Leer es vivir

Elpidia García, narradora de Ciudad Juárez, México, cuenta por qué y cómo se inició en la lectura. Leer, nos dice, es una manera de amar la vida.

¿Qué significa leer? ¿La lectura es o no un imperativo? ¿Qué debe leerse y por qué? Las discusiones en torno a la lectura son añejas y abundantes sus aristas. Sin embargo, el debate suele estancarse en argumentaciones abstractas que apenas dejan entrever a quien debería ser el actor central del drama: el individuo concreto, con nombre e historia propios, que por diferentes razones –todas ellas enraizadas en sus circunstancias personales e históricas– hace de la lectura de libros y autores igualmente concretos una de sus actividades vitales. Cuadrivio desea contribuir al debate con una nueva sección, «Caminos de la lectura», en la que diferentes escritores y editores contarán por qué y cómo se volvieron lectores, qué significado tiene y ha tenido la lectura en sus vidas y de qué manera los motivos primigenios que los impulsaron a leer inciden –si es que aún lo hacen– en los criterios con que actualmente eligen sus lecturas. Este proyecto es eco del llamado que en 2014 hiciera Tim Parks a construir una «antropología de la lectura».

Nuestra primera invitada es una rara avis de la frontera mexicana: Elpidia García Delgado (Ciudad Jiménez, Chihuahua, 1959), quien durante más de tres décadas trabajó en la maquila de Ciudad Juárez (industria alienadora como pocas) hasta que el azar y el desempleo le abrieron las puertas de la escritura. En 2012, Elpidia publicó Ellos saben si soy o no soy (Ficticia/Ichicult) y en 2015 Polvareda (UACJ), cuentarios en los, al igual que en esta primera entrega de «Caminos de la lectura», palpita la aspereza fronteriza pero también la tenaz convicción de que la literatura, y en particular la ficción, puede emancipar a la humanidad de sus miserias.

 

 

Elpidia García Delgado

 

Entre enciclopedias y libros de texto

En mi niñez, marcada por la precariedad, no tuve una biblioteca pero sí la suerte de tener una madre insatisfecha, quien interrumpió sus estudios magisteriales al casarse con mi padre. Ese deseo frustrado de ser maestra inculcó en mis hermanos y en mí el germen de la curiosidad por el conocimiento. Cuando éramos muy pequeños, mi madre invitaba cada tarde a un grupo de niños vecinos a «la escuelita», un pequeño espacio habilitado con sillas y un pizarrón en nuestra casa de dos habitaciones. Fue allí donde nos enseñó a leer y a escribir antes de inscribirnos en la escuela. Conforme nos daba clases y nos contaba historias, de alguna manera motivó nuestro interés por la lectura.

Mis primeros recuerdos como lectora remiten a los tres tomos que conformaban El libro de nuestros hijos, editado por la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, posiblemente la edición de 1956. Ni siquiera eran nuestros, pertenecían a mis primas, cuyo padre era un famoso locutor de radio que tenía un programa cultural. Él se los había comprado con la esperanza de despertar en ellas el interés por aprender. Un día los olvidaron en mi casa. Así tuve mi primer acercamiento a la mitología griega en la forma de cuentos infantiles muy resumidos, a biografías de personajes famosos, a fragmentos de obras como la Ilíada y la Odisea (pasarían muchos años antes de que leyera las versiones completas) y a una selección ilustrada de las fábulas de Esopo, o más bien, a la versión del escritor español Félix María de Samaniego. Estas últimas eran mis favoritas, captaron mi atención, y puesto que no teníamos otros libros para niños, las leía una y otra vez. De esas lecturas, recuerdo vivamente la fábula «La zorra y las uvas». ¿Quién iba a decir que un esclavo liberto nacido hace 2500 años me iniciaría en la lectura y en el valor del esfuerzo para conseguir lo que te propones?

Ya en la primaria –poco después de que Adolfo López Mateos y Jaime Torres Bodet crearan la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos para dar libros sin costo a todos los niños de primaria–, mis libros de Lengua Nacional, con la maravillosa portada de «La Patria» de Jorge González Camarena, siguieron motivando mi gusto por la lectura. Gracias a ellos disfruté los poemas de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Rubén Darío, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera y José Martí, entre otros. También gocé leyendo los cuentos del escritor danés Hans Christian Andersen. Del mismo modo, mi primer acercamiento a los cómics ocurriría en esa época con las historietas de Memín Pinguín, de Sixto Valencia, y con casi toda la serie de novelitas románticas Lágrimas y risas, de Yolanda Vargas Dulché (publicadas por editorial Argumentos, después Vid), a las que mi madre era muy afecta. Aunque no había mucho dinero, su bajo costo nos permitía comprarlas.

En el último año de primaria gané un concurso de desempeño escolar cuyo premio consistía en un viaje a la Ciudad de México, donde los ganadores conoceríamos al presidente, Luis Echeverría. En el concurso participaban todos los niños de sexto grado del país. Antes del viaje, mi madre, preocupada por la falta de ingresos para comprar libros, escribió al mandatario una carta que le debía ser entregada personalmente. En lugar de eso, la carta fue recibida por los empleados de Echeverría en la breve visita que apenas alcanzó para que los niños nos tomáramos una foto con el presidente. Varios meses después recibimos una caja pequeña con libros, casi todos biografías de expresidentes y políticos destacados. No despertaron mi interés ni el de mis hermanos. Nosotros queríamos leer ficción, encontrar en los libros entretenimiento, mapas, historias, cuentos. En la misma visita, la Secretaría de Educación Pública nos regaló a cada estudiante ganador un ejemplar de Don Quijote de la Mancha editado por Porrúa. Su extensión y el lenguaje, que entonces me pareció extraño, me intimidaron, y creo haberlo hojeado con frecuencia y leído algunos fragmentos sólo a mis doce años. Sabía que era «la obra», considerada fundamental en nuestra lengua. Poseerla era como tener un carísimo diamante en exhibición dentro de una vitrina, innacesible al tacto e imposible de ver y gozar de cerca. Algún día tendre que leerlo, pensé.

 

Errancia

Pero a menos que un adolescente sea dirigido con el ejemplo, la disciplina y el amor por la lectura, no será capaz de hacer de ésta un hábito. Ése fue mi caso al llegar a la secundaria, más preocupada por mi confusión hormonal y sin la vigilancia de mi madre, quien trabajaba todo el día como costurera fuera de casa. Leía por placer lo que me venía en gana, de forma desordenada y dispersa. Aun así, las lecturas obligadas de la escuela y aquellas que caían en mis manos, me volvieron a libros como El Quijote (del que, nuevamente, no pasé de unas cuantas páginas, las necesarias para escribir la sinopsis de algún capítulo o aprobar un curso) y me introdujeron a obras cumbre como el Cantar del Mío Cid. No sé si llegué a leer los tres cantares, pero las hazañas del héroe medieval y el verso en que la gesta épica de Rodrigo Díaz de Vivar estaba escrita, hicieron que pudiera tocar las márgenes de la maravilla de la literatura.

Mi principal afición eran los cuentos. Los autores y obras que leí con mayor placer entre los doce y los quince años fueron, por mencionar algunos, los Cuentos de la selva, Anaconda y los Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga; El llano en llamas de Juan Rulfo, y la aclamada novela Pedro Páramo, que volvería a leer una y otra vez algunos años después. En esa tierna adolescencia empezaron a llegar más libros (préstamos de amigos, maestros y familiares) a nuestro todavía precario hogar, con ocho niños mantenidos únicamente por mi madre. Así llegué a interesarme por la literatura fantástica al leer La metamorfosis, de Franz Kafka; El lobo estepario, de Herman Hesse, y libros juveniles de moda como Pregúntale a Alicia, cuya autoría sigue en duda. La expriencia de la quinceañera con las drogas era tan terrible, que la historia pasaba de boca en boca entre las jóvenes de mi edad. Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, fue otro libro que la mayoría de los adolescentes de mi generación leímos y no descarto que su metáfora de los deseos y la libertad haya influido en mi carácter. Mi hermano mayor era un lector más concentrado y serio, yo le seguía en edad. Él y yo leímos los mismos libros, pero poco a poco fue decantando sus propios gustos. Se interesó por Lobsang Rampa y la poesía de autores de la época. Mis otros hermanos eran todavía pequeños y cada uno seguiría su propio camino hacia la lectura, un camino que los dos hermanos mayores estábamos abriendo. Hasta ese momento, mi viaje hacia la lectura había sido como conducir en una pista de carritos chocadores: tumbos y giros erráticos, zigzagueo sin control en la ruta.

 

De la rebelión a la maquila

La invitación a pertenecer a las juventudes comunistas cambió el curso de nuestra inclinación hacia los libros. Le debemos a Tomás, hermano de mi madre, una aproximación más formal a la literatura y el interés por una ideología con aspiraciones justicieras y libertarias. Maestro rural y poeta, mi tío Tomás había pedido su cambio de plaza de la Sierra Tarahumara a Ciudad Juárez para estar cerca de mis abuelos. Yo admiraba sus cuadernos llenos de poemas amorosos. Militaba en el Partido Comunista y nos invitó a asistir a reuniones en las que se debatía y se organizaban las actividades, muy encendidas en los años setenta,  pues no había pasado mucho tiempo desde aquella fatídica matanza de indefensos estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. Había una gran herida abierta. Ahí aprendimos a adoptar una actitud crítica ante los aberrantes actos del Estado mexicano, a los que siguió una represión violenta de las manifestaciones de repudio lideradas por el partido de izquierda más importante. Los dirigentes en Ciudad Juárez eran maestros e intelectuales. Mi hermano y yo apenas teníamos dieciséis y quince años respectivamente, pero asistíamos a las reuniones y nos empapábamos de todo lo que oíamos y escuchábamos. El Manifiesto del Partido Comunista y algunas obras de la literatura rusa como La madre, de Máximo Gorki; el libro de poemas Para deletrear el infinito, del poeta mexicano Enrique González Rojo, regalo de un maestro amigo de mi tío y que leí una y otra vez, destacan en mi recuerdo de ese tiempo de desarrollo intelectual. Durante esos años, los cómics mexicanos tenían tirajes extraordinarios. Leímos con regularidad historietas populares como Los agachados, de Rius, Príncipe Valiente, El Monje Loco, Hermelinda Linda y Aniceto Verduzco, Kalimán y La Familia Burrón entre muchos otros. Nos distraían en nuestros ratos de ocio y contribuyeron a alimentar nuestra fantasía y a acicatear el deseo por leer historias de ficción.

 

La necesidad en nuestra casa hizo crisis. Cuando cumplí quince años, después de terminar la secundaria, tuve que trabajar. Las maquilas ya estaban instalándose en la ciudad y no lo pensé dos veces. Se habían terminado las canciones de protesta, las reuniones con los comunistas y cualquier aspiración ideológica. La maquila exige jornadas que se extienden más allá de lo permitido por la ley. Sábados, domingos, dobles turnos, todo por un poco más de dinero. Conforme ascendí en la empresa, la literatura de negocios obligada sustituyó a la que se lee por gusto. No la desprecié, pero siempre es mejor leer lo que es de tu elección. Mis lecturas más relevantes a lo largo de mis treinta y tres años en la maquiladora fueron las de los libros más importantes de los gurús norteamericanos de la calidad como J. Juran, Edwards Deming o Philip Crosby, y libros de autoayuda de Stephen Covey y Dale Carnegie. Los directivos no sólo los compraban para la gente en puestos de mando, también contrataban cursos intensivos sobre todas estas filosofías y técnicas para mejorar su negocio, siempre en auge gracias a los salarios raquíticos. A la otra literatura, aquella que «despliega la magia de la palabra para describir el asombro de nuestra existencia y el universo», según Mauricio Carrera, la miraba como se mira el mundo marino en un abismo del océano a través de un batiscafo: cercana, pues sabía que estaba ahí, pero sin poder tocarla. No obstante, seguí leyendo novelas de vez en cuando, en vacaciones por ejemplo.

 

Amor y lectura

A veces, el fracaso te obliga a indagar sobre las causas de la infelicidad. Mi encuentro con la Biblia tuvo que ver con un período en el que mi estado era de desesperación y angustia. Mi S.O.S. encontró eco en ese libro. La leí y estudié por varios años. Con la distancia y el tiempo transcurrido desde entonces, comprendo ahora que, más que sus preceptos cristianos, fue el acto de leer lo que me dio claves para salir de la situación en la que me encontraba. Fue de esa forma que pude entender con claridad el poder sanador de la lectura. Al final, las palabras de los santos y los sabios bíblicos no me bastaron. Discerniría mejor mi condición contrita al reconocerme en existencias iguales o distintas de los personajes de otras obras. Sacaría «algún provecho de sus caídas y desasosiegos, sus sueños y sus fracasos».

Pasarían muchos años antes de que mi relación con los libros se convertiera en parte de mi vida. Hasta ese momento dos personas habían influido decisivamente en mi gusto por la lectura: mi madre y mi tío Tomás, pero fue hasta que conocí a Ricardo, mi compañero actual, que la lectura se volvió algo mágico y edificante para mí, que sentí «el olvidado asombro de estar vivos», como dice Octavio Paz. Ricardo era un lector voraz desde la infancia y cargaba ya un fardo de intelectualidad y conocimiento de alto calibre gracias a su formación como filólogo. En su casa había una gran biblioteca no sólo con las obras más importantes de la literatura universal, sino también con una gran variedad de cómics americanos y europeos. Pocos años después de casarnos, perdí mi trabajo de treinta y tres años en la maquiladora. Eso me permitió leer lo que nunca había leído en mi vida, además de escribir. ¿A qué edad se puede formar el hábito de lectura? ¡A la que sea, no importa! Yo ya amaba los libros, les concedía la importancia y la influencia que tienen en la vida de las personas, pero no había leído mucho y sobre todo, leer no era parte de mi rutina diaria. Ricardo, gran lector y escritor, me llevó por ese camino de la mano. Empecé leyendo el libro que nunca había terminado: El Quijote, en una edición anotada de Castalia. Después, la monumental Moby Dick, de Herman Melville. Me enamoré del género negro con la serie de Georges Simenon y su inspector Maigret; con toda la serie de novelas de Henning Mankell; con la trilogía de Stieg Larsson; El complot mongol de Rafael Bernal; Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli, hasta llegar a John Connolly. Del género de ciencia ficción, con las novelas Philip K. Dick, las de Ray Bradbury, y con la mítica novela Solaris, de Stanislaw Lem. Del cuento, mi género favorito, con Antón Chéjov, el gran maestro y ejemplo para cualquier cuentista, de quien me conmovió su cercanía y solidaridad con los desposeídos y marginados. Le siguieron Edgar Allan Poe, Inés Arredondo y Jesús Gardea, y cómo no, las tres damas del Norte: Alice Munro, Flannery O’Connor y Eudora Welty. Me maravillaría con obras de la narrativa gráfica de autores como Will Eisner y Art Spiegelman. Reafirmaría mi identidad fronteriza al leer a los autores juarenses. En fin, la lista es larga y sólo quiero remarcar que desde entonces leo un libro tras otro.

Respeto mucho a quienes por diversas circunstancias no se interesaron por indagar en los libros. Ellos quizá encontraron respuestas a sus inquietudes en el contacto con la naturaleza y en las relaciones humanas sin tener que leer. Es posible que un campesino encuentre la poesía de la vida al meter las manos en la tierra nutricia, en el cuidado amoroso de los productos del campo. Un artesano encontrará el mismo placer que un lector mientras da forma y huele el barro del que emanan sus figuras; un músico se embelesa en la ejecución musical y encuentra el sentido de la vida en la melodía. Yo leo porque encuentro en la lectura un espacio donde la vida no se reduce al melodrama de la cotidianidad, donde no necesito soportar su vacuidad. Leer es como inyectarme una droga con la que me emociono y paso de sufrir a conmoverme, o reír o espantarme, a identificarme con personajes en los que encuentro la empatía que no hallo en personas reales. Leo porque me maravillo con la magia y la infancia que no disfruté de niña, porque hago en mi imaginación las cosas que no me atrevo en la vida real, porque recorro los lugares que nunca veré. Leo porque amo la vida, y «leer es una manera de amar la vida», dice Marguerite Yourcenar. Salgo de la prisión de la vida para imaginarme en libertad, y me «construyo un refugio contra casi todas las miserias de la vida», como escribió Somerset Maugham. Ahora nado con libertad en las aguas de la literatura y siento su frescor en mi piel, saboreo su salinidad. Tomo a los peces entre mis manos y palpo su textura, me asombra su colorido. Floto mientras el calor del sol entibia mi cuerpo. Miro el azul del cielo confundido con el del mar. Leer es eso, leer es vivir.

 

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. ¡¡Espectacular!! Me fascinó leer tu historia… Tantos autores geniales que te han formado. Abrazos.

  2. Gracias, Lucy, ojalá pronto pueda leerte aquí.

  3. Lucy Galván-Trejo Noviembre 3, 2016 at 12:23 pm

    “Leer es vivir” Era casi necesario que un día nos encontráramos en estas aguas, que como tú, yo también he navegado a veces contra viento y marea.

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