La supervivencia de las humanidades fuera de la academia

Davo Valdés reflexiona sobre las posibilidades de supervivencia de las humanidades, en vista de su creciente agonía tras los muros de las academias y las universidades.

En un mundo donde todo parece valer por su productividad económica y funcionalidad técnica, las humanidades corren el riesgo del desdén, del sinsentido, y se dedican a justificar su propia existencia. Davo Valdés reflexiona sobre las posibilidades de supervivencia de las humanidades, en vista de su creciente agonía tras los muros de las academias y las universidades.

 

 

Davo Valdés de la Campa

 

A mediados de 2014 asistí a un encuentro literario en Acapulco. En una de las intensas sesiones de debate, un poeta –que admiro y respeto– comparó el trabajo del escritor con el de los panaderos. Por la noche, mientras caminaba entre clichés frente al mar, pensé en aquel símil. Esa noche de peces globo sobre la arena, pensé también en uno de los últimos coloquios de humanidades a los que había asistido. En la desértica inauguración, el organizador se justificó diciendo: «Si nosotros no hablamos de lo importantes que son las humanidades, nadie lo hará». Recuerdo que más tarde, sobre un camastro, imaginé un congreso de panaderos justificando su labor. Me pareció inútil, estéril. Los panaderos no necesitan demostrar nada, ni hablar de la importancia de su oficio. ¿Por qué nosotros sí?

De regreso a Cuernavaca el tema siguió persiguiéndome. Lo comenté con algunos colegas y la respuesta casi siempre estaba enfocada en demostrar que lo que hacemos los humanistas está en otra esfera, no práctica, sino teórica. Con la poesía el tema era aún más confuso y ambiguo. Creo que la poesía y la academia de las humanidades (hablo específicamente de estos campos porque son los más cercanos a mi espectro laboral y de interés) son esferas cerradas en sí mismas, herméticas, muy distanciadas del mundo cotidiano y recubiertas de mitos viciados y prácticas que sepultan su propia praxis al aislarse del mundo. El mismo Tzvetan Todorov, quien se inscribiera en un inicio en la corriente formalista, aseguraría: «Se ha impuesto en la enseñanza una concepción estrecha de la literatura que la aísla del mundo. (…) El lector busca en las obras con qué dar sentido a su existencia. Y es él quien tiene razón».[i]

 

Panaderos e intelectuales

En 1971, cuando Pablo Neruda recibió el premio Nobel de Literatura, en su discurso de aceptación pronunció las siguientes palabras:

(…) el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños.[ii]

Neruda habla desde su visión de poeta comprometido socialmente y se distancia de su contemporáneo Vicente Huidobro, estandarte de la vanguardia latinoamericana, quien aseguraba que el poeta era un pequeño dios, encumbrando así la postura del arte por el arte. Irónicamente, ambos se cuentan entre los autores más conocidos y leídos en la actualidad. El primero quizá por asumirse cercano al pueblo y el segundo por construir una poética que renueva y comunica algo a las nuevas generaciones.

Algunos años antes que Neruda, a inicios del siglo XX, un primero de mayo, Manuel González Prada, pensador anarquista y poeta peruano, realizó un ejercicio similar en la Asamblea de la Federación de Obreros Panaderos al presentar su conferencia «El intelectual y el obrero»:

Ustedes velan amasando la harina, vigilando la fermentación de la masa y templando el calor de los hornos. Al mismo tiempo, muchos que no elaboran pan velan también, aguzando su cerebro, manejando la pluma y luchando con las formidables acometidas del sueño: son los periodistas. Cuando en las primeras horas de la mañana sale de las prensas el diario húmedo y tentador, a la vez que surge de los hornos el pan oloroso y provocativo, debemos demandarnos: ¿quién aprovechó más su noche, el diarista o el panadero? (…) nosotros le contestaríamos: sin el vientre no funciona la cabeza; hay ojos que no leen, no hay estómagos que no coman.[iii]

Gónzalez Prada ejemplifica uno de los vicios más comunes de las esferas intelectuales más adelante en su conferencia:

El mayor inconveniente de los pensadores [es] figurarse que ellos solos poseen el acierto y que el mundo ha de caminar por donde ellos quieran y hasta donde ellos ordenen. Las revoluciones vienen de arriba y se operan desde abajo. Iluminados por la luz de la superficie, los oprimidos del fondo ven la justicia y se lanzan a conquistarla, sin detenerse en los medios ni arredrarse con los resultados. Mientras los moderados y los teóricos se imaginan evoluciones geométricas o se enredan en menudencias y detalles de forma, la multitud simplifica las cuestiones, las baja de las alturas nebulosas y las confina en terreno práctico.[iv]

A lo largo del discurso el vate peruano no intenta jerarquizar la división binaria entre músculo e intelecto, pero sí busca evidenciar los vicios de los intelectuales o artífices de la revolución que desde una teoría intentan construir un modelo social y más tarde se repliegan ante la realidad:

(…) sucede que el pueblo, sacado una vez de su reposo, no se contenta con obedecer el movimiento inicial, sino que pone en juego sus fuerzas latentes, marcha y sigue marchando hasta ir más allá de lo que pensaron y quisieron sus impulsores. Los que se figuraron mover una masa inerte se hallan con un organismo exuberante de vigor y de iniciativa; se ven con otros cerebros que desean irradiar su luz, con otras voluntades que quieren imponer su ley. De ahí un fenómeno muy general en la Historia: los hombres que al iniciarse una revolución parecen audaces y avanzados, pecan de tímidos y retrógrados en el fragor de la lucha o en las horas del triunfo.[v]

No creo que el problema radique finalmente en la oposición entre pensar y actuar, y en esa división absurda que se replica sobre el trabajo teórico de las humanidades, creo que el problema radica en cómo estamos pensando las humanidades y en el ejercicio a veces estéril de la investigación académica que actualmente sólo busca engrosar las estadísticas en aras de conseguir más prespuesto. Se crean tesis sin trascendencia, cuerpos de investigación que adoptan los intereses de la institución y un muy debilitado vínculo con la sociedad.

 

¿Crisis de las humanidades? 

    Quiero ser llamado universitario no por estar en la universidad

sino por estar en el uni-verso.

David Meza

 

Jerome Kagan en su libro The Three Cultures profetiza el declive de las humanidades. El autor egresado de Harvard asegura que la disciplina se encuentra en evidente decadencia, entre otras razones por la incapacidad –¿o el desinterés?– de los académicos para aproximarse a las causas de los menos favorecidos económicamente y por ignorar los avances científicos. En un texto de Javier Zamora Bonilla,[vi] de la Universidad Complutense de Madrid, intitulado «Las humanidades: hoy y mañana», se enumeran una serie de prejuicios o factores que han influido en esta llamada crisis de las humanidades:

– Hay una búsqueda de la sociedad por resultados inmediatos y cuantificables en términos económicos que las humanidades no pueden brindar.

– Son vistas como accesorio, y no como fundamento para comprender el mundo en el que se vive.

– La investigación y formación humanística produce resultados a mediano y largo plazo, principalmente.

– Es imposible cuantificar su valor cultural.

El texto de Zamora Bonilla, desde mi punto de vista, cae en los mismos vicios de los que hablé al inicio. Dos de sus conclusiones me llaman la atención (y ojo, que ninguna requiere de la estructura universitaria si las damos por sentado):

1. Las humanidades tienen el derecho a reivindicar su «inutilidad», que es más aparente que real. Desde que el hombre es hombre ha destinado buena parte de su tiempo a expresar artísticamente sus sentimientos, a pensar sobre el mundo en el que vive y sobre sí mismo, a meditar y contarse su pasado…, y merece la pena expresar, al tiempo que incentivar, estas expresiones humanas.

2. El futuro de las humanidades está asegurado porque los hombres siguen sintiendo la necesidad de la literatura, de la historia, de la filosofía… (?).

Uno de los académicos mexicanos que más me interesan y que verá en gran medida plasmadas sus ideas en este texto es Julián Woodside. En alguna ocasión coincidimos en una mesa de discusión de un coloquio que se llevó a cabo en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y que los organizadores atinadamente bautizaron como «El porvenir de las humanidades». La conferencia que dictó Woodside estaba enfocada en brindar una serie de reflexiones en torno a las humanidades y en hablar de un cambio de paradigma que se está dando mediante el uso de las herramientas ofrecidas por el entorno digital. El texto de Zamora Bonilla que cité anteriormente funcionaba en su ponencia como un disparador para una serie de reflexiones bastante más interesantes. Woodside cuestionaba la aseveración de que la expresión humanista merece la pena. «¿Acaso el “merecer la pena” es una justificación para la existencia de las humanidades? Evadimos aproximaciones críticas y (esto) demerita el verdadero valor que tienen las humanidades», critica. Y se pregunta: «¿No estaremos volteando a los lugares equivocados por vicios académicos y culturales? O ¿no será que la práctica humanística simplemente se ha reestructurado y los investigadores la concebimos a partir de nociones obsoletas?».[vii]

 

¿Las humanidades tienen futuro en la academia?

En todas partes del mundo las humanidades están a la baja. Se viven dos fenómenos producidos por el creciente poder (y decadencia simultánea) del neoliberalismo. Muchas universidades han marginado, reducido o incluso eliminado sus planes de estudios de humanidades. Pero, por otro lado, centros educativos de prestigio como Yale, Stanford y Harvard han impulsado nuevos o reformados programas de humanidades. Esto podría verse como algo positivo: es decir, las mejores universidades del mundo impulsando proyectos de filósofía o literatura. Pero si escarbamos un poco descubrimos que son tres de las universidades más caras del mundo; esto significa que sólo las élites podrán tener acceso a estos programas humanísticos, mientras que en el resto de las universidades las humanidades tienden a desaparecer porque no funcionan como otras disciplinas: no son rentables.

Frank Donoghue, profesor de inglés de la Universidad de Ohio, en su ensayo «¿Tienen futuro las humanidades?», asegura que «en el clima económico de los últimos cuarenta años, las universidades tradicionales se están convirtiendo en laboratorios de investigación y desarrollo y puestos de venta para las corporaciones multinacionales (…) Así, las universidades no han tenido otra opción que funcionar cada vez más como empresas y formar alianzas corporativas. Este giro ha alterado profundamente su dinámica institucional».[viii] En México funciona de forma similar, pero con un factor que acentúa esta tendencia: el presupuesto que destina el Estado a las universidades y en específico a las humanidades es cada vez menor. Más adelante en el texto, Donoghue ejemplifica a la perfección el papel actual de las humanidades:

Las corporaciones no hacen donaciones para las humanidades porque nuestra cultura de investigación es a la vez independiente y absurda. En esencia, les damos los derechos de nuestros artículos académicos y de nuestras monografías a las editoriales universitarias, y luego se los compramos de nuevo, o exigimos que nuestras bibliotecas los recompren, con márgenes exorbitantes. Y entonces nadie las lee. El actual sistema de carrera académica nos obliga a convertirnos en productores de esas cosas que ya nadie consume.[ix]

Aunado a eso veo que dentro de la estructura de la universidad el catedrático y el investigador humanista comprometen su discurso por las dádivas del Estado y las pequeñas donaciones de algún empresario amante de la buena literatura. Los humanistas trabajan para sus enemigos epistémicos. Su discurso se fractura desde el origen de su praxis.

 

¿Qué caminos quedan?

Julián Woodside advierte que muchos de los grandes logros de las humanidades contemporáneas han ocurrido desde afuera, desde otras esferas, o llevados a cabo por intelectuales distanciados de la academia tradicional. Un humanismo fuera de la universidad, alejado de la academia, es quizá una de las soluciones al futuro de la disciplina. Donoghue concluye esto: que incluso las humanidades están mejor por su cuenta y que de ese modo los intelectuales no tendrían que poner en peligro su libertad de expresión al sustentar su forma de vida a partir del dinero de quienes representan al enemigo de su discurso. Además, recordemos que poetas, filósofos y literatos existen desde antes de la academia y de los programas de humanidades, y que eran artistas que se dedicaban a otros oficios y su obra impactaba en el mundo, porque ellos conocían el mundo y no se encerraban en sus cubículos a pensar lo importante que es su labor.

Y abunda Donoghue:

La supervivencia de las humanidades en el mundo académico, sin embargo, es una historia diferente. En algún punto de 2110, las humanidades aún tendrán un hogar, pero no será la universidad. Necesitamos por lo menos entrever la posibilidad de que las humanidades no necesiten instituciones académicas para sobrevivir; realmente lo hacen muy bien por su cuenta.[x]

Finalmente, Woodside en otro texto esclarecedor, «Entornos digitales: el académico ante el reciclaje cultural, el crowdsourcing, la folksonomía y la cultura beta», analiza algunos de los espacios en el entorno digital que podrían convertirse en los nuevos canales de comunicación de las humanidades, porque con su eficacia ponen en tela de juicio algunas ideas en torno a la academia, el consumo, las humanidades y el papel del investigador. Dice: «Hablemos tal vez de nuevas formas de ser académico, lejos de los cubículos y de las instituciones tradicionales, y a su vez comprendamos las formas en las que se han reconfigurado las relaciones entre los distintos actores dentro del campo de la investigación (alumnos, instituciones, comités dictaminadores, publicaciones, etc.)».[xi]

Algunas de estas prácticas de difusión y producción cultural se encuentran en los márgenes de la «read-write culture» o la cultura del reciclaje. Tal es el caso del crowdsourcing, o sea, la colaboración abierta mediante el uso de la tecnología «para fomentar niveles de colaboración sin precedentes e intercambios significativos entre personas de cualquier contexto o locación geográfica». Producto de esta forma de producción cultural es la Wikipedia, que ha tenido un inmenso alcance real en el mundo, a pesar de que los académicos se obstinen en demeritar sus logros.

Creo que las humanidades, como la poesía, se han encerrado en sí mismas intentando justificar su existencia con ideas de otros siglos, en gran medida obsoletas. Creo que hay intelectuales que gastan demasiado tiempo dictando tradiciones y líneas de actuar del humanista y pierden de perspectiva el papel de la poesía y las humanidades. Creo que han perdido terreno porque se han negado a ver el presente y los cambios que se han disparado en otras áreas y disciplinas. Creo que ambas sobrevivirán de una forma que aún no alcanzamos a percibir. Lo que me gustaría visualizar es un mundo de humanistas que existan sin la necesidad de la universidad, gente que escriba y lea literatura y no tenga que hacerlo solamente en las aulas de la facultad de humanidades, porque eso nos convierte en una minoría que en lugar de crear cosas para el mundo, crea un acervo inmenso de textos que nadie lee.

 

 

Textos sugeridos para consultar

Donoghue, Frank, «¿Tienen futuro las humanidades?»:

http://www.revistaliteratura.uchile.cl/index.php/RCL/article/viewArticle/28520/30265.

Mazzucchelli, Aldo, «El pecado original de las humanidades»:

http://www.revistaliteratura.uchile.cl/index.php/RCL/article/viewArticle/28500/30228.

Woodside, Julián, «Entornos digitales: el académico ante el reciclaje cultural, el crowdsourcing, la folksonomía y la cultura beta»:

https://app.box.com/s/rd00hqa2y42ptmugtmjq.

 

 

NOTAS

[i] Todorov, Tzvetan, La Literatura en peligro, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008, p. 72.

[ii] Neruda, Pablo, «Discurso de Estocolmo», pronunciado en ocasión de la entrega del Premio Nobel de Literatura de 1971, Fundación Pablo Neruda, Boletín Primavera, Universidad de Chile, 1989, p. 18.

[iii] Gónzalez Prada, Manuel, «El intelectual y el obrero», discurso pronunciado el l de mayo de 1905 en la Federación de Obreros Panaderos. Consultado en Horas de lucha: http://evergreen.loyola.edu/tward/www/gp/libros/horas/horas3.html.

[iv] Idem.

[v] Idem.

[vi] Zamora Bonilla, Javier, «Las humanidades: hoy y mañana», Tribuna Complutense, Madrid, abril de 2010, publicado en Revista chilena de literatura, número 84, 2013. Disponible en: http://www.revistaliteratura.uchile.cl/index.php/RCL/article/viewArticle/28517/30259.

[vii] Woodside Woods, Julián, «El cambio de paradigmas en las Humanidades a partir del entorno digital», ponencia en la UAE Morelos, 2012, durante el Congreso Internacional «El porvenir de las humanidades». Documento PDF disponible en: https://app.box.com/s/u0p4esqt4zo7iexqsubd.

[viii] Donoghue, Frank, «¿Tienen futuro las Humanidades?», capítulo de The last Professor: The Corporate University and the Fate of the Humanities, Fordham University Press, 2008.

[ix] Idem.

[x] Idem.

[xi] Woodside Woods, Julián, «Entornos digitales: el académico ante el reciclaje cultural, el crowdsourcing, la folksonomía y la cultura beta», ENTEC, UAM-Azcapotzalco, México, 2013: Documento PDF disponible en: https://app.box.com/s/rd00hqa2y42ptmugtmjq.

 

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Davo Valdés de la Campa (Cuernavaca, Morelos, 1988) forma parte del Colectivo La Piedra. Beneficiario del Programa de Estímulos para el desarrollo y la creación artística en 2009 y en 2011. A finales de 2011 fue ganador de la convocatoria para publicación de obra inédita del Fondo Editorial del Instituto de Cultura de Morelos con su libro, Ignoto (publicado en 2013). Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. También ha publicado Relatos de un mundo depravado (EdicioZetina, 2009) y Despertar (Astrolabio, 2014). Es parte del Festival Grotesco y colabora en Papel o TijerasBicaalúERRR Magazine y Penumbria, donde tiene una columna sobre cine de horror. @Davovaldes

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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