El misterio de las cosas nombradas

Ana García Bergua narra una infancia rodeada de libros.

Ana García Bergua (Ciudad de México, 1960), narradora, estudió Letras Francesas y Escenografía Teatral en la UNAM. Ha sido becaria del FONCA y ha recibido varios premios internacionales, como el Sor Juana Inés de la Cruz (FIL Guadalajara, 2013) por su novela La bomba de San José, y nacionales, como el Colima de Narrativa (INBA, 2016) por su libro de cuentos La tormenta hindú y otras historias. En 2017 se publicó su novela más reciente, Fuego 20, en Ediciones Era.

 

 

Ana García Bergua

 

Apenas hace unos días pude recordar el libro en el que escribíamos los primeros ejercicios de caligrafía en el Colegio Madrid. Era un libro azul con dibujos y, si bien no podría «verlos» en la memoria, la emoción que me causaba aquel libro que servía para dar nombre escrito a las cosas, el gusto de trazar letras y dibujar en él, me golpearon con una precisión misteriosa. Llegué a ese libro mágico siguiendo una progresión de libros como peldaños, tratando de responder a la pregunta que nos hace Eduardo Cerdán, y creo que de este libro partió todo, es decir: la fascinación por la letra y el misterio de las cosas nombradas. Me recuerdo después, encantada de la vida con el libro de texto gratuito de primero de primaria en el que figuraban unos niños que iban a un mercado a escoger juguetes mexicanos. Una de las niñas del libro se llamaba Anita y yo me identificaba con ella, por lo que leía el libro escolar con intriga novelera. La verdad es que hace poco me encontré un ejemplar de aquel libro viejo y me pareció un poco tristón, porque lo recuerdo como un mundo que tenía sabor y olor. A tal punto me interesaban sus páginas, que debía fingir que me equivocaba a la hora de leer en voz alta para no desentonar entre mis compañeros. Ya desde entonces leer tenía algo de secreto.

Pero debo decir que, cuando nací, la lectura ya estaba ahí. Tuve el privilegio de nacer en una casa con libros, en la que a nadie se le obligaba a leer. No era necesario, pues siempre había alguien embebido en unas páginas que provocaban la curiosidad y aun cuando vi cantidades muy poco saludables de televisión a lo largo de mi infancia, tarde o temprano me acerqué al librero de mis padres. En aquel librero se encontraba Tom Sawyer, y me imagino que fue de los primeros libros que leí, ignoro a qué edad, por recomendación de mi papá, poco antes de los Papeles póstumos del Club Pickwick de Charles Dickens que me enganchó como a los adictos y ya no fueron necesarias las recomendaciones. El libro donde estaba la novela de Dickens pertenecía a una colección de «Maestros ingleses», que incluía también Los últimos días de Pompeya de Thackeray, entre otras, las cuales me leí, para seguirme con las obras completas de García Lorca, unas novelas de Gorki un poco aburridas y una edición de Los Budenbrook de Thomas Mann que a lo largo de la vida he leído como tres veces.

Otra sección de los libreros de la casa la constituían los libros de cine de papá, un poco intocables porque eran su material de trabajo pero que, cuando no había quien nos lo impidiera, estudiábamos a placer. Libros de actores, de directores, llenos de fotos e historias intrigantes en inglés y en francés (la verdad, no hay como lo prohibido para aprender idiomas) y junto a ellos, su colección de viejas revistas de espectáculos: El Universal Ilustrado y el Revista de Revistas, que me regalaron inolvidables tardes de infancia leyendo crónicas de películas viejas y consejos de doctoras corazón de los años veinte.

Con todo esto pareciera que era yo un adulto chiquito cuando en realidad era una niña con las tardes excesivamente libres. Compartí con mis hermanos el amplio y cuadriculado camino del cómic, con Batman, La pequeña Lulú y Superman (había uno en el que Luisa Lane le decía «vete de mi vida, Superman») y uno que me trajeron cuando me operaron de las anginas: el Spirit, con sus dibujos expresionistas como una especie de mensaje misterioso de que otras épocas me tocaban, como me había ocurrido con El Universal Ilustrado y las novelas de Dickens. Fui una niña antigua desde pequeña. Los fines de semana, mi papá compraba todos los periódicos y nos instalábamos mis hermanos y yo en la cama de los padres a leer monitos. Con el tiempo distinguíamos a la perfección los que venían en el Excélsior de los del Novedades, que eran excelentes y traían a Henri. Y más tarde mi papá me consentiría con los libros de Charlie Brown y Asterix, que a él le recordaban, supongo, su infancia de lector.

Así, la felicidad de mi infancia que, me temo, fue más bien solitaria e impopular, se cifró en la lectura. Tengo muchas dudas respecto a si hubiese preferido una niñez de parques, palomillas, ballet y deportes (tan solo imaginar una así me dan ganas de escribirla). La lectura fue mi parque de diversiones, esa mezcla de cosas muy serias, dibujos encantadores e historias en secuencia. Quisiera pensar que sigo ahí.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia