La unidad mínima  

Las canciones y los versos recitados ayudaron a curar la tartamudez de una pequeña niña meridiana. La lectura entró por sus oídos antes que por sus ojos. Irma Torregrosa, joven poeta mexicana, narra su propia historia como lectora.

Irma Torregrosa (Mérida, 1993), poeta, es egresada de la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes y de la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Punto de Partida, Carruaje de Pájaros y Círculo de Poesía. Fue tres veces becaria de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas, ha sido compilada en antologías publicadas por la UNAM/UANL y por La Bella Varsovia. Su libro Piélago obtuvo el Premio Hispanoamericano de Poesía San Román 2017.

 

The firstborn/ there was a storm/ before that storm/ there was fire/ burning everywhere

And everything became nothing again

Then out of nothing/ out of absolutely nothing/ I Benjamin/ I was born

So that when I become someone one day/ I always remember/ I came from nothing… 

Benjamin Clementine

  

Irma Torregrosa

 

1

Existen pocas cosas tan complejas como hablar de uno mismo. No me refiero a una presentación de café: me llamo tal, hago tal cosa, soy amigo o amiga de tal. Decir todo esto es más bien una plaquita con la que el mundo puede referenciarnos. Hablar de nosotros es más complejo que eso. Sin embargo, en el nombre llevamos un pedazo de nuestra historia. Irma, por ejemplo, es mi nombre y el de mi abuela materna, con la que pasé la mayor parte de mi infancia. Irma es el nombre de pila, de cariños y de enojo que mis padres eligieron para su hija, antes de saber que se separarían un par de años después.

La abuela Irma cuidó de mí casi toda la infancia mientras mi madre trabajaba y mi padre era más un fantasma que otra cosa. En su casa descubrí varias cosas que me cambiarían la vida sin saber yo aún que muchos años después escribiría sobre ello. Después del divorcio de mis padres, surgió en mí, como algo inesperado, la tartamudez. Decía la abuela que seguro era por culpa de ellos, que seguro yo quería decirles muchas cosas, pero, como no podía, no hilaba ni una sola oración sin sentir miedo. Pese a ello, no hubo terapias ni tratos especiales de su parte.

Las tardes pasaban entre juegos en la calle y música, a veces a mí también me dejaban salir con los otros niños de la cuadra. Mi abuela era feliz mientras yo no viera Pokémon y esas cosas del diablo. Los días que me quedaba adentro escuchábamos música en su grabadora, la mayoría de sus discos eran los suplementos semanales de algún periódico. Recuerdo las letras de Chava Flores, Los Panchos y Julio Jaramillo, pero también unos en los que había poemas recitados por voces graves e imponentes. Sentadas en la puerta ―tomando el fresco― la abuela se propuso, por medio de la poesía y la declamación, curar mi tartamudez. Después de algunos años, quizás lo logró. El primer poema que aprendí a recitar fue «El seminarista de los ojos negros», de Miguel Carrión.

Y digamos que aquí comienza todo. Durante esos años aprendí varios poemas, la voz fue tomando confianza; la memoria, fuerza. Leía a través de lo que escuchaba. Durante la infancia, mis oídos se convirtieron en la versión más precisa de mis ojos.

Mucho tiempo creí que mi abuela y la poesía me habían curado la tartamudez: con el tiempo, recitar con lápices en la boca se convierte en algo sencillo. Sin embargo, cuando la emoción es muy grande aún me gusta decir poemas, frasear canciones por lo bajo, devolverme a ese recuerdo tan naranja de mí misma, cerrar los ojos y verme junto a ella, mirando a los niños jugar cazavenado. En ese momento ni ella ni yo imaginábamos que la escritura se convertiría en mi manera de decir «aquí estoy».

 

2

Este año, por casualidad más que por búsqueda, encontré un libro de cartas de Fernando Pessoa y me obsesioné con su lectura, con las variaciones y progresiones de sí mismo y sus heterónimos con el paso del tiempo. Eso me hizo pensar en cómo toda historia está compuesta siempre de historias más pequeñas, variaciones de sí mismas, cambios microscópicos que acaso podrán ser visibles en el desdoblamiento de la escritura.

La célula es al cuerpo lo que el recuerdo a la memoria. El recuerdo es la unidad mínima de quiénes somos. Aunque paradójico, las ausencias llenaron alguna parte de la historia de mi nombre. En la primera etapa de mi vida aprendí que las cartas podían llenar esas ausencias aunque fuera momentáneamente, y esta es mi forma de ganar batallas. La correspondencia es épica en sí misma: una historia llena de historias en las pausas, los tiempos de espera y de escritura. Las cartas fueron la primera forma en que pude hablar sin tener que decirme de una manera explícita.

Otro recuerdo mínimo es mi primer libro de poemas, regalo de mi querida abuela. Un Declamador sin maestro de medio uso que llegó a la casa en una fecha común y corriente en el calendario. Hasta ese momento lo único que había leído eran mis libros de la escuela y una vieja enciclopedia ilustrada de la que sacaba toda la información que pudieran preguntarme en los exámenes: la historia de los países, la forma de las plantas, el instinto de los animales. La vida, para mí, se resolvía en tres tomos.

Poco a poco aquel libro de poemas se convirtió en mi favorito, mas no en el único. Descubrí que la enciclopedia no contestaba ciertas cosas y mis ojos buscaron otros caminos. Hacia los once comencé a ir a un «taller» para niños comelibros en un centro cultural que estaba cerca de la casa, en el barrio de La Mejorada. Allí había una biblioteca entera por explorar; sin embargo, lo nuevo era que lo haríamos a través de la escritura.

Al principio me dio miedo, como ahora que hablo de mí ante alguien que desconozco pero que me lee, porque ¿cuándo realmente hablamos de nosotros frente a un desconocido? Hay mucho de mí en estas líneas que no había escrito sin ficcionalizar mi propia honestidad, en la que creo firmemente a la hora de escribir. Creo que la escritura, en general, se trata de un desdoblamiento hasta la unidad mínima.

En ese taller tuve mis primeras lecturas de autores como Cortázar, Sabines, Benedetti, y ejercicios que tenían que ver con la metáfora y otras cosas sencillas. Ahí aprendí que la poesía era convertir lo ordinario en extraordinario y que me eso me gustaba. A la par de mis autores de adolescencia también me consumió el furor por los libros de Harry Potter, después por los de Tolkien, después por los de Bradbury. Además de la poesía, la literatura de ficción era algo que me gustaba muchísimo en ese entonces, y quizás pude quedarme un tiempo allí, pero mi exploración nunca se detuvo. A la par de que los celulares comenzaron a tener cámara y pantalla de colores, fui descubriendo lecturas de manera juguetona, casi errática, en aquella biblioteca que lamentablemente ya no existe.

No recuerdo cuándo ni qué edad tenía cuando escribí mi primer «poema». Después de las cartas, fueron mi manera de vencer el miedo a decirme. Hice textos para mi madre, para alguna amiga, para los chicos que amaba en secreto. Jamás se los enseñé a nadie, pero aún los conservo. En mi casa nunca entendieron bien qué le pasaba a Irma, esa pequeña palabra, pero mientras cumpliera con los deberes me era permitido leer casi cualquier cosa. Los libros se habían convertido en mi fuente de conocimiento, pero también el de mayor placer.

Estaba en la prepa cuando tomé conciencia de que la lectura en mi vida era algo más que un placer. Por esos años, ya pedía a mis papás libros para mis cumpleaños y navidades, o dinero que también funcionaba para comprar libros o CD de rock alternativo. Ya escribía mis primeros poemas bien, según yo. Uno de esos días mi madre vio un anuncio en el periódico de una escuela de creación literaria que abriría lugares para entrar a su primera generación. Me inscribí. A la par de la prepa, por las tardes iba al Centro Estatal de Bellas Artes en Mérida a aprender versificación, leer cosas nuevas y aprender que lo que escribía no era lo que quería escribir.

En esos tres años mis lecturas cambiaron tanto, que también mi escritura vivió sus consecuencias. Soñaba con Rimbaud, Lorca, Kavafis, Rosario Castellanos, Neruda, Pizarnik y me la vivía tratando de traerlos a colación en mis pláticas casi siempre. Quizás esté de más decir que nunca logré que mis amigos en la prepa se interesaran por lo mismo, pero podía vivir con eso. Los poemas que escribí durante ese tiempo tienen mucho de todas esas lecturas y mi búsqueda por un tema del qué hablar.

A partir de aquí, lo demás es historia.

 

3

Si hay algo que se ha perfeccionado todos estos años es mi manera de leer con los oídos, que no es más que otra forma de escuchar con atención. Así comenzó todo, incluso la escritura de este texto. Una noche, durante mi estancia en Puebla, conocí la música de Benjamin Clementine, un tipo negro de fisionomía casi alienígena ―como diría él mismo―, virtuoso del piano y la palabra.

En una de sus letras, Clementine dice que uno viene de la nada y que siempre, pase lo que pase, hay que recordarlo. Uno viene de la nada y luego es algo, luego es alguien que olvida que salió de la nada, que la sucesión de cosas aparentemente pequeñas, esas unidades mínimas, hicieron posible este ahora. Hace poco alguien me preguntó que si sabía que leer iba a cambiarme la vida. La respuesta no la supe desde el principio, uno nunca sabe bien qué contestar sobre preguntas tan determinantes. Lo único cierto, quizás, es que yo llegué a la poesía a través de la música y de la lectura. La curiosidad y el instinto me hicieron una lectora lúdica, cuya única regla consiste en no detener la exploración.

Leo como quiero y cuando quiero. Leo en formato libro, en el Kindle, el celular, leo con los oídos y con el cuerpo también, los espacios que habito. Como todo acto de comunicación, la lectura sucede en el mensaje que decodificamos con base en el background de nuestras experiencias. Leer nos acerca a otras vidas, nos permite ver el desdoblamiento del que escribe lo que sea que estuviéramos leyendo. La lectura, como acto social, también me apasiona. Actualmente escribo una tesis en la que las experiencias de lectura de la gente son mi punto de análisis en el proceso de las industrias culturales.

En este último año he descubierto un diálogo diferente en mis lecturas. Quizás he leído menos pero más a conciencia, he vuelto a viejos amores poéticos y he diseccionado mi propia escritura a partir de ellos. Quizás por ello sentí, por vez primera, el aliento suficiente para escribir un poemario que venía maquinando desde hace mucho. Cuando terminé de escribir y me leí, sentí raro al estar del otro lado. Sentí como si todas esas pequeñas migajas de tiempo que venían atrás de ese momento encajaran de modo atinado en la página. Después de muchos años de leer siempre a otros, me enfrentaba a mí, mientras leía.

Escribir también es otra forma de leer(me). Escribo poemas sueltos, ideas que moldeo a partir de esas pequeñas unidades que la experiencia y la lectura han dejado. Así, en la escritura puedo ser yo, pero también otros. Ya sean cartas, poemas o frases incompletas, cada una siempre tiene una pequeña cosa que viene desde mí. Leo y escribo porque disfruto sumergirme en mí.

Pero, como todo proceso, lleva su tiempo y sus formas. Al menos, por supuesto, las mías. El tiempo no es tan importante, escribir no es una competencia. La lectura, mucho menos. Lo importante, creo yo, siempre es la idea de posibilidad. Las posibilidades son más grandes en la nada, diría un personaje de Paterson.

Yo creo firmemente que la nada es el principio.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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