El corazón de la narrativa late debajo de una higuera

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Innumerables son los relatos del mundo

Roland Barthes

Yeni Rueda López

 

Reflexionar sobre la narrativa literaria puede ser la vía ideal para puntualizar e identificar los conflictos que tejen nuestra vida diaria. Para ello, el escritor y el lector participan en un juego de complicidad que va más allá del pacto ficcional y que se construye a través de las herramientas narrativas que el escritor va escondiendo en la estructura de la novela. Al lector le toca deshilar esta estructura para crear su propio entramado. Cuando nos encontramos con una obra que pone las herramientas para que existan estos diálogos narrativos, somos afortunados. Y justamente este juego de intercambios entre autor y lector se cumple cabalmente en Huesos de San Lorenzo (FOEM/Tusquets, 2015), la última novela del escritor mexicano Vicente Alfonso.

Reseñar una novela como esta puede ser muy entretenido. Sé muy bien que ese adjetivo puede llegar a escandalizar a más de uno, pues no se trata de un término recurrente para describir la actividad de análisis y crítica en la literatura, pero, para mí, no hay otra forma de nombrarlo. ¿Por qué digo que reseñar Huesos de San Lorenzo puede ser divertido? Por las diferentes temáticas, planteamientos y modos narrativos que la novela pone sobre la mesa y que nos sugieren distintos caminos para el análisis literario: desde la búsqueda de la identidad hasta la reutilización de los elementos formales que identifican a la novela policíaca, o desde el reconocimiento de la manera en que se construyen historias en nuestras sociedades, hasta los rompecabezas de anécdotas de las relaciones familiares. Para quienes disfrutamos de la lectura y el análisis de los textos, una novela así es como una aguja en un pajar: pocas veces nos podemos topar con una obra tan nutrida y que nos presente vertientes tan diversas. Entretenimiento puro.

Quisiera centrarme en algunas ideas manejadas en la novela que me llamaron mucho la atención: la literatura como una extensión de la vida, la expresión literaria como vía para entender lo que sucede dentro de nuestra humanidad,  y la experiencia lectora se traslada al mundo vivencial de quien lee.. Me pareció también destacable la intención de ocupar el montaje narrativo no solo para contar una historia o desplegar las herramientas literarias del escritor, sino para dejar un efecto muy concreto en la vida del lector a través de la narrativa. Crear una obra de arte en su totalidad.

Vicente Alfonso logra introducirnos en este mundo denso, caluroso, donde nadie tiene idea de quién es en realidad ni de cómo lidiar con las distintas narrativas de su existencia. Y es a través de los conflictos de identidad de sus personajes que nosotros cuestionamos los propios, y esa reacción logra traspasar el espacio meramente literario. La obra resuena a través y con el lector. El análisis de las distintas realidades que forman la existencia de los personajes que se encuentran fuera y dentro de la novela inicia desde su arranque. Una voz, en principio anónima, nos dice:

 

La realidad es una; sus lecturas, infinitas. El mago y su público tienen distintas interpretaciones de los hechos. Para los espectadores el acto es único e inexplicable: un instante de fe. Para quien ejecuta el truco, en cambio, la magia es precisión, es ensayo. Fluidez conseguida a fuerza de repetir los movimientos.

 

Lo peculiar de este punto de partida es que el que el autor relaciona el montaje de un acto de magia con la literatura y el acontecer de la realidad del lector, pero también con el acto mismo de la escritura. Entonces, la novela ya no solo nos invita a revisar nuestra relación personal con el libro que estamos leyendo, sino a entender cómo funcionan los engranes de la actividad creativa que se desarrolla gracias a la transformación del lenguaje. No podía ser de otra forma. Huesos de San Lorenzo no solo es la historia de un crimen extraño, ni la de dos gemelos profundamente obsesionados con sí mismos y su origen. Es una novela que habla de la complejidad de la construcción de historias: ya sea en el ambiente familiar o en una investigación policíaca. El mismo Bernardo Ayala, el padre de los gemelos, lo apuntala en una entrevista que sostiene con uno de los personajes:

 

Si lo piensa usted bien, los expedientes siempre están incompletos. Recrear la realidad es imposible, los hechos ocurren y se fugan. Lo que viene después son recreaciones imperfectas, simulacros armados con palabras.

 

En la introducción de El relato en perspectiva (Siglo XXI, 2012), Luz Aurora Pimentel apunta lo siguiente sobre la pertinencia del análisis del acto narrativo:

 

Tendría entonces la experiencia humana una suerte de narratividad incoativa que no surge, como se dice, de la proyección de la literatura sobre la vida, sino que constituye una «auténtica exigencia de relato». Nuestra vida cotidiana queda así informada por una «estructura» pre-narrativa. Reflexionar sobre el relato no sería entonces, desde esta perspectiva, una actividad ociosa, aislada de la realidad, sino una posibilidad de refinamiento de nuestra vida en comunidad, de nuestra vida narrativa.

 

Es muy significativo que Luz Aurora Pimentel hable de vidas narrativas, y da justo en el clavo, pues es lo que sucede en todo momento. Siempre estamos construyendo historias para explicarnos los sucesos más banales o trascendentales, y no solo de nuestra vida íntima, sino de todo lo que acontece, para hacer posible la existencia de una sociedad. Cuando se pone en escena la muerte de Farid Sabag –de la cual los dos gemelos son presuntos culpables– se inicia el montaje narrativo de un juego de investigación que incluye a los acusados, a un psicólogo y a un policía que parece estar en la búsqueda de sí mismo. Todos ellos arrastran al lector a realiza una lectura más atenta, tomando notas, hilando cabos sueltos, creando mapas. La figura del investigador solitario se diluye, pues el lector forma parte de un aglomerado de personalidades que buscan acercarse a una verdad que llene ese vacío que los carcome. Porque, acaso, ¿no somos investigadores todos los días? De nuestra vida social, de los orígenes de nuestra familia o de los acontecimientos diarios de nuestros seres más cercanos.

Vicente Alfonso arma un rompecabezas de historias, mentiras, traiciones y misterios que vuelven más opresivo el ambiente; un entripado familiar que parece complicarse cada vez que la investigación arroja una aparente luz de verdad. Estas piezas van edificando la historia y la atraviesan a nivel de lenguaje y de anécdota. Así que no es raro realizar lecturas distintas, gracias a las cuales el lector debe volver a ciertos momentos, hacer cálculos, especulaciones. Es una novela en constante movimiento.

¿Los personajes –o los lectores– encuentran respuesta alguna? Es posible, pero tampoco es realmente necesario. Al conocer el desenlace, el lector puede sentir el impacto de desenredar un intrincado camino de mentiras, información a medias y de lecturas distintas por parte de aquellas identidades que desean alcanzar la razón de sus conflictos existenciales. Es un desenlace que los marcará no por la sorprendente resolución, sino por la falta de un final catártico que ponga más en claro las diversas problemáticas presentadas en la novela. Hay algo que queda inconcluso y eso eleva el impacto de la incapacidad que tienen los personajes –y nosotros mismos– de poder elaborar una narrativa que sea la «verdadera». La lección parece ser –si es que hay una– que, por más que escarbemos para encontrar la verdad escondida o la realidad de cualquier conflicto, siempre nos encontraremos con contorsiones narrativas que imposibilitan una verdad recta y única. Eso no existe, ni en el mundo literario ni en el mundo «real».

Huesos de San Lorenzo es una novela que ha escapado por completo del control de su autor porque va más allá del conflicto personal del autor con su propia condición de hermano gemelo, el cual parece ser el leitmotiv principal de la novela. Lo delicioso de esta novela es justo lo contrario: descubrir la multiplicidad de caminos para abordarla y encontrar el que se ajuste mejor a nuestra experiencia de vida. Se trata entonces, gustosamente, de una obra totalmente universal.

 

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Yeni Rueda López (Morelos, 1990). Narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2013).

 

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