Mujeres y comunidad. Buscando alternativas al capitalismo financiero

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Natalia Flores Garrido

 

Por lo general hay pocas objeciones ante la afirmación de que el capitalismo es un sistema de organización social excluyente. Pensamos, por ejemplo, en la división entre ricos y pobres, o en lo injusto que resulta que una parte de la población mundial tenga asegurado un ingreso suficiente para adquirir más bienes de los que necesita, mientras que otra parte sigue muriendo de hambre, a pesar de que no tendría que ser así porque en el mundo hay (o puede haber con las tecnologías que ahora tenemos) suficiente comida para todos/as.

Sin embargo, además de esa separación de ingresos que nos resulta de alguna forma evidente, hay mecanismos más sutiles generados por el capitalismo para, de manera simultánea, mantener a la población dentro y fuera de su lógica.

Desde hace varios años, por ejemplo, se habla del capitalismo financiero, de su expansión, y de cómo ahora parece que la economía global ya no está regulada por lo que producimos (capitalismo industrial), sino por la especulación y la movilización de capitales que se da en esferas de las que poco o nada sabemos. La parte financiera es un submundo muy cerrado: tiene un lenguaje propio difícil de entender, accesible solo para corredores de bolsa o grandes inversionistas. Ahí se juega con reglas que a la mayoría nos resultan ajenas y que, sin embargo, afectan nuestra vida cotidiana: los precios, los impuestos, las cantidades impresionantes que los gobiernos han destinado a salvar o aminorar catástrofes en este submundo usando para ello dinero público.

Casi todos nosotros estamos fuera de esa discusión, de ese entendimiento, de ese mundo: hemos sido excluidos del capitalismo financiero y, aunque lo sabemos, estamos más o menos conformes con ello.

Sin embargo, además de esa alta esfera de las finanzas globales, hay una esfera a la que me gusta llamar el mundo cotidiano del capitalismo financiero, que tiene que ver con reglas más sencillas que tratan de convertirnos a todos/as en personas que se relacionen con sus finanzas personales con la misma lógica, nos dicen, que los grandes inversionistas: hay que gastar de manera racional, hay que ahorrar, hay que pensar en el futuro, hay que saber en dónde ponemos nuestro dinero e investigar qué tipo de tarjeta de crédito nos conviene más. Ahí sí se nos incluye con el fin de propiciar en la población un comportamiento disciplinado financieramente, realizando una serie de acciones que –también nos dicen– son para nuestro propio bien.

Es así como nos relacionamos contradictoriamente con las diversas caras del capitalismo financiero: se nos excluye de las discusiones que implican grandes cantidades de dinero y, por lo tanto, que tienen un gran impacto sobre nuestras sociedades, mientras que, al mismo tiempo, se nos incluye en el mundo cotidiano del capitalismo financiero, y desde ahí se nos trata de educar para ser más racionales, organizados/as, los hombres y las mujeres de negocios de nuestra propia existencia.

En este texto me he propuesto reflexionar sobre esta tensión, y sobre la medida en que los/as mexicanos/as nos acercamos o distanciamos del «buen ciudadano/a financiero/a». Incluiré, además, algunas diferencias que se presentan en el comportamiento financiero entre hombres y mujeres, pues desde hace tiempo las economistas feministas hemos insistido en que la economía, el capitalismo, no es neutral en términos de género.

Para profundizar en este tema usaré datos de la Encuesta sobre Ahorro para el Retiro, realizada por la Asociación Mexicana de Fondos de Ahorro para el Retiro (AMAFORE) en 2015, instrumento en el que se preguntaron algunas cuestiones relacionadas con las prácticas y percepciones de ahorro y bancarización en hombres y mujeres de México (lo que arriba llamé el mundo cotidiano financiero).[1]

 

Mexicanos y mexicanas: desobedientes (a fuerza) de las reglas del capitalismo cotidiano financiero

Hay algunos indicadores que son básicos para conocer la relación que las personas tienen con sus finanzas personales, más allá del nivel de ingresos que perciban, o de si perciben un ingreso o no. Entre estos, por ejemplo, se encuentra el tema de la bancarización, es decir, si una persona tiene una cuenta en el banco (en cualquier banco, cualquier tipo de cuenta: de débito, crédito, nómina, inversión, etcétera).  La respuesta es sorprendente: del total de varones en México solo 28% cuenta con esto, y del total de las mujeres solo el 17%. Esto quiere decir que más o menos 80% de la población mexicana recibe dinero en efectivo y lo gasta, o lo guarda en su casa.

Este dato no es bueno ni malo en sí mismo, pero habla de lo ajeno que resulta todo el circuito financiero para la mayoría de los mexicanos. Por supuesto, deja ver que la mayoría de la gente percibe que su nivel de ingresos es insuficiente para entrar en los canales institucionales de administración monetaria. Es decir: solo el 8% de las mujeres y el 14% de los hombres respondieron que al mes les sobra algo de su ingreso (algo, lo que sea, cien pesos o veinte mil) después de cubrir todos sus gastos. Los/as mexicanos/as viven al día, y los servicios bancarios son innecesarios cuando este es el caso.

Esto explica que la práctica del ahorro sea tan poco común en nuestra población: 11% de las mujeres y 15% de los varones ahorran de manera regular, el resto lo hace de manera ocasional (37% de las mujeres, 40% de los hombres) o, de plano, no lo hace (52% de las mujeres, 45% de los hombres). Ahora, entre quienes sí ahorran, quienes lo hacen en bancos son minoría: en el caso particular de las mujeres, 57% de quienes ahorran lo hacen en su casa, en alcancías, 20% en tandas o cajas de ahorro, y solo 19% en el banco.

Por último, de entre quienes sí ahorran, que ya dijimos que son minoría, no todos/as lo hacen pensando lo mismo. La mayoría de la gente ahorra para algún imprevisto, para comprar algo específico, para algún caso de enfermedad, etc. El 71% de las mujeres y el 60% de los hombres que ahorran no lo hacen pensando en su retiro. El ahorro es para gastos a corto plazo, dato que resulta interesante en un país como México, en el que las pensiones se han reformado y están ahora basadas en la capitalización individual: es decir, que si no ahorras en tu Afore, nos dicen, es muy poco probable que tengas dinero para vivir cuando no puedas seguir obteniendo ingresos del mercado laboral.

 

Hablemos ahora del futuro, esa tierra prometida del rational choice

Todos/as lo sabemos: llegará un momento en el que seremos tan viejos que no podremos trabajar más. Hace un par de generaciones el momento del retiro era el momento de disfrutar, descansar, viajar, pasar tiempo con la familia: recuperar todas esas cosas de nuestra vida que habían estado entre paréntesis. Eso sería posible gracias al sistema de pensiones, que aseguraba un ingreso mínimo para el otrora trabajador/a.

Desde 1997 el sistema de pensiones en México se reformó, ahora ya no está basado en la solidaridad intergeneracional, ni en la participación del estado. Lo que recibas en tu retiro dependerá básicamente de las aportaciones que hay en tu Afore; se espera que una parte de estas sean voluntarias, es decir, que los individuos «racionales» que pregona la teoría neoliberal sean conscientes de que están envejeciendo y, por ello, ahorren una parte de sus ingresos cada año, preparándose para el futuro.

Pero ya vimos en el acápite anterior que para los/as mexicanos/as no es posible ahorrar, y que incluso quienes sí lo hacen no destinan ese ingreso para el retiro. Esto no implica, por supuesto, que la gente no piense en lo que vendrá: 57% de las mujeres respondió que no sabe si tendrá, o de plano cree que no tendrá, lo suficiente para vivir en su retiro. En el caso de los hombres este indicador es de 51%. Es decir, que más de la mitad de la población mexicana no tiene ni idea de la suerte que correrá en su vejez.

 

Las pequeñas diferencias y la gran desigualdad…

En los datos presentados hasta ahora se observa que, en general, las y los mexicanos no pasamos la prueba del buen ciudadano financiero, es decir, de las personas racionales que administran sus ingresos con las reglas capitalistas que, en teoría, tendrían una serie de beneficios en nuestra vida presente y futura. Esta desobediencia a las reglas de la economía financiera no se debe, sin embargo, a una rebeldía calculada, sino a una rebeldía que viene casi por accidente: la osadía de no tener ingresos suficientes para ahorrar, o de no tener las condiciones que posibilitarían esta asignación de recursos de forma «racional» entre el hoy y el mañana.

Al analizar las pequeñas diferencias porcentuales que se presentan en los comportamientos financieros entre hombres y mujeres, se encontró mediante un análisis de factores que hay ciertas condiciones que influyen de manera positiva o negativa en el buen comportamiento financiero. Entre las condiciones que influyen de manera negativa, ser ama de casa de tiempo completo está en primer lugar. Es decir, que si, por ejemplo, los rubros que estamos tomando para analizar el buen comportamiento financiero (bancarización, ahorro y ahorro para el retiro) son bajos en la población en general, son más bajos entre las mujeres, y son aún más bajos entre las mujeres amas de casa (eso quiere decir que esto incide de manera negativa).

Esto puede deberse a varias cosas, por ejemplo a que las amas de casa, que en México son el 40% de las mujeres,[2] no reciben un ingreso de manera constante, lo que influye para que no usen el sistema bancario, no ahorren, y no ahorren para el retiro. Se puede objetar que muchas de ellas son las principales responsables de la administración de los recursos del hogar y, aunque esto puede ser cierto, el hecho de que administren estos ingresos no quiere decir que tengan poder de decisión sobre ellos.

Por el contrario, un factor que incide de manera positiva en el buen comportamiento financiero, es el hecho de haber contado con una madre que trabajara fuera del hogar. Es decir, las personas (hombres o mujeres) cuya mamá destinó parte de su tiempo al trabajo remunerado, son más propensas a tener cuentas en el banco, ahorrar, y ahorrar para el retiro. Se dice por esto que las madres influyen más que los padres en el comportamiento de las generaciones posteriores, pues son ellas quienes enseñan a sus hijos/as cierta forma de relación con el dinero.

En estos casos vemos que las diferencias sexogenéricas interactúan con las reglas del capitalismo en general, y con las reglas del capitalismo financiero en particular. Así, si en México ni hombres ni mujeres nos comportamos como los «hombres de negocios de nuestras vidas», resulta que en las mujeres la discrepancia con este modelo es aún mayor.

 

Entre la educación financiera y la imaginación: encrucijadas que exigen respuestas

El año pasado, cuando participé en el equipo que elaboró y analizó algunos de los resultados de la encuesta referida, me di cuenta de que la gravedad de la desobediencia financiera de los/as mexicanos/as generaba una reacción casi unánime entre personas del gobierno, de las instituciones bancarias, y de la sociedad civil: ante el reconocimiento de la gravedad de los hechos se exigía la elaboración de políticas y programas que corrigieran esta situación, por el bien de todos/as, se dijo.

Se habló entonces de fortalecer la educación financiera entre la población, incluso de plantear esta con perspectiva de género: dado que las mujeres son quienes peor paradas aparecen en los indicadores y, al mismo tiempo, quienes más impacto tienen en las generaciones futuras, concentrémonos en ellas para explicarles paso a paso cómo administrar sus recursos de manera racional, por qué es mejor ahorrar en un banco que en una tanda, y por qué deben ser conscientes y responsables de su propia seguridad financiera ahora y en el futuro.

Por ejemplo, uno de los resultados más escandalosos fue que al preguntar a hombres y mujeres que quién es responsable de que ellos/as cuenten con recursos suficientes para su retiro, 44% de las mujeres respondió que esto era responsabilidad de sus maridos, mientras que 81% de los varones dijo que era responsabilidad de ellos mismos. Los y las expertos/as que participaron en las reuniones expresaron su preocupación ante esto: es urgente que ellas asuman un papel más activo en pos de su autonomía financiera. Si esto no sucede, ellas se vuelven más vulnerables, pues dependerán en su vejez de la buena voluntad de su marido, y ya la experiencia histórica de muchas mujeres nos ha enseñado que el matrimonio no siempre es esa asociación solidaria en la que se vela por el bienestar de ambas partes.

Otro de los resultados que con mayor fuerza llamaba a redoblar esfuerzos para la educación de la sociedad mexicana fue que, ante la incertidumbre frente al escenario del retiro, 24% de las mujeres y 29% de los varones dijeron que preferían pensar en el hoy, y ya mañana verían qué hacer; 23% de las mujeres y 19% de los varones dijeron pensar que dios les ayudaría a sobrevivir cuando fueran personas mayores; y 14% de las mujeres y 12% de los hombres pensaban que sus hijos/as los mantendrían en la vejez. El contraste de estas respuestas con la idea de la responsabilidad individual y los cálculos racionales en nuestras propias vidas presentes y futuras es escandaloso, ¡¿no se han enterado los/as mexicanos/as que cada quien es responsable de su propio futuro económico?! ¡¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI sigan creyendo que dios, sus hijos, sus vecinos, sus parientes, les ayudarán, en vez de ponerse a ahorrar en su AFORE?!

Yo misma me sentí preocupada ante estos datos, que fueron interpretados por los expertos/as como una serie de atrasos en la ciudadanía que tendrían que ser corregidos cuanto antes. Habría que darle más importancia a la educación financiera, principalmente a la de las mujeres, y lograr que fuéramos disciplinados/as ante las reglas del capitalismo financiero cotidiano. Alguien propuso, incluso, que esta se empezara a enseñar desde la primaria, como supuestamente se hace en los países avanzados.

Aunque algunos meses estuve dándole vueltas a esto, y hasta me entusiasmé con la idea de trabajar en educación financiera con perspectiva de género, después cambié de opinión. Ya no creo que el disciplinamiento financiero sea la respuesta, ni que animar a las mujeres a que ahorren en el banco en vez de en una tanda sea algo necesariamente bueno. Por el contario, creo que en toda esta desobediencia a fuerza, insistir en lo que debemos o no debemos de hacer es francamente ridículo, y deja de ver ciertos elementos que, más que hablarnos de una sociedad «atrasada», nos podrían estar hablando de lugares desde donde empezar a construir nuevas reglas económicas.

Por ejemplo, cuando hombres y mujeres creen que dios los ayudará en su vejez, ¿es esto un atraso? Indudablemente sí cuando se evalúa con la regla del disciplinamiento financiero, pero no si lo analizamos desde otro lugar. ¿Es acaso que los/as mexicanos/as creen que va a caer maná del cielo? No lo creo. Me gustaría más bien sugerir la hipótesis de que la idea de que «dios me ayudará en mi vejez» está relacionada con la comunidad, y con la esperanza de que la comunidad sea capaz de ver por sus mayores. Es decir, desde hace ya varios siglos la idea de dios pasa siempre a través de los otros: nadie que sea creyente espera que la ayuda divina caiga directamente del cielo, sino que esta sea proporcionada por designio divino, sí, pero a través de un otro que actúa.[3] ¿Es entonces esta apuesta por la comunidad un síntoma de atraso? ¿No será más bien que eso que nos quieren vender como atraso es una idea capaz de construir a partir de algo distinto al capitalismo individual del sálvese quien pueda y, en tanto distinto, peligroso?

La desobediencia a las reglas del capitalismo financiero cotidiano nos ha sido impuesta de alguna manera por el mismo capitalismo financiero de altos vuelos, que impide que tengamos trabajos decentes, con ingresos dignos, con la capacidad de ahorrar y tener la confianza en una vida digna hasta el final de nuestros días. En este perverso juego del adentro/afuera poner más presión sobre nosotros, y repetir la narrativa de que debemos comportarnos como hombres y mujeres de negocios en nuestras decisiones cotidianas es francamente absurdo porque ignora que, más que un asunto de prácticas y disciplinas, es un asunto de las condiciones materiales en las que vivimos, que son cada vez más insuficientes y precarias.

Creo que más bien es el momento de darnos cuenta de este juego y rebelarnos, aunque esta vez sí de manera consciente. En todo esto las mujeres, que son las «peor» comportadas financieramente (las que menos usan el banco, las que menos ahorran, las que menos ahorran para su futuro, las que más esperan en dios, o sus hijos, o la comunidad) tienen mucho que aportar desde su experiencia económica cotidiana, pues son ellas quienes históricamente han sido el afuera del adentro del mundo capitalista. Si queremos entender cómo funciona la economía de la sobrevivencia en un país como México, tenemos que ver las formas de hacer economía que las mujeres han desplegado por años, pues estas se basan en circuitos en los que la confianza y la comunidad posibilitan la permanencia de estándares mínimos, básicos, de bienestar para ellas y sus familias.[4] Tendríamos, creo, muchos más insumos para la imaginación si nos dedicáramos a ver y escuchar la economía de todos los días, que si nos dedicáramos a aprender a pies juntillas lo que nos recetan lo/as expertos en finanzas personales. Porque, además, ¿no es rarísimo que no tengan interés en explicarnos, por ejemplo, el rescate bancario, pero sí en que entendamos por qué es mejor ahorrar en un banco que en una tanda?

Al final, lo que quiero decir es que esto no tiene solución dentro de los marcos capitalistas, y que quizás sea un buen pretexto para imaginar nuevos circuitos de organización económica. Sé que suena un poco disparatado pensar en una economía que no se base en la responsabilidad individual sino en la comunitaria pero, como dicen por ahí, si la idea del fin del capitalismo es difícil, la idea de que el capitalismo, una formación histórica concreta, será eterno –es decir, que desafiará todas las leyes de la historia– es, sin duda, más difícil, más insostenible.

 

 

NOTAS

[1] Los datos son representativos por sexo a nivel nacional. Más información sobre esta encuesta puede encontrarse en www.amafore.mx

[2] Es decir, cuatro de cada diez mujeres en edad de trabajar en el mercado laboral no lo hacen, sino que se dedican principalmente al cuidado de su familia y las labores del hogar, según datos del INEGI (ENOE, cuarto trimestre de 2016, consultada en enero de 2017).

[3] No tenemos manera por ahora de comprobar esta hipótesis, pues solo contamos con el dato estadístico y no con su significado para los/as encuestados/as. Sin embargo, la idea de dios y su relación con la comunidad tiene una larga tradición sociológica, iniciando por los trabajos clásicos del sociólogo Émile Durkheim, quien en su libro Las formas elementales de la vida religiosa desarrolla una propuesta para analizar la religión y la fe en la configuración de las relaciones sociales, comunitarias. Las creencias religiosas, de alguna u otra manera, siempre involucran un vínculo, además de con lo divino, con los Otros. La naturaleza de ese vínculo, sin embargo, debe ser analizada en contextos específicos. En América Latina hay una también larga tradición de usar el pensamiento religioso como una forma de resistencia ante los embates colonizadores a través de la resignificación del discurso hegemónico (para más información al respecto puede consultarse, por ejemplo, la posición de Walter Mignolo sobre las aportaciones de Guaman Poma en textos como El pensamiento decolonial: desprendimiento y apertura. Un manifiesto, Colombia, Universidad Central-Universidad Javieriana-IESCO Universidad Central, 2007). De esta manera, buscar el vínculo entre dios, la comunidad, y la manera en que esto interactúa con el funcionamiento de la economía tiene que ver, más que con una idealización de la religión en nuestro país, con un esfuerzo por comprender este dato desafiando las distinciones entre sociedades modernas y sociedades tradicionales o atrasadas, pues esta lógica obedece a la narrativa del tiempo colonizador y al esfuerzo (siempre político y siempre recurrente) de situar a América Latina en el discurso del «todavía no» llegan al punto de la plena modernidad. ¿Y qué tal si no se tratara de un atraso, sino de una manera distinta de entender y estar en el mundo? ¿De un entendimiento Otro que está en constante tensión con la modernidad capitalista y colonizante? Por supuesto, esta hipótesis no es original mía, sino que está en línea con la tradición del pensamiento decolonial en América Latina.

[4] Para más información sobre la importancia del trabajo y las redes de las mujeres en la sostenibilidad de la vida y/o de estándares básicos de sobrevivencia se puede consultar «La economía feminista: una apuesta por otra economía» de Cristina Carrasco (Observatorio Económico Latinoamerican, 2006), disponible en http://obela.org/system/files/CarrascoC.pdf, así como «Un enfoque macroeconómico “ampliado” de las condiciones de vida», Antonella Picchio (documento presentado en la conferencia inaugural de las jornadas Tiempos, trabajo y género, Barcelona, Universidad de Barcelona, 2001).

 

 

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Natalia Flores Garrido (@hildegarda_). Economista, socióloga, feminista, y muy metiche. Reparto mis días entre Saltillo, la Ciudad de México, y Pretoria (sí, en Sudáfrica). Veo todo, pienso muchas tonterías, escribo lo que puedo.

 

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