La suerte de existir

Yelenia Cuervo escribe sobre «Lucky», la última película del actor Harry Dean Stanton, que nos recuerda «la sentencia heideggeriana de que somos “seres para la muerte”».

Existimos. Fluctuamos en un tiempo que nos parece eterno de manera ingenua. Caminamos entre espacios que han dejado de ser lo que son, pensando en personas cuyos caminos se alejaron de los nuestros y que únicamente es posible traer ante nosotros a través de la memoria. Esa memoria que nos traslada a un tiempo vivido, en medio de un devenir incesante en el que ya no somos lo que alguna vez fuimos.

Lo que nos hace absolutamente seres en el mundo es sin duda nuestra posibilidad de existencia: temporalidad, instantes, el cuerpo como territorio existencial. Pero entonces, ¿por qué evadimos constantemente nuestra radical finitud?  Entre muchas otras ideas, la filosofía de Martin Heidegger responde a dicha inquietud. El eje central de su filosofía es la pregunta por el Ser, y somos nosotros –«seres ahí en el mundo»– los únicos capaces de interrogarnos sobre nuestro propio ser. Sin embargo constantemente huimos de nosotros mismos; de manera que para Heidegger nos volvemos seres inauténticos subsumidos en una absoluta pasividad donde impera un «uno anónimo», alguien que no ha reconocido que en el fondo no somos más que «seres para la muerte». Reconocer que vamos a morir es una de nuestras mayores angustias, porque implica enfrentar que nuestro ser es un proyecto inacabado, cuya posibilidad potencial es la muerte. Así, la muerte es parte constitutiva de la vida del ser del hombre, pues el nacimiento ya es parte del declive.

El filme Lucky (2017), dirigido por John Caroll Lynch, fue presentado en noviembre del año pasado en la quinta edición de Rizoma, festival multidisciplinario y plataforma de cineastas emergentes, y fue parte de la reciente Muestra Internacional de Cine en la Cineteca Nacional, en su edición número 64. Última película del protagonista de Paris, Texas: Harry Dean Stanton, fallecido en septiembre del 2017.

La cinta explora con una gran virtud el tema de la finitud a partir del retrato de vida de un nonagenario apodado Lucky. La narración se sitúa en un pueblo desértico donde la comunidad aún suele reunirse para charlar y recordar aquellas anécdotas que los religan. Fragmentos de recuerdos, vínculos creados, añoranzas y hábitos cotidianos nos introducen al universo de Lucky, fumador empedernido que, paradójicamente, todas las mañanas se despierta para hacer los mismos ejercicios de yoga que ha realizado durante los últimos 22 años, para posteriormente salir a dar un paseo, tomar un trago en la cantina, hacer un crucigrama, aprender una palabra nueva del diccionario y mirar por la tarde programas televisivos. A pesar de la rutina, no hay en el personaje nostalgia alguna, su personalidad es sarcástica y fuerte. No obstante, la trama cambia de rumbo cuando Lucky sufre un desmayo que lo hace preocuparse por su estado de salud. El diagnóstico del doctor resulta favorable, pero, a pesar de que su condición pareciera ser envidiable para cualquier hombre de su edad, asumir el hecho de que está envejeciendo transmuta su actitud ante la vida.

Es precisamente a partir de este evento que Lucky inicia una especie de trayecto hacia las huellas de su pasado, con una melancolía tal, que pareciera augurar la cercanía de la muerte. La autoexploración de sus recuerdos y el aislamiento del personaje nos sitúan como espectadores ante la sentencia heideggeriana de que somos «seres para la muerte». Los días cotidianos de Lucky son contados sin artificio alguno: repetición de las acciones que pronto se tornan con otros matices una vez que el personaje principal asume su descenso de manera inexorable.

El espacio del desierto, ese que nos hace pensar en la inmensidad de la soledad, en el vacío y en la incomunicación, es justamente el lugar de transformación de lo que acaece, pues la intimidad del personaje se desdobla en la meditación sobre la muerte. Ahí presenciamos a un Lucky que ahora sabe que va a morir, que siente, que recurre al pasado, que se sabe estimado por los habitantes del pueblo, que canta y que emula una sonrisa ante lo último que le queda por vivir.

En última instancia, estamos ante un filme que nos devuelve la mirada sobre nuestra propia temporalidad, sobre nuestra capacidad para radicalizar nuestro tránsito por el mundo, aprendiendo a vivir –como pensaba Nietzsche– una e infinitas veces, esto es, con la absoluta potencia de lo único que nos acompaña en este territorio: el instante.

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Posted by Yelenia Cuervo

Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, con estudios de posgrado en Estética por la misma institución, y maestra en Filosofía y Medios de Comunicación egresada del Instituto Salesiano de Estudios Superiores. Cursó el diplomado de Creación Literaria de la Sogem, así como el diplomado de Teoría y Análisis Cinematográfico en la Universidad Autónoma Metropolitana. Colaboró en la revista Horizontum con una columna sobre cine y actualmente escribe en la revista Sombra del aire.

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