La universidad melancólica

Ante las muertes y desapariciones de normalistas de Ayotzinapa, ¿de qué nos sirven las ciencias humanas, si nuestras sociedades son víctimas del horror?

¿De qué nos sirven las ciencias humanas cuando nuestras sociedades son víctimas del horror, cuando la realidad de la violencia golpea el rostro del saber? En México, las muertes y desapariciones del caso Ayotzinapa son sólo la cresta de una ola de terror, impunidad e injusticia que cubre todo el país. Las Universidades, instituciones del humanismo ilustrado, no pueden más que desesperar en su impotencia, mientras la indignación arroja a los humanistas de los libros a las calles. 

 

 

Staff

 

Esta vez la revista Cuadrivio enfrenta un dilema sin solución. Se ha llamado a reflexionar, en este número, sobre los problemas actuales de la institución universitaria, así que no puede pasar por alto los crímenes de Estado cometidos contra los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, Guerrero, y entonces concentrar su crítica en algunos tópicos pertinentes, como la histórica relación problemática del Gobierno con las normales rurales del país, o las injustas condiciones materiales en que subsisten estas escuelas, o la educación indígena, o la relación entre conocimiento y poder o entre universidad y política. Cualquier cosa.

Pero el horror de Ayotzinapa tiene algo de absoluto: es ineludible y, a la vez, incognoscible. Pues todo lo demás, todo lo que se dice, todo lo que ocurre aparte de este horror, parece baladí. Al mismo tiempo, todo lo que se dice acerca de él, todo lo que hacemos precisamente por él, parece inútil. ¿Cómo resolver esta tensión entre la obligación y la imposibilidad de abordar la tragedia? No podemos.

 

Sencillamente, horriblemente

Slavoj Žižek sostiene que el horror sobrecogedor de los actos violentos y nuestra empatía con las víctimas nos impiden pensar; de igual modo, un análisis puntual y desapasionado de la violencia participa en cierta forma de su horror y lo reproduce;[i] o será, quizá, que las herramientas de conocimiento que nos proporciona la razón no sirven para este propósito. «Los problemas de la violencia siguen siendo oscuros», escribió Georges Sorel en 1906.[ii] Hoy, más de un siglo después, seguimos obnubilados.

Los episodios de excesiva violencia tienen la desconcertante capacidad de marcar época. El Terror, sustantivo y sinécdoque, tiene una fecha y un lugar claramente identificables en la Francia revolucionaria. Auschwitz no sólo fue el nombre de un campo nazi de exterminación: nombra el momento en que la ciencia y la filosofía, el Conocimiento, decepcionó a Occidente, y aniquiló el anhelo ilustrado de libertad y progreso histórico de la humanidad tras el largo sueño del Medioevo.

Karl Marx vigorizó la filosofía cuando se propuso, con ella, transformar el mundo (y no sólo interpretarlo).[iii] Sin embargo, la experiencia traumática de las guerras del siglo XX le azotó la puerta en la cara. En medio de aquel desasosiego, Theodor Adorno denominó a la filosofía la «ciencia melancólica». Perseguido, exiliado, herido de muerte en el alma, Adorno criticó que la filosofía había perdido la brújula, e intentó recuperar para ella el que había sido su propósito milenario: orientarnos en la vida justa. Significativamente, la obra que contiene esta crítica fue titulada por él mismo Reflexiones desde la vida dañada.[iv] No sólo estaba melancólica la filosofía: Adorno, el filósofo, también lo estaba: perdido, sin una brújula.

La filosofía, o la ciencia, o el saber, ¿se han recuperado del desastre humanitario que estaban llamadas a evitar desde que la Ilustración las alumbró? En realidad, no. Y la universidad, celosa depositaria de su legado, carga con esta culpa. A sus imprescriptibles problemas –falta de financiamiento, burocratismo, exceso de matrícula, fuga de cerebros, banalización del servicio social, anquilosamiento de los planes de estudio, desatención de la investigación, entre otros– se debe sumar la terrible conciencia de su inutilidad o, más bien, de su insuficiencia. ¿Para qué, pues, la universidad –nos preguntamos los universitarios secretamente, en nuestro fuero interior– si no hemos podido evitar la tragedia de Ayotzinapa, si no pudimos evitar que ocurriera? Una sociedad donde se enseña la sociología es mejor que una en donde no, afirma Zygmunt Bauman.[v] De igual modo, diríamos, las sociedades son mejores si en ellas hay universidad y universitarios, pero nosotros nos hemos contentado con demasiado poco: enamorados de nosotros mismos, pensamos que basta con nuestra propia educación en las aulas.

Ésta no es, pese a todo, una refutación de la universidad. Pero la conciencia de sus límites tendría que llevarla a un cierto «pesimismo ilustrado», tal como lo pensó Fernando Savater: una permanente inconformidad con el mundo, incomodidad, inquietud.[vi] Este pesimismo –que es dinámico, y por lo tanto político– nos obliga, universitarios, a rehusar la cerrazón de las aulas y nos arroja a la calle, a los brazos de la gente, para sufrir su dolor, y acompañarla en su duelo.

«Pude ser yo», decían sombríamente las pancartas en las manifestaciones, en alusión a los 43 estudiantes que fueron desaparecidos. No fuimos nosotros –gracias– pero eso no logra hacernos sentir mejor. «Nos faltan 43», decían otras pancartas. Es verdad. Y, al parecer, sobramos los demás.

 

Postscriptum: Elogio de una cara

Es ésta una época en que la fotografía no sólo aporta la prueba del delito, sino que ella crea el delito mismo, según Judith Butler;[vii] si no hay imagen que lo compruebe, el delito no tuvo lugar, pensamos.

Recientemente, fueron exhibidas imágenes en las que políticos aparecen posando, sonrientes, cual compadres, junto al impresentable ex alcalde prófugo de Iguala, José Luis Abarca. Irónico, Carlos Loret dijo que se tendría que reformar el Código Penal para incluir el delito de «portación de foto prohibida».[viii] Pero las fotos no importan por sí mismas. Las fotos, aquí, son la prueba de una suerte de delito monstruoso que, de otro modo, a vista nuestra, no tendría lugar: la política criminal.

A Julio César Mondragón, un normalista de 22 años, sus plagiarios le arrancaron la cara y le vaciaron las cuencas de los ojos, y abandonaron su cuerpo descarnado en la calle, para que todos lo vieran. Y todos lo vimos, pero vimos más de lo que ellos hubieran querido: la cara que le arrancaron a Julio, su cráneo expuesto, sanguinolento, le puso una cara a la narcopolítica o necropolítica de nuestro país, eso tan fundamental en nuestra historia pero tan oculto, tan escurridizo, tan difícil de señalar y acusar y combatir, y ante lo cual estamos, por tanto, absolutamente desprotegidos. La desgracia terrible de Julio nos hizo ver que quienes asesinaron y raptaron a los estudiantes no fueron unos meros criminales, sino criminales ayudados por políticos y otros funcionarios del Estado, o criminales fungiendo a la vez como funcionarios. Narcogobierno. Narcopolíticos. Los que aparecen en las fotos sonriendo con Abarca. Fue el Estado, con su brutal cara descarnada.

 

Fue el Estado.

Si aquí ha habido algo de «justicia divina», en el sentido que dio Walter Benjamin al concepto,[ix] ha sido para Julio, el «Chilango», como lo llamaban sus paisas de Ayotzinapa. El asesinato de Julio dejó viuda a su mujer, Marissa, una joven de 24 años, y huérfana a su hija, una niña de apenas tres meses de nacida. Pero la tragedia da un vuelco: la pequeña tiene la cara de Julio, su padre desollado, y vive.[x]

 

 

NOTAS

[i] Slavoj Žižek, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Paidós, Buenos Aires, 2009.

[ii] Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia, Alianza, Madrid, 2005.

[iii] Karl Marx, «Tesis sobre Feuerbach», en Tesis sobre Feuerbach y otros escritos filosóficos, Grijalbo, México, 1975.

[iv] Theodor W. Adorno, Minima Moralia: Reflexiones desde la vida dañada, Taurus, Madrid, 1987.

[v] Zygmunt Bauman, «Sociología: ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?», en Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global, Fondo de Cultura Económica, México, 2011.

[vi] Fernando Savater, «El pesimismo ilustrado», en Gianni Vattimo (y otros), En torno a la posmodernidad, Anthropos, Barcelona, 1990.

[vii] Judith Butler, Marcos de guerra: las vidas lloradas, Paidós, Buenos Aires, 2010.

[viii] Carlos Loret de Mola, «Portación de foto prohibida», El Universal, 30 de octubre de 2014.

[ix] Walter Benjamin, «Para la crítica de la violencia», en Ensayos escogidos, Ediciones Coyoacán, México, 2012. Benjamin afirma que la «violencia divina» destruye la institución del derecho vigente; así, la violencia del Dios judío cae en el mundo, sin necesariamente tener la forma de un milagro, para destruir, con un efecto purificador, los vicios existentes en el sistema de justicia o en la justicia de los hombres. Benjamin no los menciona, pero estos vicios pueden ser, entre otros, la impunidad, la corrupción y la inequidad.

[x] Alejandra Arteaga, «Me preguntaron en el Semefo: ‘¿está segura que quiere verlo?’», Milenio, 1 de octubre de 2014.

 

 

 

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Staff, así se hace llamar el autor; es egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Lorena Paz Paredes Abril 25, 2015 at 8:30 pm

    Conmovedor, certero, profundo como un taladro, Staff me dejaste en el desasosiego

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