Para leer las elecciones en clave infraestructural

Las infraestructuras son una disputa sobre el presente y el futuro de un país. Como parte de nuestro especial «Elecciones 2018», Alejandro De Coss inicia una serie de ensayos que analizarán críticamente los proyectos de infraestructura de los candidatos a la presidencia de México.

Los actos más cotidianos de la vida están marcados por las infraestructuras. La higiene, la cocina, el entretenimiento y la vida misma dependen de ellas. El agua, la electricidad, el gas y las telecomunicaciones son provistas a través de distintos objetos: tuberías, llaves, ondas; sistemas técnicos que son, siempre, sociales. Afuera del hogar, ese espacio en el que las infraestructuras permiten vivir con mínimas certezas, los ritmos urbanos también marchan a su compás. El transporte público y el privado, los aparatos de seguridad y vigilancia y los soportes vitales colectivos son infraestructurales.

Lejos de las ciudades, regiones enteras se subordinan a aquéllas a través de estos sistemas. El abasto de agua y su desecho vinculan a zonas rurales con ciudades que siempre demandan más recursos. El mundo mismo está ligado por infraestructuras: los recursos, que son extraídos a través de diversas tecnologías y el trabajo humano, se convierten en mercancías que viajan a través de vías de transporte y comunicación que hacen secundarias a las fronteras. De lo cotidiano a lo global, el mundo vive a través de las infraestructuras.

En esta perspectiva, el trabajo de construir infraestructuras comienza a aparecer como algo que es fundamentalmente político. Lejos de ser meramente técnicas, estas redes de objetos y flujos son el centro de disputas sobre el presente y el futuro. Sus formas actuales son también resultado de añejas disputas, inscritas a menudo en la misma materia. La política siempre es técnica, o tecnopolítica (Mitchell, 2002). Así, los derechos de las poblaciones a bienes como el agua, la salud o la sanidad se pueden leer en clave infraestructural. El derecho a una vida segura, el acceso a la educación y a la alimentación pasan siempre por un momento infraestructural, si es que buscan ser materializados.

En estas disputas, el estado es un actor necesario, pero dista de ser el único. En diversas geografías, colectivos e individuos construyen posibilidades de existir a través de la gestión local de la infraestructura: sistemas informales de agua, de seguridad o de energía son ejemplos de ello. Pensar en la política a través de la infraestructura abre espacios para comprender las disputas por el control de la vida y el espacio desde el centro de estos problemas.

México no es la excepción. Aquí también la política es técnica y las infraestructuras son parte de estas disputas. Ejemplos hay muchos, pero me limitaré a explorar uno para ilustrar el punto. En la Ciudad de México, la vida de sus habitantes depende de numerosos sistemas infraestructurales. Uno de ellos es el del abasto y desecho del agua (González Reynoso, 2016). A través de él, regiones distantes son conectadas de formas desiguales. Al poniente del Estado de México, los sistemas Lerma y Cutzamala abastecen de agua a la ciudad. En ese proceso, regiones enteras han sido transformadas. Lerma ya no es más una zona lacustre, sino un corredor industrial, de trabajo precario y pobreza endémica. Al oriente y hacia el estado de Hidalgo, las aguas negras de la ciudad han transformado el Mezquital. Su economía depende de la basura urbana. El drenaje riega las legumbres que alimentan a los capitalinos. En otros lugares del país, tuberías, carreteras y rutas marítimas conectan y desconectan de forma desigual a individuos y colectivos. Permiten una vida de lujo o una supervivencia siempre marginal. La experiencia de la desigualdad histórica en México se hace material a través de diversas infraestructuras.

Los proyectos políticos que hoy disputan el poder en México son, necesariamente, infraestructurales. Sus propuestas pueden ser explícitas o implícitas, pero estarán ahí. En el primer caso, el escrutinio es relativamente más simple. Bastaría ir a la plataforma electoral correspondiente y analizar lo ahí dicho. Sin embargo, esta forma de pensar el asunto tiene al menos un par de problemas. El primero es asumir que los planes existen en un documento. Con excepción del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), esto no es así.

El segundo obstáculo es que esta aproximación peca de inocente; los proyectos y los procesos rara vez coinciden entre sí. Así, tal vez resulte más conveniente mirar a las acciones pasadas de los contendientes y los grupos a los que representan. En su hacer y decir tal vez será posible encontrar pistas para analizar críticamente los futuros materiales que quienes aspiran a gobernar México proponen.

En este espacio, durante los próximos cinco meses, analizaré las elecciones mexicanas a través de los lentes de la infraestructura como tecnopolítica. En el centro de esta labor está una clara noción de que esta visión aporta elementos para una crítica original y relevante. Poner énfasis en lo material, sin perder de vista las luchas discursivas, puede ser útil para comprender mejor qué clase de México han imaginado y construido los grupos y candidatos que se disputan la presidencia del país.

En el texto presente, mi objetivo es introducir el tema y la estrategia analítica. En los siguientes, abordaré a los candidatos y coaliciones en el siguiente orden: 1) Partido Revolucionario Institucional (PRI) y satélites; 2) Partido Acción Nacional-Partido de la Revolución Democrática (PAN-PRD); 3) Morena y aliados (Partido del Trabajo y Partido Encuentro Social), y 4) la candidatura del Concejo Indígena de Gobierno (CIG). Este último grupo no competirá al mismo nivel que los otros partidos y coaliciones. Sin embargo, lo considero relevante al ser el único que propone una agenda abiertamente anticapitalista, cuyas dimensiones materiales pueden ser también analizadas. Para finalizar, en un sexto texto, buscaré dar una conclusión que mire al futuro de México una vez terminada la elección.

En lo que resta de esta breve introducción, intentaré leer la historia contemporánea de México en esta clave. Espero que este ejercicio sirva como una forma de acercar al lector a esta forma de pensar y analizar las cuestiones sociales, políticas, económicas y ambientales que caracterizan a México hoy. También busco construir un escenario base para los análisis que haré en el futuro. En la primera sección, analizo la forma en la que el giro neoliberal en México transformó la producción del espacio y la sociedad a través de ciertas políticas infraestructurales. La segunda explora algunas de las relaciones de colonialismo interno que existen en México hoy y sus raíces históricas. La última se acerca a la vida urbana, analizando sus desigualdades cotidianas desde una clave infraestructural. Finalmente, el texto concluye con la propuesta analítica concreta que organizará los textos por venir.

 

El giro neoliberal: una aproximación material

La narrativa usual nos dice que el giro neoliberal en México implica el progresivo desmantelamiento del estado. Ante su retirada, empresas privadas, sus dueños y gerentes han encontrado un campo fértil para amasar riquezas enormes. Estas empresas no operan únicamente en la economía legal. Uno de los mayores sectores productivos del país es ilegal: la industria de las drogas. Ahí, la competencia es voraz y violenta. El capital llega al mundo chorreando sangre y lodo, como argumentó Marx (2004). La lógica de estas empresas también implica que comercian no solo con mercancías ilegales; se expanden a la industria del acero, del aguacate y tantas otras que desconocemos. El México neoliberal es uno donde el capital privado cruza líneas de legalidad e ilegalidad en la búsqueda de ganancias y acumulación.

Esta lógica, sin embargo, no ocurre a través de la desaparición del estado. Como Fernando Escalante mostró en su Breve Historia del Neoliberalismo (2015), lo que existe hoy es un estado dirigido a maximizar y proteger los beneficios privados. Es tan oneroso y extenso como sus formas previas, las de un estado de bienestar siempre limitado a algunas clases sociales. La diferencia es que su función no es más mediar, a menudo a regañadientes, entre dichas clases. Al contrario. Su objetivo expreso es fortalecer y beneficiar a una: la dueña de los medios de producción, la burguesía. Esto lo hace no solo a través de la creación de normas, leyes y reglamentos que enmarcan y producen al mercado, objeto precioso de estos capitalistas. También produce infraestructuras materiales que permiten que la lógica de la acumulación se expanda. Si no las produce, las financia. Si no las financia, las exenta de impuestos, a fin de permitir la apropiación de ganancias descomunales para unos cuantos.

Un ejemplo claro de esta dimensión material del giro neoliberal es la Ley de Zonas Económicas Especiales (ZEE) (GeoComunes, 2018). Esta es una medida jurídica para la producción de enclaves económicos y políticos en México. Como está planteada, implica la construcción de espacios gobernados por actores privados, con beneficios fiscales enormes, acceso a mano de obra y recursos baratos. Las ZEE estarían, además, localizadas en estados ricos en recursos, escasamente desarrollados durante la modernización nacionalista del país. Se presentan como una solución para este problema, cuando en realidad, lo que hacen, es utilizarlo como una ventaja competitiva. El bajo desarrollo es precisamente lo que permiten apropiar la mano de obra barata y los recursos a bajo costo. La autonomía privada permite que los beneficios vayan solo a los privados. Conectadas al mundo en ambas costas, las ZEE son una etapa más en la producción material de un espacio neoliberal en México. Aquí los tratados internacionales se hacen presentes en toda su violencia, y el lugar de México como un enclave productor de mercancías a bajo costo sobre el trabajo barato de la mano de obra local se reafirma.

 

La materialidad del colonialismo interno

Las redes que subordinan a regiones, trabajadores y recursos a las lógicas de acumulación que existen en otras no solo son visibles a escala global. Si bien es cierto que México está materialmente subordinado a estos capitales internacionales a través de la explotación minera, de hidrocarburos, de obreros y otros tantos productos, esta dinámica de desigualdad existe también al interior del país, un colonialismo interno (González Casanova, 2003). Este precede al momento neoliberal, pero se entrelaza con él y sale fortalecida. Un caso claro de la existencia previa de estas subordinaciones materiales y simbólicas es el caso del agua en la Ciudad de México que mencioné antes. Ahí, la capital mexicana se apropia de recursos ante la necesidad de sostener su proceso de acumulación. Este, a su vez, está fundamentado en una migración sostenida del campo a la ciudad: el flujo de nuevas trabajadoras. Las regiones productoras y receptoras de agua son transformadas. La geografía del capital mexicano está formada por tuberías, cables, carreteras, plataformas petroleras y puertos que son sus nodos y sus materializaciones concretas. Son también las venas que le hacen circular y que organizan en torno suyo a obreros, burgueses, burócratas, políticos y otros cuerpos individuales y colectivos.

Estas relaciones de subordinación son parte integral del proyecto nacionalista mexicano. La llegada de la modernidad capitalista al país implicó necesariamente la producción de estas desigualdades. La forma de justificar estas subordinaciones fue a través de la idea del interés nacional: surtir a una ciudad de agua, explotar una mina o inundar un poblado para construir una hidroeléctrica eran todos sacrificios en nombre de la nación. La materialidad de la nación entonces es también una que está hecha de infraestructuras. Estas separan, unen, clasifican, estabilizan y movilizan realidades sociales, políticas y culturales. El proyecto de la modernidad a la mexicana es uno de la transformación del espacio y la sociedad mexicanas, en beneficio de pocos, a través de la producción de infraestructuras en el país.

En estricto sentido, este proyecto no parece del todo distinto al que existe en el giro neoliberal. Es cierto que en este último los beneficios se concentran ya no en la mítica figura de la burguesía nacional y nacionalista. Ahora es una que, aunque haya nacido en México, pertenece a una clase internacional. Tal vez esto siempre fue así, pero al menos la narrativa previa era radicalmente distinta. El beneficio del burgués mexicano sería, algún día y a menudo, a través de acciones de redistribución del estado, el beneficio de (algunos) trabajadores mexicanos. Las formas de esta redistribución constituyen las numerosas redes de clientelismo que forman al estado mexicano, a sus partidos políticos y a las relaciones múltiples entre comunidades, individuos, grupos políticos, el gobierno y sus burócratas titulares y aspirantes. El espacio y las relaciones sociales producidos durante el nacionalismo revolucionario mexicano son también caracterizados por subordinaciones territoriales y políticas, siempre diferenciadas, constituidas como relaciones clientelares o políticas a través de las distintas maneras de acceder a los bienes y servicios que las infraestructuras proveen.

 

Las infraestructuras en la política de la vida cotidiana

En numerosos vecindarios de las ciudades mexicanas, el acceso a servicios básicos está marcado por procesos políticos y económicos. Como mencioné antes, esta es la dimensión tecnopolítica de las infraestructuras. En el caso mexicano, esta tecnopolítica es una que entrelaza la posibilidad de la vida con las estructuras difuminadas del estado y los partidos políticos. Las conexiones a la red de aguas, a la eléctrica o a un servicio de saneamiento son, a menudo, procesos a través de los cuales redes de clientelismo se construyen. Estructuras de promoción del voto son el espejo de las formas en las cuales las infraestructuras construyen la vida cotidiana de millones de personas en México. Visto así, estas estructuras clientelares no son unas donde ciudadanos ignorantes cambien su posibilidad de elegir por un bien efímero, sino una estrategia clara de supervivencia, una política no-liberal que es fundamental para comprender la política en México.

En los espacios rurales, estas formas de clientelismo existen también. En numerosas poblaciones, las estructuras de representación vecinal están ligadas a diversos partidos y, a su vez, al gobierno local o estatal. Estas formas de organización política pueden subordinar a numerosos colectivos a los dictados de ciertos partidos, convirtiéndolos en parte central de sus mayorías electorales cuando el momento de votar llega. De nuevo, esta subordinación no es una que se explique a través de una supuesta ignorancia de los electores. Es una cuestión de economía política, a menudo ligada a cuestiones infraestructurales: la provisión de agua, la construcción de carreteras, la entrega de apoyos materiales y otras formas de tecnopolítica están presentes ahí.

El estado está lejos de ser el único actor que construye formas de organización tecnopolítica. En México, otro conjunto de actores fundamentales son los grupos del crimen organizado. En numerosos lugares son ellos quienes proveen de servicios a poblaciones, construyendo así formas de control territorial y social con cierta legitimidad. Además de ser, de facto, los proveedores de seguridad son también quienes construyen, destruyen y sostienen ciertas infraestructuras, organizadas en torno de la actividad económica que llevan a cabo. En contra de estos grupos, numerosos colectivos se han levantado. Algunos, como el caso de Cherán, en Michoacán, representan formas de democracia comunitaria, que no se basan en los supuestos universales del liberalismo, sino en instituciones locales y vías de deliberación colectiva, fundamentadas en el control del espacio en contra de estado y crimen organizado. Caso distinto es el de Tancítaro, también en Michoacán, donde la forma de control no es la de una democracia comunitaria, sino la de un grupo de productores de aguacate que han construido una milicia que les permite controlar el territorio donde sus medios de producción se encuentran.

En las ciudades mexicanas, las élites también construyen espacios propios. Complejos residenciales amurallados, grandes torres que se abastecen de agua a través de tomas ilegales o del líquido privatizado por los llamados piperos y otros espacios aparecen. Estos crean geografías desiguales, donde la provisión de servicios opera también bajo una lógica privada, paralela a la de los grandes flujos del neoliberalismo. En las periferias urbanas, las formas de abastecimiento también están más allá del estado (De Alba, 2016). Ahí, reina la precariedad. La provisión de servicios depende de la capacidad de los habitantes de constituirse como grupos políticos que pueden ser capturados por partidos y otras agrupaciones políticas, así como por su habilidad para crear infraestructuras informales que sostengan, apenas, la posibilidad de la vida. Ahí también un control territorial más allá del estado se ha construido. En los polos de la estructura socioeconómica mexicana, las infraestructuras hablan de los límites de la lógica del estado y de su control territorial y social.

 

Leer las elecciones en clave infraestructural

Las infraestructuras a las que me he referido aquí son varias cosas (Carse, 2016). En primer lugar, son producto y productores de relaciones sociales y materiales que están siempre entrelazadas: la vivienda, el acceso a servicios, el derecho a la ciudad, el trabajo asalariado, la explotación medioambiental. En segundo lugar, son un objeto material, que nos remite a lo concreto de esta tecnopolítica; en las tuberías, cables, carreteras, y sus ausencias, es posible encontrar historias políticas y sociales sedimentadas. En tercer lugar, son una estrategia analítica. Seguir las conexiones y desconexiones, los grupos de interés político y las formas de vida que ocurren en torno a ellas abre formas nuevas de pensar la política como algo siempre técnico. Son también el resultado de proyectos de gobierno, materializaciones de grandes estrategias de acumulación, de formas de resistir estos procesos, y lugares donde nuevas opciones políticas se hacen posibles y concretas. Finalmente, las infraestructuras serán una forma de analizar proyectos, propuestas, discursos, acciones y omisiones políticas en el marco de las elecciones presidenciales de 2018 en México. La idea es explorar, de forma crítica, qué país pretenden no solo imaginar, sino construir, los diversos grupos que buscan ser opciones político-electorales en México. Este ejercicio puede ser útil para entender si lo que se propone es la continuidad de un régimen de desigualdad, exclusión y muerte, o un proceso de construcción de un futuro más justo, de paz para quienes hoy son desechables en este sistema.

 

REFERENCIAS

Carse, «Keyword: Infrastructure. How a Humble French Engineering Term Shaped the Modern World», en P. Harvey, C.B. Jensen y A. Morita, Infrastructure and Social Complexity: A Routledge Companion. New York, Routledge, 2016.

E. González Reynoso. La región hidropolitana de la Ciudad de México: conflicto gubernamental y social por los trasvases Lerma y Cutzamala. Ciudad de México, Instituto Mora-Conacyt, 2016.

Felipe de Alba. «Challenging state modernity: Governmental adaptation and informal water politics in Mexico City», Current Sociology, 2016, pp. 1-13.

Fernando Escalante Gonzalbo, Historia mínima del neoliberalismo, Ciudad de México, El Colegio de México, 2015.

GeoComunes, «Las Zonas Económicas Especiales (ZEE): nueva amenaza neoliberal a los bienes comunes», 2018.

Karl Marx, Capital: A Critique of Political Economy, Vol. I, Londres, Penguin Books, 2004.

Mitchell, Rule of experts: Egypt, techno-politics, modernity, Berkeley, University of California Press, 2004.

Pablo González Casanova, Colonialismo interno (una redefinición), Rebeldía, 2003.

 

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Posted by Alejandro De Coss

Alejandro De Coss (Ciudad de México, 1984) es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es también maestro en Sociología por la London School of Economics and Political Science (LSE) en el Reino Unido, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina. Su investigación explora el proceso de urbanización del agua en la Ciudad de México a través de un análisis etnográfico e histórico de las infraestructuras que componen al Sistema Lerma.

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