Los Pérez

Un cuento de Diego Armando Arellano.

 

Diego Armando Arellano

 

Eran después de las siete cuando escuchamos el acarreo de los muebles. Yo estaba en cama. Martha, mi mujer, calentaba agua en la cocina. No tardamos mucho en encontrarnos en el pasillo que comunica nuestra recámara con la de los niños. Nunca voy a olvidar la cara que pusimos cuando nos encontramos. Estábamos desencajados, mortificados. Mi mujer traía los hombros caídos y eso significa que la cosa iría bastante mal por lo que restaba del día. Yo pensaba en que no podía ser posible semejante imitación, pero el ruido, los rechinidos y las voces eran contundentes. Los Pérez también se iban.

Los niños estaban despiertos y gritando el montón de cosas. Jugaban con los caballeros negros a los caballeros negros. Martha los reprendió diciéndoles que era muy temprano para jugar estupideces. Hoy es la mudanza, niños, ¿lo recuerdan? Mi mujer ya estaba molesta, con los hombros caídos, había sorbido café como si lo que permaneciera sobre la taza fuera agua simple. No le pregunté si se había hecho daño. Fui rápido a la habitación por alcohol,  un alfiler y bolitas de algodón para curarla. Las vejigas no tardarían nada en brotar. Los niños jugaban sin entender del asunto cuando salí de la pieza. Miré por la ventana de mi recámara y corroboré lo que ya sabíamos: los Pérez habían adelantado bastante la mudanza.

Las ampollas se habían llenado de agua. Desinfecté el alfiler y procedí a reventar cada una. Había algunas lesiones tan escondidas que necesité mi lamparita predilecta para encontrarlas. Disfrutaba ver el espectáculo. Los niños también. Martha se dejaba curar y sonreía por la atención sobreactuada de los niños. En el proceso pregunté tres veces lo mismo: ¿Alguien abrió la boca y rompió el secreto? Dígalo, no pasa nada. Ni los niños ni mi mujer expresaron media palabra. Intuí que cualquiera de los tres pudo haber abierto la boca. Comencé a irritarme. A sentirme culpable. ¿Y si fui yo? Me fui a recostar para repasar lo que había hecho el miércoles, el martes, el lunes… Teníamos empacado hasta el último florero. Lo más prudente sería esperar a que los Pérez desaparecieran de nuestras vidas con el último de sus colchones.

Celebramos la huida de los Pérez. Bebimos refresco tibio de naranja porque el refrigerador tenía dos días desconectado y engullimos unas empanadas de cajeta que se habían salvado de perecer agusanadas. Por fin, no los volveremos a ver, se han ido, niños, ¿no les da gusto? Mi mujer había levantado los hombros con la dignidad de una chica que se ha caído de nalgas en un concurso de belleza. Eran las cinco de la tarde, apenas, y contra mis pronósticos el día se había enderezado y lucía erguido como nuestra frente. Los niños y mi mujer colaboraron amenos en el acarreo de muebles y cajas. Las maletas pesadas de ropa y de juguetes las coloqué encima de la madera. Había sido un milagro que cupiera todo en el remolque. Miramos hacia la casa de los Pérez y reí al darme cuenta de que la vivienda estaba abandonada. Las hojas de los árboles de los vecinos tapizaron su banqueta. Cuánta felicidad me dio ver aquella estampa.

Mi mujer decía que el apellido Pérez era demasiado común entre las personas sin clase. Ella pensaba que todos los Pérez eran como nuestros vecinos. Le hice entender que había honrosas excepciones, tú eres Pérez, mi vida, pero mi mujer se hacía la tonta y cambiaba hábilmente de conversación para no discutir conmigo. Los niños iban contentos en el viaje, jugando a los caballeros negros con máscaras, capas, espadas y toda la cosa. Cruzábamos la avenida de los Reyes, dejando atrás una vida repleta de envidias e imitaciones, cuando un hombre con una franela roja en la mano hizo una seña para que nos detuviéramos. Un día nunca puede terminar perfecto. Nuestros vecinos, los Pérez, pedían auxilio, algo había pasado con las llantas de su camioneta.

Le dije a mi mujer que fuera amable con la señora Pérez. Será la última vez que nos los topemos. Los niños bajaron a jugar a los caballeros negros con los otros niños. Desaparecía la tarde. Saqué dos refacciones y mientras nuestras mujeres conversaban como dos grandes amigas, nosotros nos dispusimos a reparar el desperfecto. El vecino sacó una lamparita diminuta para aluzarme mientras yo hacía los cambios. Lo observé con atención. ¿Cómo era posible? ¿Dónde la compró? ¿Viajó a San Diego? ¿Se la ganó en ese parque? Al terminar de componer la avería reímos y vacilamos como si hubiésemos sido los grandes vecinos. Nos despedimos. Quizá nos encontremos pronto, sentenciaron, ojalá, les gritó mi mujer que ya llevaba los hombros caídos otra vez. Otra vez. Maldita sea. Los niños seguían jugando a los caballeros negros pero contagiados del desánimo. Martha iba molesta. Tenía las facciones desencajadas. Tuve que detenerme en una caseta para comprarle un vaso de café y reanimarla. No tardé ni cinco minutos en reventar todas las ampollas que emergieron de su boca ante el asombro sobreactuado de los niños… El resto del trayecto al nuevo hogar fue de risas y canciones. Los Pérez no aparecieron en toda la noche.

_____________________

Diego Armando Arellano (ciudad Guzmán, 1984). Periodista y narrador. Ha publicado en la revistas Punto en Línea, La Hoja de Arena, Luvina y Palabras Malditas, entre otras. Es miembro honorario de la revista Cuadrivio.

(Visited 33 times, 1 visits today)

Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.