Lectora en tres actos

Tres actos que son tres hermosas instantáneas en prosa. La historia de Tanya Huntington como lectora narrada en unos cuantos parpadeos literarios.

Tanya Huntington (1969), escritora y pintora binacional, es doctora en letras latinoamericanas. Ha impartido cursos y talleres en la Universidad de Maryland y en la Universidad del Claustro de Sor Juana, es jefa de redacción de la revista Literal, Latin American Voices y también ha colaborado en varios programas culturales de radio y televisión. Su obra plástica ha sido exhibida en México y Estados Unidos por foros de prestigio como la Bienal de FEMSA. Su último libro, Martín Luis Guzmán: entre el águila y la serpiente, se publicó en Tusquets en 2015.

 

 

Tanya Huntington

 

Primer acto: Dakota del Sur

Tengo colgada en la pared de la recámara una fotografía en blanco y negro que tomó mi padre cuando yo tenía dos años. En ella, estoy sentada en un sillón, mirando con mucha concentración el libro que llevo abierto en el regazo. Señalo la página con la mano, y hasta se alcanza a percibir en la imagen, aunque esté fija, que muevo los labios. El libro está dispuesto no horizontalmente, sino en un ángulo nada propicio para la lectura.

No me acuerdo de quién era yo en ese momento, pero sí del libro: One Fish Two Fish, de Dr. Seuss. Lo tenía memorizado, por supuesto. Fue mi hermana mayor quien, ensayando su futura vocación de maestra, replicó conmigo las lecciones de lectoescritura que ella llevaba en el kínder: me enseñó a asociar los sonidos con los caracteres que los representaban. Gracias a ella, mi adicción a la lectura comenzó antes de que pudiera subir y bajar escaleras sin apoyarme o correr sin peligro de caerme.

 

Segundo acto: Maryland

Me convertí en hispanolectora a una edad bastante más madura: fue a los catorce años, si no mal me acuerdo, que comenzaron los años dorados de mis clases de español con la señora Susynski, una refugiada de la Guerra Civil que se había casado con un sobreviviente del Holocausto (de allí el apellido polaco). Todos podemos nombrar a un maestro que nos cambió la vida, para bien o para mal; en mi caso, fue ella y para bien. No solo nos mostró en clase Un Chien Andalou de Buñuel y Dalí, desafiando la posible (y hasta probable) censura de la directora de la escuela; también nos introdujo en el boom y la nueva literatura latinoamericana: hasta me acuerdo de la fecha de la polémica que suscitó en el aula el «Deutsches Requiem», de Jorge Luis Borges. Tampoco olvido el día en que la señora Susynski lloró al compartir con nosotros la noticia de que la pintura Guernica de Picasso había vuelto por fin a España, después de haber estado exiliada tantas décadas en Nueva York. Cuando nos dio como reto el primer capítulo de Cien años de soledad, me topé con la dura realidad de la frase inicial: no sabía el significado de la palabra «pelotón», tampoco de la palabra «hielo».

Me acuerdo del enorme esfuerzo que implicó aprender a leer en mi segundo idioma, el español, con ayuda de los diccionarios. Tanto me empeñé, que el resultado fue que siete años después pude escribir mi tesis de licenciatura sobre Pedro Páramo en español. Lo que no recuerdo es cómo fue mi transición de la narrativa oral (los cuentos que me contaban de niña, y que yo memorizaba) a la capacidad de leer (como dice la leyenda que lo hizo por vez primera San Agustín) «dentro de la cabeza» es decir, sin mover los labios.

 

Tercer acto: Ciudad de México

El resultado soy yo, una lectora híbrida que, como todos las creaturas compuestas de bestias distintas, tiene mucho de bizarro, pero también algo de fascinante. Leer es para mí algo tan natural, necesario e inconsciente como el acto de respirar, y a la vez algo tan artificial, arduo y vidente como aprenderse por puro antojo un idioma que acabaría siendo cotidiano, un idioma con el que hablo y publico y hasta sueño.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia