Un lugar para lo posible

La lectura no siempre se encuentra en los libros, se puede encontrar en lugares inesperados como unas cortinas en casa de la abuela, dice Alfredo Núñez.

Alfredo Núñez Lanz (1984), narrador y editor, es socio fundador de Textofilia Ediciones. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Tierra Adentro, Letra en ruta La Gaceta, y ha sido becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca. Su título más reciente es el libro para niños Veneno de abeja, que se publicó en 2016, ilustrado por Ricardo Velmor.

 

 

Pocos recuerdos de mi niñez se mantienen intactos. Con los años, cuando entro al sótano de mi cabeza en busca de cierta anécdota o vivencia, me pregunto si al bajar y subir por las escaleras estoy ensuciando ese mausoleo con las pisadas de mi presente. Algo del hoy se cuela por las rendijas de esa puerta y el recuerdo aparece con el adendum de la última vez que accedí a él. Es inevitable ensuciar la memoria. Al principio, al descubrir esas pelusas de mentira importadas en mi descenso, me reprochaba con ansiedad haber olvidado lo real, haber perdido la noción de aquello que realmente ocurrió. Ahora he aprendido a valorar la riqueza de esas motas de polvo que se añaden poco a poco hasta modificar el instante, transformándolo en ficción.

De niño frecuentaba mucho la casa de mi abuela y allí llegaban los artículos que su hermana, la «tía rica», desechaba todavía en buenas condiciones. Recibíamos ropa, instrumentos de cocina, juguetes y hasta pelucas y disfraces. Nuestra familia era un receptáculo de objetos que siempre agradecíamos aunque a los pocos meses terminaran en la basura. En una ocasión llegaron unas largas cortinas color beige estampadas con imágenes de venados, conejos, aves, mariposas y flores. El trazo de los dibujos era muy cercano al de Bambi, la clásica y lacrimógena animación de Disney. El venadito era la figura principal de esas telas que por las noches se iluminaban con el resplandor de los faroles de la calle.

En días especiales, ya fuera por algún cumpleaños o fiestas como Navidad y Año Nuevo, los primos nos quedábamos a pasar la noche en casa de la abuela. Mis primos y yo éramos demasiado traviesos e inquietos como para dormirnos a nuestra hora y, por ello, cuando la excitación del juego nos volvía insomnes, mi abuela nos prometía un cuento.

La historia solía comenzar con el venadito estampado en las cortinas. Nuestros ojos iban sumergiéndose en esas telas resplandecientes conforme la anécdota se desarrollaba. Al principio, mi abuela respetaba más o menos la trama de la película. Sin embargo, conforme el tiempo pasaba y nosotros continuábamos escuchando atentos sin una pizca de sueño, el relato se alargaba, por lo menos hasta que alguno diera el primer bostezo. El cansancio iba apoderándose de nuestra narradora, así que la historia tomaba giros inesperados y sorprendentes. De pronto, el conejo se volvía malvado y confabulaba con la madrastra de la Cenicienta para atrapar al venado, que tenía la zapatilla de cristal bajo su custodia. Los pájaros del bosque eran buenos mensajeros, pero fallaban en la lucha, así que debían volar rápido para buscar al príncipe, quien estaba a punto de morder la manzana envenenada de una bruja. A veces las flores lenguaraces destilaban secretos incitando trifulcas en el bosque y en ocasiones las mariposas protagonizaban una aventura para ir a ver a la Bella Durmiente recién picada por el huso de su rueca.

Casi nunca el sueño lograba conquistarnos, pues la aventura nos intrigaba. Mi abuela, con infinita paciencia, luchaba para no dormirse y, si le ganaba la pesadez, la zarandeábamos para que continuara. Confieso que yo era el último en caer dormido. Era un niño exigente y mimado, pero sobre todo me costaba trabajo volver de las cortinas a la realidad. La tela me absorbía y hasta que no escuchara un final, por muy retorcido o improvisado, no estaba contento.

Estoy convencido de que realmente aprendí a leer en las cortinas. Entre sus ondulaciones y pliegues se escondían historias, seres y caminos. Si Bambi se encontraba a la bruja de Blancanieves o al Gigante Egoísta e iban juntos a visitar la estatua del Príncipe Feliz para hablar con la golondrina sobre el futuro del País de las Maravillas, todo podía suceder. Hasta hoy relaciono el acto de leer con la noche y su misterio azaroso. Para mí significa traspasar el umbral de lo posible y viajar, aunque ahí, inevitablemente, me pierda y me cueste volver.

Empecé a leer con los oídos, más que con los ojos, pues esos textos entraron en mi conciencia vía la palabra de mi abuela, cuya creatividad la hace una maestra en el menospreciado arte de la buena conversación. Quizás esos pliegues, esas ondulaciones donde las historias de las cortinas se dividían y tomaban rutas alternativas, también existen en los textos escritos y son los responsables de la relectura y su magia. Cada que vuelvo a tomar un buen libro en mis manos es como acceder a un agradable recuerdo, pero con la emoción de encontrar algo insólito que había pasado inadvertido la primera vez. No es que haya novedad en las palabras, pues son las mismas. En parte, aquello que propicia esa sensación de inagotable verdad cuando releo el mismo libro son esas volutas de presente.

He olvidado todos esos cuentos amorfos y extraordinarios a pesar de mis empeños por recordarlos. Incluso le he preguntado a mi abuela si ella recuerda siquiera una de esas historias, pero su gran inventiva respondía a una necesidad, no a un acto creador; había que dormir a unos niños necios y, por lo tanto, nunca les dio importancia. Mis primos tampoco recuerdan ninguna y no sabemos a dónde fueron a dar esas cortinas. Solo nos queda a todos la imagen vaporosa de esas noches en las que el farol de la calle iluminaba el telón de un escenario donde todo podía ocurrir.

 

 

 

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Posted by Alfredo Núñez Lanz

Alfredo Núñez Lanz (1984), narrador y editor, es socio fundador de Textofilia Ediciones. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Tierra Adentro, Letra en ruta y La Gaceta, y ha sido becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca. Su título más reciente es el libro para niños Veneno de abeja, que se publicó en 2016, ilustrado por Ricardo Velmor.

  1. Excelente ensayo sobre la memoria y la lectura. Muy conmovedor, me encantó.

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