Abolir o regular: la compleja problemática de la prostitución

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Yeni Rueda López

 

El feminismo es fundamental para nuestra generación y sociedad, no sólo como una serie de expresiones (o movimientos) que buscan la reivindicación de la mujer en nuestra realidad, sino como una potente herramienta para la autocrítica y la ponderación de ciertos rasgos que creemos ya definidos e inamovibles de nuestra cultura. Desde la segunda ola del feminismo, la sexualidad se ha convertido en un aspecto crucial, y la liberación sexual fue fundamental para entender o vislumbrar nuevas maneras de expresión sexual entre las mujeres. Obviamente, dos de los puntos más importantes de este debate fueron la pornografía y la prostitución. Y si bien la primera sigue en pugna, pareciera que la prostitución continúa siendo un tema tabú, lleno de neblinas y que muy pocas personas se atreven a debatir, porque en cuanto se hace es frecuente que se atraviese alguna opinión moralista o extremadamente victimizante, desde el punto de vista de algunas personas.

En el libro El fulgor de la noche, la antropóloga feminista Marta Lamas plantea diversas vertientes para analizar la prostitución desde un sentido más amplio. Una de sus primeras propuestas es separar tajantemente la trata de blancas del comercio sexual consensuado. En el caso del primero, señala que es un delito que indudablemente debe ser perseguido, castigado y eliminado, pero que, justo por confundirlo con otros casos de prostitución que no involucran el tráfico de personas, no se crean las herramientas legales efectivas para poder combatirlo con mayor eficacia, y además se estigmatiza doblemente a las mujeres que no son víctimas de los tratantes de blancas. Otro apunte que hace en relación a este tema, es la tendencia a la tragedia que difunden de los medios de comunicación y las mismas estrategias del Estado para atacar el tráfico de mujeres. Al mostrar una sola cara de la moneda (ya sea para garantizar rating o aceptación de la población), según Lamas, fomentan las tendencias abolicionistas de la prostitución, vulnerando la seguridad física y mental de las mujeres que practican este oficio de manera independiente –cabe mencionar que la investigación antropológica de Lamas se centra en el comercio sexual de la Ciudad de México, y específicamente, de las mujeres que trabajan en las calles, aunque también se hace una ligera mención de las que trabajan en locales cerrados.

Otra de las propuestas de Lamas para matizar el problema del comercio sexual y la explotación de la mujer en el mismo es un cambio lingüístico para la denominación de esta práctica social y comercial. A través del termino comercio sexual, Lamas llama a hacer visible a la parte que compra el acto sexual y a no estigmatizar a las mujeres que ejercen el oficio. En el discurso (incluso oficial) ellas son el mal primero, las que se «prostituyen», las únicas que se quedan con mancha y marca, siendo que en la transacción participan dos personas. Esta propuesta resulta interesante pues reafirma la importancia de revisar la manera en que conformamos nuestro discurso a nivel lingüístico y el poder que tienen las palabras sobre la designación de la identidad de una persona. Este cambio se propone tanto en espacios académicos o intelectuales como en el habla cotidiana. Sin duda se trata de una propuesta pertinente y quizás por ello sorprende e incomoda un poco que Lamas se refiera en varios momentos del libro al «Movimiento Feminista» que se opone o apoya la reivindicación del trabajo sexual de las mujeres, principalmente, y de los hombres.

¿Por qué resulta problemático hablar de «Movimiento Feminista»? Porque, así como el comercio sexual tiene varias facetas y líneas complejas dignas de análisis, sucede lo mismo con el feminismo. Varias mujeres (activistas o no) han abogado por una nueva denominación que le hace más justicia a esta diversidad al hablar de los feminismos. Este cambio lingüístico también resulta pertinente y urgente, sobre todo para quitarnos de encima la pesada losa del feminismo unidimensional o privilegiado que no nos permite ver más allá de nuestro entorno y que resulta conflictivo si tomamos en cuenta la diversidad de identidades sociales y económicas que conforman a la población femenina de nuestro país. Así como la misma Lamas lo sostiene respecto de las diferencias del comercio sexual (no son las mismas condiciones ni dificultades las que tienen las trabajadoras sexuales que trabajan en La Merced que las que laboran en hoteles lujosos o casas de citas en las zonas más privilegiadas de la ciudad), dar amplitud al término feminismo nos podría ayudar a comprender por qué es tan complicado definir una sola postura para temas tan complejos como la prostitución o la pornografía.

Polémicas aparte (Marta Lamas ha recibido numerosas críticas por varias declaraciones), otro de los aportes más importantes que hace el libro respecto al tema de la prostitución y del feminismo es la evaluación de nuestro discurso hacia estos temas en particular. Generalmente las posturas polarizadas resultan dañinas en fenómenos como el del comercio sexual, haciendo que una problemática sea mucho más abstracta e indefinida, y lo peor, acallando la diversidad de voces que lo conforman. Habrá que preguntarnos si nuestra reprobación hacia el comercio sexual obedece a la búsqueda de la eliminación de la explotación de la mujer o a una visión moralista de la sexualidad.

Un ejemplo que Lamas pone en el libro es el creciente interés por detener la explotación de las mujeres en el comercio sexual, mientras que se ignoran, minimizan o normalizan los casos de otras mujeres que desempeñan oficios con iguales problemas de reglamentación legal y de explotación –como es el caso de las trabajadoras domésticas–. Si nuestro interés es combatir la explotación femenina: ¿por qué centrarnos tan vorazmente en el comercio sexual y no tener ese mismo ímpetu para con otro tipo de explotaciones? ¿Será probablemente porque se involucra el sexo, el cuerpo femenino (violentado innumerables veces), que nos parece más urgente? ¿Hay explotaciones más urgentes de eliminar que otras? Son preguntas que indudablemente no se pueden responder con ligereza. Incluso Lamas menciona cómo algunos movimientos abolicionistas han sido apoyados por asociaciones ultraconservadoras. Este planteamiento abre un nuevo espacio para la discusión sobre el ejercicio libre de la sexualidad femenina. ¿Existe realmente la libertad de ejercer la prostitución? Es decir, una mujer que trabaja como prostituta porque no tiene las opciones para tener un trabajo «mejor» (¿en este adjetivo no se reflejan nuestros prejuicios?) ¿tiene realmente libre albedrio? ¿No será que también está siendo oprimida por un sistema económico que la vulnera? ¿Es, entonces, realmente su decisión? Estas preguntas tampoco tienen respuestas simples, pero es importante hacerlas todos los días.

La pornografía y la prostitución son profesiones dominadas por hombres, pensadas planamente para el goce de la población masculina y que convierten a la mujer en una simple herramienta proveedora de placer. Pero ¿reivindicar los derechos laborales de estas mujeres y quitar la estigmatización no sería una herramienta para dinamitar este mecanismo de opresión? El libro no parece plantear la reivindicación de la prostitución y su aceptación como cualquier otro oficio para promover el comercio sexual, sino para atender una problemática que ya existe, y para que en la materia no se tengan los resultados cuestionables de las campañas abolicionistas de otros países, en donde en lugar de «liberar» a las mujeres de la opresión de la prostitución, simplemente hubo un cambio en las dinámicas de explotación. Lamas expone el caso de Suecia, en donde la criminalización tanto de las prostitutas como de los clientes hizo que el «modelo de negocio» cambiara, volviendo el terreno más hostil para las mujeres, quienes en muchos casos se vieron obligadas a trabajar bajo condiciones deplorables, tanto en salarios como en seguridad personal. Eso es porque el estigma de ser puta es uno de los principales peligros y violentaciones a las que una mujer en estas circunstancias se enfrenta. Por ello, para Lamas, el principal camino para la exterminación de esta explotación no es la abolición de la prostitución, sino la regulación de los derechos laborales en este ámbito y la transformación de la organización del trabajo para luego, culturalmente, ir moviendo los engranes que cambien las percepciones que se tienen de la mujer, su sexualidad y las elecciones que hacen sobre su cuerpo. Es decir, quitar el estigma. Algo que parece lógico si tomamos en cuenta que la cultura es compleja, con distintos niveles y que una concepción o práctica no se puede erradicar con un switch o con una ley de abolición ambigua que será ejercida por sistemas de legalidad poco claros o confiables.

Finalmente, quizás lo más valioso del libro es la invitación al diálogo, pero sobre todo a la escucha del otro, de las prostitutas. Mantener vivo el debate, no sólo de los derechos laborales de las mujeres que trabajan en el comercio sexual, sino de todos los temas que competen y afectan a las mujeres. Por lo mismo, hay que reconocer nuestros privilegios para no hacer sentencias polarizadas que analicen superfluamente estos fenómenos. Hacerlo de esta manera sería ser parte de la maquinaria de opresión y desinformación que nos genera tantos problemas. Decir: «la prostitución es una manera en las que las mujeres ejercen su libertad sexual y la disfrutan», o «todas las prostitutas son víctimas de trata y tienen sentimientos de culpa y vergüenza» es peligroso, pues no sólo se obvian los distintos matices de la discusión, sino que se acallan las diversas voces que conforman este fenómeno social, y, además, se pretende hacer pasar por verdadero un discurso que probablemente surge de los privilegios de quien lo enuncia. Por ello, Marta Lamas abre el espacio para esas voces que generalmente callan o que se vislumbran con el lente de la victimización. Durante la disertación de Lamas escuchamos los testimonios de las mujeres que conoció durante su trabajo antropológico y de acompañamiento legal, con lo que se crea un discurso polifónico. El propósito del libro no es decir si el comercio sexual está bien o mal, sino hacer entender que no se puede encasillar como «blanco» o «negro» y que es necesario comenzar a escuchar las voces de quienes forman parte activa del fenómeno, pero desde un punto crítico y con la disposición para aprender de ellas, entenderlas y escucharlas sin esperar ver reflejado nuestro pensamiento en ellas o, desde un punto de vista paternalista, para después dar nuestra opinión o apoyo.

Así que instarnos al diálogo resulta encomiable, sobre todo si pensamos en las circunstancias tan alarmantes en las que las mujeres viven su día a día en nuestro país. A partir de la experiencia personal e investigación de Marta Lamas se pueden extraer interesantes puntos de partida para entender no sólo el fenómeno del comercio sexual, sino también el de la mujer y su sexualidad y la identidad feminista. Me alegra ver que estos temas están siendo analizados y puestos sobre la mesa no solo por antropólogas de larga trayectoria en la UNAM, feministas de «alto calibre» o activistas por los derechos de las trabajadoras sexuales. Mujeres muy jóvenes, estudiantes, lectoras, feministas o no, están abriendo espacios para la discusión de temas tan particulares como la prostitución o la pornografía. Uno de los casos más recientes y notables es el del colectivo LibrosB4tipos, un canal colaborativo de YouTube en el que diversas booktubers leen un libro relacionado con el feminismo y lo discuten en transmisiones en vivo, para abrir el diálogo a sus seguidores. El libro que leyeron en mayo fue Teoría King Kong, de Virgine Despentes –otra escritora que aporta una visión muy distinta respecto a este tema–, uno de cuyos temas más álgidos es la prostitución, y aunque partieron de lo escrito por Despentes, las participantes expresaron distintos puntos que bien pueden entrelazarse con la discusión que abre Marta Lamas en El fulgor de la noche.

Esto es lo apasionante de los libros: que tiene la posibilidad de confrontarnos, de llevarnos al punto más profundo de nuestras ideas preconcebidas y de ayudarnos a desmenuzarlas, a entender de dónde vienen para posteriormente transformarlas. Esto es lo apasionante del feminismo.

 

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Yeni Rueda López (Morelos, 1990). Narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2013).

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