez y Álvaro Ruiz Abreu. La potente voz de Manjarrez –exlocutor de la BBC– tuvo que soportar mis pedestres preguntas; Álvaro me enseñó que si se sabe literatura el periodismo viene por default y García me dio el mejor consejo sobre el arte de la lectura: «No leas lados B de autores, apenas tendrás vida para leer sus lados A».

Viviendo en cuartos de alquiler en Tláhuac aprendí más de libros y de películas, entre nubes de mariguana o cervezas o mezcal de mis compañeros de cuarto y escuela. Ahí comencé a acumular mis libros en improvisados libreros hechos con huacales forrados con periódico y cubiertos con pintura negra en aerosol. En ese tiempo sobrevivía haciendo estudios de mercado en tiendas de autoservicio mientras cubría entrevistas y reportajes para la revista Nuestro Rock, hasta que en 1997 o 1998, a los veintidós o vientitrés años, entré a fundar la Dirección General de Medios Impresos de la Secretaría de Gobernación, donde hice síntesis informativas de madrugada. Ahí me encontré con la maravilla de los suplementos culturales que me llevaba a casa cual botín de guerra. En ellos encontré más vasos comunicantes. Desde el 98 me dediqué a conseguir a todos los autores que reseñaban los suplementos de El Ángel, Arena, La Jornada Semanal, Unomásuno, Siempre!, Ovaciones, Novedades, El Financiero, Letras Libres o Nexos. Fue voraz y fue hermoso. Como en mi infancia.

Luego vinieron los trabajos en los periódicos, la política, la violencia y el narco, estudiar una maestría en Letras, y leer y leer, y conectar y conectar. Luego dar clases de literatura clásica y moderna en el Tec de Monterrey, entrar a mi primer empleo literario como dictaminador en Nueva Imagen; luego en el Fondo de Cultura Económica. Y leer y leer. Ya luego llegó publicar en una antología profesional de cuentos en 2009 y mi primera novela, en 2013. Lo hice tarde, a los treinta y ocho años. Después vino mi primer libro de ensayo teórico sobre literatura fantástica, a los cuarenta. Y ahora: el doctorado, donde trato de conectar lo leído con el final de las utopías sociales y la literatura sobre el narco. No sé si la vida me alcance para leer más, pero a eso aspiro. Quisiera obtener más del placer de esos vasos comunicantes que he disfrutado desde niño. Y solo en consecuencia saber que como escritor logré formar parte de eso tan misterioso que anima la hermosa historia de la literatura.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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