Mentiras piadosas o testimonio del día en que el monstruo salió y nos comió a todos

En este cuento de Valeria Alvarado encontramos a un monstruo que sirve como alegoría de la corrupción, el fraude, la impunidad, la avaricia, que sacuden México. Esto es el verdadero sismo que afecta al país.

Ese día, no solo se movió la tierra, también se movieron nuestras seguridades, nuestras certezas, nuestras emociones. El miedo llegó a nuestros hogares, se metió en esa parte de las personas que es difícil explicar, poco a poco fue creciendo, mostrándonos la imagen de un futuro que se repetía, de un monstruo que una vez más, volvía a salir para acecharnos… Mi abuelo me lo contó, y a él se lo contó el suyo. No sé por qué no supimos lo que vendría.

Testimonio del vecino del departamento 401, esa noche que nos comió a todos

 

En el tomo I de la Gran Enciclopedia de sustos y temores para no volver a dormir, del suizo Heinz Walter Lepori, existe un capítulo entero que está dedicado a la clasificación de los diversos tipos de monstruos existentes en el planeta Tierra. Seguramente requirió de una dedicación tremenda puesto que realiza un recuento desde los primeros indicios mounstriles, los cuales datan del siglo V a.C. en Atenas, Grecia, hasta los últimos de los que se tiene conocimiento, vislumbrados en la Ciudad de México, el 1 de diciembre de 2012. De esta forma, cuando uno termina de leerlo, ha aprendido todo lo que debería saber sobre estas criaturas, en especial, los diversos tipos que existen. Gracias a este maestro de la investigación hoy sabemos que hay monstruos comunes, conocidos por asustarnos –con estos solemos estar más familiarizados–; otros, cuya principal tarea es borrar pueblos, aldeas y memorias, eliminando todo rastro de cualquier civilización; y unos más nacen fortuitamente, es decir, sin ningún objetivo previo, y conforme crecen van adquiriendo ciertas tendencias hacia el exterminio –estos pueden considerarse los más peligrosos. Ahora bien, a pesar de los muchos tipos de monstruos que puedan existir, todos, absolutamente todos, comparten su inclinación por la destrucción y el caos.

Mientras hojeaba la enciclopedia, noté que faltaba una página, la número 278. Este hecho me molestó bastante, ya que no obtendría la información completa y no podría alardear de ella en la XXIII Convención Internacional de Datos Absurdos, celebrada en Nueva York. Me levanté de mi asiento para preguntarle a la bibliotecaria sobre este inconveniente, y ella escuetamente respondió que no tenía la más mínima idea de lo que había sucedido, «Seguramente la arrancó un muchacho impertinente. De esos vienen muchos por aquí.» Ante tal respuesta, decepcionado, volví a mi asiento y continué revisando el libro; busqué si de casualidad la página había sido arrancada por accidente, como había dicho la aburrida bibliotecaria, y la habían traspapelado en algún otro apartado. Después, fui a la estantería a husmear entre los demás libros, pero nada. Comencé a desesperarme, tras ocho horas de riguroso estudio, todo mi esfuerzo se veía interrumpido por una nimiedad, una absurdez, una tremenda banalidad. Escribí el nombre de la editorial y cualquier dato referente a ella y salí de la biblioteca.

De camino a casa decidí pasar por un café para olvidar el mal trago que había vivido. Mientras tomaba mi café expreso, una noticia interrumpió la plácida música que inundaba el ambiente. «El socavón tiene una profundidad de aproximadamente 20 metros, al menos esas son las primeras fuentes; sin embargo, también tenemos reportes de diversos socavones en Avenida Elocuencia, Gómez Echeverría a la altura de la estación Bernardino, y Avenida

Bosques cruce con Campanario. Todavía no hay un comunicado oficial que explique los terribles sucesos que hasta ahora han dejado un saldo de 10 muertos y 28 heridos. Seguimos con el reporte.»

Todos en la cafetería permanecimos en silencio, de repente un grito juvenil me alertó aún más: «¡Es el monstruo! ¡Los trabajos de Lepori! ¡Él lo dijo!». La dependiente del café llamó a seguridad para que se llevaran a la chica porque había alterado a más de uno, pero el nombre Leporime indicó que no había forma de que existieran tantas coincidencias en un solo día. Me acerqué al oficial para indicarle que yo me encargaría de la chica, pues era una vieja conocida mía, y debido a la reputación que circulaba mi persona, el hombrecillo no tuvo opción. Le dediqué una escueta sonrisa y me volví hacia la chica:

—¿Qué sabes tú de Heinz Walter Lepori?

La muchacha me miró desconfiada por un momento, pero pronto se dio cuenta de que el nombre que acababa de decirle no lo sabría cualquiera, y como yo obviamente no era cualquiera, tras unos momentos respondió:

—Heinz Walter Lepori es mi abuelo.

—¡¿Tu abuelo?! ¿Tuyo? ¿En serio?

No es que no le creyera a la chica, simplemente me parecía demasiado poca cosa –chaqueta de mezclilla, pantalones ajustados, tenis percudidos, mochila al hombro y un par de gafas demasiado grandes para su rostro– como para que pudiera estar relacionada de alguna manera con el más sublime investigador de todos los tiempos. Sin embargo, decidí interrogarla, pues en realidad no perdía nada, y quién sabe, quizá sí era pariente de Lepori.

—Ven conmigo, le dije. Y ella, sin muchas opciones de por medio, fue detrás de mí.

Seguía alterada cuando llegamos a mi departamento. «Me llamo Hannah, no chica», dijo en un tono un poco arrogante, para mi gusto. «Poco importa», respondí, «Tú sabes cosas que requiero para mis futuras investigaciones, enfoquémonos en eso. Justo hoy estaba leyendo los trabajos de tu… abuelo, sí, cuando cuál fue mi sorpresa que al llegar a la página 278, me topara únicamente con la funesta y poco relevante 279, en la cual se habla de los monstruosfreudig, quienes no tienen ninguna cabida dentro de mi investigación secreta. Ahora resulta que en un café me encuentro a la mismísima nieta de Heinz Walter Lepori, y simultáneamente en las noticias hablan de los presagios anteriormente establecidos por el sujeto que acabo de citar. Dime, ¿crees posible tanta casualidad?»

[Hannah] me miró con miedo, antes de susurrar, «Yo arranqué la página… era demasiado horrible para que alguien más lo supiera. Lo que dice ahí… dudo que alguien tenga las herramientas necesarias para afrontarlo. ¡Es terrible! Además, es información demasiado valiosa, elloslo sabrán e irían detrás de cualquiera que supiera. No se puede confiar en nadie.». «¿Dónde está?», pregunté furioso, «Niña, ¿acaso no te das cuenta de que estás interfiriendo con el trabajo de un genio poco común? Todo por un montón de absurdeces. Dame esa página.», «No puedo, y usted no debería buscarla. Lo que está sucediendo afuera no son hechos aislados. Se está cumpliendo, lo que mi abuelo dijo. Ese monstruo…va a venir, y destruirá todo…y a todos.»

Cabe aclarar que, para este momento, mi tolerancia había llegado a su límite, esta chica era demasiado estúpida como para ser pariente de Lepori. Cada minuto que hablaba era un minuto perdido para mi valiosa investigación. En ese momento, todo lo anterior dejó de tener sentido, puesto que una fuerte sacudida nos dejó perplejos, «¡Tiembla!», grité, «Pégate a la pared, Ana.», «Soy Hannah, y no, no está temblando, es él…». El piso comenzó a moverse para arriba y para abajo, los libros caían ploc, ploc, ploc. La carísima y exclusiva lámpara traída

desde París se balanceaba peligrosamente sobre la también costosa y poco común mesa de caoba brasileña.

Las luces se apagaron, Hannah no dejaba de gritar «Es él, es él». Pensé que moriría en ese instante junto a una chica neurótica y no famosa. Pensé también en el vacío que dejaría mi partida dentro del mundo intelectual, ¿qué dirían los periódicos de mí? Y luego me vinieron a la mente los hechos tan extraños de ese día, desde mi estancia en la biblioteca hasta este momento, recordé la noticia de los socavones, había algo que no cuadraba. «Ya dejó de moverse», dijo Hannah. Abrí los ojos, hasta ese entonces no me había percatado de que los tenía cerrados, el departamento era un desastre, libros, platos, adornos… todo estaba en el piso. Una gran grieta atravesaba la pared y un fino polvillo cubría la chaqueta de Hannah, «Será mejor que nos salgamos», dije en un suspiro. Tomé mi maletín de emergencias y abrí la puerta. Los vecinos seguían bajando desesperadamente, algunos rezaban, otros gritaban y la señora Mariana del piso ocho lloraba con sus tres gatos en brazos. Era una situación irreal, «Virgen santísima, ¿qué ha sucedido?», «Es una pesadilla», «Dios mío, protégenos». La chica y yo nos unimos a la larga fila para bajar las escaleras. Después de unos minutos salimos del edificio. Afuera la situación era mucho peor de lo que imaginábamos.

Para empezar, el edificio estaba a nada de colapsarse, si el movimiento hubiera durado unos minutos más, no estaría relatando esta historia. Los coches estaban detenidos en medio de la calle, algunas banquetas estaban cuarteadas, la gente gritaba «Ahí hay gente atrapada», «¡HAY FUGAS, HAY FUGAS!» y un desagradable olor a azufre inundaba el ambiente; para terminar de empeorar la situación, había comenzado a llover. Al parecer la luz se había ido en toda la cuadra, o quizá más, pues los vecinos salían con lámparas de mano o las luces de sus celulares. A lo lejos se podía suponer que había un incendio, pues se escuchaban sirenas de bomberos y una extraña neblina envolvía todo.

La situación era demasiado caótica y extraña. Ni en mis momentos más imaginativos hubiera pensado en un escenario como este, «Es el peor terremoto de la historia», dijo un señor a su esposa. Hannah me miró, «Esto no es un terremoto, es el monstruo. Lo que mi abuelo mencionó en su libro. La página que arranqué… hablaba de este día.» La tomé por los brazos, había traspasado mi límite de tolerancia, «Escúchame con atención, niña. Creo que has perdido la cabeza, estás completamente loca, no sé cómo conoces el nombre de Heinz Walter Lepori, ni tampoco entiendo las extrañas casualidades del día de hoy, pero

nada de esto tiene sentido. Si no tienes la hoja faltante de la enciclopedia, quiero que te vayas ahora mismo, no quiero volver a verte nunca más. ¿Entendiste?».

Hannah metió la mano a su bolsillo y sacó una arrugada hoja de papel, tenía la misma caligrafía que el resto del libro que había dejado inconcluso esta mañana. Extendió su mano y me la dio, «Aquí tiene, pero por favor, no me deje sola. Esto solo es el principio.» Tomé la hoja y la abrí, sin embargo, antes de comenzar a leerla me percaté de que la chica lloraba en voz baja, «¿Ahora qué te pasa? Es un temblor, nada más. Estás viva, ¿no? Tu casa no fue la que quedó destrozada junto con una carísima mesa de caoba adentro. Vamos, deja de llorar ya, no tengo tiempo para estas tonterías.» Se secó las lágrimas con la manga de su chamarra y suspiró, luego se sentó en el piso a lado de mí. Ansioso, vi la página 278, por fin la tenía en mis manos, sin pensarlo dos veces leí el contenido del famoso apartado perdido:

El resto de la página estaba tachada con tinta negra, «¿Es una broma?», pregunté a Hannah, «¿Tú hiciste esto?»

—¡No! Juro que no lo hice, así estaba cuando arranqué la página. Estoy segura de que fue mi abuelo quien decidió borrarlo. Pero recuerdo que él me contaba que cuando sucedían cosas como las que pasaron hoy, muchas veces el monstruo estaba detrás de todo. A veces él las causa, y otras solo ve la oportunidad y la hace más grave.

—¿Estás diciendo que lo de hoy no fue un terremoto, sino que fue el monstruo? ¿Quieres que crea esa tontería?

—No lo sé, mi abuelo decía que él se fortalecía conforme se alimentaba, si encontraba una zona con muchas víctimas, podía crecer tanto como para lograr crear este tipo de cosas. O sea que puede que haya sido un temblor, pero también que él lo haya provocado. Pero nadie piensa eso, por eso es tan peligroso.

Me quedé mirándola un momento, definitivamente se veía trastornada. Sin embargo, nada en ese momento era normal, todo parecía una mala broma de alguien. La gente alrededor seguía gritando, corriendo de un lado para otro, sacando personas de entre los escombros, se escuchaban ambulancias, un señor herido estaba acostado en la acera. «¿Dónde está tu familia?», le pregunté. «Mi única familia es mi abuelo, y hace meses está desaparecido. Creo que se lo llevaron porque siempre habla de más, o al menos eso me dice siempre. Por eso fui a la biblioteca, quería ver si podía encontrar alguna pista para saber de su paradero. Cuando leí la página 278, supe que de alguna manera estaba relacionada con su desaparición; días antes estaba nervioso, no dejaba de decir que el monstruo iba a salir de nuevo y que el número de víctimas sería abominable. Yo lo atribuía a que se le había zafado un tornillo, pero insistía en que se había fortalecido en nuestras narices, y no nos habíamos percatado, que estaba más adentro de nosotros de lo que pensábamos.»

―Así que tú piensas que esto lo causó el monstruo, y que tu abuelo desapareció porque lo había predicho…

―Sí, ¿no me cree?

No sabía cómo responder a Hannah, en ese momento hubiera creído cualquier cosa, la situación empeoraba cada minuto más y más.

―Haremos algo, vamos a suponer que creo cada una de las cosas que has dicho, vamos a darte el beneficio de la duda. ¿Qué debemos hacer?

Hannah sonrió levemente, dando un pequeño brinquito, «Hay que ir al escondite del monstruo. Mi abuelo dejó unas notas en su estudio.» La chica volvió a meter la mano a su bolsillo, sacando unas notas bastante sucias, me las dio junto con algunas fotografías. Casi al momento de ver la imagen, volví a arrepentirme de haberle creído, «¿Estás segura de que es un monstruo? A mí me parece un funcionario común y corriente.», «Ya le dije que es listo, ¿va a acompañarme o no?».

La chica comenzó a caminar con decisión, la seguí porque no tenía muchas opciones, y también porque no podía evitar sentir curiosidad por todo lo que me había relatado. La cabeza me daba vueltas. Conforme caminábamos el caos nos acompañaba, a donde volteara había una casa destruida, una familia desesperada, polvo, destrucción. En eso, Hannah se detuvo, «Aquí es. Las notas de mi abuelo dicen que aquí se esconde.» Habíamos llegado a un banco, un banco común y corriente; en ese instante realmente empecé a dudar de la cordura de la chica, «Es un banco. Y está cerrado. ¿Qué pretendes hacer? O, mejor dicho, ¿encontrar?». «El monstruo puede convertirse en cualquier persona u objeto,

estoy segura de que está por aquí, aprovechando la situación caótica»…

Y por eso estaba en el banco. La chica rompió la cerradura con mucha facilidad, y entramos. Realmente era una chica trastornada, nunca pensé que trajera tantas cosas dentro de sus bolsillos… Pero no había nada ni nadie. La alarma comenzó a sonar y llegó la policía, ella desapareció, no sé cómo ni en qué momento, solo sé que me dejó con los guardias. No debí nunca creerle; en efecto, estaba loca.

Los policías lo miraban con desconfianza, él estaba nervioso, sabía que no podía contar todo lo sucedido. Una de las oficiales, cuya placa dictaba teniente Suárez le dijo a su compañero en voz baja, «Yo creo que el temblor lo deschavetó, no pienso que haya querido hacer daño. Lo revisamos y no poseía ningún arma, solo llevaba un maletín con unos papeles de una investigación igual de absurda que su historia. Además, no hay rastro de ningún Heinz Walter Lepori, ni mucho menos de alguna Hannah. Creo que debemos soltarlo, en estos momentos hay cosas más importantes de qué preocuparse que de un loco solitario.», «Probablemente», respondió su compañero, «Pero será mejor que lo llevemos

con el Capitán. Supongo que querrá hablar con este lunático.»

A las 10 de la noche del día siguiente, después de someterlo a una serie de pruebas que lo habían dejado bastante confundido, soltaron al investigador famoso. La ciudad seguía siendo un caos. En las noticias hablaban de los miles de personas que habían salido a ayudar a los demás, también se mostraban imágenes de las donaciones a montones, de la solidaridad internacional, de las manos extendidas. El investigador seguía perplejo, en su bolsillo conservaba la página 278, que afortunadamente le habían devuelto en la estación, aunque no entendía muy bien a qué se refería; tampoco recordaba con seguridad lo que había sucedido la noche anterior. El rostro de una chica con chaqueta de mezclilla cruzaba su mente una y otra vez, «¿Quién era?», no dejaba de preguntarse. Como no tenía a dónde ir, ni amigos o familiares a quiénes recurrir, optó por alojarse en el albergue que la asociación a la que pertenecía había abierto para los damnificados. Al día siguiente partiría hacia Nueva York para no volver jamás.

En el albergue todos miraban la televisión, el jefe de gobierno entonaba un discurso sobre la importancia de mantener la calma y el ánimo alto en momentos de gran dificultad para la nación, «Pero no hay que olvidarlo, juntos somos más fuertes. Estamos de pie.», todos aplaudieron al final del emotivo discurso. El investigador recordó entonces la foto que la chica cuyo rostro no dejaba de venir a su mente, le había mostrado. Poco a poco, las imágenes del día anterior se clarificaron, sacó la página 278 y la releyó. Se acordó de lo que había visto en el banco, y de cómo el monstruo se había llevado a Hannah, «¡Es él!», exclamó señalando al hombre en la televisión, «¡Es el monstruo!», pero nadie más pareció notarlo. En ese momento la tierra volvió a sacudirse…

 

Diciembre, 2017

 

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Posted by Valeria Alvarado Carrillo

Valeria Alvarado Carrillo (Ciudad de México, 1994). Desde pequeña se apasionó por las letras y los idiomas. En 2012 ganó el primer lugar en el 12º Concurso Nacional de Cuento Preuniversitario Juan Rulfo, con el título «Historia de un globo y una imaginación exagerada», y, al año siguiente, en el mismo concurso, obtuvo mención honorífica con «De inmortalidad y sueños rotos». Estudió la carrera de Estudios Latinoamericanos en la UNAM, y ha acompañado su formación académica con el aprendizaje de diversos idiomas. Actualmente trabaja en su tesis de licenciatura, con el tema del género utópico y su importancia en la consolidación de una identidad literaria latinoamericana.

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