Museos y bits

David Ruiz explora la revolución tecnológica en los museos contemporáneos, cómo se aprovechan los nuevos recursos y cómo afecta la interacción con el público. También presenta los problemas que los museos no pueden resolver con tecnología.

LUCES Y SOMBRAS DE UNA PRÁCTICA MUSEOLÓGICA EN EL SIGLO XXI

 

 

David Ruiz explora la revolución tecnológica en los museos contemporáneos, que aprovechan los nuevos recursos para difundir exposiciones e incluso para diseñar visitas virtuales, estrechando lazos con su público. Pero no todo es luz: los museos aún deben enfrentar problemas que la tecnología por sí misma es incapaz de resolver.

 

 

David Ruiz

 

 

En los albores del siglo XXI poco queda de esa imagen lejana de los museos decimonómicos donde las grandes obras de la historia del arte se aglomeraban en salas dedicadas a la observación de los eruditos y artistas del momento. La imagen actual nos muestra un rostro muy diferente del museo: hoy en día, compartir en nuestra red social favorita la fotografía que tomamos con el celular durante nuestra visita, e incluso inmortalizar el recuerdo con una selfie, con una obra de arte como telón de fondo, se han vuelto hechos cotidianos, prácticas sociales en las que el museo se ha visto implicado y que refleja.

La inclusión del elemento tecnológico, tan presente en nuestra sociedad, no ha excluido a la experiencia museográfica, que ha sufrido grandes mudanzas en sus espacios. Ahora más que nunca, los programas de difusión museística han tomado partido por las herramientas tecnológicas para llegar a una mayor cantidad de público, ideando apuestas originales que sirvan para atraer a sectores de la población para los cuales estas instituciones culturales y lo que ofrecen aún se muestra como algo ajeno a las actividades del día a día.

El museo ha conseguido adaptarse a la actual sociedad, enormemente variable, en la que las nuevas tecnologías y la aparición del llamado homo pantálicus[i] (Lipovetsky y Serroy, 2009: 270), para quien la pantalla se convierte cada vez más en ventana de acceso al conocimiento del objeto cultural, han influido en la dinámica de los actores, en sus nuevos roles, y en las prácticas de visita a los museos, en las que la institución, el público y la misma obra de arte han estrechado lazos y establecido una nueva interacción. Es esa interacción la que sirve como hilo conductor de este texto, en donde se explora la presencia del museo en la actual sociedad de la información y la comunicación.

 

(Ciber)museo y la incursión en la World Wide Web 

Retrotrayéndonos a un tiempo que comienza a formar parte de nuestro pasado reciente, la aparición de internet y el medio digital proporcionaron a los museos nuevos ámbitos de actividad en donde proyectarse y difundir sus colecciones de manera global, más allá de sus límites físicos, consiguiendo la globalización de los objetos de arte en lo que se ha denominado «la muerte de la distancia». Términos como cibermuseo o museo virtual nos mostraban una primera incursión de los museos en la era de la cibercultura, aquella que viene a desarrollarse como parte del mundo del ciberespacio, esa otra realidad compuesta de bits de información que se codifican digitalmente. La presencia de los museos en internet ha sido una conquista de cuya necesidad actualmente ya no podemos dudar, pues, en el momento en que el gigante Google responde a nuestras preguntas como un gran oráculo al que todos consultan, la no-presencia en la red supone casi la no-existencia de su equivalente en el mundo físico real. Aquellas primeras críticas, provenientes de una fobia generalizada hacia el uso de las nuevas tecnologías y al cambio que implicaban –una lacra de la que aún no conseguimos librarnos– conducían a considerar esos museos virtuales como el fin de las visitas museísticas y de la experiencia estética.

Sin embargo, en la práctica se mostró todo lo contrario, y esta presencia en la red dio como resultado la aparición de nuevos públicos en el espacio físico interesados en las obras que albergaban los museos, y la aproximación de públicos remotos que, sin estar físicamente ahí, conseguían tener un primer acercamiento a través de la pantalla de su computadora. El museo ha sido, sin duda, una de las instituciones que mejor ha sabido aprovechar esa coyuntura tecnológica para dar a conocer sus colecciones al mundo desde una edad temprana, digitalizando sus fondos y bases de datos, para posteriormente añadir las publicaciones e investigaciones más recientes, tomando la red como una ventana expositora de sus actividades. Actualmente, encontramos modelos mucho más desarrollados en los que los paseos virtuales con panorámicas de 360º y la reproducción de modelos tridimensionales de algunas obras han formado parte de los programas culturales más exitosos.

 

El museo social 2.0

Si bien la existencia de un sitio web era una de las manifestaciones de la presencia de los museos en la red desde finales del siglo pasado, en nuestros días esa presencia ha sido multiplicada exponencialmente gracias a las herramientas de la Web 2.0 o web participativa. Hablamos entonces del museo social, aquel que ha visto en la redes sociales o las plataformas para compartir contenidos multimedia un medio para aproximarse a un público mucho más numeroso, el que vive conectado en el entramado digital mediatizado por la World Wide Web, adoptando para ello un lenguaje menos institucional y con una imagen más cercana al usuario. El uso de las tecnologías 2.0 hizo posible la interacción del público con los contenidos, así como la participación activa en la relación con los museos.

Hay ejemplos que evidencian cómo la web participativa puede resultar idónea para las prácticas sociales del museo, puesto que suponen un acercamiento a los intereses del público, así como interacciones del mismo con el objeto artístico. Pero lejos del paradigma que nos ofrece la llamada web 2.0, dentro de la cual se encuentran las redes sociales y en la que se abre una gran gama de posibilidades para el diálogo bidireccional, lo cierto es que la comunicación del museo con el público sigue siendo unidireccional. Así, en cierta medida, los museos se han adaptado a las nuevas dinámicas sociales como vehículo de promoción para atraer y fidelizar visitantes, pero poco se preocupa del envolvimiento de los usuarios en colaboración con el desarrollo de las actividades curatoriales.

Como si de una nueva moda se tratase, esta presencia de los museos en la redes sociales puede entenderse como una estrategia para evitar otros modos de exclusión perjudiciales para el museo, pues no existir en la red sería un riesgo debido a la no difusión y la falta de visibilidad por parte de los internautas, más que una práctica inspirada en el interés por dar voz y voto a los mismos. Es lo que Nuria Rodríguez[ii] llama la socialización de los discursos museísticos, unos discursos que sirven para alimentar los beneficios de los oligopolios que controlan las infraestructuras tecnológicas en las que acontecen la interacción y la socialización (2013: 155).

Y es que mientras el mundo cibernético surgió como un espacio democratizador donde el acceso y la difusión de las informaciones era el principal cometido, lo cierto es que en el desarrollo de la web 2.0 y la futura web 3.0 o web semántica, una determinada aplicación o red social será mejor en la medida en que más usuarios hagan uso de ella. Esto es fácilmente constatable cuando la importancia de estar presente en las redes sociales y en plataformas para contenidos audiovisuales se contabiliza y vanagloria no por la interacción con los internautas y la creación de foros de debate, gracias a sus comentarios, sino simplemente por el número de seguidores o suscripciones al perfil; podemos afirmar entonces que hay valor en el volumen, y que se da primacía a lo cuantitativo más que a lo cualitativo.

Sin embargo, no debemos culpar de la no participación del público en el discurso del museo a los intentos frustrados de estas herramientas tecnológicas; el fracaso viene de la institución real del museo, dejando a un lado el mundo del ciberespacio, pues tampoco es una tendencia común que estén abiertos a la opinión de los no-museólogos para la elaboración de proyectos curatoriales. Por eso, el escenario de la redes sociales no deja de ser reflejo de la realidad; la imita, pero no crea nuevos horizontes que permitan ir más allá del mundo físico y de las relaciones sociales que se establecen en él.

 

El museo nómada

Como mencionábamos al comienzo de este texto, la pantalla del computador ha constituido el vínculo de interacción tecnológica más común hasta la fecha. Ahora esas pantallas se han multiplicado y han pasado a encontrarse en la mano de cada persona gracias a los dispositivos portátiles, como smartphones o tablets, que se han convertido en un elemento cotidiano, en mayor o menor escala, en nuestra vida profesional e incluso personal, aumentando exponencialmente las conexiones e interacciones dentro de la red.

El museo nuevamente ha sido escenario que refleja y se adapta a estas nuevas prácticas, y que idea formas de visita utilizando las nuevas herramientas tecnológicas como parte integrante del discurso expográfico. La aparición y proliferación en nuestra sociedad de smartphones y tablets –incluso algunas experiencias piloto aventuran las de otros dispositivos como las Google Glass[iii] –, han dado un nuevo giro a la forma en que visitamos un museo. La aparición de innumerables apps, aplicaciones para dispositivos portátiles que pueden ser bajadas de las plataformas de distribución digital, nos adentran en una era de nuevas prácticas culturales que reinventan nuestra experiencia de la obra de arte.

Esta nueva dinámica ha alcanzado un gran desarrollo debido, en parte, a las grandes posibilidades de ofrecer los contenidos aprovechando el dispositivo personal, con el que se puede acceder de forma gratuita a diferentes materiales multimedia, compitiendo con las tradicionales audioguías, que han sido durante décadas las grandes protagonistas, para hacernos más completa la experiencia en el museo.

Lo cierto es que el desarrollo de apps constituye una de las prácticas habituales por parte de programas de educación y difusión, y cada vez más museos ofrecen este recurso para ampliar el discurso museográfico y diseñar itinerarios de visita pormenorizados. Por otra parte, su uso posibilita la ampliación del rango de público, pues no debemos obviar que las generaciones de nativos digitales –teniendo en cuenta aquellas otras que han formado parte de una migración digital– utilizan el acceso a la red y a los gadgets de última generación como complemento de sus actividades cotidianas, entre las cuales visitar un museo puede convertirse en una atractiva experiencia.

A pesar de sus ventajas, el uso de dispositivos portátiles en museos ha sido muy criticado, siguiendo esa fobia generalizada frente a las nuevas tecnologías que parte de un pensamiento caduco en el que se otorga a la obra de arte un aura sagrada, entroncando con la visión crítica de los vanguardistas de los museos mausoleo. Buena prueba de esto fue el efecto viral que causó en las redes sociales la fotografía que mostraba a un grupo de alumnos mirando la pantalla de su celular que, presuntamente, no prestaban atención a la obra maestra de Rembrandt, La ronda de noche.[iv] Sin embargo, resultó que se trataba de una app educativa del propio museo especialmente pensada para grupos escolares y que pretendía ampliar el conocimiento y la percepción de la obra.

No por ello debemos dejar de ser críticos con el uso de estas apps en los museos, pues no es menos cierto que en las primeras décadas del siglo XXI asistimos a una fascinación por el elemento tecnológico que muchas veces nos impide ver más allá de su efecto pirotécnico, que en ocasiones, y de forma errada, es utilizado con la finalidad de atraer a un público seducido por una visión futurista y «avanzada» de la sociedad. Es aquí donde la obra de arte queda relegada a un segundo plano, cuando se olvida la posible utilización de estas nuevas tecnologías como herramienta y medio para la labor pedagógica que pretenden estos espacios de educación no formal. Es a lo que se refiere Isidro Moreno[v] cuando nos dice que la tecnología no debe deslumbrar, sino alumbrar en el discurso museográfico, de manera que resulte invisible ante la presencia del objeto cultural (2008: 105-106).

Y es que el desarrollo didáctico de estas aplicaciones también precisa de un esfuerzo por parte de la institución, muchas veces olvidado a causa de esa moda tecnológica que asegurará una gran publicidad y opiniones favorables, pero poco constructivas. Es algo recurrente que la confianza y las exigencias depositadas en cierta app finalmente no cumplan las expectativas de los visitantes, bien por el desarrollo de contenidos que no se adaptan a los intereses del público, bien por limitaciones tecnológicas y falta de previsión en los recursos necesarios, o por una desactualización de los contenidos, que en conjunto desmerecen la experiencia de visitar un museo.

 

A modo de conclusión, creo que la tendencia actual de competir por el número de visitantes –y habría que añadir a los internautas– responde a programas pensados para un público consumidor sediento de cultura, en lo que sería bien entendido como fast-culture, donde la reflexión y la buena praxis museológica a veces quedan fuertemente comprometidas. Ya se trate del uso y mediación de las nuevas tecnologías o de otras fórmulas de los museos para aproximarse al público, no cabe duda de que forman parte de una sociedad de la información en ebullición, en la que todas las energías deben contribuir a que prevalezca la dimensión cualitativa de la cultura frente a la cuantitativa.

 

 

NOTAS

[i] Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, La pantalla global. Cultura mediática y cine en la época hiperderna, Barcelona, Anagrama, 2009.

[ii] Nuria Rodríguez, «El museo y su problematización digital: epistemologías en transición», en María Luisa Bellido (coord.), Arte y museos del siglo XXI: entre los nuevos ámbitos y las inserciones tecnológicas, Barcelona, UOC, 2013, pp. 137-159.

[iii] GuidiGo Blog, Les lunettes connectées à la conquête des visiteurs de musées, http://blog.guidigo.com/fr/les-lunettes-connectees-a-la-conquete-des-visiteurs-de-musees/ (consultado en junio, 30, 2015).

[iv] Guzmán Urrero, «Rembrandt, las redes sociales y el tribunal popular», http://www.thecult.es/tercera-cultura/rembrandt-las-redes-sociales-y-el-tribunal-popular.html (consultado en julio, 04, 2015).

[v] Isidro Moreno, «NTIC y Museo: Nuevas formas de difusión participativa del patrimonio material e inmaterial», en María Luisa Bellido (dir.), Difusión del patrimonio cultural y nuevas tecnologías, Sevilla, Universidad Internacional de Andalucía, 2008, pp. 102-121.

 

 

 

 

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David Ruiz Torres es especialista en Historia del arte y Museografía. Es autor de La Realidad Aumentada y su aplicación en el Patrimonio Cultural (Editorial Trea, 2013), La realidad aumentada en el campo del arte: nuevas formas de experimentación y conceptualización entre lo real y lo virtual (2012); La Realidad Aumentada: una nueva herramienta para la interpretación y conocimiento del Patrimonio Cultural (2011).

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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