Los distintos rostros de la Eterna Primavera: narrativas de Cuernavaca en el siglo XXI

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Yeni Rueda López

 

 

Ningún elemento debe resultar gratuito en una narración efectiva. El escritor que logra crear un universo ficticio envolvente y atractivo toma en cuenta cada elemento y no deja hueco para la improvisación inconsciente. El espacio en el que se desarrolla una narración generalmente es visto sólo como el escenario en el que se mueven los personajes, pero si la pericia del escritor va más allá de lo convencional, nos encontraremos con lugares que se convierten en protagonistas y parte esencial de la diégesis. En El espacio en la ficción Luz Aurora Pimentel nos dice: «la dimensión descriptiva de un relato puede constituir un vehículo para el desarrollo de los temas, un refuerzo temático-ideológico, o bien el lugar en donde se forjan los valores simbólicos del relato». En este sentido y como la misma autora lo menciona más adelante, la descripción del espacio puede convertirse en uno de los mecanismos que conformen el ritmo narrativo del relato, así que su utilización no tiene nada de accesorio. Y es así que varias veces nos hemos enfrentado a obras literarias que también nos presentan personajes geográficos o espaciales.

 

Uno de los personajes geográficos de nuestro país es Cuernavaca. No han sido pocas las veces en las que la capital morelense ha sido retratada en la literatura. A pesar de ello para la mayoría de la población solamente es vista como el destino paradisíaco preferido para los que desean huir —aunque sea el fin de semana— de la caótica Ciudad de México. Pero esa es una percepción que ahora se aleja completamente de la realidad. Cuernavaca ya no es ese paraíso del descanso, sino una ciudad compleja, que en los últimos años ha sufrido varias crisis (baja del turismo, corrupción, contaminación, narcotráfico, feminicidios, etcétera) que han llevado a replantear la manera en que funciona y se retrata a la ciudad.  Sin embargo, a pesar de estas crisis no ha dejado de ser un espacio vibrante por las distintas expresiones sociales y artísticas que de ella surgen. Por supuesto, los escritores no se han mantenido ajenos a estos cambios y a lo largo de los años han capturado, a través del lenguaje, los distintos rostros de la «eterna primavera de México».

 

Quizás la referencia literaria más conocida y célebre que tenemos de Cuernavaca es Bajo el volcán de Malcolm Lowry, la novela de un escritor extranjero que logró capturar esa belleza mítica de las ciudades mexicanas, que no es tímida, sino brutal y profusa. Cuauhnáhuac, el espacio de acción de la novela, es la fusión de Cuernavaca y Oaxaca, ciudades que Lowry habitó con rabia creadora, escritura obsesiva y alcohol. Todavía, en el centro de Cuernavaca hay dos edificios emblemáticos que en sus paredes guardan los ecos de los pasos de Lowry: el hotel «Bajo el volcán» y la cantina «La Estrella». Cuauhnáhuac no sólo es el escenario por el que se mueve Geoffrey Firmin, sino un personaje geográfico que nos guía y nos deja sentir el espiral del descenso del protagonista de la novela. Otra obra que toma algunos rasgos de la identidad de Cuernavaca es Figura de paja de Juan García Ponce. En este caso es mucho más sutil y retrata la tranquilidad de sus espacios íntimos. Es entonces, un set activo que nos permite experimentar la historia de tres personajes que, a través de su interacción con el exterior, logran una conexión intima. Esa quietud gozosa que todos los que hemos estado en la ciudad hemos visto alguna vez en el rumor acompasado de su flora. En ambas novelas, pero de distinta forma, Cuernavaca toma la figura del lugar idílico, en el que los personajes viven situaciones extremas que trastocan su personalidad hasta el punto de transformarlos completamente. Pero… ¿cómo se construyen las narrativas de la Cuernavaca actual? ¿De qué manera los escritores han logrado transformar sus calles y volverla personaje reinventado, que poco tiene que ver con una imagen turística de la ciudad? Tres libros nos pueden dar algunas pistas sobre esta nueva configuración narrativa a manos de escritores y editores jóvenes.

 

El primero es una suerte de «cuarto de maravillas», de la historia de una ciudad dentro de la ciudad. Poéticas de la Barranca. Literatura e imagen poética (Astrolabio, 2017) es el producto del trabajo colectivo que Marina Ruiz puso en marcha para invitarnos a mirar las barrancas de Cuernavaca y sus problemáticas desde una perspectiva mucho más amplia, atractiva, pero, sobre todo, empática. Lo interesante de esta iniciativa es que el proceso editorial creo un puente lúdico entre  la gente que vive en la barranca y los que estamos afuera, desperdigados por otras zonas de la ciudad. También democratiza las prácticas artísticas creando una especie de polifonía narrativa que nos muestra la expresión artística no sólo como parte de la vida de escritores de alto vuelo o de pintores que exponen en las galerías más codiciadas, sino de todo aquel que tenga el cuerpo y la mente dispuesta para expresarse a través de ella. Niños, mujeres, ancianos y adultos escribieron e ilustraron las historias de las barrancas cuernavacenses utilizando distintas técnicas visuales:

 

 

también le dieron forma poética:

       

 

 

 

 

 

 

y de testimonio:

Hoy en época de lluvias cuando escucho el rugido de la barranca le digo a mis hijas muy emocionada: “¡Hijas, vengan, vengan, vengan…escuchen y vean!”. He visto sus ojos asombrados cuando de manera estruendosa las negras aguas caen una y otra vez por esas bellas rocas, que son el escenario desde mi ventana. Esta ventana donde desde niña he visto los cambios de mi querida barranca, es el eco del pasado y la voz que nos recuerda que salvemos el patrimonio natural que afortunadamente tenemos.

 

Hay un mensaje fundamental que atraviesa toda la obra: la necesidad de una sociedad organizada y preocupara para proteger su entorno y el patrimonio natural que forma parte de la ciudad en la que vive. Las barrancas han sido víctimas del descuido y la ambición de empresas inmobiliarias y administraciones gubernamentales ineficaces que no han logrado garantizar la seguridad de los espacios naturales y las personas que los habitan. Pero, a pesar de estas notas tan negativas, el libro no se regodea en la pesadumbre y nunca abandona su intención literaria: la manera en la que la editora decidió mostrar estas problemáticas es celebrando y abriendo espacio a las historias de resistencia y organización que han llevado a cabo los habitantes de las barrancas sin caer en la exotización de las condiciones precarias, ni sirviéndose de un discurso moralista que puede llegar a alejar a los lectores que no habitan en las mismas. Estas particularidades son las que universalizan a la publicación y por lo tanto puede ser disfrutado por cualquier lector, sea o no de Cuernavaca, sin que el libro deje de ser un retrato de una ciudad específica.

 

Si bien se puede cuestionar la calidad de algunos textos que tienen un tono más ficcional y que sin duda desentonan un poco con los testimonios de los habitantes, Marina Ruiz tuvo el cuidado de estructurar su material editorial para conformar un discurso certero pero empático con todos. La misma forma en la que están dispuestos los materiales cuenta su propia historia.  En general, Poéticas de la barranca es un libro bien equilibrado y por el original enfoque de su línea editorial nos ofrece una manera distinta de construir la narración de la ciudad, pues, a pesar de tener un carácter más documental, logra introducir favorablemente el trabajo creativo de todos los que participaron en su creación. Es un libro, literalmente, que se presta para múltiples lecturas.

 

Por otro lado, Basura Doble (Lengua de Diablo/Acálasletras, 2016) es un libro «doble» de  Davo Valdés y Amaury Colmenares que sirvió de arranque literario para Ruina Tropical, un proyecto de ambos escritores que parece buscar la reivindicación de Cuernavaca haciendo a un lado los clichés turísticos, mirando hacia una nueva construcción creativa que tome en cuenta las transformaciones sociales que han trastocado la ciudad sin volverla morbosa y añadiendo el avance de la naturaleza en los escombros del esplendor del pasado. La idea de construir arte desde las ruinas no es nueva. Durante la década de los años 90, surgió en Cuba una generación de narradores jóvenes que buscaban escribir sobre la isla sin caer en el panfletarismo revolucionario ni el barroquismo de la exaltación exótica: simplemente, querían dar testimonio de las ciudades que habitaban y las distintas dinámicas de sobrevivencia que en ellas se configuraban. Uno de ellos, Antonio José Ponte se centró en un concepto interesante y que podría dialogar directamente con la Ruina Tropical de Cuernavaca: el arte de las ruinas. En el cuento Un arte de hacer ruinas, Ponte articula a través de la narración la particular práctica cubana de construir viviendas a partir de las ruinas de los edificios. Estructuras maltratadas por el tiempo, los cambios políticos y el descuido urbanístico son redirigidos, que, no reconstruidos por los habitantes, quienes extiendes sus paredes, levantan pisos, pasean por salones que aún guardan las pruebas de su magnificencia anterior y que tienen una relación interior y emocional con sus habitantes-constructores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Volviendo a Basura doble nos encontramos con dos relatos: La furia y los tormentos de Amaury Comenares y El silencio de los hipopótamos de Davo Valdés. El primero es un relato trágico-cómico en el que vemos —a través de dos amigos— una Cuernavaca siendo atacada por un hombre bestial que corre desnudo por toda la ciudad. En el segundo, un policía de tránsito y una mujer que dice poemas inventados cuando se pone nerviosa, desarrollan una particular amistad que los enfrenta a los fantasmas de su pasado. Ninguno de los textos tiene relación directa entre sí y nos permiten identificar rápidamente el estilo narrativo que han ido construyendo los autores: por un lado, Amaury Comenares con una prosa ágil que nos introduce sin ninguna tardanza a la acción y a la ferocidad de este personaje hambriento de quien sabe qué, oscilando entre la introspección de sus personajes y las escenas cómicas que agilizan la acción de la narrativa:

 

El hombre desnudo va soltando sudor como si fuera un salpicador de agua bendita y salada que empapa el suelo, dejando un chorro regado por donde pasa. El hombre desnudo que corre siente hambre. Lo sabe la señora de las gorditas porque en un instante ve cómo se abre la maraña de clientes de su puesto como si fueran las aguas de Moisés, se abren todos a la verga como pinos de boliche, son abiertos como una cortina pesada por el hombre desnudo y brillante que en un instante después está tomando con sus manos la comida caliente del comal.

 

Por otro lado, Davo Valdés, con una tendencia hacia la narración poética en la que los elementos visuales y anecdóticos cobran características simbólicas:

 

Para sentir que el día se inauguraba oficialmente, Nazario Luján tenía que ver dos pequeños gorriones instalarse sobre un cable de luz en la esquina de Plan de Ayala y Coronel Ahumada. Ahí trabajaba, en ese cruce vial que según sus propias ideas, dividía a Cuernavaca en dos bloques sensuales. Creía que la ciudad era femenina porque terminaban en «a» y entonces, esas partes eran un par de grandes tetas deformes y esa avenida que él controlaba era el puente entre los relieves, el resorte que evitaba que todo se cayera en pedazos.

 

Los textos, están acompañados por las ilustraciones de Pablo Peña y Eduardo Santaella «Guro», dos de los ilustradores más destacados de Cuernavaca en últimas fechas. «Guro» es el encargado de La furia de los tormentos, y sus trazos robustos van muy bien con la narrativa acelerada de Colmenares, mientras que Pablo Peña con un estilo mucho más parco entabla un dialogo con la sutil narrativa de Valdés.

 

Sin embargo, a diferencia del libro de Marina Ruiz, en Basura Doble, Cuernavaca no se convierte totalmente en un personaje activo. La presencia de la ciudad es muy tímida: la descripción de la misma se limita a nombrar calles que un lector guayabo[i] puede relacionar, pero que un lector foráneo no causará efecto alguno; y, por otra parte, la ruina tropical, no parece provenir de las calles ni de los muros o los espacios geográficos que los personajes recorren y habitan, sino sólo de ellos mismos. Entonces, nos enfrentamos a una problemática: una narrativa que describe un espacio particular pero que por la falta de elementos que le den identidad se vuelve en cualquier otro espacio abstracto que puede llegar a perder significado. Independientemente de la efectividad de las narraciones como relatos, la construcción narrativa de la ciudad se queda corta. A pesar de ello algunos gestos que tienen más que ver con los personajes podrían verse como una nueva forma de narrar la ciudad: en ningún momento se habla de lugares idílicos y mucho menos de descanso sino de un entorno caótico que a veces oscila en el aburrimiento y de una belleza escondida en características que a veces miramos sin mucha atención como los cables de luz o una iglesia en el corazón de la ciudad.

 

Finalmente, quisiera mencionar un libro publicado en 2012, que también apuntaló hacia otras formas de crear la narrativa de la ciudad, tomando en cuenta todas sus identidades: artísticas, geográfica e histórica. Guía Alquimista para desaparecer Cuernavaca (Cimandia/Proyecto Diorama) es un compendio de relatos planteado como una especie de guía turística. Los editores, Carlos Gallardo y Félix Vergara, inspirados en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, invitaron a 10 autores a recrear literariamente, espacios específicos de la ciudad de Cuernavaca convirtiéndolos en una ciudad imaginaria. Cada uno de estos textos estaba acompañado de la ubicación geográfica de estas “nuevas ciudades” y con datos históricos que de alguna u otra manera se relacionaban con la narrativa que para ella habían creado los autores.

 

 

Algunos ejemplos son Hetaria de José Antonio Aspe se encuentra en Aragón y León, una calle conocida por ser zona de tolerancia desde principios del siglo XX; Arabrab de Barbara Durán es en realidad la zona entre Huitzilac y Cuernavaca, conocida no sólo por la tranquilidad de sus fraccionamientos y su olor a bosque, sino por ser la fosa clandestina en la que se ocultaban cadáveres de mujeres, durante 1990; Nexen de Kenia Cano, recrea con prosa poética el famoso puente Porfirio Díaz o «Puente del diablo» cuya leyenda forma parte del mito fundacional de la ciudad.

 

Aunque la concepción del libro pueda parecer hasta cierto punto un poco caótica por la sobrecarga de simbolismos que pueden llegar a quitarle legibilidad al proyecto, logra su cometido literario. La ficción y la realidad geográfica son paralelas, la descripción de Cuernavaca no sólo nos ofrece un espacio en donde se mueven personajes o nosotros mismos como lectores, sino que le da identidad a un personaje geográfico que no es abstracto y que, gracias a esas particularidades, tan bien planteadas, se vuelve universal.

 

Es importante no perder de vista el gesto de colectividad que atraviesa a estas tres publicaciones y que puede verse como otra característica de las nuevas narrativas de Cuernavaca. Cada vez más, las propuestas editoriales contemplan alianzas entre colectivos y la interdisciplina. Probablemente, el factor económico sea crucial para ello: las dificultades que tienen estos proyectos para ser impresos son innegables, pero también habla de la disposición de los artistas para cambiar los mecanismos de la creación literaria y editorial, fortaleciendo una polifonía narrativa alimentada la diversidad de mundos que ahora conviven en Cuernavaca. Las distintas voces, son el nuevo rostro de la narrativa de la Eterna Primavera de México.

 

 

NOTAS

[i] «Guayabo» es un adjetivo que se suele utilizar para referirse a los nacidos (y actualmente a los que radican desde hace mucho tiempo), en la ciudad de Cuernavaca, esto por la proliferación de estos árboles en sus calles, aunque en últimas décadas, la población de los mismos ha ido disminuyendo considerablemente.

 

 

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Yeni Rueda López (Morelos, 1990). Narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2013).

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