Leer es subvertir la realidad: brevísimas memorias de un (pésimo) lector

La familia, la propiedad privada y el Estado: tres momentos, tres dimensiones para volverse lector. Carlos M-Castro escribe para «Caminos de la lectura».

Carlos M-Castro Nació en 1987 en Managua. Es autor de Antropología del poema (Leteo, 2012). Su trabajo se reparte, entre otras compilaciones, en Flores de la trinchera: Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (Soma, 2012), Apresurada cicatriz: Instantáneas de poesía centroamericana (Literal, 2013), De ahí nomás: Poesía actual de Centroamérica y del Caribe (Vox / Germinal, 2013) y 4M3R1C4 2.0: Novísima poesía latinoamericana (Liliputienses, 2017). También es ditor de la revista Álastor. Su web personal es lectordislexico.net

 

 

Carlos M-Castro

 

  

La familia

EL HOMBRE SE ACERCA a la banca una mañana soleada y, naturalmente [ciudad tropical minada por lagunas volcánicas y a muy baja altura], calurosa. Muy calurosa. Su vestimenta, sin embargo, es impoluta y pesada; lleva botas, varias capas de ropa se adivinan bajo su guerrera, usa quepis: es un militar. Se sienta y despliega frente a su rostro un ejemplar de diario, circunspecto, una pierna sobre la otra en cartabón. A pocos metros, una mujer que vende frutas lo observa; interrumpe el pregón con que intenta atraer clientes:

—Está al revés –interpela al hombre. El diálogo habría ocurrido en Managua algún día previo al 19 de julio de 1979, cuando los dirigentes de la insurrección que se levantaría en contra del gobierno entraban triunfantes a la capital del país controlado hasta entonces, y desde cuatro décadas antes, por una familia sin apenas oposición formal; al fundador de la dinastía, jefe del ejército nicaragüense organizado por los Estados Unidos, que a principios del siglo XX intervenían Nicaragua con sus tropas de ocupación por las razones de siempre, le habían sucedido en fila sus dos hijos varones y ya el nieto esperaba turno–. Oficial, tiene el periódico de cabeza –insiste ella, levantando las cejas como señalando el yerro.

Sin volverla a ver, pasando bruscamente de página, el militar responde altisonante:

—¡La Guardia lee como le da la gana!

Y permuta las piernas, cambiando sus roles.

 

LA ANÉCDOTA ME LA CONTABA MI MAMÁ, variando este o aquel detalle, cuando era niño. En casa, donde vivíamos ella, mi hermana y yo, había muchos libros que nadie leía. Los tomos se abultaban, se diría que ocultos, en altas repisas al fondo de los armarios de las habitaciones; era, en su práctica totalidad, literatura socialista que había sobrevivido al fin de la revolución de los ochenta. Lenin, Marx, Engels, Fonseca Amador, Los hombres de Pánfilov, poemas de Leonel Rugama y de Gioconda Belli. Mi madre guardaba incluso un busto en bronce del líder bolchevique, hasta que un día noventero, impreciso en mi memoria infantil, echó todo en sacos y cerró, me parece, un capítulo importante en su vida sandinista tirándolos a la basura.

Nunca he podido, o querido, corroborar la veracidad de aquel relato; para la fecha en que se instauraba la revolución nicaragüense, mi madre vivía su adolescencia, con diecisiete años no cumplidos todavía, y haber presenciado entonces la escena que me traduciría luego en forma de chiste o meme se vuelve posible, pero poco probable. Durante mi época de shorts y rodillas cholladas, en el entorno familiar y vecinal se distinguía claramente una niebla de nostalgia y romanticismo posrevolucionarios, los relatos épicos podían casi paladearse en el aire, y hablar mal del antiguo régimen derrocado por los muchachos mechudos y las muchachas desgarbadas era allí moneda corriente. El retrato de un guardia ignorante y prepotente era compatible con esa atmósfera.

 

AQUELLA PURGA EDITORIAL materna, que debió de ocurrir antes de mi undécimo cumpleaños, cuando ya iba a estar en casa mi último hermano recién nacido, deshizo casi por completo lo que, a falta de mejor nombre, llamaré aquí la biblioteca familiar. Fungiendo como asistente autoconvocado, pude ver varios títulos antes de su desahucio, y para mí era una maravilla saber que ese tesoro se ocultara tan a la vista y tanto tiempo sin que yo lo notase nunca. Un pequeño lote, cinco, seis títulos, fue rescatado por ese niño curioso que pretendía ayudar a la mujer desencantada de por entonces treinta y pocos años que lo había traído a un mundo completamente incomprensible.

Insuficiente para iniciar mi propia colección o –indescifrables como me resultaban– infectarme de ansias lectoras, entre esos tomos uno se convertiría, sin embargo, en gran amigo mío mientras mi madre estaba fuera de casa largas jornadas por trabajo y mi hermana, que era mayor que yo, ejercitaba ya una vida social cuyo funcionamiento tardé yo todavía mucho en comprender. El libro, un tomo perdido de la Nueva Enciclopedia Temática, era una colección de lecturas varias (empezaba con una breve historia de la lengua, avanzaba con una colección de fábulas y otro tipo de literatura) a la que seguía gran cantidad de pasatiempos (para días lluviosos y soleados, para cuando estás solo o acompañado) entre los que recuerdo unas lecciones introductorias de ajedrez, nociones de criptografía, modelado de casas de cartón a escala, fabricación de muñecos de papel en cadeneta, acertijos…

Hasta la pubescencia, mi actividad lectora quedó, pues, acotada entre las páginas de un título que, ahora veo, representa al borde de la obviedad dos necesidades insatisfechas que arrastré, como el Linus de Schulz su sábana, toda la infancia: «Lecturas / Pasatiempos». Lecturas y pasatiempos insuficientes que me alejaron, en solidaridad con una escuela de magisterio precario, de cualquier noción de amor a los libros y terminaron por hacerme creer que mi camino iba a pavimentarse con números antes que letras.

 

LOS MODELOS DE GENTE GRANDE más inmediatos que recuerdo de por entonces, además de mi mama, quien tras separarse de mi papa en algún momento que jamás recordaré siguió siempre soltera pese a intentar reescribir un par de veces su hoja de vida amorosa, se desdibujan entre algunos primos y primas que pasaron temporadas con nosotros mientras se ubicaban [venían de fuera] en la capital para cursar estudios, figuras que alternan con sombras de amigas, amigos, compañeros de trabajo o de partido de mi madre que iban y venían. Ninguno de ellos, rostros y nombres ahora sin peso ni trazo en mi memoria, inspiró en aquel niño callado que fui el deseo de tomar un libro para surfear sobre el océano que, como le pasa a mucha gente del interior de países grandes con el [verdadero] mar, desconocía completamente y cuyos contornos y densidades era incapaz siquiera de sospechar. Océano de letras al que me arrojo sin apenas pericia natatoria para, torpemente, bucear en busca de algo que –intuyo– me ayudará a comprender al fin cómo funciona la superficie.

 

La propiedad privada

EL PRIMER LIBRO ROBADO no se olvida. Yo tenía quince años, cursaba el cuarto ciclo de secundaria [penúltimo en Nicaragua antes de poder ir a la universidad] y acababa de comenzar a leer. Una maestra llamada Corfilia me había, no recuerdo cómo, inyectado recientemente un interés para mí inédito en su materia, Español [ahora creo que le llaman Lengua y Literatura], lo que me habilitaba para ingresar a un ambiente de ¿sana? competencia entre mis condiscípulos, del tipo «leo más libros que vos, yo estoy in y vos, en nada», «el mío es más grande, más grueso… más profundo», etcétera; esas anomalías de los círculos sociales en que se mueve un adolescente enclenque caribarroso, donde se apuesta todo al sex appeal de las neuronas.

Estaba, entonces, una mañana en la biblioteca de la escuela con una compañera; buscábamos –supongo– un título que nos diera nombre de lectores consagrados, cuando el dibujo de un macho cabrío con cuernos sobresalientes en una carátula se me hizo llamativo. Era, es evidente ahora, un ejemplar de la colección Austral, concretamente [pizcas de mi memoria bañadas en salsa Web] la Introducción a la metafísica del padre jesuita Francisco Suárez, primera de sus Disputationes metaphysicae de fines del XVI [Google puro y duro]. Segundo libro de filosofía que caía en mis manos, tras uno sobre materialismo de Georges Politzer salvado en aquel episodio bibliófobo un lustro antes, terminó como depósito en el estante de esa misma amiga a cambio de ya no recuerdo qué; ni al escolástico ni al marxista llegué a leerlos jamás por aquellos años.

 

HE CONOCIDO A BORGES REENCARNADO en varios de mis contemporáneos. Sin importarles la susceptibilidad de la Sra. Kodama, se comparan con él como lectores cada vez que hay oportunidad, y parecen ansiosos de expresar su orgullo por todo lo leído: al conversar con ellos o al leerlos, es siempre un ejercicio mental agotador sacar en limpio, bajo tantas capas bibliográficas, qué ideas son finalmente suyas, dónde se puede trazar su propia vida. Yo soy, en cambio, un pésimo lector, apenas consigo terminar los libros, los dejo casi siempre a la mitad si tengo suerte, frecuentemente salto de uno a otro sin que gobierne alguna lógica que entienda, a veces llego incluso a practicar la bibliomancia por solo el gusto de ver si encuentro alguna línea que revele significados trascendentes, no dejo nunca de leer las mismas quince o veinte páginas que me dejaron frío y cerca del retorno a nuestra condición de polvo cósmico la primera vez que me topé con ellas.

Comencé a sentirme lector después del tercer título que completé sin ser forzado [en realidad siempre esquivé la consabida «lectura obligatoria»]. Ante los rumores entre mis compañeros de escuela sobre un libro con el que pocos podían, decidí tomar prestado un ejemplar que casualmente tenía mi hermana ―sin, por supuesto, pedirlo― y me enganchó en tal grado que, además de no soltarlo ni mientras caminaba con mis amigos del barrio, copié al final a mano varias de sus primeras páginas. Muchos años después, frente al monitor de su laptop vieja, el señor Carlos M-Castro había de recordar la tarde remota en que su asombro lo llevó a sospechar cuánto pueden decir menos de treinta letras.

 

HABÍA LIBROS AFINES A MI TEMPERAMENTO, eso y que la ficción me interesaba más de lo que había supuesto hasta entonces me enseñó el Gabo ahí. Ese descubrimiento, como una pubertad intelectual, me llevó pronto –junto con un mayor interés por mis compañeras, hay que decir– a emborronar primeras líneas, de forma que, al superar el bachillerato, aunque mi decisión fuese estudiar ingeniería, había ya adquirido cierto hábito literario. Junto con la universidad vino una pequeña beca y así mudé costumbres: de tomar prestado pasé a pagar [cláusula válida igual para libros que para cerveza]. Carente de guía, acabé con tomos de Blake y Baudelaire por referencias escuchadas en piezas de heavy metal o rock alternativo…

La universidad que intentaba formarme para servir a la industria, institución por cuya gratuidad luchó en las calles toda la generación anterior a la mía, tenía en su plantilla como profesor asociado a uno de los mejores poetas vivos de Nicaragua, quien desde comienzos de siglo venía ofreciendo, como parte del programa de extensión cultural, un taller de creación literaria que disipó no pocas falsas vocaciones, pero que al mismo tiempo dio consistencia, impulso y estructura a los inicios en las letras de varios de los actuales escritores y poetas [frangentes, pungentes, abstergentes, astringentes… ¿detergentes?] emergentes nicaragüenses. Mucho debo a Iván Uriarte las pistas necesarias para orientar mi búsqueda lectora trasladada luego, tras filas que duraban más de cinco horas en la facultad los días de pago, a alguna librería, previa parada obligatoria con los amigos del taller en torno a alguna mesa que lubricaba nuestras pláticas.

 

LOS EJEMPLARES NO DEVUELTOS [uno o dos: regresé casi todos], junto con uno de los libros de la colección materna que todavía hoy ―doce mil kilómetros, un océano y varios mares de por medio después― conservo, nuclearon una biblioteca personal cuya catalogación he intentado [en vano] más de una vez y que ha visto disminuir la cantidad de piezas [el karma existe] en proporción inversa, quiero creer, a la calidad de su colección. Ella, junto con esta máquina en la que ahora tecleo, más lo que he podido aprender y comprender el tiempo que llevo compartiendo mundo con quienes leen –y no– esto, constituye mi capital total. Mi capital y sus alrededores. Nada me faltará.

 

El Estado

JERRY TENÍA DOCE Y NO SABÍA LEER, era hijo de una amiga de mi mamá con el que jugué una vez en casa. Yo también tenía doce, u once, y aunque prácticamente no leía, sabía cómo hacerlo [aquí hay trampa: en realidad, es hoy y dudo si he finalmente aprendido a {de verdad} leer]; el chico, en cambio, tenía apenas vagas nociones, enlazaba sonidos consonánticos a vibraciones vocales, pero pasar de sílaba a palabra y de allí a descifrar una frase o más representaba para él, ignoro si por falta de escolarización o por adolecer de algún desorden de aprendizaje [víctima, en todo caso, de un sistema cruel y excluyente], un penoso esfuerzo que impresionó mi espíritu infantil escasamente expuesto hasta ese día a nuestra realidad social.

Sin acudir a datos estadísticos o elaboraciones teóricas, es fácil imaginar cómo habrá sido la vida de aquel niño cuando llegó a tocarle buscar su propio espacio en un medio gobernado por la letra. Para vengarse del presidente Ortega, entre mis compatriotas es –o era hasta hace poco– común oír que se refieran a él como El Bachi, destacando así su grado académico; esto, entre otras cosas, demuestra, me parece, la importancia que en el imaginario colectivo tiene la educación formal. Y esta importancia debe de estar justificada, supongo, más que por el propio título [se sabe de mandatarios y otras personalidades que han comprado el suyo], por los poderes atribuidos al conocimiento que supone. En la ecuación social dominador-dominado, Jerry estaba, pues, al menos hasta ese día en que también lo vi escribir –con resultados igualmente lamentables–, mucho más de este que de aquel lado, sin importar lo que pueda falazmente alegarse en favor del éxito de gente como Daniel Ortega: él sí sabía leer cuando por el fusil cambió la pluma, él incluso escribía [poemas, dicen] cuando, tras ser preso político durante varios años, tomó un puesto destacado en la dirigencia de los insurrectos antisomocistas. Él tiene, además, dirían quizás otros sin que les falte malicia, a una intelectual como Rosario Murillo a su lado. Con sangre entra la letra.

 

LEER ES SUBVERTIR LA REALIDAD, es disentir de su naturaleza desarreglada y dispersa, echar cercos conceptuales a lo que es monte, abismo, roca. Mi madre se cansó por un momento de ir contra el orden establecido y dijo adiós a su literatura, dejó llevarse por la corriente de su tiempo. Los chicos inadaptados de mi secundaria pretendimos, leyendo, crear un espacio social inexistente antes para nosotros. El guardia de la anécdota, perplejo ante un mundo que se le echaba de cabeza, trataba de dar vuelta a los hechos leyendo al revés el diario.

La lectura es un acto subversivo. Por eso, en el –por desgracia– aún no tan lejano 1942, en la Francia ocupada, el profesor Politzer [el del manual de mi infancia], pensador comunista de origen húngaro, clandestino en la resistencia desde principios de la década, fue torturado y asesinado en paredón por el régimen nazi; dedicado a enseñar principios de marxismo a los obreros en París antes de la llegada de los invasores, su participación en dos revistas antifascistas desde la clandestinidad le valieron la suerte dicha a él y la deportación a su esposa Marie Larcade, muerta diez meses después por tifus en Auschwitz. Ella tenía 37 años y él, 39.

El poder lee como le da la gana.

Septiembre, 2017

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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