Lamento mexicano

Cosas de la circunstancia mexicana: durante mucho tiempo el estilo y modo de hacer historietas para el público cautivo que habita este país dejaba tantas ganancias que se convirtió en una fórmula inamovible y comprobada. Tratar de hacer algo distinto era, para los empresarios dueños del negocio, un absurdo y una pérdida de dinero.

A pesar de que México es uno de los países donde más se ha leído y producido historieta en el mundo, el noveno arte la ha pasado bastante mal los últimos veinte años. Y la cuenta sigue. Los moneros mexicanos de los noventas han tenido que enfrentarse tanto al desprecio a la historieta como obra de arte, cuanto al desprecio a la cultura del cómic de autor como producto en el mercado editorial. Erik Frik Proaño nos cuenta de experiencia propia cómo ha sobrevivido el cómic de autor en estas adversas circunstancias y cómo, a pesar de todo, su pulso creativo no parece ser derrotado.

 

 

Frik

 

«No se culpe a nadie de mis errados trazos», dice impúdico el monero aquel que, escudándose detrás de este impreso, trata de dar testimonio de lo que han sido veinte años de hacerle al cuento en los ratos en que las distracciones de todo tipo (como sobrevivir, por ejemplo) se lo permitían. Pretender hacer algo que, por llamarle de algún modo, vamos a denominar «historietismo independiente», era una actividad que a final de los años ochentas y principios de los noventas en México parecía un delirio infantiloide a los ojos de mucha gente, tanto del ciudadano común del de a pie (léase nuestros padres), como de los pocos intelectuales interesados en el lenguaje, que entonces solo respetaban La Familia Burrón. Pero sobre todo, hay que decirlo con claridad, de los dibujantes y editores de la  muy tradicional industria de la historieta nacional. Ya parece que los oigo decir: «¿Qué pinche mamada es esa de tratar de emular (¡ay sí, “emular”, ¡juar, juar!) el trabajo de bichos tan extraños (y extranjeros, para acabarla de amolar) como Carlos Giménez, Robert Crumb, Alberto Breccia, Moebius, Dave Mckean, o Richard Corben? ¡Si con el Lágrimas y Risas tenemos! ¡Además lo otro no se vende, no la chinguen!», y de ahí no los sacabas.

Hubo entre quienes formamos parte del grupo base del Gallito Cómics, aquella histórica revista dirigida por el editor y amigo Víctor del Real, a manera de experimento, un acercamiento a esta industria. En lo personal, debo admitir que a mí me rechazaron a las primeras de cambio por incumplir sus estándares de dibujo, pero a mis amigos sí les dieron trabajo, básicamente de entintadores, con lo cual pudieron disfrutar por un tiempo de las bondades de esa muy eficiente línea de montaje… sólo para comprobar, al final de cuentas, que vivir mucho tiempo dentro de ésta era la muerte de cualquier proyecto personal que hubiera podido traer en la cabeza cualquiera de nosotros. ¡Ni soñar en ese entonces con publicar algo fuera de la ortodoxia!

Cosas de la circunstancia mexicana: durante mucho tiempo el estilo y modo de hacer historietas para el público cautivo que habita este país dejaba tantas ganancias que se convirtió en una fórmula inamovible y comprobada. Tratar de hacer algo distinto era, para los empresarios dueños del negocio, un absurdo y una pérdida de dinero. Por otro lado, lamentablemente a los editores de libros nunca se les ocurrió, si no hasta hace muy poco, explorar las posibilidades comerciales que este lenguaje podía ofrecer al universo de sus lectores adultos. Adicionalmente, llama la atención que, siendo las historietas la única lectura al alcance de una parte muy importante de la población del país, el estado tampoco se hubiera interesado en aprovecharlas (más que durante un breve periodo al final del sexenio de José López Portillo), dado que para  fines didácticos y de promoción de la lectura, la historia, la ciencia y las artes, la historieta es un medio tan bueno o mejor que los audiovisuales. ¿Miopía, prejuicio, o todo lo anterior? Vaya usté a saber; el asunto es que, sujeta a la ley de la oferta y la demanda, que en términos económicos puede estar muy bien, pero como renovadora de discursos es terrible, la historieta nacional solo conoció la fría lógica del mercado de las publicaciones periódicas.

Desde luego, no se trata aquí de victimizarnos gratuitamente, y  entiendo bien que a los ojos de la gente de la cultura en general, la falta de grandes obras hechas con este lenguaje en el periodo que comprende los años sesenta a los ochenta del siglo pasado (cuando, por comparación, se dio aquel primer boom de autores de vanguardia en Europa, Argentina y Estados Unidos) no han dado mucho motivo para tomar en serio el historietismo hecho en este país, ni el industrial ni mucho menos el independiente, que comenzó a dar de que hablar realmente hasta los años noventas.

Pero, oigan –y aquí hablo también como lector–: tampoco crean que de mi parte todo es descalificación para esta industria. Como suele suceder en producciones tan desaforadas, con cierta frecuencia surgen joyas que son dignas de nuestro aprecio. Quiero decir  que estuvo muy bien que existieran Kalimán, Memín, El Payo, Torbellino, Chanoc, Fantomas, El Pantera, y un largo etcétera de entretenidos productos nacionales, obra de aquellos esforzados galeotes de la pluma y el pincel. Hubiera estado mejor, sin duda, que algunos de esos viejos autores con iniciativa hubieran querido y podido hacer algo extra, aparte de la chamba pal’ chivo, con miras más altas en términos de experimentación, pretensión y ganas de buscar otros horizontes para ellos mismos, ¡tirándole a la internacionalización, incluso!, y creando de paso una escuela más provechosa que ese simple modelo de los tradicionales establos donde el maistro forma a los futuros maquileros de una industria petrificada y, por ello mismo, en vías de una muy lenta extinción. Ojo: no digo que no haya habido intentos aislados de independencia por parte de algunos de los más notables dibujantes y guionistas de esos tiempos, pero ninguno tuvo la fortaleza de perdurar en su empresa, dejando como única y perversa enseñanza de tal experiencia la inutilidad de ir contra la corriente. Seguro habrá alguna excepción por ahí, extraordinaria incluso, como los casos de Gabriel Vargas, o Rius, pero estas no hacen más que confirmar la regla. Otro cantar, más venturoso desde el punto de vista autoral, fue el desarrollo del cartonismo en los diarios y revistas dedicadas al análisis político en el país, donde los caricaturistas e historietistas con frecuencia se mimetizan obteniendo resultados de lo más interesantes…, pero eso es otra historia.

Insisto, no se trata de despreciar lo que se hizo, se sigue haciendo y finalmente, está bien que aún se haga en esta industria de capa caída; lo que extraño, y ciertamente lamento, es que la escena de la historieta hecha en México en las últimas décadas del siglo XX no haya sido más plural, más audaz, más imaginativa y más generosa con sus esforzados dibujantes y guionistas.

 

Cielito lindo de contrabando…

Los neomoneros, como denomina el investigador Armando Bartra a la tupida fauna de autores que con muy distintos orígenes, influencias, identidades, pesos y desde distintos foros dan testimonio de lo poco que se reconocen en esta tradición mexicana, son quienes mal que bien han (hemos) tratado de encontrar (concientemente a ratos) el camino de la «redención» de este lenguaje en el medio nacional, con una fortuna muy dispareja y que ya fue analizada en contexto por el mismo Bartra en un erudito análisis que arranca en los años ochentas y termina en el  2000 [1].

En ese panorama, y aquí hablo de lo que viví en compañía de mis amigos y compañeros de ruta, el papel que representó la revista El Gallito Cómics fue, tal vez, muy limitado en cuanto a difusión por las difíciles condiciones de distribución que siempre han imperado para este tipo de materiales, pero muy significativo por lo que aportó, que me parece fue mucho, y, sobre todo, por lo que, literalmente, resistió (tal como rezaba su lema «materiales para resistir la realidad») al ver pasar a trompicones desde sus páginas la última década del siglo XX.

Honor a quién honor merece. El fundador, corazón y motor del Gallo, fue el camarada Víctor de Real. Sin su voluntad, experiencia y visión, los esfuerzos de quienes éramos su consejo editorial y colaboradores más cercanos (y antes de eso simples moneros novatos, algunos huérfanos de espacio) hubieran carecido de sentido. A Víctor se debe el perfil cultural que la revista adquirió desde el principio, distanciándose del gueto de los otakus y marvelitas, pero sin rechazarlos, e incorporándola al circuito de lo que entonces, como ahora, son esas revistas de opción que ciertamente apenas sobreviven (con becas de coinversión a veces), pero las cuales son semillero y foro para autores que de otro modo quizá no tendrían donde hacer sus pininos. Gracias al Gallito se pudo conocer la chamba, no por espasmódica menos entusiasta, de los que entonces éramos los  moneros locales comprometidos con el espacio, junto con muestras de lo más notable del historietismo del mundo, con preponderancia de argentinos y españoles que destacaban en el mercado europeo indi y avant garde gringo de esos años, cosa que significó una muy importante escuela para varios de los dibujantes mexicanos que, a la distancia, veíamos las cosas que se podían contar cuando la imaginación viajaba más allá del Libro Vaquero y el Sensacional de Traileros.

En palabras del periodista y escritor Victor Roura (según yo lo recuerdo), los moneros mexicanos del Gallito fuimos como aisladas florecitas del campo, creciendo tembeleques en un páramo engañosamente yermo. Surgidos literalmente de la nada algunos; prófugos de las «Histerietas» otros [2]; con influencias de fuera todos y miras vanguardistas para los estándares mexicanos de la época, nos creímos, por esa soledad en compañía que era destacar de entre un montón de efímeros proyectos más o menos fanzinerosos, los más chingones del momento. No obstante, con todo lo pobre y defectuosa que puede ser una vanguardia sin escuela, que se inventa a sí misma en un entorno tan desfavorable (cuando no hay varo de por medio todo entorno es desfavorable), tuvimos la virtud, o necedad, de seguir adelante, de aprender y de crecer individualmente y como grupo sobre la marcha en la medida que nuestras capacidades lo permitieron.

Gracias a ello, después de la provechosa escuela que fue el Gallito, surgió el Taller del Perro, que en su corta vida consiguió cosas que ningún grupo de esas características ha logrado en el país; y aunque como organización El Perro se desintegró hace varios años, los productos que salieron de él, los eventos en que participó y las acciones que emprendió siguen siendo referentes que marcaron un momento y a un sector del panorama historietístico del indi nacional.

Ahora, junto con Bef y Bachan (que por su lado sacaron la otra revista de culto de esa generación en la ciudad de México, Molotov), somos los viejos que encabezan una no muy numerosa lista de autores que han ido surgiendo aquí y allá, siempre con las mismas saludables características: independencia, discurso propio, y capacidad crítica, amén de talentos  diferentes, que les han posibilitado destacar, además de por notables historietistas, como ilustradores, pintores, escritores, talleristas, cartonistas o animadores que han encontrado su lugar en los mercados laborales dentro y fuera del país.

Es verdad: tal vez la tradicional industria de historieta que conocemos en México va en lento declive, pero lo cierto es que ninguno de los autores a los que me refiero depende ella, ¡y qué bueno que así sea!

También es cierto que el fandom nacional, sustrato que idealmente  debería posibilitar la existencia de un mercado alternativo que, aunque minoritario, fuera estable, se encuentra disperso y lastimosamente norteado. Pero no es a ellos a quienes en exclusiva quieren dirigirse los autores de estas obras que, en varios de los casos, son más reconocidos en el extranjero que en su país.

Tal como sucede en el deporte nacional, aquí el conjunto y la organización no dan tan buenos resultados como las individualidades que, en solitario o en coyunturales equipos, van encontrando su propio camino, triunfando a su manera con gran proyección y solvencia, en muchas ocasiones, simplemente por el hecho de persistir.

 

NOTAS

[1] Para enterarse de ese panorama de fin de siglo hay que consultar el escrito de Armando Bartra, “Fin de fiesta: Gloria y declive de una historieta tumultuaria” Revista Curare, Espacio crítico para las artes, número 16.  Julio/ diciembre de 2000; o bien, el sitio web: http://www.rlesh.110mb.com/04/04_bartra.html, donde se encuentra alojado el mismo texto.

[2] Las «Histerietas» fue un suplemento de monitos que en los ochentas y noventas publicó semanalmente el periódico La Jornada, donde encontraron espacio muchos moneros que entonces empezaban y ahora son reconocidos profesionales de los medios.

 

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Frik es el nombre de historietista de Erik Proaño Muciño (1964), importantísimo monero e ilustrador mexicano, fundador de Gallito Comics y de El Taller del Perro, ha participado en diversas publicaciones de historieta alternativa, en las revistas MAD, El Chamuco y Expansión, y en periódicos como Milenio y La Crónica de hoy. Es autor de Krónicas Perras de 1999 junto con José Quintero y Ricardo Camacho, y del libro Cabos Sueltos (donde aparece este texto) de la editorial Resistencia.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. […] [8] Más información sobre la situación de la historieta mexicana en los ochenta: Frik, «Lamento mexicano», en Cuadrivio, número 3, marzo de 2011, publicación en línea: https://cuadrivio.net/dossier/lamento-mexicano/ […]

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