Las flores y sus lecciones sobre diversidad sexual

El sexo no siempre es binario. La naturaleza no se reduce a machos y hembras. Manuel Ochoa explora estas y otras asombrosas lecciones de las plantas sobre diversidad sexual.

A David BV, que me retó siempre a encontrar formas nuevas de mirar a las plantas.

 

Dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo. Tal vez quiso decir que no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas.

Jorge Luis Borges, «El Zahir»

 

 

Prácticamente nueve de cada diez plantas que existen en el mundo son plantas con flor. De esas, siete de cada diez son hermafroditas. Eso quiere decir dos cosas: que las plantas con flores son las más abundantes y que tener una estructura donde se encuentren simultáneamente los dos órganos reproductivos es su estrategia más común. Casi todas las plantas son hermafroditas. Pero ¿es la única posibilidad? ¿Qué pasa con el resto? ¿Cómo mirar a esos otros individuos que nos obligan a decir «casi» y no «todas»? La diversidad se encuentra en los resquicios olvidados detrás de toda mayoría, y puede decirnos mucho sobre las cosas que ocurren en la naturaleza (no solo en las plantas), pero para ello es necesario hacerla visible.

 

Entre lo binario y lo diverso

En cuanto al sexo, ¿lo natural se limita a dos posibilidades? En casi todos los animales, la situación pareciera fácil de delimitar: existen osos y existen osas; vemos tigres y tigresas; ajolotes macho y ajolotes hembra; espermatozoides y óvulos. Fin de la historia. ¿Y las plantas? ¿Cómo es lo sexual en las plantas? La situación es similar en cierto grado. Podemos observar lo binario en el sentido de que también existen células sexuales de dos tipos: óvulos y polen (análogos de cierta forma a los espermatozoides animales), pero hay mucho más que eso.

¿Por qué sucede así y no de otra forma? Es decir, ¿por qué no surgió evolutivamente una tercera alternativa para las células y órganos reproductivos de la naturaleza? Las hipótesis existen[1] pero la pregunta aún ronda los pasillos de la ciencia sin que por ahora nadie atine a tomarla y responderla con suficiencia. Aunque no existen tres o más órganos reproductivos en la naturaleza, en las plantas la diversidad sexual va más allá de lo binario de sus células y órganos reproductivos: se relaciona con su sistema sexual, es decir, con la manifestación de la sexualidad en cuanto a formas e interacciones asociadas con sus flores.

 

El sexo está en las flores

En la mayoría de las plantas que existen sobre la Tierra, la función sexual depende de la flor. La flor es un órgano que soluciona de manera suficiente el conflicto de inmovilidad que tienen las plantas, y cobra mucho sentido en la búsqueda que estas hacen de pareja reproductiva, la cual a menudo son incapaces de realizar por sí solas. Las plantas, gracias a las flores y a las relaciones que establecen entre individuos, han dado un giro evolutivo a la aparente restricción que limita lo sexual a solo dos alternativas.

Se dice que las flores son una gran innovación evolutiva, pues a partir de ellas las especies vegetales lograron diversificarse de forma sorprendente hasta ocupar prácticamente toda la superficie de la Tierra e incluso algunos ambientes acuáticos. La estrategia que han desarrollado las plantas para vivir más allá de lo que podríamos asociar a lo masculino/femenino, es la diversidad de su expresión sexual: la manera en la que se disponen y funcionan los órganos reproductivos en las flores de los individuos. Si las plantas supieran que muchos humanos entendemos la sexualidad de dos formas, se burlarían de nuestra inocencia.

 

En una casa o en dos

En toda especie sexuada, los órganos reproductivos se localizan en algún lugar. Esta afirmación parece una obviedad pero existe una palabra griega que se usa para describirlo con claridad: oikos. Esa palabra quiere decir lugar donde habita, u hogar, casa; y de ahí ha surgido el nombre de dos conceptos importantes en la biología: monoico y dioico. Ambos términos hacen referencia a la localización de los órganos reproductivos en las poblaciones de cada especie.

Los organismos monoicos son aquellos cuyo sexo habita en una casa, al interior de sus poblaciones; mientras que en los organismos dioicos, el sexo habita en dos casas al interior de las poblaciones. Son monoicos los organismos hermafroditas, pues ambos órganos reproductivos se encuentran en un mismo cuerpo, como ocurre en la mayoría de las plantas que tienen flores. Por otro lado, son dioicos los organismos que tienen los órganos reproductivos localizados en dos tipos de individuos distintos. La mayoría de los humanos y del resto de animales, por ejemplo, son dioicos: hay individuos que tienen ciertos rasgos reproductivos distintos a los que tienen otros individuos de la misma especie. A partir de ahí, distinguimos y establecemos las categorías de hembra y macho. En general, las plantas se encuentran en cada punto de esa diversidad, pues pueden ser monoicas, dioicas y hasta trioicas.[2]

 

De múltiples combinaciones

Pensar en las manifestaciones sexuales de las plantas con flor puede ser muy confuso porque existen muchas más posibilidades de las que imaginaríamos. Aunque ser hermafrodita al final se resume a albergar dos tipos de órgano sexual, en un sentido ecológico equivale a tener un tercer sexo;[3] de ahí que entender sus implicaciones no resulte algo tan simple como parece. Pensar lo femenino como complemento u opuesto de lo masculino es un error que cometemos con frecuencia. Lo opuesto de femenino no es lo masculino, sino lo no-femenino, y eso se observa claramente en las plantas.

Si ponemos atención a la minoría de las plantas, encontramos que pueden existir flores con órganos de un solo tipo. Existen especies cuyos órganos reproductivos se disponen como los nuestros, en individuos que podríamos entender como machos y hembras (las palmas de dátil son así). Hay plantas que, aunque sus flores tienen ambos órganos reproductivos, no son hermafroditas en sí, pues en ciertas partes de su cuerpo desarrollan flores masculinas y en otras partes tienen flores femeninas, como la marihuana y el maíz.[4] También existen especies con individuos que tienen flores hermafroditas y masculinas, e individuos con flores hermafroditas y femeninas.

La complejidad puede ser incluso mayor y más interesante. En algunas especies, los individuos no mantienen una misma identidad todo el tiempo: cambian de órganos y de funciones. Al abrir, sus flores son masculinas durante un lapso y posteriormente desarrollan las estructuras femeninas, o viceversa. A partir de nuestros criterios tradicionales de determinación sexual, ¿qué diríamos sobre las flores de estas especies? ¿Son masculinas, femeninas, ambas? Esta diversidad muestra claramente que nuestras categorías y formas de definir lo sexual resultan insuficientes. Pareciera que los humanos entendemos la sexualidad de un modo muy limitado.

 

Fuente: elaboración propia

 

Así como preguntamos antes por qué no hay más de dos tipos de células y órganos reproductivos en la naturaleza, podríamos decir también ¿por qué las plantas manifiestan tantas posibles combinaciones y no menos? Una maestra en la universidad respondía: «porque pueden». Esta respuesta, que parece una salida fácil que no resuelve el problema, dice algo sobre cómo ocurre la evolución en ocasiones. El «porque pueden» se relaciona con la variación que existe en la naturaleza en cuanto a estructuras, estrategias y posibilidades. La variación es el motor de la evolución, junto con el sexo. Para completar esa idea, en la naturaleza los organismos hacen cosas no solo porque pueden sino porque son así, diversos; y sobre todo, porque hacer lo que hacen pudo resultar ventajoso en algún sentido para la supervivencia y reproducción de sus ancestros. Al final, eso puede mantenerse por evolución si la herencia se relaciona con lo anterior.

 

Aprender de las plantas

¿Qué relación tiene todo esto con los humanos o de qué sirve? La respuesta es bastante ambigua: nos puede servir mucho, o muy poco. El conocimiento de la sexualidad de las plantas, en sí mismo, podría ayudarnos simplemente a comprender estos organismos, pero puede haber algo más entre líneas. Podemos hacer que ese conocimiento sirva para replantear cómo entendemos la sexualidad en general, o la de nuestra especie específicamente. Conocer a las plantas nos puede ayudar a ir un poco más allá y asociar al sexo con mucho más que con la genitalidad (los órganos reproductivos).

¿Estamos seguros de que, así como observamos únicamente óvulos y espermatozoides en el resto de la naturaleza, incluyendo nuestra especie, el sexo en su concepto amplio es igualmente binario? Tal vez lo sea en un sentido estricto, pues no dejará de haber espermatozoides, óvulos y otras estructuras que parecen asociadas a ellos, pero no debemos engañarnos por las apariencias. Sus manifestaciones son muy variadas y también forman parte del sexo. Quizá es tiempo de que las manifestaciones culturales humanas, con respecto a la diversidad sexual, se entiendan desde formas más amplias y flexibles, de una forma similar a como tuvimos que actuar conceptualmente para entender el sexo de las plantas. Como hemos visto, aun desde la restricción de lo binario, las posibilidades se diversifican; para entenderlas convendría, al menos, estar abiertos a pensar las cosas de otra forma.

Las plantas son organismos que valoramos poco porque pueden resultar muy discretos y no tan carismáticos como los animales, pero escondidos en su biología existen aprendizajes sorprendentes que podemos obtener. Pensar de otra forma para comprender su sexualidad podría ser útil para poner a prueba algunos de nuestros paradigmas sobre el entendimiento de la especie humana, y no solo desde aspectos científicos o biológicos. Enriquecer las interpretaciones de los fenómenos puede abrir otra vía de entendimiento –y valoración– de nuestra realidad en lo que se refiere a la manifestación sexual. Probablemente falte mucho aún para entender los orígenes de la diversidad sexual humana desde un contexto científico o biológico, pero un importante primer paso es visibilizar la diversidad y comprender cómo se articula, y aceptar que forma parte de nuestra identidad. La diversidad por sí misma –y no solo en la ciencia biológica– es un fenómeno fascinante que vale la pena apreciar.

 

NOTAS

[1] El sexo es costoso y ese costo aumenta si existen más alternativas. Biológicamente, tres sexos implica mayor gasto energético que tener dos, en lo que se refiere a producción de órganos reproductivos, búsqueda de pareja, reproducción, etc.

[2] El sexo de los fresnos y el de los árboles de papaya «habita en tres casas». Sus poblaciones tienen individuos con flores masculinas, individuos con flores femeninas, e individuos con flores hermafroditas.

[3] Las flores hermafroditas no son una suma de partes masculinas y femeninas, sino una coordinación de ambas en funciones específicas, distintas a las que desarrollarían como flores individuales de cada sexo en la planta.

[4] Si preguntáramos a un campesino cómo producir mazorcas, nos diría que se debe agitar la planta. Lo que sucede biológicamente ahí es que las flores masculinas, que se encuentran en la parte superior, sueltan el polen tras el movimiento, y éste cae sobre las flores femeninas, que se encuentran más abajo, y después de la fecundación desarrollan la mazorca.

 

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Posted by Manuel Ochoa

Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

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