Mutaciones al interior del feminismo

Silvia L. Gil reivindica en este ensayo la necesidad de argumentos y sustento formal al hablar de las etapas históricas por las que los estudios de género han atravesado; la reflexión gira en torno de la Primera, Segunda y, sobre todo, Tercera Ola del Feminismo.

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Carentes de sustento teórico e histórico, muchas discusiones en torno al tema del feminismo recurren a los muchas veces erróneos lugares comunes. Silvia L. Gil reivindica en este ensayo la necesidad de argumentos y sustento formal al hablar de las etapas históricas por las que los estudios de género han atravesado; la reflexión gira en torno de la Primera, Segunda y, sobre todo, Tercera Ola del Feminismo.

Silvia L. Gil[1]

 

La Tercera Ola del feminismo se caracteriza por estar atravesada por diferentes corrientes y articulaciones identitarias. Del mismo modo que la Segunda Ola consiguió reformular el primer movimiento feminista del siglo XVIII y principios del XIX, la Tercera Ola reformula radicalmente el sentido del feminismo de las décadas de 1960 y 1970. Constituye un momento importante de cambios y rupturas. Pero para comprender dichas transformaciones veamos brevemente en qué consisten estos distintos momentos del feminismo.

La Primera Ola surgió vinculada al espíritu ilustrado, al liberalismo burgués y a un fuerte deseo de igualdad y emancipación. Recordemos que las ideas ilustradas recorrían tierras europeas con vehemencia, y a veces a trompicones, desde el siglo anterior. El discurso que había inundado los corazones, posteriormente rotos, de la Revolución Francesa prometía la emancipación humana gracias a la razón, en condiciones de igualdad para todos. Este espíritu consensuado por los hombres ilustres no se correspondía, sin embargo, con la situación de desigualdad en la que se encontraban las mujeres: si la razón nos igualaba como seres humanos, ¿cómo es que las mujeres permanecían discriminadas? Ciudadanía, derechos e igualdad fueron las palabras clave en esta gran batalla, que tuvo como textos fundacionales la Declaración de los derechos de la mujer de Olympe de Gouges y la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft y que organizó a miles de mujeres alrededor del derecho al sufragio y al acceso a los estudios superiores. Sin embargo, una vez logradas estas demandas, la lucha se diluyó, sin nuevos retos en el horizonte que mantuviesen su sentido. Surgieron nuevas figuras de la mano del socialismo: Flora Tristán o Harriet Taylor-Mill en el siglo XIX y Concepción Arenal, Rosa Luxemburgo y Alexandra Kollontai a principios del XX. En Estados Unidos aparecían feministas de la talla de la anarquista Emma Goldman y se realizó la primera declaración del feminismo norteamericano elaborada en Seneca Falls (Nueva York) en 1848, el mismo año que salía a la luz el Manifiesto comunista.

Las feministas de la Segunda Ola partieron del punto donde las lecciones sufragistas lo habían dejado: el hecho de que el acceso al voto y a los estudios superiores no se había traducido en una mejora real de la vida de las mujeres. Los grandes movimientos de masas eran principalmente masculinos y, en el caso español, la dictadura había acabado con los avances promovidos por la Segunda República. A finales de los sesenta, en los últimos años de la dictadura y al calor del movimiento del 68, de las luchas en Italia y del levantamiento de la población negra en Estados Unidos, comenzó a hacerse patente para las mujeres, aunque de manera difusa, la necesidad de organizarse en torno a otras inquietudes más propias y cotidianas que no eran recogidas ni por los partidos de izquierda ni por el movimiento obrero autónomo: ya no se trataba de exigir la igualdad de derechos, sino de hacer una crítica a la organización del poder sobre la vida en las sociedades capitalistas y patriarcales, dando forma a una nueva manera de entender la revolución en la que todos los rincones de la existencia debían ser sacudidos (el cuerpo, la sexualidad, las relaciones, las actitudes en lo doméstico, los valores, la moral). Esta dimensión contracultural del feminismo de la Segunda Ola fue producto, en gran medida, de las posiciones anticapitalistas y antiimperialistas y de la formación marxista de muchas de las mujeres del movimiento.[2] El alcance y la profundidad de estas ideas estaban íntimamente relacionados con las luchas antifranquistas y con un momento de cambio que abría nuevos horizontes de libertad tras cuarenta años de represión, moral y religión. Las feministas de los años setenta pensaron que las cosas podían cambiar de forma profunda, y así fue, aunque el modo en el que se cerró la Transición en términos de pacto y consenso acabase con las ilusiones más revolucionarias del propio movimiento feminista y de otros movimientos, lo que daría paso al desencanto generalizado de los años ochenta.

Fuera del Estado español existían ya obras de teoría feminista de referencia, claves de la órbita liberadora de toda una generación. Las que llegaron a manos de las españolas fueron sobre todo las de Simone de Beauvoir, que había publicado en 1949 El segundo sexo, y, en las décadas de los sesenta y los setenta, La mística de la feminidad de Betty Friedan (1963), La política sexual de Kate Millet (1969), La dialéctica del sexo de Shulamith Firestone (1970), El enemigo principal de Christine Delphy (1970) y Escupamos sobre Hegel de Carla Lonzi (1972). A través de estas obras se fueron definiendo conceptos tan importantes para el feminismo como los de patriarcado, género, política sexual o diferencia sexual, que permitían leer la realidad desde otras coordenadas.

Las Primeras Jornadas de Liberación de la Mujer, celebradas en Madrid en 1975, dieron el pistoletazo de salida a la aparición pública del movimiento feminista en el Estado español. Desde sus inicios, fue evidente la existencia de dos grandes corrientes: la de las feministas marxistas y la de las radicales, separadas fundamentalmente por el debate sobre la doble o la única militancia y la relación con los partidos y las instituciones. Dentro de esas líneas generales (con toda su diversidad interna) se acabaron desarrollando dos posturas bien distintas: el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia. El primero estaría representado, en el Estado español, por autoras como Lidia Falcón, Celia Amorós o Amelia Valcárcel y por una práctica política más centrada en las instituciones y en los partidos. El segundo, con mujeres como Victoria Sendón de León y Milagros Rivera, tendría entre sus referentes más importantes a las italianas Carla Lonzi y Luisa Muraro. Ambas corrientes compartían la idea de que las mujeres vivían una experiencia similar de opresión y que podía hablarse, por tanto, de la mujer como un sujeto capaz de aglutinar en una raíz común la situación de todas las mujeres. Ese sujeto representaba los intereses de todas y permitía definir los objetivos unitarios de la lucha.

Sin embargo, a lo largo del transcurso de la década de los ochenta se fue constatando que esa unidad no era tan sólida como se había imaginado y que la mujer no representaba a todas las mujeres. Las críticas a esta representación homogénea aparecieron de la mano del feminismo lesbiano, que puso el acento en la imposibilidad de unificar las experiencias sexuales femeninas. Con la aparición de las diferencias (también de intereses y formas de hacer), el despegue de la democracia y el desarrollo de las políticas neoliberales, se modificó el escenario de forma radical y el movimiento feminista se resintió, perdiendo fuerzas de manera progresiva. A finales de los años ochenta, la dispersión y la debilidad eran las notas predominantes del feminismo español, cuya fragmentación se hace definitiva en la década de los noventa.

La Tercera Ola del feminismo surge en este contexto de crisis, crece en medio de la maleza del impasse político y existencial que arrasa las certezas del presente y del futuro. Aparecen nuevas temáticas, se fragmentan los grupos, emergen otras prácticas, se expanden las diferencias, se cuestionan las identidades y se asiste al final del sujeto único. Se dibuja una nueva manera de entender el feminismo que ya no está definida por una línea de sentido única ni por unos intereses necesariamente compartidos. Llamamos «nuevos feminismos» a las nuevas prácticas feministas que surgen en este contexto como una manera no sólo de nombrar algo que ha reformulado de manera irreversible el movimiento feminista tal y como lo conocíamos, sino también como una forma de articular un nuevo marco de problemas y estrategias en el contexto de los nuevos circuitos abiertos por la globalización.

Tenemos que tener en cuenta que la diferencia entre la Segunda y la Tercera Ola del feminismo no es meramente histórica, temporal. La cuestión clave es que mientras el feminismo de la Segunda Ola se organizaba en torno a la unidad de todas las mujeres, los nuevos feminismos parten de la diferencia como condición inherente a la práctica política. La identidad se comienza a comprender como un proceso múltiple en el que se articulan el género, la clase, la raza, la etnia y la edad, formando una subjetividad compleja, incluso contradictoria, que no puede ser reducida en ningún caso a una sola de estas categorías.[3] Estas diferencias son las que impiden que pueda trazarse a priori un itinerario común, unos intereses u objetivos para todas las mujeres, y ponen en cuestión las políticas de la representación. Aparecen otras figuraciones del «ser mujer» que desplazan al sujeto tradicional (trabajadoras temporales y precarias, migrantes, sin papeles, estudiantes sin futuro, trabajadoras sexuales, queer, bolleras, transexuales, madres solas, cuidadoras transfronterizas) y otras estrategias cotidianas de resistencia desarrolladas en los países del Sur o en los centros convulsos y periferias limítrofes de las ciudades globales del Norte. Es así que se enriquecen enormemente los discursos e imaginarios de los feminismos actuales. En este sentido, el poscolonialismo y los nuevos feminismos son aliados imprescindibles,[4] si bien, en el caso español, será el lesbianismo el que avivará el debate sobre las diferencias.

Desde los años noventa, las transformaciones del trabajo (desde el interior de los muros de las fábricas a la vida en su conjunto) cambian la manera de entender el poder; éste ya no es un poder meramente político o económico sino un poder que toma la vida de los individuos como materia prima y campo privilegiado de operaciones.[5] Así, las luchas de los noventa ya no son luchas exclusivamente económicas o por el reconocimiento, sino luchas que incorporan toda una economía subjetiva y simbólica.[6] De ahí la importancia que adquiere la producción de imágenes, el juego de representaciones, la guerrilla de la comunicación, las interrelaciones entre arte y política, el ciberfeminismo como posibilidad de reinventar las identidades a través de las nuevas tecnologías, y todas las estrategias (campañas gráficas, videos, fotografías, relatos ficticios, performances, diseño de webs, blogs) relacionadas con el plano simbólico, anudadas en el deseo de construir representaciones propias de la realidad.

A este importantísimo giro del poder y la política, hay que sumarle otro fenómeno, la crisis de la representación, que se expresa de tres modos distintos: como brecha profunda entre la población y el poder político provocada por la sensación generalizada de que no se puede intervenir en las decisiones que determinan el rumbo del mundo; como crisis de contenidos, legitimidad y participación en partidos y sindicatos, cada vez más alejados de los intereses de la «gente», cuando no directamente contrarios; y como crisis de los movimientos sociales que habían definido sus luchas en torno a una identidad estable (el sujeto obrero o el sujeto mujer), que asfixia experiencias cada vez más complejas y dispares. Cuando proliferan las diferencias y se diversifican los temas y los intereses, se impone la renuncia a un movimiento homogéneo: resulta imposible seguir sosteniendo luchas en torno a una única identidad.

Todos estos elementos impulsan un cambio definitivo en la subjetividad colectiva: la percepción subjetiva y social de movimiento de los años ochenta se pierde en los noventa. Son años en los que se constata que no hay vuelta atrás. Los grupos que aparecen lo hacen muy desconectados entre sí y esa pérdida de vínculo hace que la memoria histórica vaya quebrando, se resienta: muchos de los nuevos grupos no se sienten parte del movimiento feminista ni lo toman como referente, incluso lo rechazan, puesto que lo ven incapaz de hacerse cargo de las exigencias de renovación del momento. Pero además, a este final del movimiento tal y como se había conocido hasta entonces, se suma un momento de políticas fuertes impulsadas por el feminismo de Estado o feminismo institucional.

Y aparecen, efectivamente, otras temáticas: la construcción de la identidad de género a través del movimiento transexual (desde 1987 con AET-Transexualia); la pornografía y la sexualidad, debatidas desde los colectivos de feministas lesbianas en los años ochenta; los derechos de las trabajadoras del sexo (con la fundación de Hetaira en 1995); las reflexiones sobre la identidad de mano de los primeros grupos queer (LSD y la Rádical Gai); el activismo lesbiano, la crítica a la institucionalización del movimiento gay y lésbico y las luchas contra el sida; el problema del cuerpo y la salud ambiental; la cuestión de la autonomía; el movimiento de resistencia global y las nuevas formas de expresión política; la construcción de la ciudadanía en las ciudades globales; las luchas y resistencias cotidianas de las mujeres migrantes y sin papeles organizadas a través de redes diversas; la crítica a la precarización de la existencia en el marco de la globalización, la crisis de los cuidados y los flujos migratorios; o la actualización de los discursos antimilitaristas a través de grupos como Mujeres de Negro.

Todas estas cuestiones nos muestran una cartografía de inquietudes que actualizan y repiensan las temáticas clásicas del feminismo (el aborto, la sexualidad, el cuerpo, la violencia, el acceso al mercado laboral o el trabajo en el hogar) en relación con otras problemáticas que antes no existían. Señalan algunas de las nuevas formas de dominación producidas por las rearticulaciones globales del patriarcado. Y señalan, también, la necesidad de poner en marcha otras formas de expresión política y resistencia.

 

NOTAS


[1] El presente texto es un fragmento de la introducción «Mutaciones» del libro Nuevos feminismos. Sentidos comunes en la dispersión (2011) de Silvia L. Gil.

[2] Empar Pineda, Montserrat Oliván y Paloma Uría, Polémicas Feministas, Madrid, Revolución, 1985, p. 47.

[3] Teresa de Lauretis, Diferencias. Etapas de un camino a través del feminismo, Madrid, Horas y horas, 2000.

[4] Chandra Mohanty, A. Russo y L. Torres (eds.), Third-World Women and the Politics of Feminism, Bloomington, Indiana UP, 1991; Spivak, Gayatri Chakravorty, The Post-Colonial Critic. Interviews, Strategies, Dialogues, Londres, Routledge, 1990; Thi Minh-Ha, Trinh, Woman, Native, Other: Writing Postcoloniality and Feminism, Indiana University Press, 1989.

[5] Paolo Virno, Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas, Madrid, Traficantes de Sueños, 2003.

[6] Rosi Braidotti, Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómada, Barcelona, Gedisa, 2004; Félix Guattari y Suely Rolnik, Micropolítica. Cartografías del deseo, Madrid, Traficantes de Sueños, 2006.

 

 

 

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Silvia L. Gil es doctora en Filosofía, vinculada a diferentes proyectos y experiencias colectivas de auto-organización política. Ha trabajado principalmente filosofía de la diferencia y teoría feminista contemporáneas. Publicaciones suyas son Nuevos Feminismos. Sentidos comunes en la dispersión y, junto a Amaia Pérez Orozco, Desigualdades a flor de piel: las cadenas globales de cuidados. Participa en el blog Vidas Precarias del periódico Diagonal, un espacio de publicación semanal para la reflexión política feminista. Ha participado en diferentes proyectos de investigación tanto académica como de militancia sobre precariedad, mujeres, cuidados y salud. 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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