La literatura de terror o una redefinición de lo real

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Este mundo que tenemos por auténtico, que decimos conocer y dominar con la ciencia y sus técnicas, nos recuerda a veces su misterio. Eso que los filósofos llaman el «asombro»  proviene de las profundidades de una realidad ininteligible, de una verdad que nos excede y nos asalta. Terror es darse cuenta de que nos rodea lo desconocido.

 

Axel Rivera Osorio

 

Mira a tu alrededor, […] puedes ver las montañas, las colinas, como ondulación tras ondulación; puedes ver los bosques y los huertos, los campos maduros de maíz, y las praderas que se extienden hasta los lechos de caña junto al río. Puedes verme aquí a tu lado y oír mi voz; mas te digo que todas estas cosas –sí, desde la estrella que acaba de brillar en el cielo hasta el suelo sólido bajo tus pies– te digo, que todas son sólo sueños y sombras; las sombras que ocultan a nuestros ojos el verdadero mundo. Existe un mundo real, pero trasciende este glamur y esta visión, y se encuentra más allá de todo esto, tras un velo. No sé si alguna vez algún ser humano ha corrido ese velo; sin embargo […], sé que tú y yo lo veremos levantarse esta misma noche, en los ojos de otra persona. Quizá pienses que todo esto es un sinsentido extravagante; puede ser extraño, pero es real, y los antiguos sabían lo que significaba descorrer ese velo.

ARTHUR MACHEN

 

Desde sus orígenes, uno de los problemas que ha acompañado a la humanidad es el de la significación y configuración de la realidad. La pregunta que siempre se ha hecho, y no ha podido resolver con contundencia hasta el momento, es la misma: ¿Qué es la realidad? Ésta ha sido siempre una de las incógnitas fundamentales. Al tratar de responderla, el hombre se ha encargado de crear diversos ámbitos del saber que tratan de realizar la misma tarea desde diferentes lugares. En un primer momento, cuando el hombre se da cuenta de que su estar-arrojado-en-el-mundo, en el decir de Heidegger[1]; en el momento en que se da cuenta de su facticidad, de su finitud y ante la inminente falta de sustento y el terror que esto causaba, el hombre tuvo que crear diversos relatos para dotar de sentido a la realidad, para que su avasallante inconmensurabilidad pudiera ser comprendida a partir de ciertos elementos racionales. Así fue como surgieron los mitos fundacionales en cada cultura que trataban de explicar el origen del mundo, la función del hombre en el universo, la relación entre lo divino y lo humano, el origen del mal…; en ellos se encontró la posibilidad de darle una estructura racional a la realidad.

Algo importante que se debe subrayar es que justo en el momento mismo en que se creaban los mitos –en el hecho de narrarlos, de relatarlos– es donde surgía la estructuración de lo real. La realidad no tuvo una verdadera significación sino a partir de una articulación simbólica. Sólo después de ésta pudo surgir la filosofía, la ciencia y toda otra multiplicidad de ramas del conocimiento; sin embargo, lo que me gustaría señalar es que la estructuración simbólica es posible gracias al lenguaje, lo cual no significa que el mundo no poseyera sentido antes de esta articulación simbólica, sino que ésta llega a plenitud a partir del lenguaje[2]. Es por esto que la literatura tiene una función primordial en la sociedad, ya que ella, en tanto emplea y se desarrolla a partir del lenguaje, es capaz de crear nuevas formas de estructuración de lo real. Si esto es cierto, la pregunta que quiero hacer en este ensayo es la siguiente: ¿Qué tipo de estructuración nos aporta la literatura de terror?

El terror y el miedo son experiencias originarias en los seres humanos, no hay persona que no se haya despertado sudando en la noche con un sobresalto por algún sueño espeluznante, o que no sienta algún tipo de angustia en una calle desolada cuando las luces se han apagado, o que, simplemente, no se sienta alterado cuando una situación se sale de la normalidad; ese tipo de experiencias es la que ha dotado de una significación muy especial al mundo, pues de la necesidad de eliminarlas es que ha surgido el interés por el conocimiento. Conocer fue una meta a alcanzar para eliminar las sombras que perseguían al pensamiento, para dar una explicación de aquello que no podíamos comprender en un primer momento. Bien puede ser cierto lo que dice Platón sobre el origen de la filosofía, que el asombro está en su comienzo[3], pero hay que enfatizar que el asombro se da por algo que no conocemos, por algo que nos extraña y nos es ajeno; la normalidad por lo regular no nos asombra, el verdadero asombro proviene de la turbación, de las hondas profundidades de lo real, de aquello que no puede ser tematizado de manera unívoca, de aquello que necesita ser explicado… lo que asombra proviene de esa realidad ominosa que nos hace frente, de su falta de inteligibilidad. Así, si el asombro es la fuente de la filosofía, también tenemos que decir que éste tiene una motivación originaria que es la experiencia de lo extraño, ya que gracias a ella surge la imperiosa necesidad de comprender el mundo que habitamos; la creación de dioses, de mitos, leyendas, etcétera, han sido necesarias para derribar toda oscuridad que rodeaba a lo racional. Por eso mismo, la experiencia del miedo, de la angustia es lo que nos ha obligado a indagar sobre la estructuración que organiza a la realidad, este tipo de experiencias han sido la motivación para intentar encender una luz en el abismo de lo real; han sido el origen del comprender.

Sin embargo, el terror que pudieron haber experimentado frente a la realidad los antiguos seres humanos no parece provocar en nosotros ningún tipo de sobresalto, pensamos que sus miedos no eran más que falta de conocimiento, casi los culpamos por no saber nada sobre la rotación de la tierra, del ciclo del agua, del porqué hace erupción un volcán… todas ellas nos parecen las razones por las cuales ellos inventaron esas historias fantásticas que ahora sólo forman parte de las diversas antologías sobre mitos antiguos y que a veces algún maestro nos enseña; en la actualidad asumimos que su mitología es atractiva aunque sólo como algo anecdótico en la historia de la humanidad, pero ahora todas esas explicaciones nos parecen ajenas, por decir lo menos, algo que no está de acuerdo con la forma en que la realidad verdaderamente es; ahora todos esos problemas nos parecen tan simples, son algo que ya es tan consabido y explicado que en verdad parece una ingenuidad tener algún tipo de aflicción por ellos. A pesar de ello no es baladí preguntar qué es lo que ha posibilitado que tengamos tanta seguridad frente a la realidad, qué es lo que nos ha hecho inmunes frente a todo eso que antes causaba todo tipo de incertidumbre. La respuesta es más que evidente, ha sido la ciencia y sus descomunales avances lo que nos ha hecho que la indomable naturaleza ceda cada vez más terreno a toda una estructuración racional; ahora creemos que no hay alguna región de la realidad que no pueda ser explicada por la ciencia contemporánea, parece que todo, absolutamente todo, puede ser explicado por ella, desde los microorganismos más elementales hasta la formación del universo. Parece que cada vez zanjamos mejor todo tipo de problemas que habían rondado desde siempre en la mente humana y eso es justamente lo que nos ha dado las herramientas para que el miedo se disipe o, por lo menos, se difumine.

Es justamente en este contexto cuando surge la literatura de terror, ya que es hacia finales del siglo XVIII, y principalmente en el transcurso del siglo XIX, cuando ésta surge como un género independiente que cobra cada vez más relevancia. Y la pregunta obligada es la siguiente: ¿Por qué en la época donde se gesta el desarrollo industrial, donde empiezan a despegar los avances más importantes de la ciencia, las descripciones más minuciosas sobre los diversos procesos complejos de la naturaleza… por qué justamente allí, en esa época, surge nuevamente la necesidad del terror? Porque bien podría pensarse que el avance de la ciencia iba a conllevar la eliminación de toda preocupación y que cada vez nos encaminaríamos a un mundo sobre el que tenemos mayor control y conocimiento. Entonces, ¿qué es lo que pasó?

Mi interpretación, que discutiremos en un momento, es la siguiente: la literatura de terror surge como una respuesta a la nueva estructuración del mundo que se iba conformando a finales del siglo XVIII gracias al apogeo de las ciencias, especialmente de la física. Sólo basta recordar que es en esa época cuando Newton escribió sus tratados más importantes en los que desarrolló el cálculo e hizo explícitas las primeras «leyes» de la física; también es la época en que comenzó la Revolución industrial. Todo ello trajo como consecuencia una reacción que se hizo patente en un género literario (el terror) y lo que trata de realizar es una ruptura interna dentro de ese desplazamiento simbólico que se iba gestando. Su intención es mostrar y enfatizar que el cientificismo a ultranza desarrollado durante esos siglos no está cumpliendo su propósito –ofrecer un conocimiento verdadero sobre la realidad– sino que en vez de ello está reduciendo la posibilidad de ser de la realidad, en tanto intenta explicarla toda a partir de procesos mecánicos o saberes cuantificables. Frente a esto, la literatura de terror quiso mostrar que el sentido de la realidad es algo que excede a cualquier tipo de interpretación, que si la realidad tiene alguna característica que en verdad le es inherente es su excedencia de sentido, la cual no puede ser reducida a una interpretación única y esto era y es lo que está siendo amenazado por una interpretación científica de lo real, ya que intenta reducir todo a ciertas explicaciones causales, a datos y gráficas que intentan hacerse pasar por la verdad de lo real. Y la pregunta que se realiza la literatura en esta circunstancia es si es verdad que la realidad se agota en ello, si el modo de aparecer que nos ofrece la ciencia es el verdadero y único modo de ser, del aparecer de lo real. Y la respuesta va a ser negativa. Pero para que esta objeción no parezca arbitraria, tenemos que responder a la siguiente pregunta: ¿Cuál es el problema con la explicación de la realidad que nos ofrece la ciencia?

Una de las características esenciales del método científico, desarrollado durante los tres últimos siglos, es que en él se asume una ontología materialista como algo completamente cierto. Es decir, todo lo que existe o lo que puede ser real y verdadero es algo que debe tener un correlato material en el mundo, sino lo posee, entonces es algo ilusorio o que no tiene valor para el conocimiento de la realidad. No obstante, no debemos pensar que todo es tan sencillo en este punto, porque los diversos avances tecnológicos que se han implementado, han mostrado cosas cuya existencia no hubiéramos imaginado hace algunos años, como las partículas subatómicas, las partes más ínfimas de la célula con todos sus procesos, las diversas funciones del cuerpo, la existencia de la materia oscura, los agujeros negros, los residuos de la explosión del Big Bang, etcétera. Eso mismo ocurrió a lo largo del siglo XIX, en tanto se mostró la existencia de microorganismos, se crearon las vacunas, la pasteurización, la Teoría de la evolución… todo eso impactó fuertemente en el imaginario colectivo de ese siglo, lo cual provocó la reacción de la literatura de terror. Todo esto ha sucedido en estos últimos 200 años y por ello puedo decir que la ciencia ha abierto un campo mayor de experiencias posibles; se puede afirmar sin mayor discusión que la ciencia ha agrandado el sentido de la realidad, nos ha mostrado, gracias a sus avances tecnológicos, que el campo de lo real era mucho más extenso de lo que podría creerse y por lo mismo, ya no podemos ni debemos afirmar que es un mero materialismo ramplón el que está en la base de la investigación científica, sino que ahora tenemos que aceptar que ella ha abierto diversos estratos que antes nos hubieran sido inaccesibles.

Parecería, entonces, que la ciencia nos ha ofrecido demasiadas cosas pero, ¿cuál podría ser el problema con ella o con su metodología? ¿Qué fue lo que provocó la reacción de un género literario? El problema viene dado en tanto que la ciencia ha olvidado algo que es primordial, es decir, su propio fundamento. Porque la ciencia nos ofrece siempre un mundo objetivado, un mundo que posee siempre ya un sentido específico, nos muestra que las cosas son de cierta manera y, sin embargo, lo que la ciencia ya no puede indagar es el cómo es que ese sentido del mundo ha sido posible: la ciencia se mueve dentro de un ámbito en que la realidad posee un sentido, es decir, donde la realidad está siempre objetivada, lo cual permite hacer juicios y teorías sobre ella; sin embargo, a la ciencia no le interesa acceder a algo que sea previo a este ámbito, aquello en lo que se funda esta actividad judicativa sobre la realidad, es más, todo estrato de la realidad que no caiga en algún tipo de objetivación no es algo que tenga valor ni validez a los ojos de la ciencia. Así, el objetivo que se trazó la literatura ha sido el de esbozar un ámbito que sea más abarcante y que le dé sostén a la teoría científica, a saber, la vida humana en todas sus experiencias, la literatura hace patente el hecho de que toda objetivación se basa en la experiencia que la vida tiene del mundo. Y ése es el verdadero problema de la ciencia, que se olvida de esa vida originaria y empieza a trabajar en sus teorías a partir de ámbitos y estratos objetivados de la propia vida como si en esa objetivación estuviera lo más primordial de la realidad. Pero, más en concreto, ¿qué significa esto?

Tomemos un ejemplo sencillo, las neurociencias han logrado un gran avance durante el siglo pasado y siguen desarrollándose rápidamente, cada vez nos muestran con mayor detalle las áreas del cerebro que son empleadas para diversas actividades y funciones corporales (como la región del habla, de la visión, de la memoria) hasta las regiones que son necesarias cuando uno está enamorado, y he aquí a lo que me quiero referir: tanto ha sido el avance de esta ciencia que se han publicado diversos artículos especializados tratando de señalar que lo que consideramos experiencias subjetivas (emociones, sensaciones, sentimientos o toda clase de ámbitos afectivos) no son sino procesos que acontecen en el cerebro. Por eso mismo, si queremos decir que alguien está enamorado, la respuesta de la neurociencia nos informaría de todos los procesos que son necesarios para poder tener dicha experiencia, y seguramente cada vez nos mostrarán zonas o las áreas más específicas del cerebro que entra en función durante el cortejo, por ejemplo. No obstante, lo que podemos preguntar legítimamente es si en esto se agota el acto de amar a alguien, ¿no habrá algo que explique mejor esa actividad que es tan propia del hombre? No se trata de negar que lo que la ciencia propone no acontezca en verdad, sino el cuestionamiento viene por el hecho de que esa interpretación no es la única ni la mejor posible, debemos ver que hay más significado de lo que la ciencia ofrece. Eso es justamente lo que no pasa con las objetivaciones de la ciencia, porque sólo aceptan un modo de comprender lo real y una metodología que reduce ciertos ámbitos de la realidad y creen que con ello realmente están agotando el fenómeno por el que se preguntan.

Éste es el problema y la literatura de terror no trata de resolverlo contraviniendo a la ciencia, sino que acepta todos los adelantos científicos, las más avanzadas descripciones que ésta nos ofrece y las metodologías más estrictas, por eso, en este género literario siempre veremos que hay algún personaje que sea parte de la comunidad científica, y además de los más adelantados de su época, como Víctor Frankenstein de la novela de su mismo apellido, Van Helsing o el doctor Seward en Drácula, el doctor Raymond en el cuento de «El gran Dios Pan» de Machen, el gran detective Jules de Grandin de los cuentos de Seabury Quinn, o diversos personajes de los cuentos de H.P. Lovecraft, y podríamos continuar con el listado, pero lo importante es señalar que todos ellos se presentan como los científicos más capaces y adelantados de su época en cada uno de los diversos campos del conocimiento y tiene que ser así porque en el género del terror se tiene que revelar que la ciencia, aun la más desarrollada, no logra dar cuenta de la totalidad de lo real. Siempre hay algo que excede el conocimiento científico, que no puede ser explicado y de lo que no se puede dar cuenta. Es lo indeterminado, las experiencias que se encuentran detrás de los mitos, las consecuencias de los adelantos científicos, es el horror de la crueldad, el despedazamiento de la vida, el mal que se ubica tanto en el exterior como en la propia interioridad del ser humano… todas estas experiencias que la ciencia no puede tomar en cuenta en su metodología que sólo busca la objetividad o la verdad. Es allí donde vuelve a encontrarse el horror que se halla en el origen de la ciencia, es toda esta experiencia previa a la ciencia, la indomabilidad del mundo, todo lo que hace preguntarnos por la significación más radical del acontecer de la vida y si la realidad se presenta como un excedente incapaz de ser tematizado a cabalidad. Pero algo que la ciencia no nos puede ofrecer con sus detalladas explicaciones es el hecho de que hay algo que nos da miedo aunque sepamos que no hay nada por qué temer. Todas ellas son experiencias que no pueden ser soslayadas, porque en esta afectividad de la vida, en su sentir, es donde se ubica todo lo que sostiene a la objetividad de la ciencia. Es aquí donde vuelve a cobrar importancia la experiencia subjetiva, aquella vida que ha sido dejada de lado porque se da cuenta de que el sentido de la realidad no es nada sin un ámbito previo que dote de contenido a toda objetivación futura, en tanto que el sentido de lo real no puede hacerse patente sin mostrar a la vez las experiencias de un sujeto que sea capaz de recibir y tematizar esa realidad que se le hace presente. Así pues, todo sentido remite a una subjetividad que pueda revelar el sentido de la realidad que se le manifiesta.

El género de terror parte esencialmente de una visión científica del mundo, abunda en descripciones, en teorías contemporáneas, en explicaciones y en las formas más destacadas de deducción. Y lo hace porque es una imperiosa necesidad, ya que la forma de señalar ámbitos de experiencia originarios no puede hacerse de asunciones completamente fantásticas, sino que tienen que ser descripciones de lo que nosotros vivimos a diario; si no fuera así, no podría cuestionar lo que es dicho por la ciencia, tiene que hacernos ver que hay algo que es más profundo que las verdades de la ciencia, es nuestra vida en su acontecer originario, el hecho de estar en el mundo sin una actitud contemplativa, el simple hecho de ser, eso es justamente lo que nos hace pensar que la realidad es efectivamente del modo que nos está siendo descrita y, a fin de cuentas, es lo que posibilita la ruptura que realiza el terror porque es justamente allí, en nuestra normalidad del mundo, donde se derrumban nuestras certezas, donde aparece la indeterminación y nos muestra una cara que no podemos afrontar sin percibir algo siniestro en el ambiente. Lo siniestro aparece porque se despedaza nuestro mundo cotidiano, pero ese terror es siempre una experiencia subjetiva que nos mueve hacia algo más. El terror es una interiorización, ya que uno no puede sentir el terror más que en su propia carne, el pensar que siempre hubo algo escondido, allí ante nosotros y que se hace presente en la peor forma posible, y justo eso es lo que nos hace dudar y retroceder; allí es donde nos damos cuenta de que la ciencia no es capaz de explicarlo todo, es en la angustia donde se resquebrajan todas nuestras certezas.

Ésas son el tipo de experiencias que nos ofrece la literatura de terror. En Frankenstein, sólo por poner un ejemplo, vemos cómo es que Víctor, en su afán de conocimiento, con toda su intención de traspasar los límites del saber, con esa pretensión juvenil que muchos han tenido a lo largo de su vida, termina con el desmoronamiento del mundo del protagonista y es debido a su propia creación. Frankenstein es la historia de la caída de Víctor en el abismo, todo lo que tenía sentido en su vida le es apartado por la realización de su ideal, es la historia del desmoronamiento del sentido del mundo. El terror que logramos experimentar en esta novela no se da, es en sí mismo el monstruo que es creado por el protagonista, ya que él podría causarnos hasta algún sentimiento de compasión por la vida a la que es arrojado; el verdadero miedo y horror que sentimos es por lo que el monstruo le quita a su creador, es decir, todo aquello que tiene valor para él; además, nos abre la posibilidad de experimentar el vacío de la vida, cuando ya no nos queda nada más por lo cual vivir, puesto que el monstruo quiere que Víctor viva la misma vida que le ha sido destinada a él, y en esa medida podemos decir que Frankenstein es la descripción de la experiencia más trágica en la búsqueda del saber, es el hundimiento del nuevo Prometeo, y que todo comienza gracias a la realización y cumplimiento del éxito alcanzado, y así, vemos que su meta terminará siendo una completa tragedia. Sin embargo, si en esta historia se hace evidente que el mundo tiene sentido es gracias a su desmoronamiento, porque al verlo deshecho notamos lo que no es percatado en la vida diaria. Y aun cuando el mundo ha perdido todo soporte siempre encontraremos que tenemos nuestro propio sufrimiento, la aflicción que es causada por la desaparición de aquello que nos sostenía. Es justamente eso lo que nos enfatiza el terror, que el mundo es posible por la vida que está antes de toda verdad, y eso es lo que no podemos evitar, siempre estamos allí para nosotros mismos, en toda la afectividad de la vida, incluso cuando el horror del mundo se ha apoderado de nosotros, es lo único que nos queda, la fractura de nuestra propia individualidad. Allí es donde se encuentra el comienzo del mundo y es lo que el terror nos revela, que debajo de toda objetividad se encuentra la afectividad de la vida.

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Axel Rivera Osorio (ciudad de México, 1984) es estudiante del doctorado en Filosofía en la Facultad de Filosofía de la UNAM.

 

NOTAS

[1] Cf., Heidegger, Ser y Tiempo, Madrid, Trotta, §29.

[2] «Al fin y al cabo el verdadero ser de las cosas se hace asequible en su aparición lingüística, en la idealidad de su mención, inaccesible a la mirada no conceptual de la experiencia, que no percibe la mención misma ni la lingüísticidad de la aparición de las cosas. Al concebir el verdadero ser de las cosas como esencias accesible al “espíritu”, la metafísica encubre la lingüísticidad de esa experiencia del ser», en H.G. Gadamer, «La naturaleza de la cosa y el lenguaje de las cosas (1960)», en Verdad y Método II, Salamanca, Sígueme, 1992, p. 77.

[3] «¡Por los dioses, Sócrates, que me maravilla sobremanera cómo puede ser todo esto […]. Bien veo, estimado, que Teodoro no ha conjeturado mal al juzgar tu naturaleza. Es muy propio de un filósofo esta pasión: el asombrarse. La filosofía no tiene otro principio, y aquel que hizo de Iris la hija de Tauma no hizo una mala genealogía.» Platón, Teeteto, 155 c-d.

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