Pequeña Latinoamérica. Capítulo II: Daniel Frini

El oscuro y sangriento misticismo medieval palpita en los excelentes relatos del argentino Daniel Frini aquí reunidos, segundo capítulo de nuestra serie «Pequeña Latinoamérica», dedicada a la ficción breve que se escribe en América Latina.

Los últimos minutos de Bérenger de Lacroisille

 

Fray Bérenguer de Lacroisille ha sido torturado.

Hoy es sábado, once antes de las calendas de noviembre del año de Gracia del Señor de 1307.

Hasta hace diez días, Fray Bérenger era Turcoplier de los Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici, la Orden de los Caballeros Templarios, y ahora está en la Tour Grosse de la que fuera la Fortaleza del Temple en París, y en manos de los verdugos que dirige Guillaume Imbert, Inquisidor General de la Fe en Francia y confesor de Felipe IV El Hermoso.

Fray Bérenger ha sido sometido al strappardo; le ataron dos grandes campanillas de bronce a los testículos, a modo de burla, y también pasó por la squassation, con lo que le han dislocado hombros y brazos, y quebrado las piernas en varias partes. Ha sido fustigado y le han arrancado tiras de piel y carne con garras de gato. Le han sacado las uñas de los dedos y en su lugar han colocado clavos candentes; le han quemado las plantas de los pies con planchas de metal al rojo.

Fray Bérenger ya se reconoció sacrílego, hereje, apóstata, idólatra, sodomita y simoníaco. Ha declarado que él y sus hermanos del Temple escupieron sobre la Santa Cruz, renegaron e insultaron a Cristo, rindieron culto a dioses paganos, veneraron a vírgenes negras, adoraron al Bafometo y practicaron ritos obscenos, incluso el osculum infame.

Fray Bérenger no sabe de las intenciones del rey Felipe, de su canciller Nogaret, de su chambelán Portier de Marigny, ni de la indecisión del Papa Clemente V.

Está solo y desnudo en una celda sin, siquiera, el confort de un poco de paja sobre la fría piedra del piso. Desconoce que su Gran Maestre Jacques de Molay ha caído, también, en desgracia y está prisionero a unos cuantos pasos de él.

Supone, sí, que no es el único cautivo. Cree haber escuchado a los verdugos cuando nombraban a sus amigos Fray Robert de Plessiez y Fray Reinald de Milly; y entre idas y venidas de los continuos desmayos, le parece haber escuchado las súplicas de su Senescal, André de Périgord, que venían desde una celda no muy lejana.

Sin embargo, el dolor que siente en algún lugar de su pecho es infinitamente más fuerte que aquél que le provoca la tortura. Fray Bérenger respondió afirmativamente a todas y cada una de las aseveraciones de sus inquisidores; no por temor al tormento, sino como resguardo para no delatar a la única persona que le importa: Cécile de Monssac.

Dijo que sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos participaron en orgías en las que no había mujeres, mientras pensaba en los destellos de los hermosos y grandes ojos negros de Cécile.

Dijo que sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos reverenciaban al demonio encarnado en un gato, mientras recordaba una radiante y franca sonrisa dorada.

Dijo que sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos quemaban niños y bebían sus cenizas mezcladas con vino consagrado, durante la celebración de la Santa Misa, mientras evocaba unas trenzas azabaches, que brillaban como el ébano de Santa Helena a la luz del sol.

Dijo que sí cuando le preguntaron si era verdad que él y sus hermanos afirmaban que Cristo había sido un falso profeta, y que no había padecido en la cruz para la redención del género humano, mientras rememoraba la tersura de una piel blanquísima y el rubor del decoro de su amada.

Pero Fray Bérenger de Lacroisille jamás vio a Cécil de Monssac. Ni siquiera sabe si existe. Hace más de diez años, en uno de sus tantos viajes por el Rousillon, oyó la cançó que trovaba Amanieu de Sescars, y se extasió ante aquella declaración de amor que imaginó suya:

 

La belleza y el bien que hay en mi dama

me tienen gentilmente atado y preso.

 

Y Bérenger imagina que no es la Inquisición quien lo tortura. Sueña que es Cécil quien maneja la fusta o arranca sus uñas, y delira que ella le canta, aunque las palabras solo suenan en su mente afiebrada.

 

No está curada la llaga que me hiciste, amor,

cuando me heriste con tu cruel espada.

 

No le importa el Temple, ni su Maestre, ni su Senescal, ni sus compañeros. Está dispuesto a firmar cualquier confesión, y hasta renegar de la gracia del perdón ofrecido por los dominicos, si se lo ofrendasen. Está dispuesto, incluso, a inventar cuanta maldad le insinúen y ponerla en boca hasta del mismísimo Papa, si se lo ordenasen.

No sabe por qué, pero espera de manera ardiente la sesión de tortura venidera en la que le arranquen la lengua con tenazas para asegurarse de que ni en el delirio de la fiebre que lo abrasa va a nombrarla.

 

Yo ardo sin ser quemado

en vivas llamas de amor.

 

Fray Bérenger soporta todo sin desmayarse porque teme pronunciar su nombre y que sus jueces se interesen en ella, y la busquen. Le espanta la idea de que Cécil exista, y los verdugos de la inquisición la encuentren y la sometan al espanto por el puro placer de apagar su hermosura.

 

 

Twister

 

Mil años hace que la cruz de ocho brazos y el águila bicéfala decoran el arquitrabe de la Puerta Xylokerkos; y en este día, el segundo antes de los idus de abril del año santo de 1204, vigilan a las tropas de Enrico Dandolo, Dux de Venecia, que están estacionadas sobre la llanura que rodea la via Egnatia y se relamen imaginando el inminente saqueo de la Ciudad que es Morada de Todo lo Bueno, Ojo de Todos los Pueblos, Guardiana de las Iglesias, Líder de la Fe, Guía de la Ortodoxia, Querida en las Oraciones y Maravilla Ajena a Este Mundo.

La Cuarta Cruzada está a las puertas de Constantinopla.

Dentro de las murallas, en el nártex de la iglesia del Venerable Monasterio de Andreou en te Krisei, y a tan corta distancia de los invasores que la hediondez de las hordas latinas apesta el aire, están Zaoutzes Petraliphas, presvýteros y parakoimomenos del Emperador y Vatatzes Isaakios, archiepískopos y koubikoularios de Su Santidad; ambos rojos de ira, disputando un capítulo más de la larguísima batalla dialéctica, sin poder ni querer dar respuesta a un dilema mayúsculo.

¿Cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler?

Arriba, los integrantes de la Corte Celestial, obligados por el texto de Mateo, se ligan o desligan según los designios de los dos Hombres Santos que, allá abajo, intercambian improperios que duelen más que puñaladas.

—¡Tal vez fueran necesarios tantos ángeles como granos de arena hay en las playas de todos los mares, mi estimado hermano, hijo de una gran perra! –dice Zaoutzes y cien mil millones de ángeles (que es una manera de decir innumerables) se apiñan, sudorosos, en la bruñida superficie metálica.

—¡La cantidad de estrellas que Nuestro Dios puso en el cielo es mil veces menor que el número posible, dilecto amigo, hijo de un burro y una rata! –y un millón de millones de ángeles (que es una manera de decir incontables) se contorsionan, adoloridos.

—Ya me cansé de tantos calambres –dice, en un hilo de voz, Gabriel Arcángel, Mensajero de Dios, Guardián del Edén, Señor de la Misericordia, la Muerte y la Venganza–. Esto no da para más. Como puede, saca su mano derecha de entre un impresionante manojo de cuerpos descalabrados, agita su dedo índice y le ordena a Balduino de Flandes, comandante de los cruzados:

—¡Ataquen!

Abajo, las hordas de occidente se lanzan contra las murallas y las superan.

Constantinopla cae.

Una hora después, Zaoutzes y Vatatzes mueren atravesados por sendas espadas, sin haberse percatado de nada. La discusión termina.

Arriba, un suspiro de alivio recorre la multitud de la Corte Celestial. De a poco, el Gran Nudo se desarma y cada uno de los ángeles –golpeados, amoratados, rotas las alas– deja la cabeza del alfiler y se dirige, estirándose, a cumplir con sus tareas.

—¡Uf!

—Ya era hora…

—Otro siglo así, y me quedo sin espalda.

—¡Ay!

Uno estira los brazos, otro se sacude.

En la superficie brillante, quedan algunas manchas de sangre y muchas plumas de todos colores. Justo en el centro, unos quinientos o mil ángeles (que también es una manera de decir infinito) permanecen envueltos en un revoltijo.

Tardarán una eternidad en desanudarse.

 

 

Y caerá el muro de la ciudad

 

Crux Sancti Patris Benedicti, Crux Sacra sit mihi lux, non draco sit mihi dux, ¡vade retro Satanas!…

El sacerdote, alto y desgarbado, se preparó, con esta oración, para comenzar el ritual, mientras besaba la medalla de San Benito, y alistaba el crucifijo, el agua y el aspersor, la sal, la estola violeta y la imagen de la Virgen; acomodándolos prolijamente en el mueble, a los pies de la cama donde estaba tendido el poseído.

Per signum Sanctae Crucis… –dijo mientras se plantaba frente al atormentado, que lo miraba con odio y rojo de furia.

Tomó el copón con agua y, mientras echaba en él la sal, la bendijo:

—…ut fias aqua exorcizata ad effugandam omnem potestatem inimici…

El endemoniado gritaba, con voz cavernosa, en algún idioma olvidado hacía milenios. El sacerdote, introdujo el aspersor en el agua bendita, y mojando al otro comenzó:

Abjuro te, spiritus nequissime, per Deum omnipotentem…

Él, el único y oculto sacerdote de toda la Archidioecesis Bonaerensis autorizado para exorcizar demonios, ya entrado en sus cincuenta años, solitario, hosco y huraño, con más de un cuarto de siglo enfrentándose, cara a cara, con el enemigo, estaba otra vez en batalla.

Y dentro del hombre poseído, nosotros.

El ritual fue largo, muy largo. No nos importó, teníamos tiempo

…ut descedas ab hoc plasmate Dei…

Estudiamos a fondo los viejos libros, desde el Statua del año 500, pasando por el Malleus de Sprenger y Kramer, por el Flagellum de Girolamo Menghi, el Exorcistarum de Brognolus, la Summa Daemoniaca, todos los catecismos hasta llegar al Rituale Romanum de 1999. Después de más de 2000 años, por fin, encontramos la forma de derrotarlo: por un lado, el sacerdote estaba solo, y nos enfrentamos a él de a uno por vez; por otro, mientras él continuaba con sus letanías, hora tras hora y día tras día, el que estaba en el turno de enfrentarlo repetía, paciente y para sí, la tabla del nueve, en cualquier idioma que se le viniese en gana.

Exorcizo te, omnis spiritus immunde, in nomine Dei, Patris omnipotentis…

Nou per sis, cinquanta-quatre.

Tu autem effugare, diabole; appropinquabit enim judicium Dei.

Naw gwaith saith, chwe deg tri

Aguantó solo diez días y murió.

Lo hicimos. La Ciudad de La Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre no tiene a nadie que la proteja de nosotros. Llevará tiempo formar un reemplazo para el sacerdote. Mientras tanto, nosotros seguimos entrando en el cuerpo de los porteños.

Nuestro nombre es Legión.

 

(Visited 63 times, 1 visits today)

Posted by Daniel Frini

Daniel Frini (Córdoba, Argentina, 1963), es ingeniero de profesión, escritor y artista visual. Publicó «Poemas de Adriana» (Libros en Red, 2000; Artilugio Ediciones, 2017), «Manual de autoayuda para fantasmas» (Editorial Micópolis, 2015) y «El Diluvio Universal y otros efectos especiales» (Eppursimuove Ediciones, 2016). Ha obtenido, entre otros premios, el Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve Garzón Céspedes 2009, La Oveja Negra 2009, El Dinosaurio 2010, el IX Certamen Internacional de Poesía 2011, el I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle 2017 y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.