La Historia con minúsculas: «Mi abuelo y el dictador», de César Tejeda

La autoficción es riesgosa si el autor es poco conocido. Tal es el caso de César Tejada en «Mi abuelo y el dictador», novela que Marco Toriz critica en este texto.

 

 

La autoficción es un recurso literario que pasa por uno de sus mejores momentos. Sin embargo, puede ser arriesgado escribir una novela cuya base sea la recreación literaria de toda una vida, especialmente cuando eres un autor poco conocido y, más aún, cuando la historia que intentas contar es sobre un personaje que solo le resulta interesante a aquel que escribe (por el momento).

Poco podemos reprocharle a autores como Sergio Pitol, Roberto Bolaño o Julián Herbert (por mencionar algunos) cuando escriben un texto cuyo recurso principal es la autoficción, pues conocemos de antemano su trabajo y, a cambio, disfrutamos de una lectura amena que nos revela distintos pasajes oscuros de su vida que, enriquecidos por su pluma, hacen de la novela un gusto.

Pero, ¿qué pasa cuando un autor nuevo hace uso de este recurso?

César Tejeda (1984) es un joven narrador que a lo largo de su vida ha publicado una novela y ha trabajado en diversos proyectos editoriales. Un desconocido, quizá. Sin embargo, su nueva novela Mi abuelo y el dictador (Caballo de Troya, 2017), ha de colocarlo como un autor al que no hay que perderle la pista.

 

Manuel Estrada Cabrera, al igual que muchos otros de los dictadores de Latinoamérica, fue representado en una obra literaria. En su caso, hablamos de la novela del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias: El señor presidente. En esta novela, surgida a partir de un terremoto que sacudió Guatemala y que dejó al país sumido en una pobreza terrible, el autor narra las vicisitudes de un país que se cae a pedazos. Lo más increíble de este texto es que su personaje principal, el Señor Presidente, aparece en muy contadas ocasiones. No obstante, basta con lo que narra Asturias para hacernos una idea del horror que se vivió durante su largo mandato.

Es a partir de este contexto histórico que César Tejeda escribe su novela.

En 1908 el abuelo de César Tejeda fue detenido por los esbirros del dictador Manuel Estrada Cabrera. Se le acusaba de ser cómplice en el atentado ocurrido en ese mismo año que pretendía arrebatarle la vida al sanguinario dictador. Antonio Tejeda, abuelo del autor, fue obligado a caminar los casi cincuenta kilómetros que separan a La Antigua de la ciudad de Guatemala. Durante todo el trayecto fueron seguidos por su abuela, Victoria Fonseca, que cargaba a un bebé que llevaba un revólver escondido en el pañal. Esta historia es verdadera.

Todos tenemos historias familiares que hemos escuchado una y otra vez, hasta la náusea. César Tejeda creció escuchando esta historia de los labios de su padre, que la usaba como un ejemplo claro de la vida misma, y no solo como una muestra de valentía por parte de su abuela. Era una historia que servía para instruir al joven César: «[…] de acuerdo con el incidente que se planteara, la historia representaba algo distinto porque era una especie de instructivo para la vida, un instructivo que nunca he sabido utilizar cabalmente».

Es a partir de esta anécdota, en apariencia inútil, que se crea la trama de una novela de más de cuatrocientas páginas que se leen con la fluidez de un río.

La pregunta es: ¿cómo?

 

Narrar la historia de un país puede ser un tema engorroso si se hace con la severidad rigurosa de un historiador.

¿Qué puede decirnos César Tejeda de la historia de Guatemala, que nos parezca atractivo y, además, se disfrute? No solo nos habla de la historia de su abuelo. La novela se llama Mi abuelo y el dictador y creo que por mera obviedad debería aparecer un dictador en la historia. Y así ocurre: a diferencia de Miguel Ángel Asturias, César Tejeda escribe y reescribe la biografía del supersticioso dictador Manuel Estrada Cabrera y hace de él un personaje insustituible en la trama. Estrada es un personaje que, dependiendo la lectura, podemos odiar o amar.

Hablamos de una novela que reconstruye a la par dos árboles genealógicos y que juega con la verdad y con la historia para otorgarnos un texto lúcido y riguroso que, además, trae consigo el placer de saber sobre un país sinuoso como lo es Guatemala.

Por las páginas de la novela se cruza un sinfín de autores: Federico Gamboa, Rubén Darío, Luis Cardoza y Aragón, Catherine Rendón, Clemente Marroquín Rojas, Gómez Carrillo… un desfile de eminencias que ayudan a nuestro autor a construir la historia de su abuelo para, a su vez, repasar la historia de un país que desconoce y del que, poco a poco, se vuelve parte.

 

La narración personal de la novela nos hace sufrir y padecer las peripecias del autor por reconstruir la historia de su abuelo que, conforme transcurre la novela, se convierte más en una obsesión que en un proyecto literario.

César Tejeda deja de ser un simple muchacho para convertirse en escritor, historiador y detective: cruza fronteras y viaja a las ciudades que aparecen en la historia contada por su padre para desentrañar el mito y, a su vez, hace de su pluma un rifle con el que apunta y narra el modo de vida y las costumbres de un país ajeno al suyo para demostrar que no por ser extranjero se tiene que ser totalmente indiferente, al igual que nos demuestra que no es necesario vivir en una época determinada y vivir la historia para hablar de ella con pasión y entrega.

Tejeda narra y descubre; escribe y reescribe; sabe y no sabe. A ratos se sabe perdido y, a través de los saltos temporales, somos conscientes del arduo trabajo que fue reconstruir la historia para crear una nueva.

Mi abuelo y el dictador es una novela que se escribe a sí misma y que sigue en pie a partir de las tres historias que narra: la del dictador Estrada Cabrera, la del abuelo Antonio Tejeda y la de César, que sufre con cada descubrimiento y que estrecha lazos familiares cada vez que revela un nuevo dato que lo hace dudar de la certeza de aquella historia contada por su padre.

La novela es un eterno laberinto. Somos participantes de las pesquisas que realiza el autor para dar sustento a su propia narración. En dado caso, la obsesión de César Tejeda por la historia de su abuelo es, a su vez, compartida con nosotros. La vivimos. La padecemos.

Su historia familiar deja de ser una reliquia de la que solo pocos son conscientes para develarse como un hito narrativo. César Tejeda aniquila las fronteras de lo secreto y revela su historia familiar a través de una prosa casi periodística, tipo non-fiction novel. Nosotros como lectores acudimos a un reality show en el que la familia Tejeda es la protagonista. En varias ocasiones, somos castigados con la no revelación de ciertos datos que se anuncian tentadores. ¿Morbo, acaso? César Tejeda es consciente de la forma en que nos escribe: apunta pasajes y niega algunos otros. Es el guionista de su historia familiar.

 

Repito: es arriesgado escribir una novela autoficcional, sobre todo cuando las cartas del reconocimiento no están a nuestro favor. «Pero un obsesivo suele pensar con obstinación y egocentrismo que sus pesares ocupan una parte sustantiva en el pensamiento de los demás», y así, con esa obstinación que embriaga a César Tejeda, herencia de su bisabuela, acudimos embelesados al centro de sus obsesiones y participamos, junto con él, en una búsqueda que parece eterna y cada vez más lejana. Utópica, en términos de Galeano: caminamos.

Cada paso es incierto, es dado con el miedo recorriéndonos las entrañas, pero poco a poco ganamos terreno y somos testigos de una fuerte revelación: las historias familiares tienen mucho más peso del que creemos. Y una rigurosa indagación nos puede llevar a descubrir cosas que, quizá, estábamos mejor sin saber (o no).

Con esta novela descubrimos que la Historia también tiene fragmentos minúsculos y particulares a partir de la cual se reconstruye constantemente. La Historia, pues, también se escribe con minúsculas.

 

 

 

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Posted by Marco Antonio Toriz

Marco Antonio Toriz Sosa (Estado de México, 1996) es narrador y poeta. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el séptimo Curso de Creación Literaria 2015, así como del Festival Interfaz «Los signos en rotación» 2016 en Acapulco. Cuentos y poemas suyos se han publicado en Osario, Primera Página, Círculo de Poesía, Palabrerías y Punto de Partida.

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