La paráfrasis de la condena

Por  |  0 Comentarios

 

Stig Dagerman, La isla de los condenados, traducción de Carmen Montes, México, Sexto Piso, 2016, 296 pp.

 

 

Yeni Rueda López

 

 

¿Cuántas veces he tenido la oportunidad de escribir realmente sobre la experiencia de la lectura? En realidad, pocas. Afortunadamente, ésta es una de ellas. Mi principal inquietud al momento de comenzar a escribir esta reseña fue encontrar la forma justa para abordar La isla de los condenados, una novela insólita de Stig Dagerman, que el año pasado llegó a los lectores hispanoamericanos gracias al trabajo de Carmen Montes Cano, bajo el cobijo de Sexto Piso.

Desde las posibilidades que produce la hoja en blanco, había dos opciones: llenar el texto de referencias literarias, citar algunos párrafos y desmenuzarlos con las herramientas que nos otorga la crítica, e intentar enumerar los aspectos narrativos que hacen de esta novela un llamativo diamante sombrío de la literatura europea. La otra era tratar de transmitir las emociones e imágenes que surgen de la insondable prosa: una combinación de penumbras, colores extraños y una amarga visión de la vida. Me decidí por la segunda opción: hablar de la experiencia de la lectura; es decir, tratar de concretar en un texto los pensamientos erráticos que fueron surgiendo mientras conocía la y las historias de los condenados a esta isla apocalíptica, sumamente tranquila en apariencia, pero no por ello, menos mortífera que cualquier otro paraje siniestro.

La historia es muy sencilla: hay siete náufragos varados en una isla, en donde los fragmentos ácidos, oscuros y tremebundos de su vida, se mezclan con la voracidad del entorno, generando, constantemente, un contraste que nos hace recordar que las fuerzas que están más allá de nuestra comprensión, pueden hacernos desaparecer en un parpadeo. No sólo se sufre por el naufragio, sino por el hecho de no poder terminar la agónica existencia mucho más rápido. Es como si el trauma del naufragio fuera insuperable y se potencializara con toda la miseria que hubo previo al accidente. No es extraño encontrar estas emociones en la prosa de Dagerman, siendo que fue parte de la generación traumatizada por los horrores de las dos Guerras Mundiales. Esta sensación cobra más fuerza gracias a las minuciosas descripciones naturales, sumamente emparentadas con el gótico, como una invitación a observar este paisaje, sublime y excesivo, por su mortífera belleza.

La anécdota pasa a segundo término frente al enorme esfuerzo narrativo que pone en evidencia los espacios más íntimos de estos personajes. Es decir, a través de herramientas retóricas Dagerman nos deja escuchar, ver, e incluso oler lo que sienten, lo que piensan, la manera en que el sufrimiento se forma dentro y fuera del cuerpo de los náufragos.

La descripción meticulosa de los lugares cumple un objetivo fundamental: el de introducirnos al espacio interno de los personajes. La sensación de desasosiego no sólo se reafirma por la pesadez de las metáforas o las alegorías con las que Dagerman construye el infierno en la isla –uno muy calmado, por cierto, pero totalmente avasallador–, sino también por la estructura narrativa que da forma a todo el texto. Cada personaje se nos presentará en un momento distinto del día, como si la novela por momentos dejara a un lado la narración del dolor individual para volcarse al común. Al final, estos pequeños universos que se forman en cada uno de los personajes son un día en la vida de toda esa generación doliente, que no ve una salida al terror, y que sólo está a la espera del mayor alivio: la muerte.

En una entrevista, Juan García Ponce dice que «la imagen literaria, quiere reproducir la intensidad de la vida. Si lo logra, es una buena imagen»; esta frase expresa una suerte de manifiesto estilístico en donde el autor yucateco establece la importancia que tiene, para él, la efectividad de sus imágenes literarias y entender que los «fondos narrativos» no sólo son el escenario donde se mueven los personajes, ni un mero ornamento de la historia, sino todo lo contrario, una extensión del personaje, y aunque este no se mueva demasiado dentro de esos espacios, la complejidad de los mismos nos permitirá conocerlo profundamente. Es decir, entendemos y conectamos con el personaje, no por sus acciones sino por lo que son internamente a través del exterior.

Si la imagen narrativa se logra dominar, se convertirá en vehículo vital para hacer que la novela o el cuento avance, pero no porque el escritor así lo diga, sino porque los mismos personajes lo reclaman.

Esto es justamente lo que sucede en las páginas de La isla de los condenados. Las imágenes narrativas están conformadas con elementos escogidos con tal maestría y profundidad psicológica y relación emocional con el entorno descrito, que, con tan sólo leer unas cuantas líneas, logran crispar los nervios. Basta con recordar lo que nos dice el misterioso narrador de Dagerman en las primeras páginas de la novela: «Pero el cuchillo del miedo y el afilado tenedor de la conciencia raspan duramente la porcelana gris, el esmaltado del deber empieza a desconcharse poco a poco, los ojos de su madre, que ahora miran de frente, están llenos de pus y tiene la piel tirante sobre los huesos de la cara, la reducida habitación triangular oprime todos sus pensamientos, esperanzas, figuraciones y deseos y los reduce a repugnantes triángulos».

Esta vorágine de descripciones no sólo sirve para ver los espacios que conforman a la isla, sino que explica cómo estas zonas ejercen una fuerza demoledora sobre los náufragos y cómo son llevados a recorrer la miseria de su vida antes de llegar ahí.

Por su temprana militancia política, a Dagerman se le consideró anarquista, y sin duda lo fue, no sólo en sus posturas ideológicas, sino, también, en las creativas. La fuerza de los entornos que forman parte del universo de La isla de los condenados no es de felicidad, ni de amor, reconciliación o catarsis; mucho menos de esperanza. No hay nada más que el cruento peso del desencanto producido por el paso de la guerra en una sociedad tambaleante. No hay salida. No hay espacio más que para la condena; y los siete náufragos de Dagerman se encaminan siempre a ese punto lóbrego que es la ausencia de porvenir. Pareciera que sólo sobreviven porque el instinto los llama a no morir, pero la fuerza violenta de la isla les hace ver de manera muy clara el desamparo al que están sujetos.

Dagerman no tiene compasión ni de sus personajes ni del lector, pues abre la novela con una funesta oración: «Dos cosas me llenan de espanto. Dentro de mí, el verdugo, y sobre mí, el hacha». Es la terrible declaración de un hombre que se suicidó muy joven y comprendió que la humanidad dicta castigos desde el entorno externo, pero también desde el interno y que quizás, no hay peor verdugo que el que surge desde nuestras propias entrañas.

Ni siquiera en el espacio de la individualidad nos encontramos libres de la condena existencial.

¿Es el nihilismo narrativo otra forma de entender el anarquismo de Dagerman? Probablemente sí. A las sociedades modernas se les exige suprimir cualquier sufrimiento y superar lo más rápido posible los eventos traumáticos para que puedan recuperar su funcionalidad. Incluso, el mismo recuerdo de la tragedia se vuelve la mejor vía para alcanzar un nuevo «progreso», justo como sucede en la segunda estancia de La isla de los condenados, con el náufrago inválido al que sus compañeros mantienen con vida, no por caridad o misericordia y mucho menos por compañerismo, sino porque la vida o muerte de ese inválido reafirma, de alguna manera, sus esperanzas de supervivencia. La tragedia es eje de continuidad para esta pequeñísima sociedad en crisis.

Al ofrecer una novela completamente hundida en la perfidia, la desazón y el destino inminente de la desaparición, pareciera que el novelista se rebela contra esa sociedad que exige la funcionalidad casi industrial de todos los seres que la componen, aun a pesar de sus profundos dolores. Si sólo hay pérdida y el fin de los tiempos frente a nosotros, ¿por qué habríamos de luchar?, parece ser la pregunta que Dagerman entreteje en la complicada urdimbre de esta novela. Pero el profundo pesimismo de la prosa no sólo busca contradecir la utilidad de nuestra existencia, sino del mismo acto artístico que es la literatura.

Hace algunos días asistí a una exposición en una galería de Cuernavaca. Se trataba de una propuesta sumamente personal y particular. Al llegar al libro de visitas me topé con un mensaje curioso. Alguien había escrito: «Muy buena tu obra, pero lamentablemente no me dejó algo edificante». Al leerlo, recordé inmediatamente mi experiencia con la obra de Dagerman.

Si entendemos la lectura como un proceso en donde «mejoramos como personas» y que «nos da herramientas para tener una mejor vida», ¿en dónde cabe una novela como La isla de los condenados, que sólo nos conduce al entendimiento de que por más que luchemos no hay esperanzas en el futuro? ¿Hay algo de edificante en este «mensaje»? ¿La prosa de Dagerman pierde su fuerza, su valor no sólo como obra sino como expresión de una sociedad, sólo porque no nos hace mejores personas sino que nos hunde en el más profundo de los abismos?

Me atrevo a decir que no, porque lo «edificante», «lo útil», nada tiene que ver con el acto literario o artístico, y aún, una obra tan sombría como la de Dagerman, puede conducirnos a comprender la intensidad de la vida, a través de sus portentosas imágenes narrativas.

 

 

 

 

________________

Yeni Rueda López (Morelos, 1990). Narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2013).

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *