México: vista aérea (Poesía del desierto III)

La luz exacta, el desierto, la primera infancia, Liverpool, México palpitando, la memoria herida, eso y más en la obra de Jorge Ortega, tercera entrega de la serie «Poesía del desierto».

«Poesía del desierto» es una serie dedicada exclusivamente a la poesía del norte mexicano. Este es un viaje por distintas tonalidades, ritmos y usos del espacio, un mosaico que dialoga con el yo interno, sensual y turbulento, con las vicisitudes de la maternidad y del amor, la violencia latente, el cuerpo. Es una poesía que reclama otros registros y que también tiende puentes con otras geografías y formas. Nuestra tercera entrega está dedicada a Jorge Ortega. Complementan esta entrega un ensayo sobre el poeta escrito por Francisco Alcaraz y una reseña de David Huerta sobre «Guía de forasteros». 

 

***

 

México: vista aérea

 

 

El momento

 

Hemos sustituido la cortina

con papel albanene. Y sin quererlo

obtuvimos así la luz exacta,

la intensidad de luz que perseguimos

durante lustro y medio.

 

Intensidad de luz que entra descalza

en las paredes blancas de la sala,

en el diáfano aljibe

donde amortigua el sol,

donde hasta el sol se anula y cristaliza

en lombrices translúcidas.

 

Y no es la intensidad sino su modo,

el gesto de filtrarse al comedor,

aderezar la mesa,

encandilar las páginas de un libro

leído al mediodía.

 

El ángulo, la forma

en que redimensiona los objetos

ya dentro de la casa,

el viso con que alivia el azulejo

como un mantel de agua

de quietos resplandores.

 

Lástima que nos vamos, lástima que el espacio

no esté para nosotros a la vuelta

de recorrer el mundo.

 

El momento esperado

llega cuando partimos.

 

 

Diario de Liverpool

 

No más sonido que la rodadura

suave y veloz de un coche

sobre la carretera,

el pájaro invisible

en el laurel intonso que lo abraza,

la pulsión de la sien contra la almohada.

 

El sol recorre el césped

y los follajes rumian,

se atraviesa una nube

y los follajes callan.

 

Intermitencias: suspensión del viento

o viento

desatado.

 

La soledad extiende sus alfombras.

 

Día, noche, día

en el jardín desierto,

en el verde desierto del jardín,

palestra de infinito.

 

Falta el desorden, la espiral del caos

para salir del pasmo, para salir del paso, moverse

o

quedarse

 

a vivir

 

en la pausa.

 

 

Año cero

 

Aún lo recuerdo. La cancha de baloncesto como un inmenso tablero de ágata bajo nuestros pies. El mediodía sin lastre, con su explosivo girasol en vilo. Y, al fondo, el pabellón de las aulas, la primaria. Había concluido el recreo y la quietud licuaba las voces asentando en los umbrales su delicada película. Era viernes. Comenzaba la Pascua. Y qué poco nos bastaba. Un balón, el sabor del chorizo después de un largo examen, la escarcha sobre el pasto, el granizado de ciruela, el fin de semana que se hendía ante nosotros como el acantilado al ave, fermentando su vértigo de nuevas emociones. Rudi sigue ahí, condenado a botar eternamente la pelota tras el mudo cristal de la reminiscencia. La imagen se mantiene intacta pero el destello aumenta. Sé que habrá un momento en que su intensidad acabe cegándome por completo. Sé que llegará ese instante.

 

 

 

Pretexto de lugar

 

La piedra y la naranja,

su contigüidad.

 

La roca y el pistilo.

 

Entre ambos

la celosía de un vitral:

racimo de contrastes,

antinomias.

 

El siempre y el ahora traslapándose

en la longevidad

y lo

caduco,

 

aspereza inmune,

suavidad

de la cáscara.

 

Lo eterno y lo perecedero

desmarcan de este modo sus dominios,

el pedregal y el huerto,

la piel junto al cascajo,

 

el parto y la convalecencia

en un mismo pasillo de hospital.

 

Entre permanecer y doblegarse,

entre estar llegando y estar yéndose

una sola pared

y dos habitaciones,

 

la cuenta regresiva.

 

 

El jarrón

 

Donde no hay un jarrón

hay un jarrón.

 

Es el jarrón

que fabrica el deseo, el jarrón

 

que no compraste en Nápoles

pero que participa

de una memoria herida

por la desposesión.

 

Lo huérfano de ti,

aquello que anhelaba tu rescate

en el momento preciso

 

detona en la pupila, logra empinar el río

del aire peregrino que traslada

las ofrendas de unos

a otros

territorios.

 

El jarrón que aún te aguarda en Nápoles

se acostumbra al espacio que no ocupa, crece

en la repisa austera de la sed

pintándose solo.

 

¿O es acaso el entorno el que se adapta

a la forma añorada?

 

 

Cruzar los dedos

 

Necesitas un milagro.

 

Que lo que esperas

se haga en ti

con la aglomeración de la carencia,

con la rotundidad

de lo que no tienes.

 

Que al trozo de cantera

le broten alas,

que vuele

y regrese

al hueco

de tu asombro sin cura.

 

Si la suerte ha sido echada

todo puede ocurrir,

si la moneda aún no toca suelo

y en su caída libre

sigue irradiando probabilidades.

 

«El golpe avisa»

—solemos decir.

El tumbo, la primicia, los pespuntes,

signos de vida o muerte

para una conclusión.

 

 

Mientras no sepas algo

tuyo es lo posible, tuya

entera

la impronta

del fracaso y el tino.

 

Todo pronóstico está por cumplirse

a expensas de la incertidumbre.

 

 

 

Rosa náutica

 

Si de la tierra venimos, la Tierra entera es mi país

y todos los mundos mis parientes son.

                                                                                                                         Abu-l-Salt de Denia

 

 

En un lugar visible

o invisible

a la fama

acopio estas palabras

 

y

desde ahí

decreto un nuevo centro,

el fin provisional

de una errancia que nunca llega a colmo. No podría

 

jurar «aquí me quedo»;

en todo caso

que hay un sitio propicio a la demora

cuyo manojo de signos vitales

es una brasa inmune

que duerme sumergida

en el grisáceo humor

de la memoria.

 

Coral bajo el manglar de los latidos

donde reposa el ancla

de nuestra singladura,

la caja negra conteniendo el acta

de lo escuchado y visto

en puertos casi inciertos.

 

Sinuoso y abisal el filamento

que nos une al origen,

tan largo

que resiste

bordear los confines sin rasgarse.

 

Y por más que me vaya

o pretenda alejarme

habrá un cuarto de hotel en que de pronto, así,

mientras contemple el techo, acostado en la cama,

regrese a medias el inútil salmo

de una edad perdida.

 

 

Pastoral de privados

 

Vuelve el peso del verdor. Vuelve

a florecer

el peso.

 

Vas acercándote al centro, un meollo

en que las plantas cantan su pigmento

a todo aquel que escucha con los ojos

o sabe

callarse

para ver.

 

Las hojas no se cimbran en la boscosidad

surcada por el ímpetu del tren.

 

Es la rara quietud antes de la tormenta

o la vaga señal de algún revelamiento:

 

sumido en la frecuencia de un historial sin fechas

qué logra perturbarlo allá en la gruta

de lo intransitable,

en el cañón ignoto

donde los cascabeles del envés

son un licor acústico que mece a la conciencia.

 

Es el vagón que tiembla, a lo sumo,

con la gota de escarcha

que se precipita

de una corola

a otra

sin vaporizarse.

 

Algo inaudito está por suceder

pero puede que no nos enteremos.

 

 

 

Huerto de Pitágoras

 

Me he asomado al ritual del colibrí

y se ha puesto a flotar, activo en la burbuja del sosiego,

con la velocidad de una milésima.

 

En cada uno de sus aleteos

caben las rotaciones de la luz

y el tañido remoto de la lira

en la mansión de Alcínoo;

 

los viajes del reflejo en la piscina

y las íntimas músicas del día

en los infranqueables

pasillos de la hierba, lo que elucubras y percibes

sin levantar un dedo.

 

Qué podría añadir yo a su destreza

sino estas apostillas, a manera de elogio,

a lo que habla por sí con el hecho de ser.

 

Afuera arde la épica de la sobrevivencia,

marchan las muchedumbres, discurren los inventos

y el devenir se gesta con tambores.

 

Lejos de sucumbir a la premura

me demoro estudiando el picaflor, cuya vivacidad

baraja los enigmas, lubrica los ensambles

de toda la galaxia.

 

 

 

Cátedra de geología

 

Una localidad que no conozco

me aguarda con las alas de sus desfiladeros

tendidas como un ángel de roca corroída

o envuelta por el paño de la bruma.

 

Ciudad, pueblo o aldea

pero estación al cabo

para los entreactos de la errancia, para clavar la pica de la tregua

al vencer

una cuesta

cubierta de encendidas amapolas.

 

Ya imagino ese sitio

izarse en el poniente,

ya lo presiento hendir los pinares del cielo, la fronda de las nubes

con sus campanarios limados por el frío

de la calva meseta.

 

Queman leña muy cerca

y rueda una corriente

por donde no se ve de tan profunda,

despeñadero

abajo.

 

Hay vida entonces

por aquí

o me aproximo a ella.

 

Es el caudal tallando el mineral

con su batido fango de cristales quirúrgicos,

la presurosa linfa que lava las paredes, enjuaga sus renglones, horada el continente, araña

alguna esencia

sin asirla,

cincela lentamente un panorama en los flancos sombríos

y anota sobre el hueso inexorable

al cadencioso ritmo de nuestros humores.

 

Así tú y yo

al repetir los hábitos del agua

para llegar al fin,

 

hasta llegar al fin.

 

 

 

Ciencia infusa

 

Ráfaga que ocurre, breve

cada vez

más breve.

Francisco Ferrer Lerín

 

 

Me abandono a la marea de lo informe

hasta perder noticia.

 

Todo es tan relativo

que lo mismo da

pesar o no pesar.

 

Undosa evanescencia

la de estar aquí, la de ir aconteciendo

rozando apenas el suelo,

tangenciando una patria

al habitarla,

 

tocando muy por encima

el barniz del planeta

al transcurrir veloz de la existencia.

 

Durar es escurrirse hacia la muerte,

caerse de costado, sobre la línea del tiempo,

virar rumbo al otoño, dando vuelta continua, doblar

perpetuamente.

 

En el fluir del ímpetu, en los lapsos

de goce repentino

anidan recovecos

donde la eternidad obsequia su primicia.

 

 

 

Margen del frío

 

Voy por la intemperie tocando puertas,

haciendo sonar las aldabas.

Llevo en la mano una llave para rasgar el vidrio

o despertar al muerto por la espalda,

un astil de amatista para escribir una súplica.

Voy por la orilla a penas, o apenas por la orilla, por el borde

de afuera,

sobre una cinta esbelta

circuida de vértigo.

 

Pregunto por lo que hay detrás del muro,

el resplandor lunar no a todos revelado,

la ansiada kriptonita

que podría sanar al canceroso,

el diamante de sal cuya pureza

encandila al ciego

y le devuelve la vista.

 

En el hueco estelar vibra la noche

y acá abajo el latido

de los presentimientos

toca el tambor de un aire que está casi a punto

de contar un secreto.

 

Pero algo se inmiscuye.

 

El grosor del oxígeno pudriendo la ballesta de una causa,

un ensamble de ruidos callejeros ahuyentando al gato ineludible,

la espada luminosa de unos faros

hundida en las entrañas del follaje.

 

Y continúo mi camino

de lado, por un lado,

en la delgada acera de la credulidad,

en la zona minada de falsas conjeturas

donde la oscuridad se magnifica

y en algún sitio deben conspirar

las migas del hallazgo.

 

 

 

México: vista aérea

 

El desierto es una página. No la hoja en blanco, impecable, como el terso papel bond que atesoran en potencia las pobladas ramas del nogal, paraíso de la celulosa. Más bien una cuartilla envejecida, amarillenta y plagada de numerosos declives, patas de gallo, arrugas longilíneas y que si se la escudriña a través de una lupa podrá exhibir, dejar al descubierto su enjambre de microscópicas irrigaciones. Drenes, canales, depresiones, amagos de abruptos cambios de relieve; montículos, pirámides truncadas; mastabas; simulación de menudas cordilleras que esconden un camino de terracería, la osamenta de un riachuelo seco que conduce al horizonte, la posibilidad de otra vida.

Y así vas descosiendo el territorio, jalando con la mirada el hilo de una promesa que parece no tener fin y que, por lo mismo, nunca llegará a cumplirse.

 

 

 

Dorsal Atlántica

 

Ciego a lo próximo, cerrado a lo inminente,

consigo echar las redes más allá de la sombra

y su borroso dique

de heredades inútiles.

 

Del otro lado está

la orilla que soñamos,

el espejo del mar resplandeciente

prefigurando un puerto,

la luz mediterránea

que vuelve a hacer visible lo esfumado.

 

Me mido contra el hueco

donde estuvo lo justo, contra el hueso

de polvareda y aire

calcinante

del rabioso estío

donde antes estaba

donde

había.

 

Detrás del cerco abstracto de la noche,

al margen de su cúpula gaseosa

o más allá de aquellas fragosas latitudes en que se carbonizan los horarios

brilla el lomo desnudo

de un lugar imposible.

 

 

 

Epopeya de los confines

 

Caminas entre las nervudas raíces que asoman del subsuelo como boas en torno al laurel de exuberante copa que presidía las barbacoas de la niñez. Que emergen, que despuntan sobre el candente rastrojo del desierto aliviado por sombras transitorias. Y un soplo tibio se desprende de por estos páramos y resbala hacia el repecho de la frente, ese blando paredón en que se curvan los augurios, rizando incluso más el impalpable rizo de las evocaciones. A un centenar de metros un establo, una caseta o un almacén intrascendente que el espejismo semeja disolver en los austeros latifundios de la arcilla, resulta irónicamente llamativo en la mitad de un paisaje barrido por su árida monotonía. A la redonda el pastizal reseco del invierno, la brizna quemada por la escarcha. Piensas: «la dorada pelambre de la maleza, el jaramago de los campos hispalenses alisado por el peso milenario de un capitel que ha rodado como una cabeza en la emboscada». Indiscutibles pruebas de la permanencia. Cuerpos sólidos de toda laya esparcidos a diestra y siniestra durante la excursión de la memoria. Fragmentos de una demolida arquitectura que el conciliábulo del tiempo ha diseminado en el ilimitado jardín de las estatuas. Bajo el aceitunado bulbo del follaje el principio y el final son legibles. De ahí se aprecia bien la escuela a la que fuiste y la arboleda del cementerio al que te diriges a paso de tortuga.

 

 

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Posted by Jorge Ortega

Jorge Ortega (Mexicali, Baja California, 1972) es poeta y ensayista. Ha publicado una veintena de títulos, entre los que destacan «Ajedrez de polvo» (2003), «Estado del tiempo» (2005), «Devoción por la piedra» (2011), «Guía de forasteros» (2014) y «Bedouins» (2014). En 2007 ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte y en 2010 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.

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