La lectura como refugio

Carmina Estrada, editora y traductora, comparte sus inicios como lectora en esta entrega de «Caminos de la lectura».

Carmina Estrada, editora, antóloga y traductora, hizo estudios de arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña y de literatura dramática y teatro en la UNAM. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a editar, coordinar y compilar volúmenes colectivos de distintos géneros literarios. Ha sido editora en la Revista de la Universidad de México y jefa de redacción en Los Universitarios. Actualmente está a cargo del proyecto literario Punto de Partida de la Dirección de Literatura de la UNAM, que comprende una colección de libros, las ya tradicionales revistas Punto de Partida y Punto en Línea y un concurso literario y gráfico para jóvenes artistas. Es coautora del libro de arte Un lugar común. 50 fotógrafos y la Ciudad de México (A punto Editorial/Gobierno de la CDMX, 2015).

 

 

Carmina Estrada

 

Nunca antes había pensado en mi relación con la lectura, un hábito tan arraigado y añejo. Hago memoria hasta la infancia e, inevitablemente, lo relaciono con la pérdida. Hay quien encuentra refugio en la religión o las drogas; yo, afortunadamente, encontré consuelo en las páginas impresas.

Recapitulo: mi familia, compuesta por padres mayores (él, sesenta y tantos años; ella, veinte años menos) y dos hermanos mucho mayores que yo, no era aficionada a la lectura; de hecho, no recuerdo haber tenido ningún contacto con un libro en mis primeros años de vida. Pero sí con los periódicos y las enormes letras de las cabezas noticiosas, o las pequeñas a pie de las imágenes, o las coloridas de los anuncios publicitarios que ocupaban las páginas de los diarios de fines de los años sesenta, y que fungieron, en las manos de mi padre, como material para enseñarme a leer en una ciudad que pocos años antes saliera de la dictadura y recuperara, con la dignidad, el nombre: Santo Domingo.

Mi padre murió en 1970. Entre sus herencias, me dejó el recuerdo de aquellos juegos de letras y papeles con los que ocupábamos las tardes en la galería que rodeaba la casa, sin siquiera suponer que serían la semilla de una vocación. Poco tiempo después de su muerte cayeron en mis manos las historietas de Archi, Fantomas –«La amenaza elegante»– y La pequeña Lulú, que me prestaron mundos para habitar al regresar del colegio; y tres años más tarde, en un clóset en Madrid, descubrí un tesoro: un altero de ejemplares de Mortadelo y Filemón que llenó noches enteras. Allí conocí también a Los cinco, traducción española de una serie de libros de aventuras escritos por Enid Blyton entre los años cuarenta y sesenta: ahí estaban esos niños y niñas que eran y tenían todo lo que yo no: eran hermanos, tenían perro, corrían riesgos y resolvían misterios. La lectura como puerta a un universo que me alejara del mío.

La adicción, entonces, se instaló sigilosa: me volví una lectora nocturna y poco discriminatoria: combinaba los cómics con las lecturas típicas –Mujercitas, Platero y yo, El Principito, El licenciado Vidriera–; la Enciclopedia Edaf y el Reader’s Digest, con una colección que conseguí de mi madre a golpe de lágrimas y que traía versiones recortadísimas de clásicos, hermosa y profusamente ilustradas. Ocupaba las noches en los avatares de Don Quijote, Scherezada o Ulises, o me perdía en las vidas de la realeza que desfilaba –con Carolina de Mónaco como abanderada en las páginas del Hola!…  La lectura, ahora lo entiendo, fue un medio para sobrevivir una infancia huérfana y llegar con bien a la adolescencia, época gloriosa en la que bajé diez kilos, crecí treinta centímetros y descubrí el libro que me abrió los ojos a los intríngulis de la belleza y la maldad, y encaminó mis gustos hacia la literatura: El retrato de Dorian Gray.

Sin embargo, empatar aquella adicción a vivir otros mundos con el tema de la orientación vocacional me tomó un rodeo de casi una década: años dedicados al estudio de la arquitectura y del teatro, oficio que ejercí durante algún tiempo. A propósito, para sobrevivir a la precaria situación económica común a los teatreros incipientes en el entonces Distrito Federal, desempolvé antiguas habilidades y empecé a trabajar en corrección y traducción para el área de Arquitectura de Editorial Trillas, hasta entrar como editora a la Revista de la Universidad de México. Demás está decir que el teatro y la arquitectura fueron quedándose en el camino, y que la lectura y la edición se convirtieron en la vocación de la que, con gusto, he vivido durante veinticinco años.

El mundo ha cambiado mucho desde esos tiempos. Con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información, las sociedades urbanas han vivido transformaciones de magnitud equiparable a la creación de la imprenta o el descubrimiento de la penicilina. El internet ha revolucionado el acceso de las nuevas generaciones a la lectura; lo ha democratizado, al tiempo que ha expuesto a los usuarios a contenidos sin filtros. A pesar de ello, y en un campo probablemente utópico, quisiera pensar en un mundo de ciudadanos informados y, por tanto, menos susceptibles a la manipulación.

No sé cuánto ni qué lean los nuevos lectores, pero sí estoy segura de que, al menos en el campo literario, e independientemente del camino que nos lleve a ella, la lectura es una necesidad: encontrar y enriquecer la voz propia requiere conocer la de otros la de muchos, y es eso lo que trato de transmitir a los jóvenes autores y lectores del proyecto Punto de Partida de la Dirección de Literatura de la UNAM, del cual tengo la fortuna de ocuparme. De eso se trata: leer para conocer/leer para discernir/leer para decidir. El círculo se cierra.

 

 

(Visited 140 times, 1 visits today)

Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.