La vida es mucho mejor que Donkey Kong. Una conversación con Etgar Keret

José Miguel Rentería entrevista a Etgar Keret, uno de los narradores más apreciados de la actualidad. Además, Keret nos obsequia diez consejos (más bonus) para jóvenes escritores.

Etgar-KeretEtgar Keret (Israel, 1967) visitó México a finales de 2012, en el marco de la FIL Guadalajara, para presentar De repente un toquido en la puerta (Sexto Piso, 2012). En esta charla, José Miguel Rentería establece un diálogo donde el narrador israelí aborda sus influencias, los cambios que ve en su obra literaria desde que se convirtió en padre y la practicidad del lenguaje, temas que permiten al lector focalizarse en (y desde) uno de los escritores más apreciados en la actualidad.

 

 

José Miguel Rentería Ortega

 

¿Conoces a Augusto Monterroso? Es un escritor guatemalteco, el autor del cuento más corto del mundo.

¿El del último hombre en la Tierra que está en un cuarto y tocan a la puerta?[1] ¿O el del dinosaurio?

El del dinosaurio. «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Pienso que podría ser el argumento de uno de tus cuentos.

Mis cuentos no son tan cortos. Pero podría empezar de ahí, es un buen inicio.

¿Por qué tus cuentos son tan cortos?

Es del tipo de cosas de la que podría darte diez respuestas diferentes y todas serían ciertas.

Cuando escribo no creo un espacio, sino un sentido de orientación. Es como si me dirigiera a un lugar y el cuento es el vehículo con el que puedo llegar a ese lugar. Es como si estuviera en un barco y quisiera ir a un determinado punto, y el barco tiene un agujero y se mete el agua, entonces tiro todo lo que no necesito. Como si estuviera en el Titanic, tiro el piano, tiro esto. No me interesa el espacio de la historia, me interesa a dónde me puede llevar. Siempre es un intento fallido, porque mis cuentos siempre son sobre el intento de llegar a un lugar. No del llegar, sino del tratar de llegar.

Fui profesor en una famosa universidad en Estados Unidos. Los estudiantes se la pasaban hablando del cuento bien escrito, el del New Yorker. Yo les dije, «Quiero introducirles un nuevo concepto, el buen cuento mal escrito». Muchas veces en la narrativa la gente pone a la estética al centro del escenario. Quieren escribir oraciones bonitas, bonitos párrafos. Pero para mí, lo importante en una historia es la pasión por contarla. Las mejores historias que he oído en mi vida no fueron de gente que hablaba de forma articulada o hermosa, sino que fueron de la gente que tenía más ganas de contarla. La urgencia y la pasión son lo más importante. Y cuando tienes urgencia y pasión no tienes tiempo para escribir la descripción de un árbol con sus hojas que caen, o escribir cinco páginas de cómo una persona se arregla el cabello.

Soy el escritor de mis cuentos, pero también su lector. Y como lector soy impaciente. No sé nada de mis cuentos. Si un personaje abre la puerta veo atrás de él para ver qué hay en el cuarto, no sé qué hay en el cuarto desde antes. Como escritor quiero escribir oraciones bonitas, porque creo que soy muy listo y todo eso. Pero como lector me digo: «a la chingada con eso, dime qué va a pasar después, quiero saber qué va a pasar». Es la urgencia lo que me lleva hacia adelante.

Para mí el lenguaje y las metáforas son un instrumento, no el propósito. No uso el lenguaje para hacer estatuas de lenguaje, uso el lenguaje como una escalera para llegar al lugar a donde quiero escalar.

¿Las escribes de una sentada o las relees y corriges?

Siempre las releo y las corrijo. Muchas veces no puedo escribirlas de una sentada y me tardo más tiempo. A veces tardo semanas. Pero en el momento en que me siento, en que entro al cuento, en que entro al mundo de la historia, el motor que me hace avanzar es la curiosidad.

Para mí un cuento es correr por un hermoso museo para encontrarme con el amor de mi vida al otro lado. Mientras corro pienso: «ésta es una hermosa pintura de Frida Kahlo, pero perdón, corro a ver al amor de mi vida». Los novelistas tienden a ir por el museo, se detienen junto a todo, leen la descripción. Qué bien por ellos, pero los compadezco un poco, porque a mí me espera el amor de mi vida al otro lado.

¿Te gustaría escribir textos más largos?

Me gustaría, no tengo nada en contra de los textos más largos. Pero la extensión no me preocupa. Preguntarme si quisiera escribir textos más largos es como preguntarme si me gustaría escribir un cuento de una rubia de senos grandes, me gustaría, pero primero necesito tener la historia. Cuando me siento a escribir no me digo: «voy a escribir un cuento corto o un cuento largo». Quiero entender qué le pasa a este tipo, quiero saber si van a matar al dios o no. No me digo: «quiero escribir algo de cinco páginas o de quinientas».

Y también está la cita de Hamlet, «Brevity is the soul of wit…»

En la universidad estudié matemáticas y filosofía. Y era muy raro, iba de una clase de ciencias exactas a una de humanidades. En las humanidades las tesis tienen que ser muy, muy largas y deben de estar escritas en una forma que no todos entenderían. Porque si eres un académico serio tu tesis tiene que ser de cien páginas, tener muchas notas a pie de página, usar términos que un taxista no entendería y hablar de semiótica. Pero en las matemáticas es todo lo contrario. La tesis más brillante que uno podría escribir sería de cinco páginas. La mejor prueba para los postulados matemáticos es la más corta y la más accesible. La razón por la que todos admiran tanto el teorema de Pitágoras es porque se lo puedes enseñar a un niño. La accesibilidad y la brevedad son metas estéticas en las ciencias exactas. En las humanidades es exactamente lo opuesto.

Cuando voy a escribir un cuento más que nada quiero expresar algo. Y quiero expresarlo lo más rápido y más condensado posible. Y de la forma más accesible para los demás. No me interesa escribir un cuento que sólo entiendan las personas que estudian en la universidad, quiero escribir un cuento que todos entiendan.

Mis cuentos están en el medio entre un relato escrito y una narración oral. En las narraciones orales una de las cosas más importantes es el tono de la voz. Y muchas veces en mis historias el tono dicta la historia. También en la narración oral sobresale el hecho de que no es un acto declarativo, sino un acto comunicativo. Cuando dices algo quieres que la gente entienda lo que dices. Muchas veces en la literatura escrita pasa algo que no la vuelve accesible para todos.

¿Conoces el cuento «Romper el cerdito»,[2] la historia de la alcancía de cochinito? Cuando la publiqué, uno de los profesores de la universidad en la que trabajaba, un hombre muy estúpido, me dijo: «Tus cuentos son superficiales». Le pregunté por qué y me contestó: «Éste es un cuento que dejé que mi hijo de ocho años leyera y lo disfrutó». Yo le respondí que me entristecía mucho que insultara de tal manera a su hijo.

Quiero escribir un cuento que sea como un club sin cadenero, en el que todos puedan entrar. En el que todos puedan obtener lo que quieran. El niño puede jugar, los jóvenes pueden bailar y drogarse, los viejos pueden ir a otro cuarto a oír música clásica. Mi deseo es escribir un cuento de tal forma que te invite no a tomarlo todo, sino tanto como puedas.

 

Es como en el cuento «Cuento vencedor»[3]

Escribí este cuento porque me quería reír de algunas cosas. Hay algo sobre el acto de escribir que es una combinación entre la megalomanía y la inseguridad. Hay algo en escribir cuentos que es muy vanidoso por naturaleza. Me siento a escribir por mi asunción de que alguien en vez de besar a su esposa o de comer mousse de chocolate, va a preferir sentarse y entrar a mí mente. Hay algo de vanidad en ello. Escribir no puede venir de la modestia. Pero al mismo tiempo está la inseguridad de no saber qué estás haciendo, estás escribiendo cosas que ni siquiera pasaron en una hoja de papel y no sabes si la gente lo va a ver, se va a reír y lo va a tirar a la basura.

Quería escribir un cuento que ironizara sobre esta megalomanía y lidiara con el contrato tácito entre el escritor y el lector. Siempre existe. Yo te digo: «Llévame, te voy a interesar, a entretener, a hacerte pensar diferente». Y tú puedes decir: «No sé, hay un tipo del otro lado de la calle que dice que puede cambiarme la vida. ¿Tú puedes cambiarme la vida?». Cuando tomas un libro esperas algo. También quería escribir algo sobre este contrato tácito entre el lector y el escritor.

¿Cuándo empezaste a escribir?

Empecé a escribir cuando estaba haciendo el servicio militar obligatorio a los 19. No me gustaba el ejército, tenía problemas de insubordinación, era un rebelde. Mi mejor amigo, Uzi, y yo, estábamos en la misma unidad de cómputo. Éramos tres amigos. Nos conocíamos desde niños. Un día estábamos juntos en el mismo cuarto, mi mejor amigo me pidió que le trajera algo del otro cuarto y mientras estaba fuera se dio un balazo y se murió. Una semana después escribí mi primer cuento, «Tubos». Ésta fue la primera cosa que escribí en la vida. Cuando lo escribí no sabía qué estaba haciendo.

Hay una historia que me gusta contar. Cuando escribí el cuento lo imprimí porque se lo quería enseñar a alguien. Pero no sabía a quién y fui con mi hermano. Toqué el timbre y le dije que quería subir a enseñarle algo que había escrito. Él me dijo: «No es buena idea, son las seis de la mañana y despertaste a mi novia. Necesito sacar a caminar al perro. Bajo y lo leo mientras paseo al perro». El perro era pequeño. Mi hermano tomó el cuento, empezó a leer y a caminar. Pero el perro quería hacer popó y lo trató de jalar. Mi hermano seguía caminando y leyendo. El perro perdió el equilibrio y se cayó. Mi hermano lo iba arrastrando por el suelo sin darse cuenta. Pero por suerte para el perro mis cuentos son muy cortos y después de dos cuadras mi hermano se detuvo. El perro se levantó e hizo popó. Mi hermano me volteó a ver, con lágrimas en sus ojos, y me dijo: «Es muy hermoso ¿Tienes otra copia?». Le dije que sí, entonces agarró la popó con mi cuento y lo tiró a la basura. Esto ha sido lo más importante en mi vida como escritor. Cuando mi hermano hizo esto algo de electricidad salió de mi cuerpo y me dije «Quiero ser escritor». Me demostró cómo cuando escribes las historias no están en la hoja de papel sino en la mente de las personas. Fue como descubrir un superpoder.

Entonces los libros electrónicos no te preocupan…

Si pudiera me sentaría en las piernas de todos mis lectores y les susurraría el cuento al oído. Si no puedo hacer eso la mediación de la página impresa o del internet está bien. Amo cuando hacen audiolibros de mis cuentos.[4] Lo amo, porque los que leen los cuentos le aportan algo al cuento y lo vuelven una experiencia más fuerte que si uno sólo lo lee. Si alguien me dice: «¿Qué prefieres? ¿Que lea tu cuento o que lo escuche?». Yo les diría: «Lo que sea mejor para ti, al final el cuento estará en tu cabeza. Si viaja a través de un cable o por satélite no me importa».

¿Qué libros han sido importantes para ti?

Antes de ser escritor leí libros que me dieron la confianza para escribir. El primero fue una colección de cuentos de Kafka, La metamorfosis. El segundo fue Slaughterhouse Five de Kurt Vonnegut. Y el tercero fue The Red Cavalry de Isaac Babel. Los tres libros se conectan con mi experiencia en el ejército. Slaughterhouse Five es de un soldado estadounidense que se convierte en prisionero. La metamorfosis habla del miedo y la ansiedad a la vida que yo sentí como soldado. Y The Red Cavalry es la historia de los soldados rusos a principios del siglo XX. Había algo en esas novelas que me hicieron consciente de que podía escribir.

Vengo de Israel, de una tradición israelí de escritura en la que el escritor es como un papa secular, una suerte de profeta. El escritor tiene que ser alguien más inteligente que tú, más moral que tú, tiene que ser el que te enseñe el camino. Yo nunca pensé que podría ser escritor, porque yo no soy más listo que mis lectores, y no soy más moral que mis lectores. Es más probable que me encuentres a mí en la cama con tu hermana a que encuentres a Amos Oz. Sabía que podría leer, pero no sabía que podría escribir. Cuando lees a alguien como Kafka piensas: «Éste es un tipo que tiene incluso más problemas que yo». Son escritores que se sientan contigo en el tren y te ven a los ojos. No son alguien que está en un escenario y te dice «Ave María» y «Deja de masturbarte».

De repente, descubrí otro tipo de interacción posible entre un escritor y un lector que me permitió escribir, porque no podía.

También hay una crítica a los libros de superación personal y a las sectas que dicen saber el significado de la vida…

Sí, pero no es en contra del New Age, es más bien contra nuestro deseo de concretizar lo que no puede ser concreto. Muchos de mis cuentos hablan del intento de especificar un deseo que por su propia naturaleza no puede. Como en el cuento  «Pez dorado».[5] Ahí lo que digo es que si hubiera un pez dorado que concediera deseos pediríamos algo, pero las cosas que realmente queremos no sabríamos cómo pedirlas.

Estos deseos son los que parecen llevar a los personajes en tus cuentos. ¿Cuándo se publicó «Tubos»?

Cuando la escribí sólo se la enseñé a mi hermano y a dos amigos. Por un tiempo tuve únicamente tres lectores. Por casualidad alguien vio mis cuentos y me ofreció publicarlos.

¿Cuántos años tenías cuando finalmente se publicaron?

24.

¿Cuántos cuentos tenía esa primera colección?

56. Algunos se han incluido después en varias de las traducciones en inglés, The Bus Driver Who Wanted To Be God, The Girl on the Fridge. Muchos de esos cuentos eran sobre el ejército.

¿Han cambiado los temas?

¡Por supuesto! En mi primera colección de cuentos había una batalla mía contra el mundo y la vida a mí alrededor. Eran muy agresivos, muy violentos. Mi segunda colección de cuentos, Extrañando a Kissinger [Sexto Piso, 2010] era sobre las relaciones. El hombre sin cabeza [Sexto Piso, 2009] era sobre el compromiso. Éste [De repente, un toquido en la puerta; Sexto Piso, 2012] es el primer libro que escribo desde que soy papá. Es la primera vez que escribo de las relaciones padre e hijo desde el punto de vista del padre. Antes siempre era el hijo. Ésta fue una transformación muy importante. Ser papá es la primera vez en la vida en que asumes una responsabilidad. Antes de tener un hijo la vida no tenía nada que ver conmigo. La vida era como este lobby.[6] Si nadie ve, hago pipí en la alfombra o hablo por teléfono y no pago. Cuando tienes un hijo tienes que hacerte responsable. «Papá, me trajiste aquí. ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué te gusta de este lugar?». Te tienes que volver un abogado de esta vida, te reconcilias con ella.

¡En ningún lado hay información sobre Entebbe: A Musical! ¿De qué era?

En Israel tuvo mucho éxito. Hubo algo que se llamó Operación Entebbe en el 74 o 75. Un grupo de palestinos secuestró un avión y lo llevó a Entebbe, Uganda. Después unos israelíes fueron a liberarlos. Fue algo muy heroico, pero en el rescate, Yonatan, el hermano de Benjamín Netanyahu, murió siendo un héroe. Su muerte fue usada por Benjamín para lanzar su carrera política. Así que escribí un musical sobre estos dos hermanos. Yonatan va a Entebbe a liberar a los rehenes y tiene una pesadilla en la que  unos caníbales se lo comen. Al final de la misión salva a la gente, pero muere. En el avión su hermano se lo come y le dice: «Tu muerte no va a ser en vano, la voy a explotar y me voy a hacer primer ministro». Era una obra fuertemente comprometida políticamente sobre la explotación de las hazañas heroicas en Israel, sobre cómo las explotamos de manera muy cínica. La obra ganó en un festival muy importante. La familia de Netanyahu atacó al festival por darme el premio. Cuando gané el Prime Minister Award, Benjamín Netanyahu no fue a dármelo.

También has escrito para niños. ¿Te gusta?

Me gusta mucho. No hago distinción entre cuando escribo para niños y cuando escribo para adultos. Sólo que cuando escribo para niños no escribo sobre cosas que no significarían nada para ellos, no pongo nada de sexo ni drogas. Mucha gente piensa que cuando escribes para niños tienes que escribir diferente, como si estuvieras tratando de comunicarte con alguien con retraso mental. Los niños tienen toda la capacidad para entenderlo todo. Las latas de Coca Cola chiquitas que dan en los aviones a pesar de ser más pequeñas saben igual. Los niños son miniaturas de un ser humano. Y me gusta hablarles con la misma dignidad con la que les hablo a los adultos. No me gusta cuando en los libros para niños no quieren hablar de la muerte o de cosas que dan miedo. Los niños están obsesionados con eso. Si no hablas de eso es más difícil para el niño, mientras que si hablas de eso ya no se va a sentir tan solo, ni raro.

¿Cómo trabajaste con los ilustradores?

avied basil keretAmo colaborar con otros artistas. Lo que menos me gusta del arte es que es muy solitario. Aunque mucho de lo que escribo viene de mi deseo de comunicarme con la gente, cuando escribes estás solo. Me gusta encontrar un punto intermedio entre la percepción personal del mundo y la de alguien más. Eso se ha dado cuando trabajé en Papá escapó con el circo [FCE, 2004], en Una noche sin luna [FCE, 2009] y en el libro nuevo. Me gusta mucho la parte en la que hablo con el ilustrador sobre el cuento y él me comparte sus propias ideas. Es cuando entiendo el cuento de una manera más profunda.

El nuevo libro es un cuento que le contaba a mi hijo antes de dormir. Todas las noches le cuento uno, pero éste es el que más le gustaba y me dije «Tengo que hacer algo con él». Se llama El cachorro de los hombres-gato con el pelo muy largo.

Supongo que el colaborar con otros artistas fue lo que te llevó a hacer novelas gráficas…

A hacer novelas gráficas y a hacer películas.[7] Hay algo hermoso en tener esa intimidad y entendimiento con alguien. Es un ámbito en el que eres dominante, pero en el que al mismo tiempo no tienes el control. Escribir es estar con uno mismo, pero colaborar con otro artista es como estar con un amigo. Y muchas veces estando con amigos aprendes más de ti mismo que cuando estás solo.

¿Y cómo se dieron las cosas con Christopher Bowen? Su música acompaña perfectamente bien tus cuentos. Los dos son tristes, melancólicos, pero al mismo tiempo te hacen sentir tan vivo.

Es de Estados Unidos. Nunca había compuesto música para películas ni nada. Él es del Blue Man Group. Es músico, pero no trabaja como músico. Lo conocí por casualidad. Creo que, tanto en Jellyfish como en  $9.99, él experimentó las películas de una manera muy, muy cercana a como yo las escribí y dirigí.

¿Qué significan para ti la magia y los ángeles? Aparecen en todos lados en tus cuentos.

La magia es una buena metáfora para la creatividad y para ser artista. La diferencia entre un mago que hace verdadera magia y alguien que sólo hace trucos de magia es que el que sólo hace trucos de magia sabe exactamente lo que está haciendo. Si puedes hacer algo y lo puedes explicar es ciencia, no es magia. La magia es explotar algo que no está en tu control, que está más allá de nuestro entendimiento. Creo que hay escritores que son muy buenos haciendo trucos de magia, que tienen el control. Pero la verdadera magia es cuando tu cuento es más sabio y más listo que tú. Cuando pierdes el control para crear algo que es más grande que tus capacidades.

La relación entre el mago y el público es muy parecida a la de un artista y el público. El mago es más fuerte que el público, porque puede hacer cosas que ellos no. Pero también es más débil, porque depende totalmente del público. No puedes ser mago sin un público, mientras que el público no necesita al mago para existir.

Por otro lado, los ángeles representan las promesas, las esperanzas y las expectativas que tengo de la vida en choque con la realidad. Ni los ángeles ni los magos en mis cuentos son tan buenos como nos enseñaron que eran cuando éramos niños. Son las expectativas que se confrontan con la realidad.

¿Son la magia y la literatura necesarias en este mundo?

Para mí es necesaria. Es la forma de trascender las cosas que están más allá de nuestro entendimiento. Es una creencia que necesito para seguir viviendo. Si yo creyera que somos un montón de células que componen a una suerte de robot orgánico me sería más difícil vivir. Mi conocimiento es limitado. Que no sepa cómo funcionan algunas cosas me hace sentir mejor. Me hace feliz vivir en un universo en el que no pueda entenderlo todo. Pienso en los videojuegos en los que llegas al último nivel, terminas y se acaban, no hay más. En el juego de la vida nunca llegas al último nivel. Siempre nos va a interesar. La vida es mucho mejor que Donkey Kong.

¿Y cómo fue tu experiencia al vivir en la casa más angosta del mundo, en Varsovia, Polonia?

Fue una experiencia muy fuerte. Para mí significó algo completamente diferente debido al pasado de mi madre. Es un espacio privado y público, por un lado es mi casa, pero por el otro viene gente todo el tiempo a ver la casa, vecinos que me llevaban mermelada o vino. Viví sólo por una semana, pero durante esta semana conocí mucha gente. También ofrecí lecturas para una persona. Le pedí a la gente que mandara a Facebook la frase que más les gustara de mis cuentos y que explicara por qué. A las dos mejores respuestas las invité, les hice té, les leí un cuento y me hicieron preguntas. Fueron las lecturas más interesantes que he tenido. Podía empezar conmigo leyendo un cuento y terminar con una mujer contándome que es amante de un hombre casado que no le quiere dar un hijo. Por lo general no tengo este tipo de interacción, en la que estoy ahí como escritor, pero también como ser humano. Esta casa angosta hizo coexistir a estas dos identidades.

¿Qué consejo le darías a un joven escritor?

No tengo uno, tengo diez.

Y ahorita, además del nuevo libro para niños, ¿en qué estás trabajando?

En un libro de ensayos sobre mi familia. Sobre su pasado y su presente, mi papá y mi hijo. Pero también son sobre Israel, sobre mi país. También un programa de televisión que estoy haciendo con mi esposa sobre los agentes de bienes raíces. Se llama Middle Men, porque pienso que el escritor es siempre el «middle men», el mediador entre el lector y la realidad.

¿Cómo se va a llamar el libro de ensayos?

El título de trabajo es Insincerely yours.

 

 

 

[*] Etgar Keret también nos comparte en esta edición sus diez consejos para jóvenes escritores. Puedes encontrarlos aquí.

 

 

 

 

NOTAS


[1] Se refiere al cuento «Knock» (1948) de Fredric Brown.

[2] Este cuento viene en Extrañando a Kissinger (Sexto Piso, 2010).

[3] Incluido en su más reciente colección de cuentos, De repente un toquido en la puerta (Sexto Piso/Dirección de Literatura de la UNAM, 2012).

[4] En el último participaron Willem Dafoe, Stanley Tucci, Michael Chabon.

[5] También en De repente…

[6] La entrevista se llevó a cabo en el lobby del hotel Camino Real en Polanco.

[7] Jellyfish (2007), la que dirigió junto con su esposa y que ganó en Cannes; y $9.99 (2008), adaptación animada de algunos de sus cuentos, dirigida por Tatia Rosenthal.

 

 

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José Miguel Rentería Ortega (1990) está por terminar la carrera en Lengua y Literatura Moderna Italiana en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y prepara su tesis sobre la infancia y la memoria en la literatura italiana contemporánea.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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