Nuestro fin del mundo

Las invasiones extraterrestres, las supuestas profecías mayas y cualquier otro escenario catastrofista palidecen frente a ese sobresalto mudo, aterrador y acerado que provoca el concebir el fin del mundo como la aniquilación de todo, absolutamente todo, lo que hemos hecho y forjado como humanos a lo largo de nuestra historia, como la desaparición total e irremediable de la única consciencia conocida del universo –y, por tanto, de todo significado a él asociado. Camila Paz Paredes vislumbra ese estremecedor apocalipsis en este ensayo de apertura de nuestro número sobre el fin del mundo.

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Las invasiones extraterrestres, las supuestas profecías mayas y cualquier otro escenario catastrofista palidecen frente a ese sobresalto mudo, aterrador y acerado que provoca el concebir el fin del mundo como la aniquilación de todo, absolutamente todo,lo que hemos hecho y forjado como humanos a lo largo de nuestra historia, como la desaparición total e irremediable de la única consciencia conocida del universo –y, por tanto, de todo significado a él asociado. Camila Paz Paredes vislumbra ese estremecedor apocalipsis en este ensayo de apertura de nuestro número sobre el fin del mundo.

 

They’re taking me down, my friend
As they usher my off to my end
Will I bid you adieu?
Or I’ll be seeing you soon?
If what they say around here is true,
Then we’ll meet again,
Me and you.

Nick Cave, Idiot Prayer

 

Camila Paz Paredes

 

Una catástrofe ambiental; la lógica venganza de la naturaleza. Una invasión alienígena (¿por qué no?). La destrucción del planeta Tierra –tantas cosas suceden en el espacio… Una pandemia, que bien podría volverse una forma de invasión zombi… La humanidad acabará consigo misma: se matará de guerra o de crisis ecológica.

En términos concretos, nadie sabe qué significa el fin del mundo. Habrán sin duda unas teorías más realistas, más científicas que otras; fantasías y simbolismos moralistas, sobran. Como sea, pensar en las diversas teorías de cómo puede terminar todo no es más que un divertido o terrorífico ejercicio de imaginación, según los temperamentos, tanto para hablar de los panoramas más científicos como de los más alucinados. Sin embargo, el fin del mundo evoca una idea muy precisa de la que todos hablamos sin decir de qué se trata. «El fin del mundo» es un código de silencio para hablar de algo terrible e inevitable como si nunca fuera a suceder.

Entre los muy diversos escenarios apocalípticos hay realmente pocos, los más francos, donde no nos salvamos. Donde no podemos. Y la cosa simplemente acaba, o queda anunciado que acabará. Es el punto final. La narración termina en su momento más álgido, sin reconciliación, sin solución. Aun si ese punto en que la historia se interrumpe drásticamente nos pudiera parecer un cierre narrativo –ya lo sugiere Paulina Morales en un ensayo de este mismo dossier–, y de hecho, se trata del final auténtico y total, lo sería de una narrativa que ya no es nuestra, porque, en términos de la historia humana, el fin del mundo sólo es final nuestro, con sentido para nosotros, mientras no haya llegado, mientras sea puro presentimiento o certeza guardada para un futuro que no alcanzamos a tocar. Porque después de su advenimiento se acaban los «después» –presente interrumpido. Ni siquiera viene ese anuncio posterior que daría cuenta de su significado: FIN. Quién sabe qué haya entonces… silencio. O nada –nada.

Sólo quien no la asume como posibilidad real puede creer que cuenta una ficción con tal historia. Estadísticas de a pie a la mano de cualquiera –haga una breve entrevista a sus vecinos o a las mamás de sus amigos– muestran que al aproximarse el fin del año 2012 se ha multiplicado el número de insensatos que se toman el fin del mundo con seriedad y están seguros de que puede llegar el mes que entra –o este mismo– bajo argumentos exageradísimos y generalmente esotéricos. Independientemente de que se comporten como desesperados, como iluminados o que sigan su vida con completa normalidad, estas personas son instintivamente más sabias que quienes se burlan ligeramente de los anuncios que le ponen fecha y hora, considerando el tema de un absurdo reservado para el cine y la literatura de marcianos, como si la imposibilidad de fijar con seguridad el momento preciso y la forma de su advenimiento fuera argumento suficiente para descartar que el fin del mundo es un hecho, si bien aún no acontecido. Sólo por eso nos es dado pensarlo, o burlarnos de él. Sin importar la actitud que tomemos, sería bueno saberlo mientras seguimos aquí –¿no es tan avasalladoramente cierto que vayamos a desaparecer como el hecho de que aún seamos y de que en algún punto hayamos empezado a ser?

Fin: dejar de, ya no, nunca… Acabó la cosa; fin del asunto. ¿Qué significa esto? ¿Por qué fin del mundo? ¿En qué estamos pensando cuando hablamos del mundo? ¿Dónde fijamos sus límites o hasta dónde los extendemos?

Ya está muy dicho, por ejemplo, que si desapareciéramos de un día para el otro – devorados por zombis, ahogados en basura o exterminados por armas biológicas y enfermedades políticas– la naturaleza en poco tiempo reintegraría los edificios y el pavimento a sus dominios, poblándolos de especies nuevas, como arrecifes llenos de vida que adoptan viejos naufragios. El mundo no peligra por peligrar nosotros. El fin del mundo no refiere necesariamente a la destrucción del planeta Tierra, ni al fin de la vida en ella, mucho menos a la muerte del Universo o a la hecatombe del Cosmos –eso sí sería tan total que resulta inconcebible. En realidad, el fin del mundo significa la muerte de lo humano.

La angustia por el fin empieza en la conciencia de la muerte personal. El acabarsede uno mismo. Sin duda da algún terror llegar al final del trayecto y vérselas con la última hora. Pero qué diferencia la de pensar que no sólo nosotros acabaremos en la tumba, sino también nuestros amigos, nuestros amores, compañeros, enemigos y familiares. Podemos concebir la muerte de todos y cada uno de los individuos con que nos cruzamos, los que conocemos, y aun de los que no. Muy distinto es pensar que de pronto no quede un solo ser humano en la faz de la Tierra. Y se acabó. Sólo en el fin del mundo la muerte individual es destino compartido y se teme en mancha.

Quizá lo peor de las teorías y fantasías apocalípticas es la impotencia en que dejan a la humanidad: así sea por el choque de un cuerpo celeste o el rayo destructor de una nave alienígena; sea en la agonía lenta de la transformación en no-muertos o en la extinción gradual por causas ambientales. En la muerte instantánea, tanto como en la muerte lenta, la humanidad está desesperada porque nada puede hacer contra el destino fatal de su total exterminio.

Y es que los escenarios del fin del mundo ponen en evidencia la fragilidad de las condiciones que nos permiten seguir aquí, lo que nos hace posible ser. Estamos, para empezar, atrapados en un planeta. No sólo porque no hayamos inventado todavía una forma de viajar más allá de la luna –lo cual representa un problema meramente técnico, por difícil que sea–, sino porque nuestra vida está amarrada a las condiciones terrestres: caminamos erguidos porque hay gravedad; la piel contiene nuestros órganos gracias a un cierto rango de variabilidad en la presión; comemos y respiramos porque requerimos de determinadísimos compuestos químicos para seguir viviendo. Aun si tuviésemos el conocimiento suficiente sobre el universo y la tecnología para desplazarnos fuera de nuestro sistema solar, o incluso fuera de la galaxia –y con esto me estoy saltando el enorme problema de las dimensiones– ¿dónde podríamos hacer parada?

Podemos continuar mencionando los límites de la endeble y cortísima vida de un organismo humano, además de su lento desarrollo y rápido deterioro; luego la pérdida de tiempo, materia y energía, más diversos padecimientos del alma,  originados en nuestra naturaleza social y política; para terminar el resumen, nuestra estupidez, nuestros impulsos destructivos y nuestra torpeza hasta para los gestos de cariño. Condiciones bajo las cuales nos relacionamos con nuestros semejantes y con nuestro entorno.

Desde cierto punto de vista, dado lo anterior, el fin de la humanidad es bastante probable y poco importante en el devenir de las cosas del universo y la naturaleza; si a eso le llamamos fin del mundo, nuestra visión está algo reducida. Así pensarán muchos –sobre todo los científicos naturales– y explicarán esta asociación entre el fin del mundo y el fin de la humanidad como otro de esos comunes excesos de egocentrismo que padece el ser humano. Sí y no. Es un egocentrismo, en efecto, pero es totalmente verdadero: no es un padecimiento, es una condición. A pesar de todas las miserias y limitaciones que cargamos, somos el único ser hasta ahora conocido al que le es dado pensar la existencia, suya y de todo lo demás, buscarle un origen y un porqué, descubrir que tiene sentido –aunque determinarlo parezca imposible–, emocionarse con todo ello y, además, concebir su propia expiración absoluta e irremediable.

A todo eso le decimos mundo. Es lo nuestro; no sólo es nuestro hogar, es nuestra complicidad; nuestro primer fuero común. Es por lo que todos podemos decirnos todos y entender. Por lo que pueden suicidarse los suicidas hasta hoy y por lo que se suicidarían si estuviéramos al borde del final: porque los demás vamos a estar vivos, o porque vamos a estar todos muertos. Porque vamos a estar, todos –porque el mundo sigue, o se interrumpe para siempre. Nosotros es el sujeto, protagonista y víctima, del fin del mundo. Significa que cada uno de los seres humanos, pero más precisamente la humanidad, será y serán borrados de la existencia. No es fantasía ni principio de ciencia: es una verdad que se presiente y se sabe sin contenido. Una de esas poquísimas cosas –las más grandes– que sólo se conciben en silencio.

Si el mundo es todo, su fin es exterminio de todo lo nuestro: todo lo que hemos visto, lo que hemos creado, lo que hemos dicho, pensado, enseñado; todo el tiempo, el esfuerzo, el genio y el amor, todo está perdido. Sin embargo, sabemos ya la dirección y la potencia con que opera aquello que difícilmente podemos llamar de otro modo que Naturaleza, Dios, Cosmos, e incluso podemos saber que a causa de su fuerza habremos desaparecido. El verdadero fin del mundo, ése que sugerirían los críticos del egocentrismo humano, sería la muerte de todo aquello que conocemos. Y eso no es posible: no se pueden morir todas las cosas, la muerte es parte de ellas; ese gran porqué, aquí se queda.

Al final, por más que esta historia sea la nuestra, no somos tan ingenuos: nos comprendemos parte de un transcurso largo y sabemos que nuestra desaparición es un momento más del aparecer total. Se queda el sentido detrás de nosotros; el cosmos seguirá siendo cosmos, y nuestra muerte formará parte de su inmensidad. Pero llegado el fin, no habrá nadie que lo sepa. Si hay otras formas de inteligencia en algún lugar del universo, para nosotros ya no importa: no alcanzamos a cartearnos con ninguna. Por el momento, seguimos siendo únicos. Con toda nuestra estupidez, que sin duda contribuirá como viene haciendo a nuestra propia desgracia, somos seres milagrosos: qué improbable que esta forma de vida tan frágil, tan corta y de fuerza tan limitada, tan joven en la historia de las cosas, se haya dado cuenta. Nadie volverá a dedicar su nimiedad completa a lo absoluto, a buscarse el espíritu, al misterio de las cosas, a intentar decirlas y a comunicarse con ellas. Cuando llegue el fin del mundo, su sentido caerá en el letargo de lo invisible, como si hubiera fallecido también, y el universo volverá a esa inercia –de lo inerte– brutal, magnífica y violenta, que ya no pesará en ningún corazón ni será admirada por ninguna conciencia. El coloso de la existencia en completo anonimato. La pura soledad del silencio, en luto para siempre.

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Camila Paz Paredes (1989) estudia sociología en la UNAM. Es subdirectora de Cuadrivio.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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