La seducción del lenguaje. Una conversación con Ana Clavel

Ana Clavel (ciudad de México, 1961), autora de obras como Los deseos y su sombra (Alfaguara, 2000) y Las Violetas son flores del deseo (Alfaguara, 2007), es una escritora que ha encontrado en las letras el medio idóneo para desplegar ese mundo (el de la sensualidad y el deseo), tan perturbador como irresistible, que nos susurra día a día desde lo más hondo de nuestro ser. Diego Armando Arellano conversa con ella en esta edición de Cuadrivio.

principal-ana-clavel_grandePese a que el deseo, el erotismo y la sensualidad del cuerpo son elementos que condicionan y hasta determinan buena parte de la existencia humana, la mujer y el hombre modernos apenas encuentran espacio para explorarlos en medio de las restricciones que imponen la sociedad y sus convenciones. Ana Clavel (ciudad de México, 1961), autora de obras como Los deseos y su sombra (Alfaguara, 2000) y Las Violetas son flores del deseo (Alfaguara, 2007), es una escritora que ha encontrado en las letras el medio idóneo para desplegar ese mundo, tan perturbador como irresistible, que nos susurra día a día desde lo más hondo de nuestro ser. Diego Armando Arellano conversa con ella en esta edición de Cuadrivio.

 

 

  

Diego Armando Arellano

 

Las letras de Ana Clavel son seductoras y satisfacen al lector. Tienen la cualidad de no empalagar con ningún exceso. Tampoco son vulgares, ni agresivas, ni pornográficas (aunque no tendría nada de malo si lo fueran). Es una narrativa excitante y en ella no cabe el arrepentimiento. Aunque para algunos puede ser una exageración, estoy seguro de que ningún varón, por más buen escritor que sea, hubiera podido conseguir lo que logró Ana con sus ninfas: una lucidez real y encantadora. Me atrevo a proponer a Ada como una de las protagonistas féminas más memorables y sinceras de la literatura contemporánea.

Las Ninfas a veces sonríen fue editada hace nada por Tusquets, casa de libros que ha acogido las mejores obras de Ana. Ada es la ninfa principal de la historia, un personaje que sólo puede ser entendido desde el interior de una habitación cálida y sola…

Recojo los apuntes más importantes de una entrevista que obtuve de Ana Clavel en los pasados meses a propósito del lanzamiento de su reciente proyecto. Averigüé, como ya es costumbre, sus inquietudes, sus dolores, sus alegrías, así como sus pasos por las letras. He aquí lo más maravilloso de la charla.

 

Diego Armando

 

 

I

 

La literatura me llegó como una dádiva inesperada. En mi casa no se leía ni el periódico. Mi padre murió cuando yo tenía tres años. No nos movíamos mucho, apenas si respirábamos. Pasaban los años y seguíamos en la misma inercia. Entonces sucedió un milagro. Una maestra de la escuela pública a la que asistía nos propuso a todo mi salón un intercambio de libros. Fui a la papelería de la esquina de mi casa porque ahí había visto un carrusel de Libros de Oro del Saber. Me llevé La vuelta al mundo en 80 días. No exagero al decir que lo leí en una tarde y que el mundo circundante desapareció para ensancharse en horizontes verbales.

II

De todos modos no había mucha guía sobre qué leer. Yo digo que en realidad mis primeras lecciones de cuento me las dio un programa de televisión: Galería Nocturna con sus cuadros que resumían a nivel de imagen la trama que se desarrollaría narrativa y visualmente. Muchos de esos episodios empezaban por el final, otros en medio… No sería sino hasta mucho después que me enteraría que se trataba de estructuras en retrospectiva, in media res… Digo todo esto porque para mí fue natural empezar escribiendo narrativa y particularmente cuentos. Pero también es cierto que siempre ambicioné arribar a la novela, a ese mar en el que te introduces y apenas avanzas un poco, dejas de saber a dónde quedó la tierra conocida (Fuentes dixit).

III

En la casa de un tío estaba la versión completa de Las mil y una noches que en realidad es un catálogo en el que los personajes se desprenden de ropajes y prejuicios para adentrarse en la ceremonia de la carne deleitable. La leí completa. En secundaria mal leí Don Quijote y no lo disfruté –ignoraba entonces que es una obra que sólo se disfruta con el tiempo– porque me perdía en el español de los siglos de oro y en las numerosas citas a pie de página. Pero en bachillerato una amiga me recomendó los libros de Herman Hesse. Leí los famosos –DemianEl lobo estepario– y me seguí con otros: Bajo la ruedaPeter Camenzind y mi favorito: Narciso y Goldmundo. En una materia de literatura abrevé La muerte en Venecia y Pedro Páramo. Fueron los primeros deslumbramientos más allá de una historia y más cerca de una apuesta estética con el lenguaje. Cuando tuve que decidirme por una carrera, ya había pergeñado mis primeros textos y fue fácil optar por letras. No me arrepiento. Aunque algunas de las lecturas de la carrera en la UNAM eran soporíferas –recuerdo el Concolorcorvo, de literatura colonial–, la facultad me abrió las puertas a la tradición hispánica y a las herramientas de la academia. También tuve contacto con otros lectores: maestros afamados como Elizondo, compañeros que ahora son autores exitosos: Enrique Serna, Rosa Beltrán. La UNAM fue para mí una alma mater generosa y muy pródiga…

IV

 1984: tenía 23 años y había tallereado mis cuentos en el taller de Promoción Nacional de Bellas Artes que coordinaba Orlando Ortiz en una casona de la calle de Dinamarca, en la Juárez. También había ganado una beca INBA-Fonapas que te obligaba a tomar un taller de narrativa. Me tocó Guillermo Samperio como coordinador. Fue muy generoso conmigo: avanzado un poco el taller me pidió que armara un libro para proponerlo a una colección que editaría la SEP: Letras Nuevas. Integré el libro –Fuera de escena– con varios de los cuentos que había tallereado con Orlando y con Guillermo. Incluí también algunos que se habían hecho merecedores de algún premio: uno de Grandes Ideas de la UNAM («Tu bella boca rojo carmesí»), uno del premio semanal de cuento del periódico El Nacional («Una advertencia y tres cartas en el mismo sobre»), dos en el concurso de cuento Punto de Partida («Cursi historia de amor» y «Fuera de escena»), una mención en el premio de la revista Plural («Pasaje incompleto»). En ese entonces yo concursaba en cuanto premio se me ponía enfrente. Pensaba que concursar era como jugar a la lotería: no puedes ganar si no compras billete. Por fortuna, me tocaron varios.

Así armé el libro que le di a Samperio. A los pocos meses me avisaron que el libro había sido dictaminado positivamente. Después me enteraría que una de mis «jueces» había sido María Luisa Puga porque me buscó para felicitarme aunque no nos conocíamos. Salieron más de 15 reseñas en suplementos culturales y revistas de ese primer volumen. Casi todas súper positivas.

V

Debo reconocer que nunca ha sido difícil publicar. Pero entre ese primer libro de 1984 y el segundo –Amorosos de atar, que ganó el premio Gilberto Owen 1991 y se publicó en el 92– pasaron ocho años… Hubo gente que creyó que había dejado de escribir. No, yo escribo aun cuando no escribo. Pero me llevó todo ese tiempo sentir que tenía un libro que valía la pena publicar. Después, entre Amorosos y la primera novela Los deseos y su sombra, volvieron a pasar varios años: del 92 al 2000, otros ocho años. Esa novela quedó finalista del premio internacional Alfaguara de 1999. Por eso pude dar el salto a las ligas mayores…
Ahora publico más a menudo porque desde el 2001 he tenido la inmensa fortuna de gozar varias veces de la beca del Sistema de Creadores del FONCA. Y como siento que me pagan por escribir y leer pues ése es mi trabajo cotidiano y no tengo que hacer tanta talacha de edición, cursos, talleres, dictámenes, malabares, o sea «lavar ajeno», como cuando no tengo la beca y entonces sí, como dice mi querida y admirada Ana García Bergua, uno le dice hasta al señor que reparte tanques de gas: «Oiga, señor, ¿no quiere que le ayude?»

 

VI

El ensayo se fue cebando mucho más morosamente. Tuve que cursar una maestría en letras y una clase prodigiosa sobre ensayo hispanoamericano en la UNAM, con intermitencias de Montaigne hasta llegar al deslumbrante Tomás Segovia, para entender que los ensayos que valen la pena desarrollan, más que una poética, una auténtica y amorosa «erótica del pensar».

 

VII

 He referido en otro lugar que a mí la escritura me llegó como un «llamado de las sombras», en un estado de sonambulismo frente al escritorio de madera –tan adolescente como yo– después de escuchar una voz en sueños que me refería una historia. La seducción y claridad de esa voz fue tal, que me tuve que levantar a escribir el dictado. Mucho después me enteraría que Coetzee cree que los escritores somos “

«secretarios de lo invisible». La escritura fue una gracia, un don conferido… pero, ya lo decía Capote: «Cuando Dios te da un don, también te da un látigo para fustigarte…»

VIII

Octavio Paz hablaba de «cicatrices resplandecientes» para referirse a las huellas del pasado y particularmente a la adolescencia. No me gustaría hacer una apología del dolor, la tristeza y la depresión, pero sí mencionar esas heridas capaces de transformarse en una literatura de intensidades. Sabemos que las historias con final feliz no tienen historia (Yourcenar), que todas las familias felices se parecen pero las desdichadas lo son de un modo particular (Tolstoi). Yo creo que le debo a la muerte de mi padre mi encuentro con el deseo y la literatura. Esa herida resplandeciente germinal me llevó a intentar con cada escrito darle al lector una prueba irrefutable de amor,  eso que Barthes exigía: «el texto que usted escribe debe probarme que me desea…»

 

IX

Estar consumando un cuento, un capítulo, es estar en un lugar fuera del tiempo. Un vértigo, un columpiarse a un más allá. Voy a sonar muy cachonda pero ni modo: es un orgasmo de la conciencia. Recuerdo un capítulo de Las Violetas son flores del deseo cuando le asigné una fragancia floral a cada muñeca: era como si yo misma hubiera enloquecido aspirando esas esencias puras y perturbadoras. Deliraba, brincaba de placer adentro de mi cabeza. Es de los más momentos más dichosos de mi existencia como escritor.

X

Escribo tan pronto me levanto. Un café express para medio resucitar pero todavía en un estado sonámbulo de la conciencia. Mínimo trabajo tres horas y según el proyecto en que ande, el periodo puede extenderse a 10, 12… Por supuesto hago pausas y ya no tomo más café porque aunque me encanta, me altera mucho. He descubierto que intercalar tareas manuales como cocinar por gusto o cuidar el jardín es productivo. Escribo directo en la computadora, pero si no la tengo a mano, retomo una de las miles de libretas de apuntes y diarios que tengo. Antes lo hacía también en simples hojas de reúso pero luego se me perdían, así que ahora procuro hacerlo con más orden.

XI

Sé que estoy haciendo un trabajo muy original en muchos sentidos. Mis temáticas, el asunto de la huella corporal, mi trabajo con la seducción del lenguaje, la vertiente multimedia… ¿Sabes que la portada de Las ninfas a veces sonríen es mía? No es collage, sino una escultura de jardín a la que le pinté los labios y le puse pétalos y rosas…

XII

La idea de la instalación que armé para la portada de Las ninfas y que forma parte del multimedia que exhibiré en el Centro Cultural Bella Época surgió así: En un atorón que tuve en el 2010 al escribir el manuscrito de Las ninfas, iba manejando por la calle de Álvaro Obregón. Es una avenida arbolada con un camellón con estatuas clásicas. Viendo la estatua de la Venus de Milo se me ocurrió pedirle a una amiga actriz muy joven (Daniela Garco) que interactuara con las estatuas mientras yo le tomaría fotos para armar un posible video. Le pedí a Daniela que se pusiera un vestido floreado casual, ella llevó botitas de boxeador y yo le puse una tiara de flores que había comprado en primavera en Londres, donde estaban de moda. Quedé tan contenta con el resultado que no sólo hice el video que es posible ver en YouTube, sino que pensé que podría hacer algo con estatuas. De hecho el título del libro surgió de una imagen de la serie para el video. En todas las fotos Daniela aparece concentrada viendo o interactuando con las estatuas, pero hay una en la que se reclina y… sonríe. Ahí fue donde dije: Ah… Las ninfas a veces sonríen.
Cuando terminé el manuscrito sucedió que coincidí con unas amigas artistas visuales: Rocío Cabellero (que ya había participado conmigo en el proyecto multimedia de Las Violetas son flores del deseo interviniendo una de las muñecas) y María Eugenia Chellet. Me pidieron leer el manuscrito. Cuando lo leyeron quedaron encantadas y me preguntaron si no pensaba hacer algún proyecto complementario como antes. Les dije que no, que ya tenía el video y que no pensaba hacer nada. En realidad fue su entusiasmo de que armáramos algo (Rocío propuso hacer unas cajas objetos como collages), lo que me contagió. Pensé hacer yo también unos collages porque –me dije– quién mejor que yo sabía de Las ninfas. En ese momento también comencé a participar en un proyecto con la escultora María José Lavín que había convocado a varias escritoras (entre ellas, Rosa Beltrán, Ana García Bergua, Cristina Rivera Garza, Mónica Lavín y otras) para que interviniéramos con textos una serie llamada Venus. Yo por supuesto le propuse hacer una Venus Ninfa. Fue entonces que tuve la idea de intervenir una estatua para mi proyecto de Las ninfas en vez de hacer collages. Pensé en conseguir una estatua de jardín ad hoc e intervenirla con flores naturales. Por el propio concepto de la novela –la idea de manar como una fuente– las flores debían brotar como una cascada. Comencé a armarla más como diversión –yo siempre hago mis propuestas visuales así, divirtiéndome y atreviéndome a hacer cosas aunque tengo la clara conciencia de que no soy artista visual sino una escritora que se atreve a jugar y a aprovechar las ventajas que te brindan las nuevas tecnologías a un nivel amateur–. Y así fue también que se me ocurrió pintarle los labios con lápiz labial. Cuando en Alfaguara me dijeron que estaban diseñando la portada, le tomé fotos a mi ninfa y la propuse para la portada. Les encantó y la aceptaron. Ahora se titula «Yo era mi Paraíso», y es una de las tres piezas que voy a exhibir en la inauguración del 11 de abril junto con una video-instalación (un video diferente al que ya está en YouTube). En la expo también se exhibirán 10 collages de Rocío Caballero, 10 collages de María Eugenia Chellet, tres esculturas de María José Lavín y una escultura de gran formato de Maribel Portela, otra artista que participó en el multimedia de Las Violetas y que trabaja mucho con flores.

XIII

Debo decirte que desde Cuerpo náufrago y las fotografías de mingitorios que incluí en el libro, me gusta armar propuestas visuales complementarias, satelitales de mi trabajo literario. La gente las acoge bien, y tanto que la muestra de Cuerpo náufrago se exhibió en el Centro Cultural de España durante mes y medio (septiembre-octubre 2005), por ejemplo. Es posible ver parte de estas propuestas en la sección «Multimedia» de mi página web www.anaclavel.com. Pero también es cierto que me da más confianza saber que hay gente que ha comenzado a interesarse más seriamente por esas propuestas. En Reino Unido está programado para salir en el 2014 un libro titulado The Art of Ana Clavel. Ghosts, shadows, urinals, dolls and outlaw desires, que aborda mucho el aspecto multimedia de mis libros, en una editorial muy prestigiada en estudios de literatura y poesía: Legenda Books. De hecho, el libro ya se está anunciando en la red. Ahí Jane Lavery, la autora del estudio, me llama «Multimedia writer», un término que acuñó para calificarme pues sabe que yo me peleo con el hecho de que me digan Multimedia artist… Y por si fuera poco, Jane les sugirió a los de Legenda que yo podía hacer un collage para la portada. Entonces me dije: ¿por qué no? Tomé las piernas de la instalación que trabajé para las Violetas, les monté el mingitorio de Duchamp solarizado y recolocado en posición normal, le agregué una gotita de tinta y… Voilá. Se los envié y los de Legenda la aceptaron. Es la imagen de la portada que se ve en el anuncio en la red.

XIV

 Las ninfas la empecé a escribir hace mucho tiempo. En la novela de Los deseos y su sombra yo tenía un personaje temeroso de la vida, que deseaba desaparecer y el deseo se le cumplía de manera literal: se volvía invisible… Soledad, así se llamaba el personaje, tenía una amiga imaginaria, Lucía, que siempre se atrevía a todo y que a veces sustituía a Soledad en situaciones de conflicto. Soledad terminaba por volverse un poco como Lucía, pero para hacerlo tenía que renunciar, volverse invisible para dejar de sentirse sometida a la tiranía de la mirada. Cuando terminé esa novela, sentí que me faltaba explorar más ese otro personaje atrevido, gozoso, desalmado que era Lucía… Pero no fue sino hasta que publiqué Las Violetas que un periodista me preguntó: ¿Y cuándo escribes la historia desde la voz de Violeta? Recordarás que esa novela está narrada desde la voz y los deseos clandestinos del padre de Violeta, Julián Mercader… Entonces comencé a fraguar la historia de una suerte de Lolita, contada desde su punto de vista narrativo, pero hacerlo como una historia de culpas y expiación me aburría. Recordé la pureza y la desfachatez de Lucía y me abrí a la posibilidad de abordar el tema desde la voz de una niña-adolescente y su relación con el mundo de los adultos y la sexualidad pero desde un punto de vista gozoso y desinhibido. Una voz más desde el instinto y la pulsión, que de la culpa y la represión. No se trataba de hacer una apología de la perversidad de la niñez, sino de encontrar una voz más auténtica, descarnada, desangelizada, desacralizada, más instintiva al modo de la escritora uruguaya Marosa di Giorgio y su libro Rosa mística. Yo me acordaba mucho de una frase de Valéry: «No hay nada más profundo que la piel», y pretendía un tono ligero que también pudiera ser puro y despiadado. Una voz que se alejará del tono culpígeno del personaje Humbert Humbert en la novela de Nabokov y que se aproximará más a la respiración agitada, al pulso salvaje de La sangre del cordero de André Pierre de Mandiargues.

Creo que no corregí mucho, pero a veces para escribir unas cuantas líneas me tardaba días, semanas… Hay mucho de Las ciudades invisibles de Calvino y su erotismo etéreo en mis Ninfas… Formalmente la escribí entre 2009 y 2011. Trabajaba preferentemente por las mañanas y a veces me escapaba a la casa de campo de una amiga en Cuernavaca porque me hacía mucho bien estar en medio de un jardín, en completo aislamiento, rodeada de flores y árboles que me daban la sensación de Paraíso. Disfruté mucho la escritura de Las ninfas. Además, me gustaba sentir que cada vez me adueñaba más de mis instrumentos de escritora. No puedo ser falsamente modesta: me gustan mucho mis Ninfas.

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Diego Armando Arellano (ciudad Guzmán, 1984). Periodista y narrador. Ha publicado en la revistas Punto en Línea, La Hoja de Arena, Luvina y Palabras Malditas, entre otras. Es miembro honorario de la revista Cuadrivio.

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Posted by Revista Cuadrivio

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